• Los jóvenes venezolanos, tanto dentro como fuera del país, siguen creando textos que buscan entender el presente de Venezuela y de sus habitantes. Cinco jóvenes presentaron para El Diario su visión de la literatura y su proceso de creación en medio de la crisis actual

Los jóvenes venezolanos han encontrado en la creación literaria un espacio para desentrañar la realidad o para abstraerse del proceso de agotamiento ciudadano que supone vivir entre las calamidades de la crisis humanitaria, y la obligación del exilio para tener una mejor calidad de vida.

La perspectiva de la juventud, que tiene por necesidad conocer cada detalle de la ciudad que habita, es interrumpida por el miedo al peligro constante de vivir en un país que pareciera estar en constante decadencia, pero se sigue narrando y haciendo poesía entre los recovecos de los mosaicos de los bulevares y del asfalto citadino, para dejar una huella en una ciudad que todo lo borra.

Aunque las dificultades sociales y económicas que enfrenta Venezuela pueden entorpecer el trabajo de muchos profesionales, la literatura y la escritura se nutren de todas las experiencias posibles, de la memoria y del análisis de lo que ocurre diariamente. Jacobo Villalobos, uno de los jóvenes que se han resguardado en la palabra, cuenta para El Diario que “hay una erupción de escritores nuevos increíbles y de creadores bárbaros”.

El norte de la escritura en Venezuela

Con tan solo 20 años de edad, Villalobos fue ganador por unanimidad de la mención narrativa del XVIII Concurso de Monte Ávila Editores para Obras de Autores Inéditos 2015, con su libro 26 humillados, publicado por esa misma casa editorial en el año 2016. Asume su norte literario desde “la búsqueda de la identidad. La identidad personal, que hace que los personajes sigan siendo los mismos a través del tiempo”.

Ellos son los elementos principales de la trama y están construidos con una “identidad que se ve arrebatada, se ve entorpecida o en muchos casos anulada, y el relato es un periplo de cómo van recuperando su esencia o, más bien, perdiéndola”.

Jacobo Villalobos | Foto cortesía

Explica que sus personajes están atados a un “mal constante que va corroyendo, el olvido propio”. La identidad es un problema que se ha inmiscuido en las ciencias sociales y en las artes en las últimas décadas. ¿Qué somos? ¿Quiénes somos? ¿Cómo nos clasificamos? ¿Cómo nos recordamos? Estas preguntas se encuentran en constante redefinición y la literatura, al impregnarse de la realidad para definir su alcance, se encuentra inmersa en la duda perpetua sobre la identidad.

Para María Alejandra Colmenares, de 23 años, participante de la antología Liberoamericanas, 80 poetas contemporáneas publicada en Argentina en 2018, su obra actual se caracteriza por la identidad personal y la existencia que tiene como límite el propio cuerpo.

María Alejandra Colmenares junto al poeta Armando Rojas Guardia | Foto cortesía
Me gusta escribir sobre las mismas imágenes una y otra vez, siempre vuelvo a ellas porque soy muy inconforme con mi escritura. También recurro siempre a la misma paleta de colores y texturas. Me gusta mucho el cuerpo abierto, su sistema sanguíneo, sus membranas”, explica.

Lizandro Samuel asegura para El Diario “que el arte (la literatura) debe sostenerse sobre tres pilares: conmover, transmitir un mensaje y tener belleza”. Unas funciones que a primera instancia pueden resultar sencillas, pero que en la artificiosidad del texto resultan muy complicadas.

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Lizandro Samuel | Foto: Andrea Hernández

“La literatura y el fútbol me salvaron la vida. Suelo decir que el fútbol me enseña a vivir y la literatura a entender la vida. A través de ella me conecto conmigo, con el mundo, con mi entorno. A través de ella construyo el universo en el que deseo vivir: me construyo a mí mismo”, agrega Samuel.

Pero en palabras de Carlos Egaña, escritor vehemente de los medios digitales y autor del poemario Los Palos Grandes, editado por Edda Armas y Carlos Cruz-Diez, la literatura venezolana actual tiene una característica, implementada por aquellos que buscan mercadearse en el extranjero a través del contenido de la crisis, que busca como finalidad presentar al venezolano como “un animal interesante”.

No se venden a través de una cualidad literaria genial, sino a través de la exposición de lo que se vive en Venezuela, dejando a un lado cualquier desarrollo de una psique o cualquier refinamiento de la palabra. Esto es algo que vemos en The Night, de Rodrigo Blanco Calderón, novela que me parece terrible”, agrega el joven escritor caraqueño de 24 años.

Las opiniones sobre la creación literaria son muy diversas y ninguna puede posicionarse como una verdad absoluta, pero algo recurrente es la presencia de Venezuela como un elemento primordial en la obra de estos autores.

