• En El Diario conversamos con Erik del Búfalo, Daniel Esparza y Joaquín Ortega para analizar, desde el ámbito académico, el cambio posible de la vida como la conocemos

Lucien Goldmann, reconocido filósofo francés de mediados del siglo XX, establecía en el texto Las ciencias humanas y la filosofía que: “Un acontecimiento puede ser histórico, aunque solo haya ejercido una influencia mínima sobre los hombres, en la medida, por ejemplo, en que expresa una actitud humana fundamental frente a los valores que aún tienen una relación importante con los que reconocemos actualmente”. Es decir, aquellos instantes que, de cierta manera, modifican una actitud humana reconocible son lo que se despojan de su naturaleza efímera para quedar en la historia. La pandemia por Covid-19 podría ser ese hecho que dejará una influencia para las generaciones futuras.

Numerosas voces, sobre todo las intelectuales, han catalogado la propagación del virus como un quiebre en el sistema y en la forma, para muchos crítica, del manejo de la economía. Pero, desde Brooklyn, Nueva York, Daniel Esparza, filósofo venezolano que trabaja en el departamento de religión de la Universidad de Columbia, comenta que, ante todo, es importante determinar lo que se entiende como “quiebre” y, segundo, preguntarse sobre la idea que se tiene de “sistema”. 

Si algo ha evidenciado la pandemia es que el supuesto capitalismo global no es homogéneo. No ha habido «una respuesta del capitalismo global a la pandemia.» Estados Unidos ha tomado medidas muy distintas a las medidas tomadas en Inglaterra, Chile, o Francia. Por otra parte, países «socialistas» como Venezuela han tomado medidas muy parecidas a las que han tomado los países ‘capitalistas’”, agrega Esparza.
Foto: Daniel Esparza

El filósofo esloveno Slavoj Zizek es reconocido por sus sentencias llamativas, por sus movimientos esporádicos y por la capacidad que ha demostrado para estudiar la ideología, como un código configurador de la realidad, a través de la imagen cinematográfica. Fue uno de los primeros que escribió sobre la pandemia; con tal rapidez, como si se tratara de una carrera contra el resto de los pensadores. Ya publicó un libro llamado Pandemia: La Covid-19 estremece al mundo. En ese primer artículo, publicado a finales del mes de febrero, Zizek presentaba al virus como el catalizador de un nuevo “comunismo” y el fin del capitalismo como lo conocemos. 

En este caso, Esparza, graduado en la maestría de filosofía de la Universidad Simón Bolívar, comenta que Zizek ha apostado durante mucho tiempo a la fantasía marxista-leninista ortodoxa “que supone que la acentuación de las contradicciones va finalmente a producir un cambio radical”. La fantasía de derrocar al capitalismo, de aprovechar, quizás, cada momento de dificultad humana para sacar a relucir la retórica del fin. 

“Yo soy más del grupo de Antoine Gallimard. En una entrevista reciente con el diario español El País, Gallimard dijo lo que, creo, ya todos deberíamos saber: que es mejor desconfiar de este tipo de visiones «finalistas.» Suponer que el mundo cambiaría es (estas son palabras de Gallimard) ‘demasiado bello’”, agrega el filósofo venezolano. 

Para Joaquín Ortega, politólogo y profesor de la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la UCV, la metáfora cinematográfica que utiliza el filósofo esloveno, aquella “técnica de cinco puntos” tomada de la película Kill Bill de Quentin Tarantino, solo es una muestra del amplio conocimiento que tiene este sobre el cine, pero no sorprende. “Desde la Ideología Alemana de Karl Marx, escrita en 1845, al día de hoy no hay una sola idea novedosa en el comunismo en relación a la extinción o sustitución del modo de producción generado luego de la revolución industrial. Retomando a Zizek, creo que su obra fantasea con un estalinismo light en donde él sea el intelectual orgánico”, agrega. 

La técnica de cinco puntos. Es un movimiento de artes marciales que aparece en la película Kill Bill Vol. 2, de Quentin Tarantino. Consiste en golpear con los dedos cinco puntos de presión del contrincante para que su corazón explote y muera.

