• Deisy Carrero, de 47 años de edad, superó el cáncer de mama. Además, trabaja en una línea de autobuses y tuvo que vender tres debido a su diagnóstico. Ahora, lucha por superar un nuevo ciclo en su vida mientras trabaja como fiscal de transporte público en Ruiz Pineda 

El cabello negro que antes le llevaba suelto ahora lo recoge con una cola que la caracteriza en la parada de autobuses de Ruiz Pineda, en Caracas. Los autobuses y demás vehículos generan generan un vapor que se esparce en lo que queda de concreto, y que se difumina en un sol inclemente que castiga los rostros de los pasajeros que se dirigen a Bellas Artes.

Las unidades se estacionan mientras los comerciantes informales realizan su labor de vender chupetas. Ella verifica y recoge los fajos de billetes con los rostros de próceres impresos. Desde hace 15 años se mantiene en la misma parada a la que llevó primera vez su padre. Su nombre es Deisy Carrero, la única mujer fiscal en la zona. 

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Foto: José Daniel Ramos

Su padre trabajó casi toda su vida en la cooperativa Mamera-Ruiz Pineda, una línea de autobuses alejada del centro de la capital. Rogelio Carrero dedicó una parte de su vida al transporte público, tenía un autobús con el que realizaba la ruta hacia Bellas Artes, en Caracas. Murió de cáncer de forma inesperada en el 2005.

Deisy recuerda que su padre recibió un crédito para un autobús que nunca pudo manejar. Su papá había caído en cama dos meses después de la entrega del vehículo. Falleció en febrero. 

La hija decidió seguir el legado de su padre. Asumió las riendas en la cooperativa y aprendió a manejar el autobús.

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Manejé autobús por poco tiempo, pero recibí miradas llenas de envidia, la mayoría de hombres», cuenta.

Muchos aseguraban que no merecía el carro de su padre, y que no pertenecía a ese mundo de hombres. “Fueron momentos difíciles”, añade mientras se acomoda su vestido azul, que atrae varias miradas.

Sus compañeros de trabajo nunca habían visto a Delcy con ese atuendo, era para la entrevista. Su prenda de color azul rey terminaba por debajo de sus rodillas. Su vestimenta en sus jornadas de trabajo es una camisa gris y un jean que la acompaña al lado de los autobuses. Nunca hubo comentarios irrespetuosos, solo muestras de cariño para una mujer que ha trabajado para hacerse un espacio quizás en el sitio menos esperado para ella.

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Foto: José Daniel Ramos

Tuvo tres carros a su nombre en la cooperativa. Todos ellos gracias al apoyo de compañeros, quienes la ayudaron durante todo el proceso; sin embargo, para Delcy todo empezó a hacerse cuesta arriba. Los autobuses comenzaron a fallar y conseguir repuestos es una tarea complicada debido a la crisis que prevalece en el país. Los carros fueron perdiendo valor, y a su vez la producción diaria. En el 2015 una visita médica paralizó sus labores constantes en la parada: fue diagnosticada con cáncer de mama.  

Nunca esperar la enfermedad

Fue en enero, en el año 2015. Venía de un paseo de Margarita, en Nueva Esparta. En la mañana, mientras Delcy tomaba una ducha, palpó un bulto, como una pequeña canica en su seno derecho. Al principio no le dio importancia, pero mientras sus dedos sentían el bultito por segunda vez recordó ese reportaje de televisión que contaba que las mujeres son más vulnerables al cáncer de seno. 

Su mente revisó, una a una, a todas las mujeres de su familia: su madre, sus hermanas, sus tías, su abuela, y le reconfortó el hecho de que ninguna había sufrido de cáncer. Fue una comadre quien la trajo a tierra, y le advirtió de las consecuencias de sus síntomas. 

