• El equipo de El Diario conversó con Ender Sierra, un migrante venezolano que regresó al país caminando junto a su padre y hermana luego de quedar sin empleo en Buga, Colombia, como consecuencia de la pandemia por el covid-19. Foto: Human Right Watch

Hasta el pasado 21 de julio habían retornado de manera voluntaria a Venezuela más de 90.000 migrantes provenientes de Colombia, según información publicada por migración de ese país.

Ender Sierra forma parte de esas personas que han regresado a Venezuela de forma voluntaria. Tiene 17 años de edad y hace 9 meses decidió irse junto con su padre y su hermana de 15 años de edad a Buga.

De esa cifra de retornados, 76% regresó al país por el Puente Internacional Simón Bolívar, mientras que otro porcentaje ha decidido cruzar la frontera por caminos irregulares, también conocidos como “trochas”.

Este joven venezolano no terminó el bachillerato. Estudió hasta segundo año de educación superior y asegura que dejó a un lado sus estudios porque la situación económica no era la mejor. Para ese tiempo, su papá se había ido a Colombia y eso lo afectó emocionalmente.

Antes de partir hacia otras latitudes, Ender vivía en Venezuela junto a su mamá. Ambos trabajaban en Cúcuta, Norte de Santander, allá atendían una tienda de ropa. El dinero que ganaban les alcanzaba para pagar un hotel de lunes a viernes en la ciudad colombiana, cubrir los gastos básicos de alimentación y algunos productos de aseo personal.

Ender Sierra
Ender Sierra

Luego de un tiempo, Ender notó que ni siquiera el trabajo en Cúcuta con su mamá era suficiente para que ambos pudieran vivir cómodamente en Venezuela. A finales del año 2019 tomó la decisión de irse a Buga, departamento del Valle del Cauca.

“Me fui porque estaba mi papá y como aquí no había trabajo y no se podía tener buena estabilidad, me fui. Mi papá me ayudó con el pasaje para irme en bus”, dijo Ender en entrevista exclusiva para El Diario.

En Buga, Ender trabajó en un taller de motos haciendo reparaciones y en un mercado popular descargando alimentos que trasladaban los camiones

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Fue un poco difícil porque lo que hacíamos no nos alcanzaba para el arriendo (alquiler), a veces durábamos un mes sin pagar, pero se podía hacer algo”, comentó.

Pese a las dificultades, asegura que su situación era mejor que en Venezuela. Aunque él no escapó de la xenofobia y la discriminación por ser venezolano. 

“La mayoría de colombianos lo ven a uno nuevo y lo tratan de ‘veneco’, quieren discriminarte siempre y creen que les vas a quitar el trabajo”, explicó Ender.

Aproximadamente un mes después del inicio de la pandemia, Ender y su padre decidieron que lo mejor era volver a Venezuela. La situación empezaba a tornarse complicada, ya no había trabajo y tampoco dinero para la comida.

“No se podía trabajar, ni salir, todo estaba cerrado, no podíamos hacer nada, el trabajo lo perdimos de un momento a otro y ya teníamos un mes y medio sin poder pagar arriendo ni nada”, añadió.

La travesía para volver

A finales de abril, el padre de Ender empezó a buscar dinero para poder regresar a Venezuela en autobús, sin embargo, el esfuerzo fue en vano, no logró conseguir el efectivo necesario y tampoco había viajes comerciales por la pandemia.

“De repente, así de la nada, mi papá nos dijo ‘no, pues, nos va a tocar regresar caminando’ y nosotros sin pensarlo dos veces dijimos que sí, porque ya no podíamos  quedarnos ahí”, enfatizó Ender.

El pasado 12 de abril Ender, su hermana y su papá comenzaron a caminar desde Buga. Ese día, salieron a las 4:30 a.m. de esa ciudad, su padre y él cargaban cinco maletas con todas sus pertenencias. 

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Empezamos a caminar por toda la avenida y llegamos a un lugar donde había otro venezolano que venía de Perú y también iba a Venezuela, nosotros seguimos para no andar con tanta gente. Caminamos como tres kilómetros y el señor llegó al rato, nos hicimos compañeros de él”, mencionó.

Juntos continuaron su camino sin detenerse. A eso de las 11:30 p.m. comenzó la preocupación, era de noche y temían por los peligros a los que podían exponerse en la calle.

Al cabo de un rato, llegaron a un peaje saliendo de Buga y decidieron quedarse ahí a descansar, sobre todo porque la hermana de Ender ya estaba exhausta por la larga caminata. 