Escribir en crisis

La situación venezolana ha influido positiva o negativamente en la obra de estos jóvenes autores.

“Aquí siento que no es necesario inventar mucho, sino más bien esforzarse por penetrar en el entorno, captarlo y asirlo. Ahí hay un montón de literatura, y seguro que muchos de los libros que se publicarán en las siguientes décadas girarán en torno a esto”, indica Lizandro Samuel.

Para este joven caraqueño, de 26 años, Venezuela representa el centro de su trabajo narrativo, porque entre el movimiento constante y caótico de la situación del país “se enmascaran los detalles más inhóspitos de nuestra realidad”, y aunque la literatura no posee ninguna finalidad concreta, la escritura brinda la sensibilidad necesaria para entrever los recovecos del día a día.

A mí me sorprende la gente que dice que quién puede ponerse a escribir en esta crisis. ¡Es que en esta crisis, opino, es cuando más hay que escribir! Es hasta una necesidad: mi manera de conectarme con el país y con el mundo”, dice Lizandro Samuel para El Diario de Caracas.
Lizandro Samuel | Foto: Silvio Loreo

Jacobo Villalobos aclara que él no sería escritor de no ser por la situación de Venezuela, y explica que “las crisis, para aquellos que saben aprovecharlas, son sumamente enriquecedoras, porque la situación de carencia motoriza la reflexión para dar cuenta de la situación”.

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Al revisar su biblioteca mental escoge a Hector Torres, reconocido narrador venezolano, para aclarar dicha introspección a partir de la crisis: “En un país donde no ocurre nada, hay poco que narrar; en un país donde todos los días está ocurriendo algo, hay muchísimo que contar”.

Jacobo Villalobos | Foto cortesía

Villalobos, desde la ciudad de Antofagasta, en Chile, explica que la “literatura es un espacio donde la moral actual se suspende y, de esta forma, se puede evaluar y pensar los límites de la misma”.

El intercambio entre el escritor y el lector permite que las concepciones concebidas previamente se quiebren, dejando sus escombros amontonados en una pila de palabras que a través de la lectura podrán tener un nuevo significado.

María Alejandra Colmenares refiere que “es evidente que la situación que estamos atravesando en el país es una crisis de angustia y agonía. Para mí ha sido profundamente deprimente”.

Una vez vi a una mujer con un embarazo muy avanzado escarbando en la basura buscando algo para comer. Lloré un buen rato, pero nunca pude lograr un buen escrito al respecto porque me dolió mucho”, agrega la joven autora venezolana.

Enfocándose en su obra literaria, aclara que su poesía “no toca la problemática del país directamente”, pero agrega que si bien le gusta mantenerla separada de sus escritos para no “bombardearse”, hay una influencia anímica que la afecta y que viene de su entorno.

Maria Alejandra Colmenares | Foto cortesía

Carlos Egaña piensa que Caracas lo llena de ira, pero al mismo tiempo influye en las palabras que escribe. Busca que su trabajo sea lo menos convencional posible.

Su poemario está signado por las constantes despedidas, por la recurrencia al adiós, a los amigos que se fueron y no volverán. “La soledad, el insilio en esta ciudad, en particular, son temas que marcan mi poemario y reinciden en las cosas que escribo”, señala.

¿Cuáles son las dificultades para publicar en Venezuela?

La industria se ha visto golpeada por la crisis que atraviesa el país. El año pasado Juan Pablo Olalquiaga, presidente de la Confederación Venezolana de Industriales (Conindustria) explicó que para ese momento “la industria en su conjunto está trabajando al 10% de lo que solía trabajar en 1998”.

La industria del libro, al igual que los demás puntos productivos del país, también se ha visto atacada por la inestable realidad económica y social.

Lizandro Samuel, que ocupa el puesto de editor en jefe en la revista Ojo, asegura que la industria editorial está destruida.

“A mí no solo me preocupa el hecho de publicar en físico, sino que ese libro llegue a las librerías, a las manos de los lectores y luego pueda ser leído. Las dificultades para publicar son muchas, pero hacer que el libro llegue a los lectores es todavía más complicado”.

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La hiperinflación que sufre Venezuela, donde la estadística interanual del año 2019 es de 264.872,9%, según las cifras ofrecidas por la Asamblea Nacional, y el sueldo mínimo de Bs 40.000, ha modificado el comportamiento de compra del venezolano.

María Alejandra Colmenares agrega que “las políticas económicas que nos han llevado a este completo desastre no permiten que los ciudadanos tengan otra prioridad que no sea la de conseguir comida y poder pagarla. Todo lo demás es un lujo: servicios médicos, académicos, viajes. Si no puedes comprar un paquete de harina, comprar un libro está obsoleto en la lista de necesidades”.

