• La venezolana está segura de la calidad de todo lo que se produce en el país, del trabajo y de los mejores olores, los de Venezuela

El aroma de la casa donde creció Maria Fernanda Di Giacobbe siempre fue muy diferente al resto de las fragancias que volaban con el aire de La Floresta. El olor de las frutas, del jardín y de los dulces que se preparaban en la cocina de su hogar la acompañaron día a día.

La cocina de su casa siempre estuvo repleta de mujeres de las que aprendió cientos de recetas durante su niñez y adolescencia. Su mamá y sus tías preparaban naranjitas, coquitos, papitas de leche, almidoncitos y suspiritos para cumpleaños, bodas y bautizos mientras que ella se encargaba de la decoración. 

Pero ninguna de las mujeres de ese hogar se conformó con hacer dulces, así que también hacían pasapalos salados. Di Giacobbe recuerda especialmente el de ciruela pasa rellena de dulce de leche con cubierta de tocineta al horno. “¿Lo has probado”?, pregunta sonriendo.

Las bicicletas, patines y árboles a los que se trepaba sus mejores aliados al momento de buscar diversión, pero cuando se alejaba de la urbanización la capital entera se convertía en su gran patio de juegos.

“Era una delicia vivir en Caracas porque podíamos utilizar toda la ciudad”, afirma con voz calmada, mientras el cantar de los pájaros carpinteros que vuelan por la Hacienda La Trinidad solapan las palabras de la mujer. 

Sentada en un banco de madera rodeado de flores y enredaderas rememora con cariño su juventud. Era habitual visitar el Museo de Bellas Artes y de Ciencias, la Galería de Arte Nacional, el Museo Sofía Imber y el Ateneo de Caracas. “Tuve una infancia muy bonita y muy moderna. Era absolutamente moderna”, enfatiza.

Foto: José Daniel Ramos

Atrás quedó su infancia y antes de experimentar con el chocolate tuvo su primer negocio: La Paninoteca. Un restaurante donde se vendían sándwiches y en el que había fotos, pinturas y esculturas adornando las paredes, pues siempre estuvo rodeada de artistas. 

En una libreta escribió como se iba a llamar el negocio, qué se vendería, cómo serían las recetas y cómo se harían. “Ese café, hecho con tanta energía y con todas las recetas de mi familia, logró que nos ofrecieran espacios en lugares culturales”, destaca. 

Recuerda que en algún momento se dijo que las mejores exposiciones artísticas de la ciudad se hacían en La Paninoteca, restaurante que surgió luego de un viaje a Abruzzo, Italia, de donde es su familia paterna.

“Ahí vi negocios que eran atendidos por el papá, donde cocinaba la mamá y los hijos sacaban las cuentas y dije ‘esto es perfecto para mi familia’”, resalta sonriendo. 

La Paninoteca estaba frente a Pdvsa, en La Campiña. En esa zona, también estaba la Clínica Santiago de León y la Torre Maracaibo, zonas repletas de trabajadores. 

Pensó que el plan de negocios tenía que ser bueno si a los comensales le daban algo muy rico de comer, a precios accesibles, con buena atención y arte. Así fue: el plan fue infalible.  

Foto: José Daniel Ramos

El restaurante se replicó en el Museo Alejandro Otero, en el Sofía Imber y en el de Ciencias, en el Ateneo de Caracas, en el Teatro Teresa Carreño, en La Estancia, El Universal y Bigott. 

En ese primer local trabajaban cinco miembros de su familia distribuidos en diferentes labores: Tres estaban en la cocina encargados de los fogones, los postres y las ensaladas, mientras que otro atendía y otro cobraba. 

“Vendíamos mucho y tuvimos que contratar gente, pero cuando nos empezaron a ofrecer los demás locales trasladamos a uno de la familia a esos nuevos lugares y los dos mejores empleados empezaron a  ser socios”, comenta. 

Su modelo de negocios era una especie de “plan socialista más próspero que el socialismo del siglo XXI”, afirma riendo, pues allí todos cobraban el mismo salario. 

De sus nueve restaurantes, ocho cerraron por el paro petrolero del año 2002 que duró casi tres meses. Di Giacobbe y su familia pasaron de tener negocios totalmente prósperos, a tener una deuda de 150 millones de bolívares de ese entonces. “Eso era algo que nunca habíamos visto junto”, precisa. 

“Para mí el paro fue un momento crucial en donde pudimos haberle ahorrado a los jóvenes 15 años de lo que hemos vivido”, detalla con tranquilidad. 

La chocolatera, en principio, creyó en el “proyecto bolivariano” liderado por el fallecido ex presidente Hugo Chávez. 

“La mentira fue muy grande”, resalta Di Giacobbe, quien pensaba que el país merecía una mejor gerencia que las que hubo antes de Chávez y que la Venezuela actual sería como “Los Supersónicos”: con carros sobrevolando la ciudad. 