“Nos tuvimos que quedar ahí porque si seguíamos caminando no encontrábamos ciudad cerca. Por ahí pasaron dos señores y nos dieron dos bolsas de pan y un litro de leche para comer”, indicó Ender.

Ender Sierra
Ender Sierra

A la mañana siguiente se prepararon con sus bolsos y siguieron caminando. Minutos después pasó un señor en una mula y se ofreció a llevarlos hacia el otro peaje.

“Era como media hora más y llegamos ahí y empezamos a caminar de nuevo. Se nos hizo de noche y llegamos a otro peaje más adelante, eran como las 11:00 p.m., nos quedamos ahí y comíamos lo que la gente nos colaboraba o si no, no comíamos”, puntualizó.

Luego de cinco días caminando llegaron a Pereira, capital del departamento de Risaralda. Ahí empezó a llover, pero eso no los detuvo, Ender y su familia seguían su camino.

“Nos estábamos mojando y la gente pasaba, le sacábamos la mano pero nada, todos miraban como si los fuéramos a robar”, comentó cabizbajo. 

En Pereira tuvieron que atravesar uno de los tramos más difíciles de todo el viaje, una montaña muy fría sin que cesara la lluvia.

“Yo le presté mi suéter a mi hermana para que no se mojara tanto, yo iba en pura camisa y de tanto caminar ya tenía tremendas ampollas en los pies, casi no podía dar pasos”, expresó.

Al llegar a la cima de la montaña se percataron que había una casita alumbrada y como eran casi las 10:00 p.m. decidieron acampar ahí afuera. A la mañana siguiente, los dueños de la vivienda les dieron pan y chocolate caliente para desayunar.

Siguiendo su ruta arribaron a Manizales, capital del departamento de Caldas.

“Ahí fue donde nos tocó más difícil, pasamos la ciudad completa caminando y la gente nos decía ‘tienen que llegar hasta el final de un páramo’”, apuntó Ender.

Eran aproximadamente las 7:00 a.m. cuando empezaron a subir el páramo. Luego de caminar unos metros, vieron una estación de policía y allí aguardaron unos minutos para descansar los pies ampollados y la espalda cansada por el peso de las maletas.

“Les pedimos a los policías si nos podían subir un poquito, pero dijeron que no. Ahí se hicieron como las 2:00 p.m. y a uno de ellos se le ablandó el corazón y dijo ‘bueno, si quieren los dejo en todo el páramo arriba’ y duramos como hora y media en carro hasta allá”, indicó Ender.

En la cima de la montaña hacía mucho frío. Ender tuvo que prestarle su mono y suéter a su hermana para que pudiera abrigarse un poco, luego agarró dos de las maletas, su papá los otros tres morrales y siguieron caminando. 

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Llegamos a un punto en que bajó la neblina, eran como las 4:30 p.m. y no nos veíamos, estábamos a un metro de distancia y no nos veíamos. Hacía mucho frío, nosotros descansábamos un poquito y a caminar otra vez”, expresó.

A las 7:00 p.m. encendieron unas velitas para poder ver la carretera y se acercaron a una bodega a preguntar cuánto faltaba para llegar al siguiente pueblo.

“El señor nos dijo que como una hora pero eso fue como para sacarnos de ahí. Seguimos caminando y más adelante preguntamos en otro lugar y el señor nos dijo que faltaban como ocho horas pero que a una hora caminando había una casita abandonada para que pasáramos la noche”, dijo Ender.

Siguieron caminando hasta llegar a la casa abandonada, ya era casi medianoche. Ahí encendieron dos velas más, el padre de Ender entró a la casa para ver dónde podían dormir pero, para su sorpresa, la casa estaba inundada y era imposible quedarse ahí.

“Nos tocó irnos y empezar a caminar otra vez, como hora y media. Cuando nos dimos cuenta habíamos bajado muchísimo y no lo podíamos creer”, agregó Ender.

Ender Sierra
Ender Sierra

Dos horas después llegaron a un pueblo pequeño, de unas 12 casas, y decidieron quedarse ahí. 

“Dos señores cristianos nos sacaron dos bolsitas de pan y chocolate caliente. Al frente un señor nos dio chocolate y pan también, otra señora nos sacó arepas. Estábamos muy agradecidos”, mencionó.

A las 3:00 a.m. empezó a llover y Ender, su papá y su hermana se tuvieron que mover a otro lugar porque las cobijas y todas sus cosas se habían mojado. Al amanecer, guardaron sus pertenencias y se alistaron para seguir su camino.

“De pronto se pararon como tres camiones encava con tubos PVC y me dio por preguntarle a un señor hacia dónde iban y me dice que a Santa Marta, entonces mi hermana y yo le preguntamos si podía acercarnos un poco y el señor dijo que nos acomodáramos ahí, que nos dejaba a cuatro horas –en carro- de Bucaramanga”, comentó. 