Ortega, en este caso, establece que Zizek solo busca generar su puesto a futuro, ser el intelectual orgánico que construya los símbolos de la nueva sociedad “comunista” que, según sus enunciados, es inevitable. Pero, aunque las sentencias de Zizek sean, de alguna forma, disparatadas, para el ensayista venezolano la pandemia “sí sustituye actores”. Es decir, “la primera batalla” en la lucha por la economía mundial es ganada por China, mientras Occidente se resguarda para evitar el contagio, pero, al final, agrega Ortega, la paradoja de ese nuevo cambio de actores recae en que la monedas de circulación mundial continúan siendo el dólar y el euro. 

Erik Del Bufalo, filósofo e investigador venezolano, es certero con la equivocada resolución de Zizek, porque esto “no es un golpe al capitalismo”. Para él las medidas que se tomarán para controlar la situación serán las mismas que adaptó la nación estadounidense después de la gran depresión económica en la década de 1930.

Foto: Erik del Búfalo
Eso fue lo que reanimó la economía y salvó el capitalismo. Es muy posible que hagamos políticas neokeynesianas o keynesianas después de la pandemia, pero eso no implica el fin del capitalismo, al contrario, eso implica su salvación. Lo que tal vez sí se afecte es cierto modelo, digamos, en el flujo de la mano de obra a nivel global”, agrega.

Pero, por otro lado, Ortega considera la utilización de las medidas keynesianas como una tercera sombra que oscurece el panorama de la libertad del individuo post-pandemia. “Es una forma de la que se vale el sentido común de los balances económicos, cada vez que el capitalismo entra en crisis”, dice.

Foto: Henry Delgado | Joaquín Ortega

Para los tres académicos entrevistados por El Diario cada análisis realizado sobre la pandemia es prematuro, porque, como argumenta Esparza, “es demasiado temprano para poder predecir absolutamente nada. Ni siquiera sería sensato decir que nada va a cambiar”. Mientras la situación aún continúa y la población mundial siga viviendo, minuto a minuto, las calamidades de la pandemia, las consideraciones del futuro solo tendrán cabida en un extenso “quizás”.

“Quizá el único cambio que realmente veamos, a corto plazo, será que nos tomen la temperatura con un termómetro infrarrojo antes de subir a un avión, pero ni siquiera eso es seguro. Sin embargo, sí es cierto que los pequeños comerciantes, la gente que vive del diario, están en riesgo ¿La gente seguirá contratando empleados domésticos? Yo temo por mis bares locales, por las librerías locales, por los restaurantes y las bodegas de mi barrio. Me da miedo querer ir a un restaurant a celebrar que finalmente podemos salir y conseguirme con que no aguantó dos o tres meses de cierre”, agrega desde Estados Unidos.

Ortega analiza que uno de los cambios que se podrían notar en los últimos meses son el progreso de las plataformas de ventas por Internet, como Amazon y AliBaba. Por otro lado, el politólogo venezolano agrega que “si partimos de la hipótesis que lo de Wuhan no fue un accidente, sino un acto de guerra; entonces el quiebre del centro y norte de Europa y la ralentización del consumo en el mundo sigue estando para bien o para mal dentro de los marcos del mismo sistema financiero que China necesita; y lo necesita para vender los paños tibios del incendio que ella misma generó”. 

La pandemia: ¿excusa para el totalitarismo? 

El filósofo italiano Giorgio Agamben escribía a finales del mes de febrero sobre la peligrosidad que supone, a largo plazo, el estado de excepción provocado por la pandemia. El Estado, según él, está alcanzando un poder absoluto ante el miedo a la muerte y los ciudadanos, como borregos temerosos, entregan su libertad al confinamiento. “Así, en un círculo vicioso perverso, la limitación de la libertad impuesta por los gobiernos es aceptada en nombre de un deseo de seguridad que ha sido inducido por los mismos gobiernos que ahora intervienen para satisfacerla”, agregaba en su texto La invención de una pandemia.

Foto: cortesía

Slavoj Zizek, por su parte, alegó la necesidad de entes universales que regulen la soberanía de las naciones para evitar, de esta forma, la propagación del virus. El miedo ante la libertad. La entrega de uno para evitar el otro. En este caso, para Esparza estos “entes” son una forma innecesaria de tratar las situaciones de excepción porque, al final, “la soberanía individual de las naciones ya tiene límites claramente establecidos en el derecho internacional y en la declaración universal de los derechos del hombre y el ciudadano”. 