Recuerda que del restaurante en La Estancia sacaron a su madre con fusiles. “Mi mamá estaba ahí amarrada, decía ‘no me voy’ y entró la Guardia Nacional”, precisa con calma. 

Luego de esos episodios que conmocionaron y cambiaron a Venezuela, la familia buscó una manera de reinventarse y comenzar a trabajar nuevamente y aparecieron dos grandes conocidos. 

Di Giacobbe se reinventó y surgió la inspiración para Kakao Bombones Venezolanos, un negocio donde conviven el cacao venezolano y los dulces que marcaron su niñez, pero el inicio no fue tan sencillo.  

Foto: José Daniel Ramos

No tenían dinero para montar una gran fábrica de chocolates, entonces decidieron hacer lo que siempre habían hecho: usar las recetas del hogar. 

Vamos a cubrir esos dulces con chocolate y los vendemos como bombones venezolanos, pero resulta que no era tan fácil: había que aprender a hacer bombones”, ríe mientras se acomoda su cabello blanco.

Por eso, se fue a estudiar bombonería en Roma gracias a préstamos solicitados. Cuando regresó a Venezuela, modificó la técnica de los dulces caseros para hacer bombones y en el año 2004 empezó oficialmente Kakao. 

“Yo me pregunté ‘¿cómo sería convertir todos los sabores de mi infancia en bombones?’ y así nació”, revela. 

Durante su paso por Europa también descubrió que la familia de su padre y de su madre compartían la pasión por la cocina. “No se puede pensar como dos familias, una en Italia y otra en Venezuela, eran tan parecidas. Las mujeres eran líderes, levantaban a sus hijos y mantenían la casa”, afirmó con un destello de sorpresa. 

El nuevo negocio familiar empezó con las sillas, las mesas y las neveras de otros locales, con creatividad, trabajo y muchas deudas: nunca con dinero. 

“El único negocio que nació con dinero fue en Argentina y lo perdimos porque caímos en el error de que las cosas se montan con dinero y las cosas realmente se montan con pasión y trabajo”, reflexiona. 

Por la pasión y el trabajo siempre comió muy bien. Su familia en Venezuela era capaz de viajar hasta ocho horas en carro para comer cachapas en Mochima, o de ir a Margarita para comer ostras. Suspira como si tratara de recordar algunos olores y afirma que sus comidas favoritas de la infancia eran el asado negro, la polvorosa de pollo y el hervido de gallina de su abuela Aurora. 

Descubriendo el cacao 

Durante uno de los muchos viajes por carretera que realizó con su familia visitó por primera vez una plantación de cacao: la de Panaquire, en el estado Miranda. 

“Nos bajamos del carro y mi abuelo dijo ‘miren esos cacaos’. Me acuerdo que estaban guindando en una mata y habían de muchos colores”, recuerda. 

Luego conoció otras plantaciones en Barlovento, Cata y Cuyagua. En ellas comió cacao en bola, pero también vio cómo lo fermentaban y secaban en los patios. 

Entre plantaciones, viajes y dulces: el chocolate siempre estuvo muy presente en su vida. Su mamá hacía “la torta de chocolate más rica de Caracas”, llamada Maruja. El ponqué casero se rellenaba con chocolate La India derretido con leche condensada, caramelo partido y almendras tostadas. 

Di Giacobbe pasó toda su juventud replicando la torta para venderla y tener sus propios ingresos, pues piensa que el dinero es una energía que se cambia por otra cosa que se desea. 

“La persona que trabaja puede pagar sus deudas, por eso es que yo creo en el ahorro y el crédito y cada día menos en este gobierno que no les ha dado (a los jóvenes) las posibilidades de comprarse una casa o de pagarse los estudios”, destaca. 

Junto a su familia, y durante 16 años de trabajo, lograron comprar 17 casas que le pertenecían a diferentes miembros del equipo y la familia. 

Los que eran dueños de los restaurantes familiares cobraban menos cada mes y guardaban lo que se les descontaba en un pote y así, con ahorro y un poco de negociación, muchos lograron tener su casa propia, carro, seguro médico y educación privada para sus hijos. 

“Podían poner a los hijos en mejores colegios porque la educación que era gratuita se empezaba a echar a perder por culpa de esa democracia corrupta que no metió más equipos a las escuelas y no le pagaba bien a los profesores”, asevera. 

Con tranquilidad, y acompañada de esa sonrisa que no abandona su rostro, reflexiona acerca de la docencia en la historia de Venezuela. Afirma que desde que tiene conocimiento los profesores son los peores pagados del país. 

Foto: José Daniel Ramos

“¿Tú crees que eso es un país? ¡Eso es una desgracia!, pero todos juntos arreglaremos este zaperoco”, expresa mientras mira a los pájaros cantores volar entre varios árboles verdes y frondosos. 