Todos estaban muy felices porque iban a avanzar mucho en su camino. A las 7:00 a.m. partieron y aproximadamente a las 5:00 p.m. el conductor se detuvo en la entrada de Bucaramanga. Hasta ahí los podía llevar.

“Nos bajamos y empezamos a caminar, encontramos a un sargento de la Guardia Nacional de Venezuela y nos acompañó. Duramos dos días y medio para llegar a Bucaramanga desde donde nos dejó el camión”, precisó Ender.

Durante ese trayecto se alimentaban gracias a la generosidad de la gente y lograban asearse en pequeñas quebradas, pues no tenían otra opción.

“A mí me daba pesar con mi hermana por su aseo personal”, recalcó.

Al llegar a Bucaramanga se consiguieron con un grupo de venezolanos en el parque El Agua, quienes esperaban la llegada de un autobús que los trasladara a la ciudad de Cúcuta.

“Nos decían que teníamos que esperar 15 días para que llegara un bus y nos llevara a la frontera”, apuntó Ender.

Para ese momento Ender y su familia cumplían 12 días de caminata y no deseaban esperar dos semanas más para poder regresar a Venezuela. 

“Se hizo de noche en el parque y empezamos a ver que la mayoría de venezolanos eran viciosos y nosotros no queríamos entrar en ese grupo así que nos alejamos”, explicó.

Ellos decidieron moverse hacia un centro comercial para dormir pero los vigilantes les impidieron pasar la noche en ese sitio y les advirtieron que de intentar pernoctar en el sitio llamarían a la policía.

“Entonces empezamos a caminar y encontramos una casita, nos quedamos ahí afuera y al otro día a caminar otra vez”, declaró Ender.

El reto de atravesar el páramo de Berlín

A la mañana siguiente continuaron su camino. Ese día tenían que atravesar el páramo de Berlín, una de las montañas más altas y frías de Colombia. Un tramo peligroso para los venezolanos que se arriesgan a volver a su país caminando. 

“Empezamos a caminar a las 6:00 a.m. y aún no llegábamos, se hizo mediodía y nada. Por la vía pasaron unos policías y nos dieron unos kits para venezolanos, comida y juguitos”, comentó.

A eso de las 6:00 p.m. llegaron al páramo, caminaron unas horas más hasta que oscureció y tuvieron que detenerse para encontrar un sitio donde dormir.

“Nos íbamos a acostar y una señora nos pregunta si tomábamos aguamiel (bebida caliente producto de la cocción de panela en agua) y mandó a comprar dos bolsas de pan y nos dio con aguamiel”.

Durante su trayecto lograron conseguirse con muchas personas solidarias que les tendieron la mano. Sin embargo, también se encontraron con personas indolentes que buscaban la manera de bromear con la necesidad ajena.

“Antes de acostarnos llegó un señor en una camioneta y nos preguntó que a dónde íbamos y dijo que nos daba la cola, que se iba a estacionar. Cuando hace que se va a estacionar y nosotros agarramos todo para montarnos, él arrancó y se fue”, explicó Ender con frustración

Luego de esa falsa esperanza, notaron una zona donde habían tiendas de acampar y decidieron quedarse a dormir ahí.

“De repente llegan dos camiones llenos de alimento para gallinas y le dijimos al señor si nos daba la cola y él dijo ‘si se pueden acomodar ahí, súbanse’ y nos montamos”, puntualizó.

El camión empezó a andar y entre los tres intentaban permanecer juntos y arroparse con las cobijas para generar un poco de calor.

“Mi papá nos preguntaba si estábamos bien pero le decíamos que sí para no preocuparlo, pero yo estaba asustado. Al rato mi hermana dijo que no sentía los pies y nos dio miedo, nos tocó abrigarla bien entre los dos”, añadió Ender.

Aproximadamente a la 1:00 a.m. el conductor llegó a un hotel donde pasaría la noche. El padre de Ender le pidió que les dejara dormir en el camión porque no tenían a donde ir a esa hora de la madrugada y el chofer accedió.

A las 6:00 a.m. el hombre los despertó. Era hora de seguir su camino rumbo a Venezuela. Para ese momento ya habían pasado el páramo de Berlín y llegaron a Pamplona tras 15 días de caminata.

“Ahí también hace frío. La gente nos ayudó, nos dieron pan y desayuno pero no perdimos ni un momento porque todo era a pie y mientras más rápido mejor. Así llegamos a Pamplonita y faltaban como dos horas y media para llegar a Cúcuta, según decía la gente”, comentó Ender.