Joaquin Ortega, en este caso, comenta que existen dos sombras tras la intención de los entes universales: “una la de la vieja idea del texto “Hacia la paz perpetua” de Kant, que luego fomentaría la creación de la Liga de las Naciones y posteriormente la ONU. La segunda sombra no es más que un comunismo reeditado, un nuevo maquillaje del internacionalismo proletario que ya agotó el nombre de alterglobalización y globalismo. También se habló de “Multitud” o “Poder constituyente” de la boca de Hardt y Negri; se habló de socialismo del siglo XXI de la boca de Heinz Dieterich. En estos momentos muy posiblemente se esté buscando un nuevo nombre sexy para mercadearlo: un neocomunismo post Sanders y Post Ocasio”. 

Del Búfalo considera que la pandemia, de cierta manera, puede ser el detonante para la instauración de un gobierno global que puede ser muy peligroso para el entendimiento del individuo sobre la libertad. “No significa mayor libertad para los individuos, porque un gobierno global, con instancias de poder que no se controlan democráticamente, está demasiado alejado de la primera instancia de voluntad”, agrega. 

Foto: Erik del Búfalo

El 22 de marzo Byung-Chul Han, reconocido filósofo surcoreano que ha estudiado durante las últimas décadas a la sociedad de la producción desmedida, escribió para El País de España un artículo donde trataba de establecer los puntos que permitieron que China pudiera paliar la crisis sanitaria. Para él, desde Alemania, el poderío que mantiene el Estado comunista en el país asiático permite que el control sobre el confinamiento sea, prácticamente, total y el nuevo sentido de la soberanía sea entendida a través de la Big Data. Es decir, los datos recopilados por los teléfonos, por los motores de búsqueda, por las redes sociales y por las cámaras de la calle serán, en el futuro, la forma de coerción más utilizada. 

Existen muchas maneras de justificar o racionalizar la obediencia. Ahora, si lo digital llega hasta la autonomía económica o alimenticia, allí sí estás en peligro porque el individuo se vuelve número para el poder y por lo tanto, no indispensable, es decir, puede ser potencialmente borrable”, comenta Joaquín Ortega.

El individuo se encuentra atado al poder de sus datos, desde los más inocuos y pedestres, hasta los secretos más oscuros. Todo está a merced de las plataformas que se utilizan diariamente y la pandemia, como expuso Byung-Chul Han, podría llegar a detonar el entendimiento de la coacción digital como algo necesario para evitar el miedo. 

Para Daniel Esparza el caso chino, y también el estadounidense, son ejemplos de la función que tiene la data para delimitar al individuo en la sociedad. Uno desde la determinación del comportamiento ciudadano y el otro, con un capa de privacidad, desde la calificación de crédito bancario. El individuo tiene, prácticamente, todos los aspectos de su vida bajo la vigilancia constante. 

Estar constantemente ocupándome de parecer confiable, de generar confianza ante las instituciones que deben entender que no soy una amenaza, como hacemos en los aeropuertos, es claramente una especie de mecanismo de control social. Ahora, también hay que entender que, mientras no seamos todos individuos moralmente autónomos, con un mínimo necesario de empatía que permita una coexistencia ciudadana decente, los controles policiales serán obviamente necesarios”, agrega.
Foto: Daniel Esparza

Entonces, el temor a la muerte en un estado de excepción como la pandemia hará que, de alguna manera, el individuo sea más susceptible a la entrega de sus libertades. En Asia, desde los gobiernos totalitarios del continente hasta los más democráticos, el ciudadano no presenta una conciencia crítica, dice Han, ante el poder del Estado para regular la vida a través de la tecnología. 

Del Búfalo, por su parte, entiende que el mayor peligro de la coerción tecnológica recae en el sostenimiento a través del tiempo de los mecanismos de control. Pasará la pandemia, pasará el miedo, pero el Estado podrá mantener su control excesivo sobre la población con la excusa, quizás, de evitar otro momento de excepción. 

Los mecanismos de biocontrol son los más preocupantes. Creo que vienen intenciones de poner más controles y los ciudadanos debemos estar atentos a no ceder libertades en nombre de la seguridad. El problema es: ¿Hasta qué punto las masas pueden hacerlo? Porque la gente siente que va a morir, aunque no sea verdad, está dispuesta a ceder su libertad. Todas las tiranías empiezan así, todas empiezan como benévolas, en nombre de la protección. Pasan de la protección a la opresión muy rápidamente”, agrega.

