• Varias mujeres que tuvieron que emigrar a Colombia para poder mantener a sus familiares en Venezuela contaron para El Diario cómo ha sido sobrellevar este estilo de vida y las dificultades que han tenido que afrontar

En la avenida Séptima de las calles de Cúcuta, Colombia, las noches son diferentes. El calor y la música se cuelan a través de aceras llenas de bares nocturnos. Mientras se recorre esta calle, la mirada latente de los hombres que posan sus ojos sobre las personas que por allí caminan pareciera ser el inicio de una transacción. Y es que aquellos que vagan por ahí sólo buscan algo en común: las trabajadoras sexuales. 

Cuando se llega a La Séptima pareciera que comienza a sonar “Juanito Alimaña” de Héctor Lavoe. Con cada paso resuena en la mente: «La calle es una selva de cemento», porque  allí, pareciera que las noches nunca terminan y se vive en un constante ajetreo. 

Foto: José Daniel Ramos

Las mujeres venezolanas, que en su mayoría han llegado a Colombia producto de la crisis migratoria, son el “atractivo” de estos lugares.

Venezolanos radicados en Colombia Migración Colombia registró más de 1.630.000 venezolanos están radicados en el país fronterizo.

Los recintos no tienen mucha iluminación, los bombillos de colores apenas dejan ver las mesas vacías preparadas para que se sienten los clientes junto a las mujeres y consuman la mayor cantidad de licor posible antes que decidan llevarse una a algún hotel.

Los establecimientos no le cobran ningún dinero o cuota a las mujeres por estar con los clientes, pero deben hacer que los hombres consuman bebidas dentro del local.

Sentadas en fila al lado de la barra, las mujeres venezolanas sonríen cuando se les acercan, varias tienen una vestimenta que dejan ver el abdomen y las piernas. El lugar se encuentra vacío alrededor de las 9:00 pm, pero no es por la hora por lo que está desolado, las mujeres expresan que en los últimos meses las ganancias han bajado drásticamente.

Al entrar en uno de los establecimientos, varios hombres atienden a la clientela, protegen a las mujeres y se aseguran que todo esté en orden. 

”¿Qué desea?, puedes agarrar la que quieras, me avisas cualquier cosa”,  dijo uno de los cuidadores casi gritando, debido a la música a todo volumen que inundaba el local e impedía la comunicación directa.

Las edades varían, rondan desde los 19 hasta los 27 años. La mayoría afirma que son del interior del país y que emigraron debido a que en Venezuela no tenían para comer, para vivir y mantener a su familia. 

Entre ellas existe una suerte de hermandad tácita. Se cuidan entre sí de cualquier persona que intente hacerles daño. A pesar de que provienen de diferentes partes de Venezuela, su nuevo trabajo las ha unido.

Control policial en la Séptima 

Foto: José Daniel Ramos

La prostitución no es ilegal ni está penalizada en Colombia, por lo que estos establecimientos no cometen ningún tipo de infracción; sin embargo, la policía de la entidad debe asegurarse de que las mujeres que trabajan allí tengan sus documentos de identidad y sean mayores de edad. Así como también se encargan de monitorear y penalizar la trata de personas en algún local. 

El proceso es rutinario. Los funcionarios de la Policía de Colombia llegan al lugar e indican que harán una revisión. 

«Buenas noches, por favor los caballeros a la derecha y las mujeres a la izquierda», dice el funcionario policial al mismo tiempo que la música va bajando el volumen drásticamente. 

Cifras de la crisis migratoria venezolana

4.700.000

venezolanos han emigrado del país en los últimos años

2.000.000

de ciudadanos tienen permisos de residencia

Mientras los hombres son colocados de espalda y son revisados para verificar si portan armamento u otra sustancia, a las mujeres les solicitan los documentos de identidad. 

Ellas ya tienen sus cédulas y permisos apilados y amontonados en una habitación del local listas para entregar a los funcionarios policiales. Luego de que son llamadas por nombre van agarrando su documento y responden las preguntas rutinarias que les hacen los funcionarios. 

Uno de los policías declaró en exclusiva para El Diario que hay muchas mujeres extranjeras en esa avenida, pero ellas no ejercen la prostitución en los establecimientos, sino que hacen una «actividad de acompañamiento”, que no es más que compartir tragos de alcohol con sus clientes. Además agregó que si ellas quieren «ejercer algún tipo de prostitución» deben ir a las residencias que hay en la avenida Séptima. 

Una segunda vida en Cúcuta 

Foto: José Daniel Ramos

Carla —nombre ficticio al igual que el de todas las entrevistadas para proteger su identidad— tiene 27 años de edad, llegó a Colombia proveniente de Maracaibo, capital del estado Zulia, donde se graduó como Licenciada en Administración, una carrera que no pudo ejercer debido a la crisis. Decidió dirigir su rumbo hacia Cúcuta. 

