• Con desparpajo y sin disimulo, las meretrices continúan llegando a las avenidas Libertador y Andrés Bello, ubicadas en la ciudad capital. Siguen vendiendo caricias pero la cuarentena mermó la llegada de clientes

El crop top verde fosforescente y los jean ajustados de Candy* no son las únicas prendas con las que desfila la tarde de un miércoles al final de la avenida Andrés Bello en la Florida, al oeste de Caracas. A su outfit tuvo que sumarle una mascarilla de color amarillo que confeccionó en casa y que utiliza desde que se confirmaron los primeros casos de Covid-19 el 13 de marzo y las medidas sanitarias se radicalizaron.

Son las 3:40 pm y la calle luce casi desierta. Parada en una esquina de la avenida está Candy. Posa la mano izquierda en su cintura delgada y juguetea con su cabello largo color negro azabache. Lo hace con habilidad y mucha soltura: son sus pasos iniciales a la hora de buscar clientes. 

Los minutos transcurren, ella aguarda paciente el paso de un vehículo que se detenga y con el que logre llevar algo de dinero a casa. La tarea no es nueva para quien tiene más de 13 años en el negocio, pero hoy es más complicada por el decreto de distanciamiento social que entró en vigencia desde el 16 de marzo. 

“La cuarentena me ha afectado mucho porque la mayoría de los que buscan este servicio son los hombres maduros”, comenta la mujer con un tono de molestia y también algo de preocupación dada la merma en las personas que ofrecen dinero por sus caricias.

Candy es trabajadora sexual desde los 19 años de edad pero también es licenciada en Educación Especial. La carrera logró pagarla precisamente gracias a su labor de meretriz. No es de Caracas, es oriunda del estado Guárico. Desde que llegó a la ciudad capital supo que debía quedarse y así lo hizo. 

Su trabajo no le incomoda, menos la ruboriza. Su familia sabe muy bien a qué se dedica incluido sus cinco hijos. “El mayor es el que lo entiende mejor, él quiere ser futbolista. Yo lo apoyo mucho”, afirma.

A Candy poner cifras en dólares a cambio de placer le ha funcionado en los últimos años. En un día normal -uno “bueno”- suele ganar entre 60 y 70 dólares. A la semana puede enviar dinero a casa y pagar alquiler pero actualmente las cuentas no son iguales porque la cuarentena disminuyó su clientela. Ahora como máximo lograr obtener unos 5 o 10 dólares y eso solo en ocasiones.

“Hoy uno de mis hijos está de cumpleaños y no pude comprarle una torta. O compraba la torta o compraba comida”, expresa apenada, eso sí la incómoda: no poder cumplir con sus hijos.

Si anteriormente esperaba recolectar más de 50 dólares para irse a casa, ahora con solo un servicio ya decide marcharse. 

El coronavirus cambió el modelo de negocio en estas populares avenidas. Por ahora no importa la cantidad, lo importante es generar algo de ingresos, así sea muy poco y tengan que repartirlo pues en estas zonas hay “madrinas” a las que deben cancelar una comisión por usar las esquinas. Se trata de mujeres que también trabajaron como meretrices en esas calles hace años. Ahora cobran a quienes la usan.

A cambio permiten que trabajen y también controlan las riñas que se generan entre compañeras. Especialmente ahora cuando se pelean con más vehemencia todas las zonas y también cada cliente. 

Para Candy no hay restricciones que valgan. Confiesa que no tiene intenciones de parar el trabajo, es lo único con lo que puede generar ingresos, por eso opta por tomar medidas con las que asegura, puede protegerse ella, a los suyos y atraer más clientes. 

En su cartera guarda preservativos, alcohol y antibacterial. Para atender a cualquiera exige el uso de mascarilla. En casa apenas llega va directo a bañarse con agua caliente, la ropa la deja en la entrada. 

“Así me ofrezcan mucho dinero si no tiene tapabocas yo no me monto (en el carro). Yo gano más con mi vida que con lo que me den, qué hago yo con 100 dólares, eso se me acaba al momento. En cambio con la vida pues hago más”, explica. 

La mujer de silueta delgada es consciente de que la competencia se intensificó con el decreto de cuarentena, por esa razón ofrece lo que llama “promociones” para destacar del resto. 