Para Ortega es muy difícil determinar el aprendizaje de la humanidad ante una situación como la pandemia. Y, quizás, si la situación de excepción se convierte en el estado común de las cosas se corre el riesgo de que el individuo internalice la represión como necesaria. “Si vivimos la versión 2.0 del Covid-19 y nos venden que viene otra más mortal, no hay psique que soporte esos niveles de estrés. La sociedad mundial pudiera convertirse en una gran cárcel con ciudadanos presos, que gustosos se pasan la llave en sus “celdas-hogares” al final del día. Weber, Bentham, Foucault se darían la mano con una distopía política global inspirada en lo peor del conductismo occidental y en lo peor del despotismo oriental”, puntualiza.

“¿Nos acostumbraremos a otro tipo de «vida pública»?”, se pregunta Daniel Esparza. Por los momentos es muy difícil determinar el cambio en la sociedad, pero, quizás, la vida pública como la entendemos esté peligrando. “En mi opinión, el modelo de ciudad cosmopolita sobre el que se mantiene la idea de la vida pública en occidente es una mesa con cinco patas: la plaza, el lugar de culto, el bar, el mercado, y la escuela. Sin esas cinco, si reducimos la vida pública solo a una de ellas (digamos, ir solo al mercado, a comprar lo únicamente indispensable) la mesa se cae”, concluye. 

Biopolítica: ¿ha cambiado la relación con el cuerpo? 

Michel Foucault fue un reconocido filósofo francés que, de cierta forma, posicionó el tópico de la biopolítica para entender las relaciones del cuerpo humano con el poder y como este es manejado. “El control de la sociedad sobre los individuos no solo se efectúa mediante la conciencia o por la ideología, sino también en el cuerpo y con el cuerpo”, expusó en 1974.

Según Foucault, el cuerpo es un ente tanto de dominación como dominador, y el Estado produce un control sobre las características, los usos, los manejos y el entendimiento de la corporeidad humana. El Covid-19, con una facilidad notable de contagio, ha provocado que la relación del ser humano con su cuerpo y con el otro se modifique de cierta forma. Tocar, besar, abrazar está prácticamente prohibido. La población se escuda tras los guantes y tapabocas. 

Foto: cortesía

Ahora, para Joaquín Ortega el verdadero problema podría centrarse en el miedo al otro, al apretón de manos, al beso en la mejilla, a esos aspectos que definen la relación que tienen los individuos entre sí.

Si eso se convierte en paranoia, al salir de nuestras casas actuaremos como reos recién libertados con temor a hablar, con desconfianza hacia el otro, con una ruptura de la comunicación y de las relaciones interpersonales. Es el sueño dorado de las tiranías: que nadie aguas abajo hable entre sí. Que no se quejen ni se organicen políticamente para su defenestración”, agrega.

Partiendo de los postulados de Foucault, el cuerpo tiene una importancia en la construcción de la política y en las delimitaciones de la sociedad. Ortega, en este caso, comenta que la dinámica del uso político de la salud es tan vieja como la de los leprosos, los dementes, los enfermos. La biopolítica establece el uso de la enfermedad, y de la salud, como aspectos que un Estado totalitario puede utilizar para subyugar, diferenciar y separar a la población. 

El filósofo español Paul Beatriz Preciado toma lo dicho por Roberto Espósito, otro estudioso de la biopolítica, para concluir que este enunciado puede ser utilizado como un mecanismo de depuración. Esto, quizás, se podría ver en las declaraciones que realizó el vicegobernador de Texas Dan Patrick para Fox News, en las cuales alega que el sacrificio de los adultos mayores, sin importar su muerte, es necesario para evitar el quiebre de la economía. 

Ante esa desafortunada declaración Joaquín Ortega comenta que parece ciencia ficción pensar que la situación actual pueda empujar a la humanidad a una alienación de “sacrificio” de las vidas propias y ajenas. “Cuando vemos el ejemplo de Texas resulta, en cierto modo, de una estupidez dramática; porque así los mayores quieran o puedan ofrecerse en sacrificio, el contexto de la pandemia no es el de un país del tercer o cuarto mundo, sino el de la primera nación en términos de autoconsciencia de productividad, ingeniería, riqueza y capacidades creativas”, agrega. 