Alta, corpulenta y aún con marcado acento zuliano indica que ya tiene un año y ocho meses como trabajadora sexual en Colombia. Admite que es una de las que tiene más experiencia y conoce cómo se maneja ese tipo de ambiente. 

Con sus uñas largas y mirando constantemente su teléfono responde a las preguntas con cierta autoridad, y afirma que «las cosas hay que hablarlas claro». Ella indica que su tarifa es de 38.000 pesos colombianos, un estimado de casi 13 dólares, por acto sexual (oral y vaginal). 

Su familia no sabe que es trabajadora sexual. Ella les dice que trabaja como cantinera preparando bebidas y de ahí les manda dinero para alimentos y medicinas.

Vive junto a sus compañeras en la casa de sus jefes, y trabaja desde que el lugar abre las puertas hasta que cierra. Sus jefes no le cobran dinero por vivir allí, pero sí tienen que cumplir los horarios del local y puede tomar un día libre cada 15 días. 

Antes de salir rápidamente a las mesas del bar para conseguir algún cliente, afirma que en los últimos meses no ha tenido muchos ingresos, pero si ha visto mayor cantidad de venezolanos que llegan con dólares. 

De Miraflores a Cúcuta 

Foto: José Daniel Ramos

Paola trabaja en otro de los bares que hay en la avenida, ella salió desde el centro de Caracas, Miraflores, porque no tenía cómo ayudar a su familia ni conseguir medicamentos para su madre que sufre de asma. 

Con su camisa mostrando el abdomen y un pantalón recortado termina de repartir unas cervezas y accede a hablar de su trabajo. Responsabiliza al gobierno del mal estado en que se encuentra el país, pero afirma que aún tiene esperanzas de regresar. 

Me vine por lo que está pasando en Venezuela, por (…) Maduro. Por eso fue que me vine, para ayudar a mi familia. La gente no emigra por gusto. Hay mucha gente muerta por culpa de Maduro, pero si Venezuela mejora, yo regreso con los ojos cerrados», expresa molesta.

Para ella «lo más difícil ha sido emigrar», y estar lejos de su mamá y su familia, pero admite que con su trabajo puede enviar ayuda y las medicinas. Ya tiene más de ocho meses en un local nocturno. Su madre no sabe que trabaja allí, a pesar de que constantemente la visita para la obtención de medicinas. 

Pero los bares nocturnos no son los únicos sitios donde se encuentran trabajadoras sexuales venezolanas. En calles y esquinas también se observan, andan en grupos para impedir que les pase algo y cuidarse unas a otras. Otras establecen acuerdos con hoteles y sitios de hospedaje que cobran cierto porcentaje por el uso de las habitaciones. 

Foto: José Daniel Ramos

Este es el caso de Carolina, quien diariamente se para frente a uno de los hostales donde recibe a los clientes y algunos «fijos» la contactan y la esperan en otro sitio. 

Juega con su cabello mientras se recuesta de la pared de la entrada de uno de los hoteles «24 horas». Observa constantemente el teléfono a la espera de que algunos de sus «clientes fijos» la llame para encontrarse. 

Carolina llegó desde Valencia, Carabobo, y dejó a sus tres hijos en busca de dinero para mantenerlos. Ella confiesa que les dice que trabaja como repartidora de almuerzos, y que su piel caucásica no se broncea porque «en Cúcuta no hace mucho sol», una ciudad en la que la temperatura ronda diariamente los 25 y 30 grados centígrados. 

Mientras responde varios mensaje de texto, expresa que estar en Colombia no es mejor que estar en Venezuela, porque a pesar de que puede ganar dinero y enviar ayuda a sus hijos, tiene mucho estrés y «dolores de cabeza», mientras que en Venezuela todo es «más relajado».

En Valencia, estudió diseño gráfico pero debido a la crisis del país no pudo terminar su carrera, y viajó junto a sus tres hermanas para buscar una mejor vida. Para ella está fue la solución que encontró para ayudar a sus hijos. 

No hay nada como vivir en tu país, donde naciste, te criaste. Aquí tú eres ajeno, eres como agua de otro pozo», señala Carolina.

La vida nocturna de las mujeres venezolanas en la avenida Séptima del departamento del Norte de Santander se ha convertido en una «solución» a la crisis que dejaron miles de kilómetros atrás en Venezuela, en una nación a la que añoran regresar junto a sus familias, que esperan las remesas sin saber que provienen de una labor que decenas de venezolanas se vieron forzadas a escoger.

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