• Mario empezó a sentir que le costaba respirar mientras subía las escaleras de su casa. La fiebre comenzó a invadir su cuerpo hasta que no pudo volver a levantarse de la cama. No creía que fuera grave y que el virus estuviera dentro de su organismo

Esperaban a un médico que nunca llegó. La familia se alistó con lo que pudo y empezó a manejar hacia el hospital. Dentro del carro estaba Mario* descompensado. Había tenido un colapso que no le permitía tomar bocanadas de aire. Se complicó. Poco tiempo era el que tenía la familia. Mario no hablaba, no reaccionaba y su pulso se desvanecía en la parte de atrás del vehículo. Nunca dejó de luchar para que el aire entrara a sus pulmones, pero dejó de respirar. 

Cuando Mario salía de su casa lo hacía usando la protección necesaria. Era precavido. Mientras estaba en la calle sus manos siempre estaban forradas de látex, tenía un tapabocas y la botella de antibacterial en su bolso. Tanto que, cuando contraía un malestar, su familia recuerda que lo superaba con rapidez. Fue un día lunes. El venezolano de 60 años de edad comenzó a sentir un ligero dolor de cabeza. Una limonada caliente y un medicamento para el resfriado lo acompañaron esa noche. Al día siguiente se sentía mejor. 

En su casa, su familia pensó que había superado el resfriado sin mayor dificultad, pero en las siguientes horas el malestar volvió. Había empeorado. Su hija, Ana*, comenzó a notar que le faltaba el aire. Veía que le costaba conciliar el sueño. Al día siguiente no podía apoyar sus manos. Tenía escalofríos que paralizaban su cuerpo. Estar en su cama fue una actividad que comenzó a prolongarse durante esa semana. Ana y su mamá lo cuidaron, les alarmaba su situación y querían llevarlo al hospital. Pero Mario respondió que prefería seguir el tratamiento en casa. 

Ana recuerda que una de las conversaciones que mantuvo con su papá fue en su habitación. Era la rutina. En el cuarto estaba el perfume que siempre utilizaba. Vestirse, rociar unas cuantas gotas del producto para que cayeran sobre su ropa y después salir a trabajar. Sin embargo, comenta su hija, en las últimas semanas el envase estaba casi vacío, lo estaba gastando más rápido.

Le pregunté si el olor le parecía fuerte, pero me dijo que casi no lo sentía. Estaba perdiendo el olfato”, explicó para El Diario.

El viernes hubo una mejoría en su condición, pero duró poco. Mario se fatigaba y se cansaba demasiado al subir las escaleras. Las manos las colocaba alrededor de su pecho por la dificultad que le causaba respirar. Durmió, pero a la mañana siguiente sintió que no podía levantarse de la cama. Cuando lo hizo, almorzó, tomó una azitromicina y regresó a su cuarto. Desde ese momento no reaccionó más. 

Lo trataron de estabilizar, pero no funcionó. La temperatura de su cuerpo bajó. Estaba frío. Ana y su mamá decidieron que había que llevarlo al hospital. Dicen que en el carro aún respiraba. Pero al llegar no hubo médico que atendiera a Mario. Agonizaba. Lo intentaron todo, pero estando en el sitio nada fue posible. Tocaron su cuello, no había pulso. “Se nos murió por coronavirus en el carro”, dijo Ana.

Cuando Mario empezó a experimentar los síntomas de coronavirus, en Venezuela se registraron 12.000 casos confirmados. El día que falleció, el 28 de julio, en el país anunciaron 16.571 contagios.

A pesar de que actualmente existe un decreto de Estado de Alarma y, con ello, medidas como cuarentena radical en varios estados del país, los reportes de casos positivos siguen en aumento. Durante la redacción de esta nota la cantidad total de casos confirmados era 18.000.

Ana siente que todavía está en el carro con su papá apretándole la mano. Piensa que esta enfermedad no debe ser subestimada. Dice que las personas tienden a permanecer en una etapa de negación que no les permite aceptar que están contagiados. El peso de “culpa” también la invade, pero está convencida de que su papá se ha ido por alguna razón.

“Se nos murió de coronavirus en el carro”
Foto cortesía.

Ella todavía encuentra en las redes sociales a personas que no toman en serio el virus. Algunos aseguran que nunca han tenido un familiar enfermo. Lo descalifican al considerarlo como una gripe más. Dicen que no es real; todo mientras Ana afronta la realidad de tener que abrazar un cofre lleno de las cenizas de su padre.

*Los nombres de los entrevistados se sustituyeron para proteger su identidad.

Este artículo de El Diario fue editado por: Irelis Durand |Génesis Herrera.

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