• Quedarse en el hogar es una de las medidas fundamentales para prevenir el contagio por covid-19. Muchos ansían volver a retomar su cotidianidad; otros temen regresar y eso lo enmarca el síndrome de la cabaña | Foto principal: Getty Images

Liz (*) inició su cuarentena luego de haber entregado su tesis de pregrado. Desde el 14 de marzo no había salido de casa, el máximo contacto con el exterior era buscar el delivery en la entrada de su edificio.

Por 96 días ininterrumpidos trabajó, tomó clases online, hizo ejercicio y continuaba manteniendo la misma dinámica que tiene con su familia.

De pronto, de un día para otro, Liz dejó de escuchar bien por su oído derecho. Para evitar salir de su casa, buscaba sin éxito las posibles soluciones para curarse. Su padre le dijo que fuera a una consulta médica con un otorrino, se resignó y el 17 de junio salió.

La noche anterior, Liz sentía nervios por la consulta y por salir: “iba a dejar de acumular días, y empezaría la cuenta otra vez. De alguna forma iba a romper el trabajo que había hecho desde el 14 de marzo”.

Llegó el día, Liz nunca había ido a una consulta de otorrinolaringología. Los pacientes eran atendidos por orden de llegada, desde las 9:00 am hasta el mediodía.

Ella decidió acudir a las 10:30 am, la acompañó su papá. No tuvo que utilizar el transporte público porque la clínica quedaba a una cuadra de su edificio, “Cuando caminé por la calle me sorprendió la cantidad de gente que había, durante todo el tiempo que estuve haciendo la cuarentena, trabajé desde la sala de mi casa y desde la ventana podía ver la calle y en esos días estuvo vacía hasta que salí”.

No recordaba que ese día formaba parte de la semana de flexibilización, la mayoría de las personas que vio transitando utilizaban mascarillas, luego observó un kiosko, donde dos personas que estaban conversando y no estaban utilizando tapabocas, esto le ocasionó incomodidad y les pasó por un lado rápidamente.

Ella y su padre llegaron a la clínica. En la entrada del centro de salud, estaba una persona que les midió la temperatura: Liz tenía 36.2 y su papá 36.5, luego les preguntaron si en los últimos días habían presentado síntomas del covid-19 ambos respondieron que no. Les dieron gel antibacterial y les permitieron ingresar.

Llegaron al piso donde se encontraba el consultorio. “En la sala de espera habían muchas personas de la tercera edad, no había ninguna separación entre los pacientes, todos estábamos sentados con la distribución de sillas que había. Pude ver todo tipo de mascarillas, las tradicionales y las que estaban hechas de tela”.

A Liz le estresaba ver que algunas personas no utilizaran  correctamente el tapabocas, unos se lo quitaban para enviar notas de voz, también vio un doctor caminando tranquilamente sin mascarilla.

Llegó su turno, entró al consultorio. La doctora le explicó el procedimiento que le haría, la joven de 22 años de edad en ningún momento se sintió incómoda, estaba segura dentro del consultorio.

Le tuvieron que colocar agua oxigenada en la oreja derecha, la especialista le dijo que no se quitara el tapaboca y que recostara la cabeza de la pared mientras sostenía la gaza que le dio.

Pasaron los minutos, la doctora revisó la oreja de Liz, vio que estaba más complicado de lo que creía y tuvo que repetirle nuevamente el procedimiento, mientras esperaba que el agua oxigenada hiciera efecto, la especialista iba atendiendo a otros pacientes.

“En un momento de la consulta, cuando la doctora vio que mi oído estaba complicado, me dijo que me mandaría un tratamiento y que debía volver la próxima semana. Eso me desesperó, la idea de volver a salir, pasar por el trajín, estaba negada y le dije: ‘si tienes que ejercer más presión, un poco más de fuerza, no te cohibas, si ves que me está causando dolor, haga su trabajo para que no tenga que salir de nuevo”, recuerda.