Fue al Hospital Oncológico Luis Razetti, uno de los dos oncológicos que hay en la capital, para hacerse los exámenes correspondientes y descartar un tumor maligno. ¿Qué era? ¿Por qué había crecido? Las preguntas se sucedían al mismo tiempo que las hipótesis. El temor recrudeció en su mente. Fue un médico oncólogo quien ordenó una biopsia.

Deisy recuerda la fecha exacta en que le entregaron el papel que indicaba su diagnóstico, fue el 21 de mayo de 2015 cuando el informe decía que tenía carcinoma melanoma grado 2. Sin embargo, ella no entendía su padecimiento,y por eso decide llamar a un familiar médico.

−“¿Dónde estás?”, me preguntó mi prima.

− En el Metro

−Quédate ahí, no te muevas. 

Deisy relata que una de sus primeras reacciones ante el diagnóstico fue buscarlo en internet. “Carcinoma es cáncer, qué raro”, recuerda mientras el hilo de su voz se quiebra. Ella señala que, hasta ese momento, no asociaba su enfermedad con un tumor. Su prima médico llegó, y fue el momento en que la miró para recibir la noticia de su diagnóstico, era positivo para cáncer.

“Para mí cáncer es igual a muerte”, agrega. 

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Foto: José Daniel Ramos

Las consultas médicas se hicieron cotidianas. Los laboratorios eran parte de la rutina semanal. Muestras, biopsias y la espera constante de resultados que presagiaran alguna esperanza. Confiesa que no es una persona que se bloquea con los sentimientos, al contrario, se mantiene de pie para seguir adelante. 

En el hospital le indicaron los pasos que debía seguir: una operación para extirparle la zona afectada de la mama derecha, seis ciclos de quimioterapia y 35 sesiones de radioterapia. Un proceso largo e invasivo que la dejaría sin cabello, le quemaría la piel y la confinaría a un malestar perenne, pero que podía disipar el cáncer de su cuerpo. 

Delcy cuenta cómo fueron esos días. Ya no caminaba radiante en la parada, se marchitaba en una camilla azul. Los párpados se le cerraban levemente sin llegar a cerrarse, como quien tiene sueño pero teme dormirse. La piel se le oscureció. La voz y los músculos perdieron fuerza y cuando llegaba la hora del baño corrían mechones de cabello entre el agua caliente.

Su voz se quiebra un poco mientras enseña la bolsa que ocupa el espacio en el que estaba su seno derecho. Lo muestra con orgullo, es una de las cicatrices que la hacen una mujer más fuerte. Nunca se perdió ningún momento familiar por las consecuencias de la quimioterapia. Delcy comenta que asistió al acto de graduación de bachillerato de su hija aún cuando su cuerpo le dolía y estaba débil por el tratamiento.

“La doctora ya me había advertido que mi cabello se iba a caer, pero fue antes del acto de mi hija. Sin cabello y destruida, así fui al acto. Iba al baño, vomitaba y volvía a salir hasta que llegó el momento en que le dieron su diploma y me pude acostar en un mueble. Me sentía muy mal, y tenía dos días desde que me habían puesto la quimio, pero igual, no me lo iba a perder”, dice mientras una sonrisa se le dibuja en el rostro. 

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Foto: José Daniel Ramos

Se le quiebra la voz al hablar sobre su última visita en el médico. Le detectaron una mancha maligna en su columna: metástasis. Es su primera recaída luego de las sesiones de quimioterapia. Afortunadamente, señala, la detección de la anomalía en su cuerpo fue temprana, por lo que por ahora no necesita más sesiones de radioterapia. Recibe una dosis de un medicamento similar a una quimioterapia, y un tratamiento por dos años.   

No se arrepiente de haber vendido los autobuses de su padre. Siente que todo ha valido la pena para llegar hasta el momento en el que se encuentra.

Siempre recuerda a su padre, su mayor orgullo, quien la enseñó a no dejarse llevar por apariencias ni géneros, “siempre hay mejores maneras de hacer las cosas”, dice mientras se despide en la parada que le abrió las puertas y que donde el recuerdo de su padre se mantiene más vivo que nunca.

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