• El equipo de El Diario conversó con Alexis José Sánchez, profesor de Lengua y Literatura y editor periodístico. Decidió incursionar en la escritura por las contrariedades del contexto actual

Cuando se habla de un escritor se introduce la gran imagen de la persona solitaria, labrada con la introspección continua, como si de los poetas malditos se tratase. De resto, es el hombre que aparece con el vigor de las palabras para significar lo que muchos, silenciados en su vida, quieren decir y no pueden. Son categorías extraliterarias. Igualmente, el delirio de la escritura rebosa los límites del concepto y aparece, de manera sorpresiva y trabajada, en la grandilocuencia del lenguaje. Para Alexis José Sánchez, de actitud parca y estoica, la escritura es reconocible como una forma de catarsis. Hace mucho la descubrió, luego de su recorrido académico, y logró escribir, relato a relato, una antología que autopublicó a principios de este año. Se llama Historias de Venezuela. Una mirada periférica, alejada de los círculos, que, entre todas, brinda un matiz del gran cosmos del contexto venezolano.

Se graduó en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) y ejerció, durante muchos años, la docencia en la cátedra de Lengua y Literatura. Luego se convirtió en editor del diario Última Hora, en la ciudad de Araure, estado Portuguesa. “Eso me permitió explorar otra faceta de mi carrera. Ya no solo se trataba de enseñar en el aula; también podía revisar material que sería leído por miles de personas al día siguiente”, comenta en exclusiva para El Diario. 

La confluencia entre el oficio literario y lingüístico de su etapa académica con la rapidez de la escritura periodística que, ante todo, pretende desmenuzar la realidad ante los ojos de cada lector, le permitió reconocer las variantes de cada relato. En este caso, el solo hecho de la palabra era mucho más potente que la introspección del relato escondido, nunca publicado, nunca visto y con la pretensión de no ser leído. 

Descubrió el camino que cumplía cada hoja impresa que veía en la calle. No es solo el hecho de la escritura, ni de la corrección de la gramática -proceso determinante-, sino que, además, existe una serie de profesionales que realizan el oficio de la impresión. Tintas, bobinas de papel, trabajos de madrugada, detención de las rotativas cuando algo sorprendente aparecía. Ese proceso determina la lectura de, incluso, una sola palabra. “Comprendí que producir e imprimir ese material es un procedimiento complejo, un trabajo en equipo que requiere múltiples profesionales especializados en distintas áreas”. 

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Foto cortesía

Tiene 37 años de edad y recuerda, de forma esporádica, la Venezuela del pasado. Son reflejos de una vida distinta, de una normalidad construida con los cimientos del academicismo, de la universidad como meta y fin. Tanto la de su infancia y adolescencia, conforman el momento que se ilumina con la paradoja más grande de la memoria: su imposible repetición, como la de sus primeros años de trabajo en las aulas de clases o en la parte de corrección y estilo del Última Hora. Es un hombre que decide escribir antes de hablar. Comenta que es por la deplorable recepción telefónica, pero algo habita en la sensación de una escritura indetenible y constante. 

El oficio de escribir una antología de relatos 

Lo diría Walter Benjamin, filósofo y teórico alemán, en sus reflexiones sobre la imaginación y la sociedad: “Cuanto más modesto sea un autor, mayor será su deseo de escaparse de su verdadera responsabilidad de escritor siendo ‘creador’ de novelas”. Las responsabilidades del oficio se diluyen, de alguna manera, cuando el único objetivo es lograr un escape a través del lenguaje. 

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Foto cortesía

La preocupación es única: narrar lo que ocurre, lo mínimo, lo pequeño, lo que parece imperceptible ante la visión del automatismo de la vida. El contexto venezolano, comenta Sánchez, está plagado de dificultades, de incertidumbres y expectativas derruidas. La forma de encontrar una catarsis a esas dificultades es a través de la expresión artística que codifica, desde el dolor más puro hasta el amor más irracional. Es un espejo moldeable que mira a la cara del lector y le dice todo aquello que no es capaz de ver a simple vista. 

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La crisis en nuestro país nos afecta mucho de varias formas. No es un secreto. Entonces, decidí retomar estos relatos y escribir otros como una manera de sobrellevar la situación en Venezuela”, dice.

Las historias de Venezuela narradas por Sánchez se enfocan en lo puntual que, en su simpleza, también ha sido modificado por la crisis del contexto actual. En este momento, es capaz de recordar la sencillez del pasado: el café en las tardes, la salida al cine una noche cualquiera, las vacaciones planeadas durante todo el año, entre mil y un detalles imperceptibles pero que se avivan con la memoria. Este proceso de liberación, tanto del pasado como del presente, se ve marcado en la escritura como oficio. 

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Portada de Historias de Venezuela

No todos los recuerdos de Sánchez son felices. Hay uno que existe desde los 16 años de edad y que marcó por siempre su vida. Algo que nunca se olvida, pero que con el pasar de los años, avanza desde el dolor de la situación hasta la serenidad del orgullo dado. Su padre murió en su adolescencia de manera inesperada. Nadie pensó que ocurriría, mucho menos él, en una edad de cambios volátiles. Se sintió a la deriva, solitario, siendo aquel que no pudo oír el ladrido de los perros, como en el relato de Juan Rulfo, pero su familia siempre lo apoyó. 

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Me siento dichoso porque he podido cumplir todas mis metas a pesar de su dolorosa ausencia y espero que donde esté se sienta orgulloso por mis logros y de la familia que construyó y de la que esperaba formar parte muchos años más”, agrega.

