• La productora Claudia Salazar, responsable de obras como La Novicia Rebelde y Los Miserables, conversó con El Diario sobre su trayectoria y responsabilidad en el teatro venezolano. Foto: Ram Martínez

La historia escrita por Víctor Hugo, a finales del siglo XIX, que presenta las catacumbas de la sociedad francesa de principios de siglo con el canto idílico de Cosette, el sufrimiento de Fantine en las escalinatas olvidadas del puerto parisino y la reivindicación de Jean Valjean que, quizás, nunca pudo deslastrar su pasado, llena de fervor las salas teatrales del mundo. Los Miserables es un signo perpetuo de la historia humana. Esto sorprendió a Claudia Salazar, en una sala teatral de Manhattan, Nueva York, a los 13 años de edad y, al mismo tiempo, se transformó en el primer chispazo para entender que el teatro musical sería su vida. 

Lo que no esperaba ella, aunque lo deseaba, era que años después sería la encargada de traer el canto de Gavroche y la rebelión del pueblo francés al Teatro Teresa Carreño, el más importante de Venezuela. En ese momento, cuando recuerda las dificultades de producir la obra en Venezuela, menciona que Los Miserables es un proyecto que comenzó cuando apenas era una niña, justamente en esa sala de Nueva York, junto a los ronquidos de sus compañeros del colegio y la mirada cómplice de su mejor amiga. Desde ese instante todos los signos de la obra de Víctor Hugo se han desentrañado ante la mirada de Claudia. 

“Cuando vi Los Miserables por primera vez encontré un espacio para ser. Me encantó, me transformó. Me dio un sentido de querer estar ahí. Para mi Los Miserables me abrió los ojos al teatro musical”, agrega.

Pero el camino para llegar a su “hijo más querido”, como ella denomina a la obra, estuvo lleno tanto de alegría, como de dificultades, que significaron un aprendizaje continuo sobre el devenir de la vida y del oficio. Podría decirse, según su relato, que Los Miserables fue el punto de quiebre en su juventud, pero era un oficio que apenas comenzaba para ella. Las producciones escolares, las clases de teatro, el sinfín de actividades relacionadas a las artes auspiciadas por su madre, le dieron los primeros elementos de un menester que se construye con el paso del tiempo. 

En la conversación se cuelan pequeños sonidos, junto al tono de voz que se compagina con una sonrisa esporádica, al recordar, cómo aparecen los recuerdos en el fluir de la conciencia, las producciones en las que acompañó, en las que estuvo para ayudar, para entender y para aprender. Mientras estudiaba Comunicación Social en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), pensando que su fin sería la televisión, se presentó, recordando quizás su apego al teatro musical, a Palo de Agua Producciones. 

Foto: Ram Martínez

En este lugar aprendió, de la mano del director artístico Michel Hausmann y del productor ejecutivo Yair Rosemberg, lo que existe detrás de las bambalinas. Ella solo conocía las producciones del colegio, pero nunca antes había tenido una relación cercana con la industria del teatro musical en Caracas, dominada sobre todo por Palo de Agua. Ahí, con la sonrisa jovial de todo aquel que descubre las entrañas de su sueño, trabajó en los musicales El violinista en el tejado, Jesucristo superestrella y Los productores. Tres obras que lograron ser vistas por más de 170.000 personas en Venezuela. 

Al finalizar la primera década del siglo XXI, mientras el país se empezaba a agrietar y las dificultades, aunque incomparables con el presente, subyugaban al talento nacional, Palo de Agua Producciones decidió irse de Venezuela. Claudia, en ese momento, sintió una abrumadora orfandad, pero decidió, contra todo pronóstico, llevar sobre sus hombros la responsabilidad del teatro musical.

El camino independiente de Claudia Salazar

Su primera obra como productora independiente fue La Novicia Rebelde. El verso que expone la vitalidad de las colinas con el sonido de la música irrumpió en el Teatro Teresa Carreño en 2011. La obra, en sí misma, tiene un reconocimiento a través del mundo; primero, por la adaptación teatral realizada por Richard Rodgers y Oscar Hammerstein II y, segundo, por la obra literaria homónima La historia de los cantantes de la familia Trapp, escrita por Maria Von Trapp. Además, en el ámbito cinematográfico es un recuerdo recurrente la actuación de Julie Andrews, cantando a través de las praderas de Salzburgo, en 1965. Esto aumentaba la presión y para Claudia, con apenas 25 años y muchos tropiezos, el estrés de la obra es el factor que más recuerda. “Era trabajar en la sala más importante del país y siento que era muy pequeña para afrontar ese monstruo”, comenta. 

Foto: cortesía

“La novicia fue totalmente estresante. No hubo día en el que yo estuviese tranquila. Lo más difícil, en un principio, era lograr que el equipo de jefes, de directores, de diseñadores confiaran en mí como productora general porque, al final, yo era la jefa de ellos”.

Pero, al final, fue un gran éxito. La dirección de Vicente Albarracín, las actuaciones de Mariaca Semprún, Rolando Padilla y el resto del elenco conformado por 35 actores en escena fueron aspectos que construyeron, junto a la pulcritud musical de Elisa Vega y la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho, un obra importante para el teatro nacional. 

