• “El bar es, no digo la selva, pero sí el bosque que le queda a la ciudad”, dijo Enrique Symns. Caracas, por su parte, tiene una memoria líquida entre sus bares, taguaras, esquinas, callejones o restaurantes chinos. Son lugares llenos de ficción que se asemejan a pequeñas rendijas para mirar el pasado y reconocer la historia de cada individuo en correspondencia con la historia de la urbe. Una cerveza, por favor, que comenzará el recorrido entre la maleza del bosque

“Tocará parar en paralelo”, me murmullo mientras entro a la Primera Avenida de Los Palos Grandes por tercera vez. Me fijo que nadie esté detrás de mí –si ni yo me tengo paciencia, qué quedará para los demás conductores– y me preparo para meter reversa y echar para adelante por un sólido minuto. Do a barrel roll, resuena en mi cabeza mientras saco y meto mi carro en el puesto; mission complete, al bajarme y notar que lo logré. Camino media cuadra, reviso mis bolsillos y me enciendo un cigarro cuando llego a la entrada del restaurante. Veo que Gabriel me espera con una birra a través de la ventana. Las formas del humo que lo ofuscan, además de la ventana, me susurran que dentro la transparencia sonríe.

“Qué dice el Gabo”, digo de la forma más idiota que se me ocurre –estaba revisando su celular, hacía falta la teatralidad. Un abrazo, pedimos otra cerveza, me traen el menú. Gabriel: “yo como que me voy por el pollo celestial.” De bolas, el legendario combo nueve, meme entre memes culinarios: un filete empanizado, bañado en salsa de ostras y champiñones, adobado con un nombre memorable como nunca. Yo me voy por el combo cuatro, clásico: pollo agridulce, arroz especial y una lumpia. Brindemos infantil pero esperanzadamente –el que no apoya no folla, el que no gira no tira– y procedemos a ponernos al día.

Como buenos wannabes de detectives de cine negro, nos dedicamos a conversar sobre cuestiones que se suelen dar por sentado: los motivos detrás de ciertas relaciones en la Caracas escasa, las influencias de Marilyn Manson en la música comtemporánea, la miseria que motorizó tantos escritos importantes. Pero damos por sentado nuestro contexto más puntual, las paredes que nos protegen. Y cómo no hacerlo: son nuestro hogar –y pongo el adjetivo en cursivas porque no me refiere a nosotros dos, sino a demasiadas personas que buscan respirar en una ciudad asmática. Los Chinos de Los Palos Grandes, el Chef Woo, ¿cuántos millenials arrancan a sus mesas cuando no tienen otro lugar donde sentarse?

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“Antes esto era un restaurante italiano. En el año 2003 inauguramos el local, aproximadamente como en mayo. A partir de esa fecha, estamos aquí dando todo lo que conocemos. Vengo de una familia de restaurantes: tengo desde los 14 años trabajando en restaurantes con mi padre, mis hermanos. Hemos sido una familia del área gastronómica. Aquí estamos y seguiremos haciendo lo que sabemos”, cuenta Marcos Woo, la cabeza de nuestra casa.

Antes de continuar naturalmente la conversa, agrego un comentario, tal vez, incorrecto: “me imagino que tu papá se vino de China y tú naciste acá, tu acento es totalmente caraqueño”. “Yo soy nativo de Guangdong, hablo así por la mala junta”, dice con una sonrisa. Arianna, mi corazón en pecas, se caga de la risa –de nuevo, las cursivas: la cursilería se vale en los Chinos de Los Palos Grandes, he visto nacer y crecer amores aquí por coñazo. “Me vine en el año 1984 y desde los 14 años, estoy trabajando en el área gastronómica con la familia. Esos conocimientos que adquirí de todo –desde manejar la caja, la cocina, hasta limpiar el baño. Actualmente lo que hago es, por falta de cocina y cocineros –obviamente, los paisanos se han ido del país–, entrenar a la gente que trabaja conmigo. Cuando veo que algo no está bien, explico cómo se hace, cuáles son los fermentos, cuáles son los sabores. Y bueno, doy todo eso que aprendí a la nueva generación”.