Una marca de todas sus vivencias está plasmada en su relato. En cada uno de ellos. Su prosa salta desde la crónica y la inmovilidad del hecho ocurrido hasta los vericuetos de la ficción. El propio Sánchez comenta, en su modestia, que el libro está marcado por los hechos que ocurren diariamente, por la vida de las personas que deambulan desde su nacimiento hasta su muerte, por la escasez, por el sueldo paupérrimo, por el calor de su natal Araure, por la mirada desvariada de los venezolanos, pero su característica palpable está centrada en el uso del lenguaje para diseccionar ese hecho. 

El proceso de autopublicación

Era profesor con una educación intachable. Editor en uno de los diarios más importantes de Araure, su ciudad. Era, lo que podría pensarse, una persona con estabilidad social. Cuando era joven podía reconocer su futuro en la academia y, luego, en el periodismo, pero la realidad del país empezó a reflejarse en su núcleo familiar hace un par de años atrás. No bastaba con un empleo remunerado, tampoco con el conocimiento adquirido. No era suficiente el esfuerzo de una vida para completar, siquiera, con la cena del día. 

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Foto: Juan Carlos Hernández.

Su familia comía solo dos veces al día. Él perdió 12 kilos. Hasta sus mascotas se vieron afectadas por la situación. En un momento, comenta, solo había una bolsa de granos para el almuerzo y ni siquiera podía costear una cucharada de sal para darle sabor. Es el más grande pesar de millones de venezolanos, 96% según las cifras entregadas en el mes de junio por la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi). El sueldo mínimo de 400.000 bolívares equivale a 1,3 dólares, según la tasa del Banco Central de Venezuela.

La realidad del sector educativo es un reflejo del presente deplorable que sufre la nación. Aquella de las grandes becas, repleta de profesionales que hoy solo desean escapar. Aunque desde hace mucho no visita un aula como profesor, Sánchez comenta que el deterioro de este sistema provocará un efecto dominó en las siguientes generaciones. Es posible verlo hoy mismo cuando las necesidades del contexto son un obstáculo en las esperanzas de una buena educación. Primero llega el hambre, luego todo lo demás. 

Este panorama ensombrece la vida de la sociedad y en los momentos de excepción, como la llegada de la pandemia por covid-19, la función de vida se reduce a un plato de comida. La diatriba del momento impulsó, de manera sorpresiva, a Sánchez para iniciar la publicación de los relatos que comenzó hace más de 10 años.

El medio editorial está detenido, en este momento, por el confinamiento obligatorio. Pero en Venezuela desde hace mucho el ámbito se ha deteriorado por la realidad socioeconómica. En 2018 la Cámara Venezolana de Editores (CV) comunicó el cierre de más de 80 librerías en todo el país. También informó la reducción de 50% en las ventas de este rubro. Con el pasar de los años la oportunidad de los autores noveles, como Sánchez, está en la plataforma de Amazon y su categoría de autopublicación. 

Aquel oficio que reconoció alguna vez en la página impresa, ahora lo realiza el propio autor. Es escritor, corrector y editor de una obra que tendrá, con un solo clic, la oportunidad de ser leída por cualquier individuo. En cualquier rincón del mundo. Aunque el autor, según las máximas de Roland Barthes, muere en la lectura de su obra, claramente, en un libro como Historias de Venezuela, estarán representadas las peripecias de la vida en un escritor joven en el oficio, pero conocedor del lenguaje. 

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Foto cortesía

Incursionó en su propio viaje odiseico. Esquivando el cantar de las sirenas o las apariciones de Circe, con una serie de ilustraciones propias que refieren a sus estudios en la Escuela de Bellas Artes de Araure. Además, la fotógrafa y violonchelista Jaida Rodríguez cedió su trabajo fotográfico para acompañar los relatos. Entre la humareda del calor que se esparce por la terredad del llano de Portuguesa, tan aclamado en la voz rota de los cantantes, tan poetizado en la prosa de muchos escritores venezolanos, la publicación del libro era la última esperanza para lograr, siquiera, las compras comunes de un hogar. 

Historias de Venezuela. Este libro cumple con los requisitos para participar en el concurso Premio Literario Amazon Storyteller.

En principio fue difícil porque, entre la multiplicidad de Internet, Historias de Venezuela se pierde con rapidez, es uno más en la lista del algoritmo. Las dudas comenzaban a surgir. El plato en la mesa faltaba una vez más y, entre la desesperanza, Sánchez se encontraba a la deriva. Con el paso de los días, de los momentos difíciles que todo venezolano tiene, como menciona él, la aceptación del libro comenzó a ser significativa. También lo fue la ayuda de algunos bienaventurados que ante el pesar ajeno tienden su mano. 

Algunos lectores lloran, otros ríen; otros, incluso, se encargan de analizar su “hibridez literaria” entre la visión del hecho puro y la percepción producida por la imagen ficcional. Ahora, ante el comentario de sus lectores esa escritura catártica, que nace de la emoción pura de un desahogo, cambia y aparece un compromiso necesario del oficio escriturario. “Ya no se trata solo de crear para olvidar un poco lo que vivimos, sino para llegar a mis lectores”, puntualiza. Se reconoce en sus lectores, en las afectaciones que genera su escritura y no, solamente, en el despojo de los recuerdos pesados.

Estas oraciones “congeladas durante largo e improductivo rato”, reflejos de los recuerdos de un pasado distinto, de las marcas que dejan algunas muertes y amores perdidos, de las dificultades de la vida diaria -que pareciera deshacerse en su paso- son parte de la obra de Alexis José Sánchez. Queda de parte de los lectores encontrar, o no hacerlo, un factor de relevancia en una historia mínima de un hombre que solo escribe. 

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