• La distópica historia de encierro en una cárcel vertical ha tenido una repentina popularidad en medio de la cuarentena social que mantiene a millones de personas en cuarentena para prevenir el coronavirus

El confinamiento al que se han visto sometidos muchos países del mundo a causa del Covid-19 ha obligado a gran parte de los habitantes a quedarse en sus casas, leer, estudiar, ver series y películas.

Este parece ser el momento propicio para El Hoyo, una película española dirigida por Galder Gaztelu-Urrutia, que ha ascendido en sus propios peldaños de popularidad en la plataforma de streaming Netflix y ha alcanzado distinciones cinematográficas como el Premio Goya a mejores efectos especiales y mejor película y director en el Festival de Cine de Sitges, ambos reconocimientos en el año 2019.

Ver un largometraje basado en el encierro de sus personajes en una especie de prisión distópica resulta un hecho paradójico en medio de la pandemia por el Covid-19 que ha obligado a millones de personas a permanecer día y noche en sus hogares. Sin embargo, el enclaustramiento al que son sometidos los personajes del filme (algunos voluntariamente) devela la necesidad básica, incluso despiadada, de sobrevivir con recursos limitados. 

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La atemporalidad de la trama hace imposible relacionarla con alguna época. El Hoyo narra los hechos que transcurren en un especie de prisión vertical  manejada por un ente llamado “La Administración”. Es una infraestructura vertical, con más de trescientos pisos y en cada uno de ellos dos prisioneros buscan la manera de sobrevivir con lo que tienen.

La película se centra en la comida limitada y la necesidad de vivir un día más con la esperanza de salir del confinamiento. “La Administración”, a través de una única plataforma que desciende desde el centro, coloca varios platos exquisitos de comida que pasan por cada piso, pero con un tiempo limitado. Los prisioneros que se encuentren en los primeros niveles de aquella cárcel vertical, son los más afortunados pues son los primeros comensales del festín.

A medida que la plataforma baja, solo van quedando los restos de alimentos que dejaron los de los niveles superiores. Mientras más abajo se encuentre un prisionero en El Hoyo, menos posibilidades hay de que obtenga algo de alimento, pues solo van quedando los utensilios de cocina sobre la plataforma.

La razón por encima de la fuerza

Su protagonista, Goreng, es un sujeto que decide entrar a El Hoyo por voluntad propia. Con el transcurrir de los días y gracias a su primer compañero, descubre que en esa prisión no solo aplica la ley del más fuerte, sino la del más astuto.

Como parte del funcionamiento de la prisión, pasados treinta días, cada sujeto despierta en un nivel diferente, con compañeros diferentes y con diferentes posibilidades de alimentarse. Es una incertidumbre total. Pues nadie sabe si amanecerá en los últimos niveles de El Hoyo, donde incluso se ven obligados a comerse entre ellos mismos para sobrevivir.

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El mecanismo de esta cárcel distópica podría reflejar el funcionamiento de una sociedad desigual, cuya administración de recursos está determinada por los estratos sociales. Aunque «La Administración» distribuye una cantidad de comida que podría surtir a cada piso, el instinto de sobrevivencia sobrepasa cualquier lógica de racionamiento entre los prisioneros.

Una vez que los reclusos de un piso comen, lo hacen sin importar si le dejarán algo de alimento en buen estado a los que están abajo. Está premisa dramática llega a un punto extremo cuando el primer compañero de Goreng, un señor que responde a casi todo con un peculiar «obvio», orina en una oportunidad sobre los restos de comida que quedan para los que están debajo.

Más allá de la desigualdad de clases sociales, ubicando a «La Administración» como quien mueve los hilos en la sociedad, el problema de la trama se centra en la incapacidad de los «de abajo», o de bajos recursos, para pensar en una fórmula que provea el bienestar colectivo como parte del bienestar individual.

«La cinta sitúa al espectador en los límites de la solidaridad», comentó el director para ABC al momento del modesto estreno del filme.

«La solidaridad espontánea», es la premisa que usa Imoguiri, la segunda compañera de Goreng, una mujer sensata, consciente de la necesidad colectiva. Su insistente necesidad de convencer a los de abajo de hacer uso racional de los alimentos solo es atendida cuando Goreng, malherido y menos sensible con el pasar de los días, amenaza a los que están en el piso inferior con colocar excremento sobre los restos de comida si no atienden las peticiones de la mujer. La civilidad de lentos resultados es rápidamente pisoteada por la bestialidad de inmediatos efectos.

Se podría pensar que la película defiende la distribución de las riquezas, como una especie de enunciado comunista. Sin embargo, «La Administración» desconoce las dantescas situaciones que se presentan en la profundidad de El Hoyo y solo se limita a proveer la misma cantidad de alimento. Es el comportamiento atroz y egoísta de los de los primeros niveles que luego se refleja en la manera en que los más desfavorecidos se atacan entre ellos para disfrutar de una riqueza pasajera, que no le pertenece a nadie, pero que podría beneficiar a todos.

La crítica que la trama hace a la sociedad no pretende adoctrinar de ninguna manera. Incluso el humor sarcástico existente en el texto muestra que el guionista y el director busca dar un mensaje sobre el funcionamiento egoísta de la sociedad, pero sin dejar «nada en concreto» como lo describe su director.

Una primera concepción de El Hoyo estuvo planteada como una historia distópica llevada a las tablas. Sin embargo, el concepto teatral no calaba con el texto inicial de Pedro Rivero. Junto con el productor Carlos Juárez y la dirección de Galder Gaztelu-Urrutia transformaron un texto teatral en un guión cinematográfico, en cuyo resultado final importaba más que la calidad de la imagen se equiparara con la calidad del guion.

La variación constante de planos picado y contrapicado muestra la contradicción entre la sumisión y poder a los que son sometidos los personajes, quienes no saben si al amanecer serán los dichosos beneficiarios de riquezas ficticias o si serán los desafortunados catadores de sobras. 

La necesidad de involucrar al espectador con la curva de sufrimiento y cambio de perspectivas de sus personajes, era la premisa de los creadores. Por ello la grisácea y tenue iluminación refleja la imposibilidad que tienen los personajes de tomar una opción, pues en El Hoyo no hay más opción que sobrevivir. 

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