Foto: Henry Delgado | Joaquín Ortega

Erik Del Búfalo, profesor titular de la maestría en filosofía de la Universidad Simón Bolívar, asegura que el cambio social es inminente y creará sociedades más desafectadas. “Serán sociedades que no podrán operar colectivamente. Porque, si bien es cierto que somos individuos, somos individuos sociales. A mí me asusta ese escenario”, agrega.

Además, según Del Búfalo los únicos que encontrarán una salida positiva de ese nuevo orden social serán “los dueños del Internet” y de las redes sociales. Por ejemplo, Amazon ha sido la empresa más beneficiada por el confinamiento, ya que las compras virtuales aumentaron 90% en EE UU y Canadá, en comparación con el año pasado. 

Para Esparza, por la fragilidad de la situación, es imposible asegurar un cambio tajante en la sociedad, pero la separación en la relación corpórea es un factor que caracteriza el avance tecnológico. Ya era notable, antes de la pandemia, las preferencias de lo virtual sobre lo físico. “Cada quince días vemos un artículo que dice que las nuevas generaciones prefieren el sexo virtual, que alguien en algún lado se casó con una muñeca, que la gente tiene cada vez menos sexo. Obviamente, nada de esto tiene que ver con el Covid-19 sino con razones que los psicoanalistas sabrán explicar mejor que yo”.

Foto: cortesía

Pero, al mismo tiempo, el inicio de una humanidad confinada, atraída por las videollamadas, por los emojis y los mensajes de texto es, para él, una situación dudosa, porque todas las plataformas son funcionales para objetivos prácticos: trabajar, estudiar, etc. “Pero para «no hacer nada» (que es precisamente lo que uno hace en una librería, en un templo, en un museo, en un bar), para «perder tiempo» en la calle, con la gente, son totalmente inútiles”.

¿Es positiva la pandemia? 

Las cifras presentadas hasta este 11 de mayo por la Universidad John Hopkins revelan que el Covid-19 ha dejado más de 285 000 muertes alrededor del mundo. Pero, desde algunas trincheras, se ha considerado como un aspecto positivo el detenimiento de la vida. Quizás porque el ambiente está más limpio, porque es una señal de atención para la humanidad, porque, como muchos vociferaban, “el virus somos nosotros”. 

Foto: El País

Para Joaquín Ortega ese enunciado habla muy mal de aquel que lo utiliza, porque ocurre, inesperadamente, un desdén hacia lo humano. No hay respeto por la vida, por el proyecto que significa vivir y desemboca en una falta de autovaloración. “No somos los seres humanos ni la industrialización los enemigos del planeta, son los excesos y las fallas en los procedimientos de los remanentes de toda producción los que causan daños en el entorno ecológico. Ética y cultura de procesos van de la mano en los marcos corporativos, que no concurran es ya un tema particular de cada realidad”. Entonces, en este caso el ensayista venezolano concluye que el mercadeo del miedo puede ser el resultado más peligroso de la pandemia, porque “nos impide simplemente vivir, amar y ser”.

La comparación del ser humano con un virus que daña al planeta es, por lo menos, un sinsentido que no tiene ninguna consciencia por el proceso de vitalidad, porque, para Esparza, un virus tiene como finalidad la reproducción, más nada. El único aprendizaje que debería dejar la pandemia es el aprendizaje que deja la vida misma: “que la vida es frágil, que nuestra normalidad es siempre débil, que una vida sin sobresaltos es en buena medida una cuestión de suerte. Sin duda es un buen momento para leer a los existencialistas, empezando con Agustín”.

Foto: cortesía

Quizás, como explica Esparza, el camino de la humanidad post-pandemia será el mismo que los habitantes de Oren, en La Peste de Albert Camus, tomaron: nada cambió y la vida siguió su curso natural. Lo único, aquello que se marcó en la memoria de todos los habitantes, fue la conciencia de la fragilidad que significa estar vivo. “Creo que el reto es ese: tratar de mantener feliz la ciudad, con la conciencia de que la felicidad es frágil y que, por eso, hay que practicarla y ejercerla”, finaliza.

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