Las plegarias de Liz fueron escuchadas, hubo más dolor y presión pero volvió a escuchar por su oído derecho. De regreso a casa, se sentía rara por volver a caminar en la calle, en minutos llegó a su apartamento, hizo el protocolo de desinfección, luego se comenzó a cuestionar sobre cuándo volvería a salir, “si no hubiera tenido el problema del oído no habría salido. Había perdido la noción de los días dentro de mi casa. Ese día caí en cuenta que ya tenía más de dos meses de cuarentena, y que podía seguir con eso. Mientras no me toque salir, no lo haré”.

El síndrome de la cabaña se caracteriza por la aparición de un miedo intenso de salir a la calle, esto ocurre cuando una persona ha permanecido en un largo periodo de confinamiento en su casa y, al dejarla, surgen pensamientos catastróficos sobre que le puede ocurrir estando fuera de su zona segura.

La psicóloga Blanca Siso explicó en entrevista para El Diario que el síndrome se manifiesta con “ataques de ansiedad que presenta una persona luego de haber permanecido por un largo tiempo en confinamiento y debe retomar sus actividades fuera de casa. Allí la persona siente que el único lugar donde está segura es su hogar, que no debe salir, entonces cuando lo hace, empieza a sentir que le falta el aire, no quiere hacer nada en la calle, se le vienen pensamientos de que se puede enfermar e incluso hasta puede paralizarse solo por el hecho de tener que salir”.

Acotó que los síntomas son los ataques de pánico, ansiedad, estrés y un miedo intenso, que se repiten cada vez que toque salir de casa.

Un episodio desagradable dentro de un taxi argentino

Felipe (*) hace tres años dejó Caracas para vivir en Buenos Aires. En la capital argentina recibió la noticia  de que el coronavirus había llegado al sur, el gobierno  decretó desde el 20 de marzo la cuarentena en todo el territorio.

El teletrabajo no había sido problema para el caraqueño, porque ya llevaba meses con esa dinámica. Felipe aplicó las medidas para protegerse, compró mascarillas y guantes, respetó el distanciamiento social, durante estos meses solo saliò dos veces al mes para comprar comida.

Durante 79 días, no había visto a su novia, el máximo contacto había sido por videollamada porque la policía argentina estaba siendo muy estricta con el cumplimiento de la cuarentena en la zona donde él vive.

Foto: EFE

La pareja planificó que se verían el 6 de junio: “durante la ida no hubo problema, no estaba estresado, tampoco estaba pensando en el coronavirus, solo pensaba que podía decirle a la policía por si me paraba, llegué y pasé el día con mi novia, cuando me despedí de ella y me monté en el taxi, empezó todo”.

Felipe no entendía qué le estaba ocurriendo, en ningún momento apareció en su cabeza alguna preocupación sobre el covid-19, “simplemente saludé al taxista, halé la puerta del carro, entré, me senté y me desorienté completamente”.

Por un momento pensó que podía ser la mascarilla, que la tenía muy ajustada en su rostro, la acomodó para respirar mejor y continuaba igual. “Le pregunté al taxista si podía bajar el vidrio, me dijo que sí, saqué la cabeza por la ventana, pero el aire frío no me ayudó, solo agravó el malestar”, contó.

El joven de 27 años de edad no entendía qué le estaba pasando, no se sentía nervioso por estar en la calle, salía a comprar comida cerca de su casa y “el  pensamiento que tenía en mi cabeza era que me iba morir por cómo me estaba sintiendo”.

Felipe tenía dolor de cabeza, malestar en el cuerpo, náuseas y se sentía desequilibrado. “Llegué a considerar la idea de pedirle al taxista que detuviera el carro para agarrar aire, pero después me retracté, para llegar rápido a mi casa”, comenta. 

No había tráfico en la ciudad y llegó a su edificio. “Mientras esperaba el ascensor, me miré en el espejo, estaba muy pálido, me costaba caminar, me sentía muy mal”.