Movimiento cacaotero: impulso a la mujer 

En 2005, un año después de abrir Kakao Bombones Venezolanos, la Gobernación de Miranda, encabezada por el entonces gobernador Henrique Capriles, la invitó a dar clases sobre cacao en Barlovento. 

Di Giacobbe cuenta que la idea de Rubén Carrero, parte del equipo de la gobernación, era que el cacao de las haciendas se convirtiera en chocolates y bombones. 

“Empezamos a dar clases, pero resultó que nosotros íbamos a enseñar y ellos sabían mucho más que nosotros”, resalta con emoción. 

Las 30 mujeres que participaron en esas clases le enseñaron a sus familiares a hacer bombones. Luego, 150 de ellas empezaron a hacerlos en el Fondo Social Miranda y cuando se convirtieron en 700 mujeres las clases se llevaron a un curso más gerencial, que incluía costos, historia, computación y química, sobre el cacao y chocolate en la Universidad Simón Bolívar. 

La chocolatera afirma con orgullo que 700 mujeres de Barlovento influyeron para que la USB creara el Diplomado en Gerencia del Cacao y Chocolate. 

Foto: José Daniel Ramos

“Todas esas mujeres hicieron que los científicos de cubículos salieran al campo y los que estaban en el campo fueran a la universidad. Siento que es un momento histórico donde entendemos que una sociedad se puede hacer con la investigación, experiencia, conocimiento ancestral y las ganas de hacer dinero”, expresa. 

Resalta que donde hay una mujer que transforma ese cacao en chocolate está germinando una idea de autosustentabilidad, ecología, educación, capacitación y libertad que son tan necesarias en Venezuela. 

Nunca ha sentido que ha ayudado a mujeres, siempre siente que ha aprendido de mujeres muy sabias como Petra Galarraga y Amanda García de Barlovento, Angela Gonzalez de Río Caribe, Ifigenia Laya de Ocumare y Juana de Dios e Isora de Chuao. 

“Este país está lleno de mujeres que han luchado porque sus hijos estudien, que no conociendo otro país que no sea su pueblo mandaron a sus hijos a estudiar a Estados Unidos o Francia”, señala. 

Destaca que “una de las bondades de la democracia” de su generación fue la beca Gran Mariscal de Ayacucho. 

“Eso sirvió para que cientos de venezolanos viajaran y se prepararan para poder tener Pdvsa y el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas”, afirma. 

Siempre pensó que Venezuela podría ser mucho mejor de lo que era. Para ella es inaceptable que las calles están rotas o que antes de la primera elección de Hugo Chávez como presidente existieran pueblos y ciudades sin agua corriente. 

“No es justo que el Río Guaire esté sucio, no es justo que el Río Tuy esté contaminando todos los sembradíos de cacao”, reflexiona. 

Cree fervientemente que existen bases suficientes para que Venezuela se convierta en un país maravilloso, pero para eso “hay que decirle a la gente que nos gobierna que están peladísimos y no los queremos a ninguno”. 

No soporta que la UCV esté sucia y está en contra del CLAP, así como lo estuvo del vaso de leche de Carlos Andrés Pérez. 

“Si todo te lo dan, nada te cuesta y llegamos a donde llegamos:  si no me llega la caja CLAP me muero de hambre”, enfatiza. 

A su juicio, los gobiernos deben fomentar plataformas mediante las que los ciudadanos puedan desarrollarse y llegar a un alto nivel de evolución mental, física y espiritual. 

La identidad del venezolano 

Su abuela sembraba lo que se comía, su madre transformó esa materia prima en dulces y ella los elevó hasta hacerlos bombones. Recuerda con emoción su primer bombón: fue el de naranja porque la naranjita era el dulce que más le gustaba cuando era pequeña. 

Explica pausadamente que se pueden hacer muchas cosas con las manos y con todo lo que está alrededor, pero nunca se debe eliminar el trabajo para que las personas dependan de un gobierno. 

Afirma que los «adecos» regalaban pocetas para que los ciudadanos votaran por ellos y que los «copeyanos» no regalaban nada porque “eran pichirrísimos”, pero, sin dudas, resalta que los funcionarios del régimen “son las estrellas”. 

“Estos nos quieren convertir en esclavos, pero el venezolano no es esclavo y tiene una concepción de la libertad que viene desde su nacimiento porque nacimos hablando de Simón Bolívar”, enfatiza. 

Para ella la identidad del venezolano es mucho más fuerte que cualquier partido político y detalla que ni Chávez ni Nicolás Maduro, a quien prefiere no nombrar, lo entendieron. 

“Han querido destruir la identidad venezolana cambiando las estrellas de la Bandera, los nombre de las calles, del país y el Escudo Nacional, pero la identidad del venezolano va mucho más allá”, cuenta riendo. 