Les ofrezco dos polvos, aquí normalmente es uno y chao. Además, a mí me buscan más porque soy muy buena con el sexo oral”, detalla Candy risueña y sin decoro al explicar todo lo que incluyen sus servicios.

Mientras continúa relatando su situación alza la mirada y se fija en una Merú plateada que le toca corneta. “Ese ha sido mi cliente”, explica mientras lo saluda de lejos y le sonríe. 

De vuelta a la conversación, Candy sigue lamentando la crisis que vive a causa de la cuarentena, ella y todas las trabajadoras sexuales que hacen vida en las avenidas Andrés Bello y Libertador.

“Nos dicen que no salgamos ¿y qué vamos a hacer? ¿y la comida? Nosotros somos seres humanos, yo no estoy aquí porque a mí me gusta. No me gusta acostarme con un tipo que no conozco”, sentencia. 

“La gente no nos contrata por miedo”

A menos de una cuadra del desparpajo y la soltura de Candy, aguarda Sonia*. Camina resignada de un lado a otro buscando clientes. Las ojeras sobresalen en su rostro, sus ojos rojos son muestra de que ha estado llorando recientemente. Confiesa que es por la situación, necesita pagar el alquiler de su habitación en el centro de la ciudad y no tiene cómo. No ha generado ninguna ganancia.  

Foto: Fabiana Rondón

“La gente no nos contrata por miedo. Yo me hice mi prueba porque quise en Chacao. Quería descartar que tuviera coronavirus, como uno siempre está en la calle”, dice. 

La mujer de 46 años de edad es de Nueva Esparta, al igual que Candy tiene una carrera universitaria. Es TSU en Enfermería, pero los bajos salarios que percibe el sector salud la hicieron retirarse años atrás.

Sonia pasa desapercibida en aquella calle reconocida por vender caricias. No usa un escote pronunciado o minifalda, aunque esos detalles no son por falta de experiencia, conoce bien el negocio porque trabaja en las calles desde hace unos cinco años.  

Se oculta de las cámaras y no usa prendas estrambóticas porque en casa no saben a lo que se dedica. Para su familia ella ejerce su carrera de enfermera en Caracas. De acuerdo con eso, Sonia estaría ahora expuesta al coronavirus en los centros de salud, aunque no se aleja mucho de la realidad, en las calles también lo está.

Foto: Fabiana Rondón

Normalmente tiene unos cuatro o cinco clientes. El confinamiento dejó ese balance en cero, no recibe a nadie pese a que afirma, tiene todas las medidas sanitarias necesarias: tapabocas y antibacterial. 

Dada la situación ahora desde las 6:30 am permanece a la espera de clientes. En la noche no trabaja, el peligro de la zona y la fama de problemáticas de varias de sus compañeras, no la animan a quedarse. Cuando el sol se oculta, ella también lo hace. 

Es muy peligroso. Hay clientes que bueno, tú ves las caras pero no los corazones”, dice.

Como formas de pago Sonia acepta de todo: bolívares, dólares y hasta comida. La cantidad siempre depende del servicio. De resto trata de protegerse con la mascarilla y sigue esperando que su situación en aquella avenida mejore. 

“Yo me encomiendo a Dios ¿qué más puedo hacer?”, expresa.

“La cuarentena me ha afectado una barbaridad”

En la avenida Libertador un grupo de cinco mujeres permanece en la misma espera. Hablan y entran en escena cuando pasa un vehículo por la zona. Emulan los mismos pasos que minutos antes protagonizaba Candy para buscar clientes. 

En una esquina hay otra que permanece parada viendo a los lados, buscando con la mirada una opción que le genere ingresos. Dayana* es joven, dice que tiene 20 años pero su apariencia y su voz la delatan, su edad es mucho menor. 

Es de tez morena y usa un short de jean y una camisa blanca que deja ver con total intención sus pechos pequeños. A diferencia del resto, la inocencia que aún refleja su rostro desafía la malicia a su alrededor. Aunque sea lo único, porque al igual que sus compañeras la cuarentena la ha afectado mucho. “Una barbaridad”, dice. 

