• Desde distintos espacios, Alberto Odreman, Alexander Durán y Luis Alberto Castro continúan con su carrera musical y siguen compartiendo las enseñanzas que tuvieron en su país de origen | Foto principal: EFE

Migraron a Ecuador y, aunque sus caminos sean distintos, la música enlaza los días de tres venezolanos que han continuado con su vocación en el país donde ahora está su domicilio. La música se enriquece con la identidad y sus historias lo reafirman. Dentro de un compás también se marcan los ritmos de un país y sus tradiciones, ellos los llevan consigo ante la promesa de un nuevo camino.

Conforme con las cifras de la Plataforma de Coordinación Interagencial para Refugiados y Migrantes de Venezuela, actualmente hay 6.147.040 de venezolanos refugiados y migrantes en el mundo. Ecuador, específicamente, es el tercer país receptor de venezolanos con un aproximado de 513.903 migrantes.

Tal como lo detalla el informe publicado por el Banco Mundial en 2020, Retos y oportunidades de la migración venezolana en Ecuador, entre 2015 y septiembre de 2019, cerca de 400.000 venezolanos decidieron establecerse en ese país, por tanto, el saldo migratorio se triplicó entre 2017 y 2018.

Lo que parece solo una cifra engloba cuantiosas historias, detrás de cada persona también hay una forma distinta de escuchar el mundo. Sin embargo, las expresiones culturales no excluyen gentilicios, por el contrario, crecen con las integraciones.  

Un hobby que significó mucho más

Los músicos venezolanos que comparten los ritmos de su identidad en Ecuador
Foto cortesía

Muchos identifican al estado Lara como la capital musical de Venezuela, por el surgimiento de sus grandes músicos a lo largo de la historia. De manera que en diversos hogares de este lugar, niños y adolescentes comenzaron a tocar sus primeros instrumentos. Alberto Odreman fue uno de ellos.

El acercamiento de Odreman a la música ocurrió de forma natural, porque gran parte de sus familiares se dedicaban a ella. Y su inclinación por la música llanera fue, específicamente, por el origen de su familia paterna, pues durante sus vacaciones eran recurrentes las visitas que hacían a esta región del país.

Odreman se formó en la Escuela de Música de Arte y Oficio Juancho Perales, de la ciudad de Carora. “Yo provengo de un pueblo llamado Arenales que está cerca de esa ciudad”, comenta para El Diario.

Cuando tenía 14 años comenzó a tocar las maracas y, más adelante, empezó a participar en algunos festivales. “Hasta que incursioné en el arpa y ahí fue que nació todo”, agrega. Poco a poco, la música iba cobrando más espacio en sus días y recuerda que los fines de semana acompañaba con su arpa a varios artistas en diferentes estados de Venezuela.  

En 2018, aquella rutina cambió. Odreman viajó a Ecuador y se sumó a la lista de migrantes. No obstante, sus tradiciones también viajaron consigo y tras conocer a otros músicos venezolanos en el país andino decidieron crear la agrupación Arpegios de Venezuela.  

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Actualmente, el grupo está conformado por cinco integrantes y, con satisfacción, Odreman relata que han podido realizar giras musicales en distintas partes del país. Como lo asegura, “hacemos lo que nos gusta y aparte compartimos nuestra cultura”.

Ahora, participan en distintos eventos donde no solo cuentan con público venezolano, sino que también han recibido invitaciones de ecuatorianos que vivieron en Venezuela y les agrada la música llanera.

“Nuestra meta como agrupación es seguir adelante, seguir dando a conocer nuestra cultura y quizá recorrer el mundo con lo que sabemos hacer que es impartir y ejecutar nuestra música tradicional”, explicó.

Aunque Odreman confiesa que al principio la música era solo un hobby, no titubea cuando dice que ahora el arpa es su “vida entera”. Tras 19 años tocando este instrumento, afirma que ha puesto todo su cariño y empeño por aprender de él hasta que casi sin esperarlo vio que las cosas se estaban dando. “Tuve la necesidad de trabajar por la música y sobre todo de impartir cultura”.

El cuatro venezolano como bandera

Los músicos venezolanos que comparten los ritmos de su identidad en Ecuador
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Desde muy pequeño, Alexander Durán estuvo cerca de la música tradicional gracias a su padre. Tenía cuatro años cuando comenzó a tocar maracas. “Yo era el maraquero del grupo y me subían en una sillita, era como el espectáculo porque era un niño de cuatro años tocando maracas”, recuerda sonriendo.

Aunque tocaba con su papá en agrupaciones, expresa que “siempre había una búsqueda de ir por un poquito más, de buscar más conocimientos”. Fue así como empezó a estudiar música de forma autodidacta, buscando libros y comenzando a entender las partituras.

Durán, quien nació en Bejuma (Carabobo), recuerda con detalle que cuando tenía 6 años le regalaron un cuatro de color negro, el instrumento que posteriormente sería clave en sus próximos años. Más adelante, entró en el Sistema Nacional de Orquestas y Coros Juveniles e Infantiles de Venezuela, en el núcleo de Carabobo. Allí participó en el proyecto Alma Llanera tocando el cuatro y cuando tenía aproximadamente 12 años comenzó a dar clases de este instrumento a otros compañeros.

“Me dediqué completamente a la música desde muy pequeño”, expresa.

Sin embargo, a mediados de 2018 Alexander partió de Venezuela y migró a Ecuador. Sus escenarios pasaron a convertirse en los semáforos, buses y distintos medios de transporte de la ciudad de Quito. “En un principio, vine con todas las ilusiones, pero me encontré con una realidad completamente distinta”, agrega.

