• Cada día de recuperación del coronavirus, me siento un poco más fuerte y más como yo

Acostado en una camilla, pienso en mis dos hijos. Ambos son saludables, están en Filadelfia y Manhattan. Siete meses antes, habíamos sufrido la muerte de su madre, mi esposa de 37 años. Ella tenía tantas ganas de vivir. Después de una batalla de 18 meses con el cáncer, nos dejó.

Los tres nos hemos acercado desde su muerte, sin embargo sé que nunca podré reemplazarla. Después de 12 días de vivir con el coronavirus, ingresé en el Departamento de Emergencias.

Sé demasiado sobre esta enfermedad. Sé que mi saturación de oxígeno que se desplomó la noche anterior es un signo de enfermedad pulmonar avanzada con infección por Covid-19. Sé que podría necesitar un ventilador mecánico; he dado esta terapia a extraños cientos de veces.

El 9 de marzo, la pandemia todavía parecía muy lejana. Nadie se había enfermado todavía. Asistí a la última gran reunión del sistema de gestión de emergencias del sistema de salud de Northwell en Manhasset, Nueva York, donde discutimos la adquisición de suministros y la cobertura de personal para la próxima pandemia. Conduje de regreso a mi oficina en el Centro Médico de Niños Cohen en el cercano New Hyde Park.

Esa tarde, me reuní dos veces con un grupo de colegas. Me sentía tan resfriado. En el transcurso de una hora, me sentía aún más resfriado y comenzé a sentir escalofríos. Mi asistente, que es como una hermana mayor para mí, me dijo que me fuera a casa de inmediato. Conduje a casa, febril y adolorido. Dormí durante 15 horas.

A la mañana siguiente, aún con ganas de comer, me hicieron la prueba en un centro de atención de emergencias. Los resultados dieron positivos esa tarde.

A los 66 años, sabía de los riesgos mortales. El viernes, me invadió el malestar por coronavirus. Malaise es un término utilizado por los trabajadores de la salud, pero no lo entendí completamente hasta que lo experimenté en mi cuerpo. Malaise te obliga a sentarte en el sofá o la cama y te dice que no tienes hambre. La idea de cocinar se volvió abrumadora. Inclusive perdí el interés en limpiar.

Soy afortunado de tener tantos amigos y parientes cercanos en el área. Sus mensajes de texto y llamadas telefónicas fueron un salvavidas. Médicamente, sabía que no había razón para ir al hospital. Mis signos vitales y mis niveles de oxígeno estaban bien. Yo mismo chequeaba esos niveles varias veces al día, pero me di cuenta de que la situación era como una niebla que se adueñaba de la atmósfera, me di cuenta de que no estaba comiendo ni hidratándome bien. Incluso calentar una comida ya preparada se había convertido en una tarea importante.

Durante 12 días viví con ardor en los pulmones, malestar, falta de apetito y poco gusto por la vida. Una noche, mi saturación de oxígeno bajó. A la mañana siguiente, llamé a mis colegas para pedir ayuda. Llegó una ambulancia. Fuimos desde mi casa en New Rochelle, Nueva York, al Hospital de la Universidad de North Shore en Manhasset.

El médico de enfermedades infecciosas ordenó una tomografía computarizada de mis pulmones, y los resultados mostraron la grave enfermedad en ambos. Acostado allí, pensando en mi futuro (o en la falta de uno), hice tres llamadas telefónicas. Llamé a mis dos hijos por separado, para decirles cuán enfermo me había puesto, ya qué los médicos y yo estábamos preocupados. No podía garantizarles que viviría el fin de semana. La tercera llamada que hice fue a mi amigo cercano, un abogado personal, para asegurarme de que todo estaría en orden si muriese.

Esa tarde me estabilicé, no hubo más disminución en mis niveles de saturación de oxígeno. Con el oxígeno, me sentí más seguro con mi respiración. Seguí con oxígeno y me transfirieron a un «piso Covid» donde estuve seis días. Empecé a disfrutar mi entorno. Mis pulmones comenzaron a arder menos y mi tos disminuyó.

Mis cuidadores fueron increíbles, aunque no sé cómo luce ninguno de ellos; siempre estaban enmascarados cuando los veía. Estoy en deuda con las enfermeras que me ayudaron, me hicieron sentir como una persona real y tener cierta dignidad.

Esta es una traducción hecha por El Diario de la nota «For 12 Days a Doctor Lived With Burning Lungs«, original de The New York Times.

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