Compras que no tengan que ver con alimentación resultan irrelevantes en medio de la crisis que sufre el país. La industria del libro como un ápice de la cultura, que se rige por la escogencia del usuario, se encuentra desplazada por el clamor del hambre.

Para Carlos Egaña las dificultades para publicar en Venezuela son obvias y se resguardan en las mismas carencias de cualquier industria, pero es necesario aclarar que la literatura y la investigación literaria son movimientos distintos a la industria convencional, y aunque el libro se venda como un par de zapatos, guarda en su interior una diferenciación tajante en cada palabra escrita.

“La industria editorial privada en Venezuela le ha cerrado las puertas a cantidad de talentos fantásticos por el sencillo hecho de solo publicarse entre ellos, los que llevan las editoriales, porque ya se han vuelto conocidos en Venezuela”, refiere Egaña.

Carlos Egaña | Foto cortesía

La idea que se construyó del Estado como el único y principal proveedor de literatura se transformó en una pesadilla. “Evidentemente cuando ese Estado se ideologiza por el chavismo se minimiza el campo de la cultura por un pésimo manejo de la economía”, agrega Egaña.

Más allá de las dificultades económicas que agobian a la industria del libro, existe una división entre los dos poderes culturales que se mantienen en el país: el chavismo, como guadaña del crecimiento cultural, y la inversión privada que auspicia a sus amigos cercanos.

Pero es imperante recalcar, en palabras de Carlos, el trabajo que editoriales como DcirEdiciones y Oscar Todtmann han realizado por el sostenimiento de la industria. Además, se han transformado en un espacio para las voces jóvenes que, entre tantos problemas que atraviesa el país, escudriñan los detalles de un país en constante decadencia.

“Sabemos muy bien que hay mucha gente que se vanagloria demasiado por ser un ‘gran’ escritor en Venezuela, pero que lo logra porque tiene, digamos, su cunita editorial que nunca se interesará en publicar gente ‘menor’, que hoy en día tiene cosas más interesantes que decir”, completa Egaña.

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Los autores jóvenes que destacan en el país han tenido que recurrir, por una u otra razón, a los medios digitales para encontrar un espacio de difusión. “En un país con una industria editorial tan golpeada y en la que ya casi no hay revistas ni periódicos impresos, las revistas digitales creo que están haciendo todo lo posible por dar la talla. En esta Venezuela, lograr publicar con frecuencia en ciertos espacios digitales me parece un honor tremendo”, finaliza Lizandro Samuel.

¿Qué hacen los jóvenes por la cultura?

El país cosmopolita que inauguraba imponentes universidades y museos, donde editoriales como Monte Ávila Editores y Biblioteca Ayacucho construían un sólido ámbito cultural y literario, ha caducado. Los jóvenes cada día tienen menos espacios para disfrutar o hacerse notar. Por eso, a partir de la crisis, han surgido muchos proyectos para mantener vivo el intercambio cultural.

Lizandro Samuel desde su puesto en la revista Ojo y en colaboración con Ficción Breve Venezolana, un espacio de difusión web para el trabajo literario en el país, está organizando el regreso de la Semana de la Narrativa para los días 19, 20 y 21 de septiembre. Este proyecto busca revivir las historias que brotan en el país y que no tienen cabida en la institucionalidad literaria.

Samuel, residenciado en Caracas y activo en los movimientos culturales que persisten en la ciudad, cita a David Foster Wallace y considera que “la función de la literatura es darle calma a los perturbados y perturbar a los que están en calma”.

En el resto del mundo la noche es un momento de disfrute propicio para que la juventud recorra las ciudades, se mueva en las discotecas y mantenga una armonía a través del caos de la fiesta; sin embargo, en Venezuela la noche se ha convertido en el momento de la oscuridad, de las calles desoladas llenas de peligro.

Carlos Egaña junto a Sofía Jaimes, Manuel Parejo y José Daniel Sánchez lideran un nuevo proyecto llamado Zaperoco, con el que pretenden brindar un nuevo espacio para la juventud caraqueña e iluminar con luces la noche para reducir el poder de la oscuridad. Hasta el momento, han realizado dos ediciones de este Zaperoco, una en el Centro Comercial Parque Cerro Verde y otra en el Bar Cusica de El Hatillo.

Carlos Egaña recitando en el Zaperoco | Foto cortesía

Estos jóvenes no se resguardan solamente en la palabra escrita, sino que tratan de mantener viva la llama de la cultura en una sociedad donde las luces se apagan día tras día. Cada idea que arman los jóvenes venezolanos, siendo inmigrantes o desde el terruño, es un paso para la construcción de la duda, de la reflexión sobre nuestro pasado y presente que permitirá establecer un futuro mucho más sólido.

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