Luego de unos meses conoció a un amigo que tocaba como cuatrista en la Orquesta Joven del Ecuador, él le pidió el favor que le hiciera una suplencia en uno de los conciertos. “Cuando me escucharon tocar me dijeron ‘tú te quedas’”.

Durán, quien es licenciado en Educación Musical, comenzó a encargarse de los proyectos pedagógicos de la mencionada orquesta, que cuenta con programas de apoyo a comunidades migrantes a través de la música. Tras un tiempo, realizó una capacitación musical con la orquesta en la ciudad de Sucúa, ubicada en la Amazonía ecuatoriana. Y, desde agosto de 2020, se quedó allí formando en la Escuela Municipal de Artes.

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“Me llevé una sorpresa porque acá conocí a cinco venezolanos y, casualmente, querían recibir clases de cuatro”, agrega.

En este lugar también ha podido presentarse de nuevo con su instrumento y en compañía de otros. “El profe Wilson es la persona con la que estoy acá. Sus padres son quiteños, pero vivieron durante 40 años de su vida en Maracaibo. Él nació en Maracaibo y tiene ese cruce cultural con la música venezolana y, por supuesto, le encanta también la música ecuatoriana, sus padres eran músicos. El profe Wilson toca un instrumento que se llama la quena, es tradicional del altiplano y es una combinación súper bonita el cuatro venezolano con una quena. Eso es justamente lo que vamos a hacer ahorita”, detalla antes de la presentación.

Durán afirma que su vocación es continuar enseñando música y sostiene que le puede faltar cualquier instrumento, menos el cuatro. “La música para mí siempre ha sido mi norte, pero lo más bonito es que a donde vaya me llevo mi cuatro venezolano y pongo a mi país y a mi gente en alto”, finaliza.

Una batuta en otras latitudes

Los músicos venezolanos que comparten los ritmos de su identidad en Ecuador
Foto cortesía

La niñez del tachirense Luis Alberto Castro también se conjugó entre melodías por su núcleo familiar. Como lo afirma, siempre tuvo atracción por el canto, por eso participó desde pequeño en coros y festivales como los de Cantaclaro y La Voz Liceísta.

En el año 1990, ingresó en las Voces Blancas de la Coral del Táchira y permaneció allí durante cinco años, hasta que comenzó a tener cambios en su voz por la adolescencia. En ese momento, recuerda que “los directores de la coral pensaban que podía tocar un instrumento en El Sistema, mientras la voz me cambiaba para integrarme, posteriormente, a la coral de Táchira. Bueno, eso al final nunca pasó”, dice entre risas.

En ese sentido, explica que, al principio, pensó en tocar fagot. No obstante, uno de sus amigos le dijo que había audiciones para tocar el corno francés y no lo pensó dos veces. “Fue chévere porque logré entrar y una cantidad de cosas han pasado hasta este día”, agrega.

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Más adelante, una presentación se convirtió en un punto de quiebre. Ocurrió en 1998, cuando la Sinfónica Nacional Infantil de Venezuela viajó a San Cristóbal y ofreció un concierto donde participaron todos sus compañeros, excepto él.

“A mí lastimosamente no me podían invitar porque yo no tenía el nivel para tocar en la orquesta, estaba empezando y, finalmente, fue muy triste ir a ese concierto con mi mamá y ver a todos mis compañeros. En ese punto dije: ‘Yo tengo que tocar en esa orquesta algún día’”.

Su trabajo convirtió aquellas palabras en una realidad. Aquel deseo lo llevaría años más tarde hasta la fila de cornos de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar de Venezuela. Participó en al menos 30 giras internacionales y se formó de la mano del maestro José Antonio Abreu durante poco más de 15 años.  

En 2015, la Orquesta Sinfónica Nacional de Ecuador lo invitó a ser director asociado para la temporada de ese año. Una vez culminada, regresó a su país y a finales de 2017 se integró como director de la Banda Sinfónica Metropolitana de Quito, cargo que ocupa hasta la actualidad.  

“En Ecuador valoran mucho la experiencia que tuvimos. De hecho, muchos músicos ecuatorianos tuvieron la oportunidad de ir a Caracas a formarse en El Sistema y no solamente en Caracas, sino que conocieron distintos núcleos del país. Esa semilla se ha regado aquí”.

Recientemente, Castro publicó la primera edición de Cuadernos de entrenamiento para la sección de viento metal, luego de 8 años de investigación. Durante su permanencia en Ecuador, también ha tenido la oportunidad de dictar clases en la Orquesta Sinfónica Nacional de Loja, así como en distintos conservatorios y academias. Para él, “lo fundamental es el poder de transformación que tiene la música realmente”.

De ese modo, recuerda las enseñanzas que tuvo con el maestro Abreu y explica que “la gente a veces cree que la pobreza es algo material, pero realmente va mucho más allá, va al tema de los valores, de la formación del concepto humano. Si finalmente esto no se desarrolla en los niños y en los jóvenes es complejo que podamos lograr ser mejores como sociedad”.

Aunque considera que cada país ofrece un panorama distinto, reitera que los músicos deben estar preparados para adaptarse a cualquier circunstancia. Por tanto, comenta que es fundamental pensar y estar dispuestos a sumar. “Yo creo que nosotros estamos prestados en cualquier parte. La invitación siempre es a aportar y, desde donde estemos, mirar hacia adelante”. 

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