“La Novicia Rebelde me enseñó que primero hay un público ávido de teatro musical; y, segundo, que hay talento de sobra de manera desbordada en este país para lograr hacer proyectos así”, dice para El Diario.

Ahora, con menos estrés, con muchas enseñanzas encima y una carrera que la ampara le gustaría volver a representar la obra. Una de las cosas recurrentes en Claudia, al momento de conversar con ella, es el arraigo y la necesidad de crear para Venezuela. Es un sitio, quizás, inhóspito en este momento pero, como ella comenta, ávido de teatro y desbordante de talento. 

En los años que le siguieron a ese momento, mientras buscaba una obra para representar en el país, recordó los arrullos de su madre con los cantos del musical Godspell. Ese sería su nuevo reto, ahora comandando Clas Producciones, para seguir engalanando su lugar dentro del teatro venezolano. La obra escrita por Stephen Schwartz y John-Michael Tebelak en 1970, con miles de adaptaciones por el mundo, era, además, un contacto con las enseñanzas de su madre. Más de 200 personas audicionaron. Era 2013 y todo parecía estar listo para estrenar en el Teatro Chacao pero un suceso, totalmente aislado, acabó con todo aquello: el presidente Hugo Chávez había muerto. El país, como era de esperar, se sumió en una incertidumbre política y no había lugar para el teatro en ese momento.

Ella había emprendido este proceso sola, con el apoyo financiero de su familia y, al tener que cancelar la temporada, se vio en una situación económica contradictoria. Las deudas parecían caer encima de Claudia, pero, luego de estrenarse, su nombre dentro del ámbito cultural empezó a retumbar bajo el lema de un titular periodístico que aún recuerda: “la chica tras los musicales”. 

“Fue un proyecto que económicamente no me dejo nada, pero a nivel de responsabilidad, de legado, por decirlo de alguna manera, lo que me dejó fue muchísimo más’”, recuerda.

Parecía que aquel primer objetivo, el de llevar el teatro musical en sus espaldas, se estaba cumpliendo. Comenta emocionada al recordar ese titular, con una extensa risa que se mantiene en la llamada, que ella podría vivir, tranquilamente, en una obra de teatro, pero el hecho de construir poco a poco una industria en el país le generaba fuerzas para seguir creando y produciendo. 

Pero después del golpe financiero que significó la interrupción de Godspell, tuvo que pagar durante dos años un crédito bancario. Las deudas llegaron después del fulgor y ella tuvo que emplearse durante un año en el Centro Cultural Chacao, en Guataca durante un tiempo y, al final, en el Centro Cultural BOD durante dos años. “Esto me permitió ver una perspectiva distinta del teatro: desde el espacio, lo que es programar un espacio, lo que es mantenerlo y la responsabilidad que tiene uno como productor”, agrega. 

Durante esos dos años, comenta, sintió una pesada frustración por no estar en su lugar, en la producción, en el teatro musical que la había llamado a los 13 años. Pero volvió, ante el miedo de dejar la estabilidad de un trabajo, a producir teatro con la obra Casi Normal. No era un título conocido, no era una obra que, en sí misma, tenía todo el reconocimiento para ser llamativa en un país que, quizás, no tiene una cultura de teatro musical. Esto era un factor atemorizante para Claudia al momento de producir, pero el trabajo junto a Marcel Rasquin que estampó su ojo cinematográfico y Santos Palazzi desde la trinchera de la dirección musical, despejaron todas las dudas. El éxito fue inminente. 

Foto: cortesía
“(Casi Normal) Fue comprobar que el teatro musical tiene una industria gigante porque no era un título reconocido. No era la Novicia Rebelde y agotó casi todas las funciones. Fueron más de 15 mil personas que la vieron”, dice con pequeños destellos de felicidad.

Piaf y Los Miserables, hitos del teatro musical venezolano

Claudia, de cierta manera, había posicionado su nombre dentro del increíble mundo del teatro. Comenta que un día estaba trabajando en una obra infantil llamada Diario de una bruja enamorada, junto a su amiga Marianey Amyn, escritora de la obra, cuando recibió la llamada de la actriz Mariaca Semprún para llevar a cabo un musical sobre la cantante francesa Edith Piaf. El proceso era distinto porque no había texto, ni guion, ni lineamientos externos que seguir. Solo había un entramado de canciones e historias que se entremezclaban en la voz áspera de Piaf. Pero entre ella, Mariaca y Leonardo Padrón, reconocido escritor venezolano, lograron hilar un relato que le diera homenaje a la vida de la cantante. El resultado final tuvo el nombre de Piaf, voz y delirio

Foto: Ram Martínez

Entre las docenas de presentaciones por ciudades como Madrid, Ciudad de México y Orlando, Claudia tiene dos que están guardadas en su memoria: el estreno en Caracas y el estreno en inglés en Miami. El primero porque, después del arduo trabajo creativo, la prueba de fuego era la presentación ante la embajada francesa en Venezuela y ante todos los residentes del país galo en Caracas. El segundo representó un reto porque en la traducción, según los expertos de la teoría literaria, se pierde una esencia del lenguaje y, además, la actuación es distinta. Durante semanas estuvo practicando junto a Mariaca para lograr un equilibrio entre los dos idiomas. 

