• El 17 de enero de cada año se celebra el natalicio de Pedro Calderón de la Barca, uno de los autores más importantes del Siglo de Oro español y de la literatura universal en lengua española

“¿Qué es la vida? Un frenesí./ ¿Qué es la vida? Una ilusión,/ una sombra, una ficción,/ y el mayor bien es pequeño;/ que toda la vida es sueño,/ y los sueños, sueños son”. Este pasaje es parte del monólogo de Segismundo en La vida es sueño, obra de teatro escrita por Pedro Calderón de la Barca y referente insigne de la literatura en lengua española. Calderón de la Barca nació el 17 de enero de 1600 y cada año se celebra en el mundo cultural el natalicio de este autor recordado, una y otra vez, por sus grandes obras. 

Pedro Calderón de la Barca y Barreda González de Henao Ruiz de Blasco y Riaño nació en Madrid y sus padres fueron Diego Calderón, hombre de origen hidalgo y nacido en Cantabria, y Ana María de Henao, perteneciente a una familia. Pedro fue el tercero de los seis hijos engendrados de la pareja. Con cada uno de los hermanos mantuvo desde su infancia una relación cercana y amena. Incluso, el autor español describió en su testamento: “siempre nos hemos conservado todos tres en amor y amistad, y sin hacer particiones de bienes… nos hemos ayudado los unos a los otros en las necesidades y trabajos que hemos tenido”. 

La estirpe de la familia Calderón de la Barca tiene como antecedentes un linaje antiguo. El escudo de la familia consistía en cinco calderones negros en campo de plata y ocho aspas de oro en campo de gules. El lema que marcaba la belleza del escudo decía “por la fe moriré”. 

Su adolescencia transcurrió entre los distintos estudios de la capellanía, requerimiento de su padre para mantener el oficio de uno de familiares, pero en 1619 se graduó de bachiller in utroque -esto refiere a lo canónico y lo civil-. A los 21 años de edad participó en el certamen poético relacionado con la beatificación de San Isidro y, luego, en el de su canonización. Fue galardonado con el tercer puesto. 

“Yo, señor, juzgué siempre, dejándome llevar de humanas y divinas letras”
En 1622 decidió dejar los estudios académicos y dedicarse a la vida militar. En este periodo, según algunas biografías, su vida estuvo marcada por la ligereza del juego y el conflicto mundano de las tabernas. Durante ese tiempo se vio envuelto, junto a su hermano mayor, Diego, en el asesinato de Nicolás Velasco, hijo de Diego Velasco, criado del codestable de Castilla. Entre 1623 y 1625, de acuerdo al relato del biógrafo Juan de Vera Tassis, participó en distintas campañas bélicas al servicio del rey de Castilla. Su primera obra de teatro se remonta a 1923 y se llamó Amor, honor y poder. Su estreno estuvo manejado por la compañía de Juan Acacio Bernal y se realizó ante la visita del príncipe de Gales.

Desde 1625 la obra de Calderón de la Barca se volvió prolífica y laureada en las cortes nobles del reinado español. Algunas de esas obras son: Bredá (1626), El alcalde de sí mismo (1627), La cisma de Inglaterra (1627), y, en 1628, Saber del mal y el bien, Hombre pobre todo es trazas, Luis Pérez, el gallego, y El Purgatorio de San Patricio. Para 1629 el oficio escritural de Calderón de la Barca era conocido en el ámbito teatral de España y recibió los halagos del rey. Incluso, después de varias presentaciones el rey Felipe IV, quien tenía gran afecto por el joven dramaturgo, empezó a hacerle encargos personales para el teatro de la Corte.

Durante este tiempo el valor literario de Calderón de la Barca crecía, mientras que la figura de Lope de Vega -otro referente importante de la época-, disminuía en la nobleza española. En 1635 Calderón de la Barca es nombrado como director del Coliseo del Buen Retiro. Ese mismo año escribiría, quizás, el abanico de obras más conocidas e importantes de su dramaturgia. Publicó El mayor encanto, Amor, La vida es sueño y El médico de su honra. Cada una de las obras iba acompañada de una gran escenografía, dirigida por Cosme Lotti, y música, bajo la dirección de Juan Hidalgo. 

Su representación teatral fue, muchas veces, criticada por la moralidad cristiana. En ese caso Calderón de la Barca respondió con la soltura y belleza del dominio versátil de lo literario: “Yo, señor, juzgué siempre, dejándome llevar de humanas y divinas letras, que el hacer versos era una gala del alma o agilidad del entendimiento que no alzaba ni bajaba los sujetos, dejándome a cada uno en el predicamento que le hallaba… Y aunque es verdad que ocioso cortesano la traté con el cariño de habilidad hallada acaso, no dejé de desdeñarla el día que tomé el no merecido estado en que hoy me veo, pues para volver a ella fue necesario que el señor don Luis de Haro me lo mandase de parte de Su Majestad… sin haber tomado la pluma para otra cosa que no fuese fiesta de Su Majestad o fiesta del Santísimo… merced [que] me ha retirado la objeción de no sé quién que juzga incompatibles el sacerdocio y la poesía… [si] es justo… no se me obste; y si es malo, no se mande”.

La obra de Pedro Calderón de la Barca es inabarcable en una lista, ya que escribió durante su vida, con la disciplina y disposición de un hombre dado a la belleza de la palabra. Algunas de las más conocidas, además de las mencionadas anteriormente, son La dama duende (1629), El mágico prodigioso (1937), El alcalde de Zalamea (1651), El gran teatro del mundo (1655), entre otras. 

Calderón de la Barca, un hombre atemporal 

Una de las características más importantes de la obra calderoniana es el entendimiento de la futilidad de lo real. La vida, como es presentada en las dudas de Segismundo, es un espacio condenado a la ficción y todo, incluso lo ocurrido y visto, estará a la deriva de la imaginación. Este pesimismo ante la propia modulación de los hombres ante el mundo está marcado por su fe cristiana y la creencia, siempre presente en las obras, de Dios como centro de todos los hechos del mundo. Por eso mismo, el camino de los seres humanos es, sencillamente, una apariencia de un destino ya construido a partir de sueños. 

Foto: El gran teatro del mundo

El crítico Ángel Valbuena escribió en su texto Calderón y la comedia nueva que: “El itinerario de la escuela dramática española describió así una línea circular que comienza con la idea de la representación como espejo de costumbres para pasar a concebir el género como un arte que crea una realidad poético-ideológica. En otras palabras, del arte abierto de Lope de Vega se pasó a la manera intelectual, perfecta, deshumanizada de Calderón, que alcanzó valor universal a través del emblema y del símbolo”.

En mayo de 1681, en el ocaso del siglo, Pedro Calderón de la Barca murió. Su dramaturgia comparada con la excelsa tragedia de Sófocles o Eurípides, asimismo con la representación de los quiebres morales del ser humano presente en William Shakespeare, es un aspecto de su sostenimiento en el imaginario cultural de Occidente. Calderón de la Barca fue enterrado con todos los honores y su cuerpo fue arropado con los ornamentos sacerdotales de la Orden de Santiago. Sin embargo, es llevado al santo sepulcro bajo el requerimiento de su testamento: “descubierto, por si mereciese satisfacer en parte las públicas vanidades de mi mal gastada vida”. 

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