Cuando entró a su casa, hizo el protocolo para desinfectarse, preparó algo de comer y se acostó. “Continué con ese trance por dos horas más, luego se me quitó. En ningún momento sentí temor de estar afuera, pero apenas me monté en ese taxi ocurrió eso, no me ha vuelto a pasar más. No entiendo qué me pasó ese día”, agrega.

Para la psicóloga Siso ambos testimonios  pueden entrar en el síndrome de la cabaña, aunque hayan ocurrido en situaciones diferentes y acotó que para que estos casos puedan pertenecer a esa condición “deben estar repitiéndose fuertemente y sistemáticamente cada vez que les toque salir de casa, de lo contrario fueron eventos aislados de ansiedad ante la salida luego de haber tenido un confinamiento muy largo”.

Sin embargo, la especialista apuntó que estas historias pueden describir lo que padece una persona con el síndrome de la cabaña, donde pueden presentarse los mismos indicadores, cada vez que deban salir de su hogar.

Siso desglosó de manera concisa las historias: “En el caso de Liz, que no había salido de su casa hasta el día de la consulta médica, es el más específico porque describe el síndrome de la cabaña del ‘librito’. Mientras que Felipe, ya estaba acostumbrado a salir cerca de su casa, entonces su ‘cabaña’ se había extendido psicológicamente, porque no la estaba delimitando cuatro paredes. En su caso, lo que marcaba el límite era el municipio donde él vive, entonces al salir se le presentó el episodio del síndrome con sus características”.

La cabaña tricolor

Han pasado más de 100 días desde que el régimen de Nicolás Maduro decretó la cuarentena en Venezuela. Desde entonces, las actividades de muchos ciudadanos se han tenido que adaptar al espacio de sus hogares.

Venezuela, así como en otros países, ha iniciado un proceso de flexibilización del confinamiento para reactivar actividades laborales; aunque desde el 22 de junio se radicalizó la cuarentena en 10 estados en vista de los múltiples contagios por covid-19 que han aparecido.

La posibilidad de retomar las actividades laborales desde el sitio de trabajo para muchos puede ser un alivio, pero otros sienten temor de salir de casa.

Recomendaciones generales (**)

-Cumplir con el protocolo de seguridad al salir: Mantener el distanciamiento social, utilizar mascarilla y lavarse frecuentemente las manos.

-Salidas graduales: Fijar salidas paulatinas, por ejemplo, estar en el entorno cercano de casa, ir a sitios que considere seguros, a medida que el covid-19 esté más controlado y exista menor riesgo. Para momento de la elaboración de este trabajo, lo que ha recomendado la OMS y el gobierno ha sido no salir, a menos que sea estrictamente necesario.

-Alimentación saludable y balanceada.

-Verificar que tengas un buen descanso: Dormir entre 6 y 8 horas.

-Organizar un horario donde esté incluido tu trabajo y el resto de actividades que realices.

-Hacer ejercicio.

-Mantener el contacto con familiares y amigos, a través de videollamadas o llamadas para disminuir la ansiedad que puede ocasionar las salidas.

La pandemia continúa, por eso, una de las estrategias que recomienda la psicóloga Siso es  estar “centrado en el presente, en el aquí y ahora. Enfocarse en las actividades que puede hacer y en las que tiene control. Unas las de cosas que genera ansiedad y estrés es pensar sobre cuándo culminará la cuarentena, cuando se podrá salir y si la gente está contagiada o no. Cuando entras en esa área de incertidumbre se disparan esos síntomas”.

(*) Felipe y Liz son nombres ficticios para proteger la identidad de los jóvenes que quisieron permanecer bajo el anonimato.  

(**) Las recomendaciones señaladas fueron avaladas por la psicóloga Blanca Siso. Si considera que tiene alguno de los síntomas descritos en este trabajo, puede contactarla a vía email: blanca.siso@gmail.com

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