En ese momento, entre los extensos viajes y reconocimientos, un periodista le preguntó sobre su musical soñado. Ella, acostumbrada a la pregunta, dijo que “Los Miserables es mi gran sueño pero lo haré cuando 60 años y me retire”. Pensaba que necesitaba más tiempo para descubrir los detalles de la obra que guió su camino desde los 13 años, pero después de esa entrevista y la insistencia de muchos decidió intentarlo. Esa noche escribió un correo a la empresa que protege los derechos de la obra. Es un proceso arduo, que ella cataloga entre risas como el trámite para un asilo político, porque investigan toda la carrera de la productora. Fueron cuatro meses de espera. 

Un día, con la esperanza diezmada y segura de la decisión declinada, recibió el correo más corto e importante de su carrera: “Estimada Claudia, fue aprobado el derecho de Los Miserables para hacerlo en Venezuela”. Sus ojos se llenaron de lágrimas durante horas y, luego de la noticia, llegó el gran: ¿y ahora qué? Empezó el largo y difícil trayecto de lograr la escenificación en Venezuela de una de las grandes obras de la humanidad. Era julio de 2017. 

Todas las decisiones debían pasar primero por Claudia y, segundo, por el comité que protege los derechos de la obra. Después de un año buscando director en toda Venezuela, incluso hasta en Madrid, la desesperación se acrecentaba y el comité al ver el talante de Claudia le recomendó el trabajo de Mariano Detry. Luego, más de 700 personas audicionaron para la obra. Elisa Vegas junto a la Orquesta Gran Mariscal de Ayacucho recibió la batuta de la composición de Claude Michel Schönberg para musicalizar la obra. 


El 31 de octubre de 2019, más de dos años después de haber recibido ese primer correo, se estrenó en el Teatro Teresa Carreño la obra de Los Miserables y la pregunta “¿Oyes al pueblo cantar?” recibió respuesta.

“Los Miserables marcó, no solo por su contenido, porque la historia es sumamente importante, sino por lo que significó para nosotros, en un año tan difícil, en un país tan difícil”, asegura.

Más allá del canto desgarrador de la historia escrita por Víctor Hugo, de las semejanzas con el presente que logran las obras dedicadas al gran tiempo, que no mueren ni con el pasar de los siglos, Los Miserables fue un ejemplo, para Claudia, de como construir país. Los proyectos grandes, agrega, obligan al individuo a la persecución de su tope y por eso son necesarios en un país de falencias. 

Foto: Hiram Vergani | Aplauso final de Los Miserables

El reestreno de la obra, comenta, estaba pautado para el inicio de este año, pero los caprichos del destino y la aparición de Covid-19 que detuvo el mundo, también detuvo el canto de las barricadas en el teatro. Ahora está pautado para el inicio de 2021, después de hacer las inversiones pertinentes en la estructura del Teresa Carreño que, desde hace varios años, presenta los desmanes del deterioro y el olvido. 

La enseñanza del teatro musical 

Claudia comenzó en 2013 junto a la actriz, cantante y locutora Mariana Marval un proyecto llamado La Escuela, Teatro Musical en Caracas. Un nombre sencillo, pero con un inmenso objetivo de cumplir con la enseñanza de una expresión artística que recoge el sentir humano. Cada programa dura 10 meses y se especializa en canto, baile y actuación.

La enseñanza en La Escuela se completa con la historia del teatro musical porque, para Claudia, es imperante que cada actor reconozca el contexto de su personaje, del autor, de la escritura misma de la obra para engrandecer su puesta en escena. Ahora, la meta para los siguientes años es lograr el aprendizaje en las áreas de la escritura, de la producción, de la escenografía, entre docenas de oficios que tiene el teatro musical. 

Hace pocas semanas Valentina Berger, directora de Go Broadway, se comunicó con Claudia para crear una alianza en Venezuela. Este proyecto se basa en una serie de campamentos en la ciudad de Nueva York, sobre todo en el área de Broadway, para estimular la curiosidad de los participantes en el teatro musical. Tienen talleres con productores, directores, actores, tanto latinoamericanos como extranjeros, para aprender todos los detalles del oficio. 

Foto: Clas Producciones

El equipo de Go Broadway estaba, desde hace meses, trabajando en la plataforma de aprendizaje online, pero con el inicio de la cuarentena se aceleró el proceso. Clas Producciones, comandado por Claudia, se convirtió en el doceavo representante del proyecto en el mundo. 

El primer paso ocurre a través de la enseñanza online, pero para Claudia esta es una asociación que espera mantener a través del tiempo para ofrecer esos campamentos en Venezuela. Quizás, así como ella descubrió a los 13 años, con el canto embravecido de Los Miserables, el universo del teatro, puede otro, con el mismo fervor, descubrir a través de los campamentos que el teatro musical es el oficio para su vida. 

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