Foto: Fabiana Rondón

Dayana usa mascarilla y carga un gel antibacterial en el bolsillo para protegerse del virus pero igual la cantidad de clientes ha bajado. Antes atendía unos 10 diarios, una cifra alta gracias principalmente a un atributo: su edad. 

Desde que inició la cuarentena trabaja desde la 1:00 pm hasta las 5:00 pm, eso cuando los funcionarios policiales que circulan por la zona se lo permiten a ella y al resto.

Los policías nos corren pero siempre volvemos porque ¿qué vamos a hacer? Yo no tengo nada, tengo que comer”, expresa la joven que tiene un niño de un año esperando en casa.

Su familia también sabe a qué se dedica, no les gusta pero lidian con eso por los ingresos que genera. Guardaron el decoro y la vergüenza porque hay necesidad y en la mesa falta comida. 

“¿A qué madre le va a gustar que su hija esté por ahí haciendo lo que no se debe?”, agrega la joven que se niega a que le tomen fotografías de cerca. No por pena, sino por respeto hacia los suyos. 

Para mujeres como Dayana no hay opciones. Cobra por sexo desde hace cuatros años y no avizora un panorama en el que no lo haga, por lo menos no uno que le permita generar los mismos ingresos que logra luciendo escotes y algo más en una esquina. 

Aunque actualmente por la situación que generó el virus sus ingresos se ven afectados, sabe, está segura, que va a mejorar más adelante. 

A pocos pasos de Dayana, hay otras dos mujeres. Rebeca* tiene abundante maquillaje en su rostro, un intento por tapar las arrugas que ya comienzan a visibilizarse mucho más. Tiene mirada desafiante y está visiblemente  molesta. 

Sus años en el trabajo se notan, especialmente por su actitud: recelosa y fría. Explica brevemente que no trabaja desde hace semanas por el decreto de confinamiento, no llegan clientes. 

Al igual que sus compañeras muestra su mascarilla y su antibacterial, también los preservativos. “Tengo todo pero aquí no llega nada”, acota.

Enseguida entra en escena Carmen*. Es delgada y tiene descubierto su ombligo. Su edad no la dice. Podría estar entre los 40 y 45 años.

Foto: Fabiana Rondón

Carmen no trabaja desde que comenzó el confinamiento por ello es tan tajante cuando dice que no está de acuerdo con las medidas que implementaron para evitar la propagación del virus.

Foto: Fabiana Rondón

La mascarilla la tiene guindada en el cuello, no la usa a menos que se acerque un cliente. Pero no ha recibido nada. 

Tiene hambre y quiere recibir ingresos ya. Es contundente.

En aquella calle la necesidad se palpa apenas se comienza a transitar por ella. Mujeres como Carmen hurgan en la basura buscando comida, hay tambiñen travesti que apenas ven un carro modelan y dejan ver sus glúteos para atraer más rápido a los clientes. La desesperación se hace evidente.

A pesar de su peligrosidad, el virus no ha detenido el trabajo de ninguna en estas zonas de la capital, al menos no la intención de laborar. Lo que ahora circulan menos son los clientes, no solo por el confinamiento, la escasez de gasolina también ha agudizado el problema. 

Foto: Fabiana Rondón

Las meretrices siguen acudiendo a las esquinas porque es lo único que saben hacer para generar divisas. No reciben ayuda de ningún ente y no son beneficiarias de nada, excepto por el bono que entrega el régimen venezolano —apenas unos 1,5 dólares de acuerdo con la tasa oficial del Banco Central de Venezuela (BCV)— demasiado poco en comparación con lo que hacen vendiendo placer. 

Foto: Fabiana Rondón
Foto: Fabiana Rondón

En la soledad y la tranquilidad que lucen aquellas calles hoy, tienen la esperanza de encontrar a alguien que ofrezca dinero por sexo. 

Todas, como si se tratara de una tarea asignada, posan su mano en la cintura, juguetean con el cabello y desfilan por las esquinas. Como al inicio, lo repiten una y otra vez con desparpajo, solo que ahora lo hacen mientras dejan ver su nuevo accesorio: una mascarilla que cubre su rostro. 

Foto: Fabiana Rondón

*El nombre de las entrevistadas fue modificado para proteger su identidad 

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