En efecto, la mayoría de los rostros del personal han cambiado desde que vine por primera vez. Además del jefe, son Tony, el gerente, y Siak, de pocas palabras y geniales dibujos, quienes persisten aquí. No obstante, la comida, la atención, el ambiente siguen iguales. Es decir, excelentes. El pana Marcos no se las echa, no es de esa gente, pero tiene bien claro que su local es icónico para quienes transitamos la capital fantasma sin abandonar nuestros cuerpos. Ignora la llamada a su celular y comenta su clave:

“La atención sin ver la diferencia… Obviamente cuando en cualquier lugar ven a un par de chamos, un par de jovencitos, la actitud es muy diferente. Lo primero que se les viene a la mente a los mesoneros de esos, ya con edades, va a ser coño, ¿tendrán para pagar la cuenta? En cambio nosotros siempre hemos sido un poco diferentes en ese aspecto. Porque los muchachos que trabajan incluso son puros jóvenes, tienen otra mentalidad, otra cuestión. Y siempre les decimos que no miren al cliente físicamente, que no los cataloguen de primera. Y esos muchachos que han venido desde muy temprana edad se han conservado, siempre han venido, todavía se mantienen como clientela del restaurante. Y bueno, ha pasado el tiempo: los personajes de antes se han especializado en alguna carrera o algo. Todos son profesionales hoy en día y se mantienen como clientes del restaurante. Es la verdad”.

Ilustración: Lucas García

A partir de mis experiencias, los años que he transcurrido sobre este suelo, me despojo de mis ironías y el escepticismo. Sé que muchos lo harían también. Pongo en mayúscula la pluralidad que el jefe comenta: es la Verdad.

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“Bueno, pa’ dónde vamos”, enunciamos en voz alta después de gastar las horas, un sábado, del servicio comunitario; después de caernos a gritos, comparar egos y consensuar acciones impopulares en un encuentro del Movimiento Estudiantil; después de soportar algún foro que se veía bueno, pero que resultó muy básico, en alguna librería; después de terminar la reunión de MUN que los chamos asistieron, enratonados, por obligación y no por convencimiento; después de salir de clases y descubrir en la feria que otros más, manos temblorosas, ojos dormilones, tampoco quieren volver ya a sus padres; después de que el turno laboral termine, se apaguen las computadoras y las noticias desaparezcan para todos menos quien quede de guardia.

“A  los Chinos de Los Palos Grandes”, proponen varios en unísono.

“¿A cuáles?”, pregunta alguien que no conoce sus calles, “hay uno cerca de la plaza,  cerca de Miga’s”. Explotan carcajadas y palabras mal intencionadas. El shock empuja a algunos a pronunciar insultos que destruyen, pero que en Venezuela bebemos como jugo de naranja. Luego del bululú, se escucha claramente la respuesta:

“Vamos al Chef Woo, ¿no lo conoces?”.

Vamos al Chef Woo, evidentemente.

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Pedimos un plato de fideos Singapur al terminar la entrevista. Segundos luego, el mesonero dice que el jefe quiere cambiarnos el pedido a langostinos salteados con fídeos de soya. “Es un plato muy típico nuestro, es un plato muy sabroso”, me dijo cuando le pregunté cuál le parecía su plato más especial. Entre el comentario y la aparición de la comida, Marcos vuelve a la mesa para remarcarnos su nuevo proyecto: la música. Nos muestra su canal de YouTube, presentaciones en las que ha cantado covers de Lionel Richie y Leo Dan. Me cuenta que el papá de Danny Ocean lo tiene metido en un estudio, que a veces le pasa sus temas. Y hermanos, déjenme decirles que el tipo la parte –su rango, otro nivel; su ímpetu, total.

Antes de comenzar con las preguntas, entre panga y panga, me contó que conecta con sus hijas a través de la música, pues ellas son unas aficionadas. Ahora me lo prueba: se mete en TikTok y nos muestra las creaciones de una. Su voz es espectacular. Atiende cuestiones del restaurante, Marcos, y nos insiste que nos quedemos con su celular y veamos los videos de su cría. La aplicación está compuesta de puros caracteres chinos. Pienso: ¿cuántos hijos de la ciudad –hijos, sí, de inmigrantes del siglo pasado, de quienes apostaron y perdieron– entienden otros códigos que la llenan de sentido, la suben más allá de su cota con oraciones increíbles? Pienso, también, en una memoria que jamás mermará:

Feng y yo tomamos asiento, segunda mesa a la izquierda. Dentro de media semana, se largará a la Argentina –abandonará su fama dentro de la sucursal del fuego para conocer el gran resto. Ni tan metafórica la cosa: su cara adorna las esquinas del distrito metropolitano como mensajera de Coca-Cola, su viaje es el capricho de los valientes que se frustran con lo fácil. La ansiedad me derrota mientras intento que nuestras últimas horas valgan oro. Fantaseo, supongo que el tiempo se detiene, miro los caracteres chinos detrás de la puerta con esperanzas de descifrar algo. Me ponen la mano sobre el hombro: “¿todo bien?” Me pierdo, soy la marioneta de mis impulsos, enuncio lo que enuncio lo que enuncio: “¿sabes cómo se escribe tu nombre en hanzi, caracteres chinos?” Se ríe, cuenta que es de lo poco que sabe hacer bien en la lengua de sus padres y pide un bolígrafo mientras estrecha su servilleta. “Así”, dice cuando termina sus trazos: 冯嘉美. Intento repetir los pasos y fallo –no solo en el orden, sino en la longitud y curvatura de las líneas, En vez de escoger la condescendencia, a Feng se le ocurre buscar a alguien que nos guíe; admite que no está segura si escribió los signos bien, no cae en la trampa de comer la mierda cuyo sabor tantos conocemos. Esquivamos nuestros ojos y miramos a los lados: ajá, Siak, inconfundible entre mesoneros Le explicamos nuestra frustración y sin emitir algún sonido, practica su caligrafía sobre la mesa. Me siento orgulloso, me siento bobo, me siento lejano pero poniéndome los zapatos –me siento, pues, aprendiendo, honrando con escalofríos la curiosidad. Y me dejo de comer las uñas. Y las estrellas titilan tanto que veo las constelaciones bajo techo.

***

Llamarada. Volteamos nuestras cabezas, el calor escala piedras entre las mesas y la cocina, alguien pidió sus tallarines al plato caliente. Por alguna razón, mis compañeros aplauden. Al principio me da pena, como si no viviera dentro de los límites del país de la parodia. Sale otro plato flambeado: más aplausos, el ritual impone su lógica. Tercera vez durante nuestra discusión sobre los pasos a tomar tras el fracaso de la ayuda humanitaria, mis palmas actúan solas en son del fuego. Roberto, Rafaela, Carlos, Anna, Alfredo, Oscar, Andrea: ¿nuestra bulla habría sido mayor si supiéramos entonces del levantamiento en abril?, ¿habría ruido de nuestros dedos si tuviésemos idea de cómo fracasó? Teníamos fe, más allá de los enlaces que trafican nuestro sueños con su cargo como pretexto. Tenemos fe,los fracasos nos salpican y nos bañamos sin dudarlo. Tenemos fe: el choque de nuestras manos no conoce su fin, el Chef Woo brinda la calma que nadie logra desde cualquier poder.

Ilustración: Lucas García

El asiento del Aveo, demasiado cómodo. Ojalá dormir aquí y no tener que montarme en la autopista. No quiero callarme los rollos de mi familia, no quiero que sea tan larga la travesía a mi casa de estudios, no quiero tener pesadillas con ojos abiertos mientras transcurro la ciudad. Pero siempre relucen, en contra de nubes espesas, ideas y espacios solo posibles donde estás. El día a día de la pésima suerte venezolana se salva por algunas iglesias –irreligiosas, claro. Convertimos la depresión en energía desde ciertos bares, ciertas plazas, ciertos pasillos. Y eso no está mal: las comunidades imaginadas que son las naciones no nacen en mitos oficiales o estadísticas lamentables, sino en las costumbres que cambiamos cotidianamente. Desde lo más pequeño, lo local, podemos ser faro de luz a quienes se nos parezcan –hasta a los que no. Desde el Chef Woo, podemos idear el mejor de los futuros sin pasar pálida por lo que piensen los que no contribuyen. Desde los Chinos de Los Palos Grandes, ser es un hecho.

“Bueno, pa’ dónde vamos en la próxima”, pregunta Andrés con los brazos en el aire. Paro justo detrás, qué quieres que te diga. Curvó mis labios hacia arriba, trato de estrechar mi espalda, lanzo mi mirada a sus ojos. “¿Adónde más? ¡Al Chef Woo!”, digo de la forma más idiota que se me ocurre. Mi cuerpo olvida sus temblores, mis dientes son estatuas, el reloj sale corriendo de mi cabeza.

“Tú sí estás claro, no joda”, Andrés dice, dientes pulcros.

Claro que estoy claro. Pienso la frase mientras paso las llaves para arrancar el carro. Mañana habrá mañana, las ansias seguirán soltando puños, los Chinos de Los Palos Grandes no se borrarán del mapa. Me despido, voy con todo, que termine este entretiempo. Ya quiero descansar para poder elegir un plato que no conozca del Chef Woo, para poder transformar el sabor de las bocinas en inspiración y buen gusto.

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