Para ella la identidad del venezolano siempre suma y nunca resta, suma tanto que todo lo que se siembra en la tierra da frutos. Precisa que es fundamental que los ciudadanos entiendan que forman parte de una sociedad llena de culturas y que a Venezuela le corresponde ser un país próspero, moderno y maravilloso. 

Siempre estuvo rodeada de arte y destaca con admiración a algunas de las figuras y lugares que hicieron grande a Venezuela. Sofía Imber, Jesús Soto, Carlos Cruz-Diez y los artistas que se presentaban en el Teresa Carreño forman parte de ese país que sueña y que sabe que puede ser mejor. 

“Los jóvenes son un herederos de un gran país y los que estamos aquí no nos vamos porque vamos a construir con ellos un país mucho mejor que el que hemos conocido”, resalta mientras resuenan boleros en la Hacienda La Trinidad, que está rodeada de árboles de donde cuelgan cacaos. 

El cacao crece bajo la sombra de grandes árboles, acompañados de flores, frutas, especies, mariposas e insectos. Sus olores, sabores y colores son parte de la venezolanidad de la que Di Giacobbe habla con tanto cariño. 

Cuando habla del cacao, es inevitable que hable del venezolano. Describe al venezolano, en medio de un suspiro, como un ciudadano muy feliz que se asemeja al cacao por ser sabroso y complejo. 

Ha recorrido Venezuela incontables veces. Conoce a la perfección sus aromas, colores y sabores tan variados. Se ríe y afirma que el país, que se une con raíces cacaoteras, huele a cacao: su más grande aliado. 

Hay aromas y sabores del cacao que son muy complejos y persistentes. El venezolano es inolvidable como el cacao de Venezuela”, asegura con satisfacción.

Señala que el cacao le puede dar tantas alegrías a Venezuela como lo ha hecho el ron o los grandes artistas del cinetismo. Sin embargo, no cree que la economía nacional deba enfocarse en un solo fruto o producto. 

Es pro petróleo, pero también está a favor de la exportación de los cientos de productos que pueden ser producidos en el país. En el Trasnocho Cultural, lugar donde está ubicado Kakao Bombones Venezolanos, la llaman “la señora quiero”, porque lo quiere todo.

“No tendríamos porqué escoger. Una tableta de chocolate cuesta 10.000 yens, dos mangos 80.000 yens, ¿por que voy a escoger? Puedo vender todo, no hay porqué escoger”, considera riendo. 

“Venezuela es un matriarcado”

María Fernanda Di Giacobbe defiende a la mujer tanto como defiende al país y al cacao. Las defiende porque muchas lograron sacar a sus hijos adelante sin tener la ayuda de un hombre. 

Para ella la mujer es amor y destaca que parte de la feminidad es percibir el mundo a través del amor, con sentido de vida, de pertenencia y con una maravillosa conexión con  el universo. 

Ha leído acerca de las culturas indígenas venezolanas y con propiedad afirma que son culturas femeninas, como la gastronomía y el país.

“Esto es un matriarcado. Dicen que los hombres mandan y ¡no importa!, las decisiones grandes de la familia las toman las mujeres”, destaca y sonríe. 

Calmadamente, como si recitara una poesía, afirma que cuando el mundo piense como un espíritu femenino habrá más empatía con los estudiantes que exigen mejoras, y con la sociedad en general. 

“Si tenemos una visión más femenina vamos a ser muchos más perceptivos de cual es la necesidad de las generaciones futuras y vamos a preservar el conocimiento, la vida y la naturaleza: eso es lo que uno defiende cuando habla de las mujeres”, detalla. 

Si habla de mujeres, resalta los logros de Sofía Imber y Carolina Herrera. “¡Qué orgullo que sean mujeres!”, dice risueña. 

Venezuela, a su juicio, es una sociedad mucho menos machista y más avanzada que la italiana y la española debido a la gran mezcla de culturas que existen. 

Como madre, como mujer y como un ser humano nacido de la mezcla de dos culturas entiende que la libertad es parte fundamental de la vida. Por eso comprende que sus dos hijos hayan decidido vivir en otros climas diferentes al venezolano. 

“Entendemos que los muchachos vayan y aprendan, que sean libres de decidir si quieren regresar o no”, resalta. 

Sonríe. Sabe que sus hijos no van a encontrar en ningún continente un país como en el que crecieron. Si ellos desean regresar y aportar al país con lo que aprendieron en otras latitudes: ella lo celebrará. 

“Bon bon”, en español, significa “bueno bueno”. “Bueno bueno” como su infancia y los olores que la rodearon cada día de su vida en aquella casa de La Floresta donde surgió toda la inspiración necesaria para ser bombonera, empresaria y, sobre todo, una gran mujer. 

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