Un poco más cerca de su destino

Luego de caminar un largo trayecto decidieron sentarse a descansar un momento. Por la zona pasaron dos camiones con venezolanos a bordo.

“Yo veo que se bajan todos y los del camión seguían ahí y me da por preguntarle al del camión hasta dónde iba y dijo que hasta Cúcuta y le pregunté si podía arrimarnos un poquito. El señor dijo que camináramos junto a los otros venezolanos porque había una alcabala y más adelante nos recogía”, mencionó Ender.

Caminaron junto al otro grupo de migrantes y 30 minutos después el camión llegó a recogerlos. El próximo destino era Norte de Santander, a un paso de Venezuela.

“Llegamos a Los Patios en Cúcuta, el señor nos dijo ‘los dejo aquí porque hay una alcabala’”, agregó.

Desde Los Patios siguieron caminando hasta llegar al centro de Cúcuta. Ahí pagaron un taxi que los trasladó hasta La Parada para cruzar hacia el estado Táchira.

“Llegamos y ahí íbamos a pasar por trocha pero se nos hizo muy tarde y nos tocó quedarnos ahí durmiendo”, dijo Ender.

A primera hora del día siguiente pasaron por los caminos verdes para esquivar los controles. Los denominados ‘trocheros’ le cobraron 20.000 pesos (unos 6 dólares) a cada uno por pasarlos hacia el lado venezolano.

“Nosotros nos íbamos a venir en carrito por puesto a San Cristóbal después de cruzar pero en el camino nos pararon y nos hicieron devolver a pagar la cuarentena. Perdimos la plata del carro por puesto y al regresar llegamos al refugio donde teníamos que esperar”, afirmó.

30 días de aislamiento obligatorio

En San Antonio del Táchira, municipio Bolívar les aplicaron la prueba del covid-19, los enviaron al punto habilitado en el terminal para que pudieran bañarse, almorzar y esperar durante dos horas el ingreso a la escuela donde cumplirían su aislamiento.

“Esperamos hasta que una señora nos anotó en una lista y como a la hora llegó un transporte que decía ‘San Cristóbal’, resulta que ese bus salió del Terminal de San Antonio y nos llevó a una escuela ahí mismo en el pueblo”, precisó Ender.

En esa escuela habilitada por el régimen de Nicolás Maduro como un Punto de Asistencia Social Integral (PASI), Ender y su familia cumplieron con un aislamiento de 15 días.

Ender dijo que el resultado de la prueba PCR fue negativo y aún así los trasladaron en autobús hasta San Cristóbal para ser ingresados en otro PASI.

En San Cristóbal tuvieron que permanecer –nuevamente- en cuarentena por 15 días. Al llegar se encontraron con otras personas de San Josecito que también cumplían con el aislamiento.

“Esos muchachos se pusieron groseros a pelear, se le alzaron a los guardias y se los llevaron detenidos”, comentó.

Al llegar a la escuela les dieron indicaciones sobre el aislamiento y los espacios donde podían dormir y comer.

Ender Sierra
Ender Sierra

“La escuela donde nos metieron estaba sucia, los baños olían mal, así que entre nosotros mismos nos pusimos a limpiar eso. Como a los cinco días llegaba otro grupo de gente de San Antonio y nosotros les pusimos una cartelera de bienvenida”, expresó Ender.

Todos los migrantes que cumplían aislamiento en esa escuela ubicada en Pueblo Nuevo colaboraban con la limpieza del lugar. Y según Ender, las personas que trabajaban en el PASI estaban muy agradecidas por su ayuda. 

Cumplida la cuarentena preventiva, Ender, su papá y su hermana volvieron a casa. Durante los primeros días las personas de la comunidad se asustaban porque temían ser contagiados.

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La gente se alejaba porque pensaba que estábamos contagiados, que teníamos coronavirus y nosotros cumplimos con el aislamiento y nos hicieron la prueba que salió negativo”, explicó Ender.

Ser retornado en medio de una pandemia se convirtió en un obstáculo para conseguir empleo.

Al cabo de un tiempo Ender logró encontrar trabajo. Poco a poco las personas comenzaron a asimilar la realidad, a comprender que él y su familia estaban sanos y libres de covid-19.

Ender empezó a trabajar con su tío en soldadura, su hermana se mudó con un tío y su papá –dos meses después- decidió regresar a Colombia “porque allá está su esposa”.

Ahora Ender ha tenido que empezar de cero en su país, pero con una experiencia de vida que recordará siempre: caminar cientos de kilómetros para volver a su hogar.

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