• Acumula cuatro décadas en el oficio, personajes arraigados en la memoria nacional y la satisfacción de haber vencido una compleja enfermedad. El humorista venezolano habla desde el teléfono sobre las plataformas digitales, la muerte del humor en la TV, las nuevas generaciones en tarima y un “personajazo” para la Isla Presidencial: “Trump es un malandro catire”

“Hay que vivir lo mejor posible. Tratar de dejar un legado, una historia, un ejemplo. Vivir. Y vivir feliz”, dice Emilio Lovera ante lo que llama “una pregunta contestada” sobre su realidad tras superar el cáncer de colon que le fue diagnosticado a mediados de 2018.

Sobre aquellos meses, este venezolano que no solo ha dejado un legado en el humor sino también innumerables personajes que pululan en la memoria de muchos, recuerda: “El médico, que es excelente, me dijo de primera, ‘Mira, de esto no te vas a morir’. Y listo. Se acabó. Te va a tocar una etapa muy difícil, pero lo que tienes que hacer es pasarla como cualquier otra etapa. Y sucedió. Hubo partes muy, muy duras, pero una vez que sucedió todo es pasado. Y pasó”.

No es dubitativo al responder. Tampoco se ríe mucho, aunque ha pasado más de la mitad de su vida sacándoles carcajadas a los demás. Es directo en sus ideas, como si no pensara demasiado lo que va a decir porque ya lo tiene todo muy claro. En este duelo –desigual siempre– de enfrentarse al otro desde una tarima o pantalla de televisión, él está claro en cuál ha sido su rol. 

En nuestro contexto pandémico venezolano, en el que las telecomunicaciones reptan por el subsuelo como serpientes heridas, la entrevista telefónica se retrasó una hora. Que aquí no cae la llamada y aquí tampoco; por allá no repica el teléfono, que muévete más hacia arriba. ¿Ahora sí? ¿No? A intentar otra vez. Aquellos 60 minutos transcurrieron como en un sketch del absurdo. Solo que ese en ningún momento dio risa.

Ya solucionada la conexión, Emilio Lovera empieza a hablar. Con esa voz suya, y no la de tantos otros seres que él creó, va hablando sobre Radio Rochela, las nuevas generaciones en la comedia, el desarraigo y la crisis del país, así como la risa desde las plataformas digitales, dinámica que se aceleró con la crisis sanitaria por el covid-19. 

Los espectáculos públicos, por ahora, son una apuesta que no tiene mucha vida. No estamos aún en el momento de volver a hacer lo que hacíamos. Esto no ha pasado. Tenemos que seguir esperando y voltearnos hacia las redes sociales para seguir sobreviviendo”, señala.
«Hay que vivir lo mejor posible. Tratar de dejar un legado, una historia, un ejemplo», dice el humorista, quien superó un cáncer diagnosticado en 2018 | Foto: Tomás Lovera

Sketch 1: la Rochela

A comienzos de los años ochenta, Emilio Lovera ingresa a las filas de humoristas de Radio Rochela, el recordado programa que transmitió Radio Caracas Televisión (RCTV) mientras pudo. Allí trabajó durante dos décadas y presentó decenas de personajes entre los que estuvieron Perolito, Los Waperó, el Colombiano, el Portu, Palomino Vergara, Happy Harry y Chepina.

De entre estos, rescató a Gustavo “el Chunior”, ese incorregible locutor “de la sima conocimiento, la cunvre del saber”, para darle una cara digital como el Chutuber. 

“Hay razones para presentarlo, una es por lo adecuado y conveniente que pudiera ser un personaje y otra es por la facilidad de hacerlo. Por ejemplo, para hacer Chepina no sé si sería adecuado; es un personaje más complicado, más difícil y que lleva más energía que el Chunior. Prefiero al macho que se respeta que a Perolito en este momento, no porque no sea adecuado: hasta que Venezuela se convierta en una potencia mundial como Estados Unidos, Perolito seguirá siendo adecuado porque es un indigente y creo que hacia allá hemos ido y estamos yendo. El personaje del Chutuber no está hecho para el millennial, que es el 70% de la audiencia de Internet. Yo soy una figura que puede estar posicionada, como mal se dice, entre las edades de 25 a 45 años, pero esa no es la mayoría de usuarios del celular ni el Internet. La mayoría se ubica entre los 16 y los 25. Y los de 16 años no tienen ni la más remota idea de quién es Emilio Lovera, a pesar de haber trabajado durante los últimos 40 años en el país. Hay dos factores importantes y gigantescos para esto: uno es que el gobierno se dio a la tarea de anular toda aquella personalidad que les recordara a los chamos la Venezuela que teníamos; y el otro es la situación del país aunada a la pandemia”.

¿Con qué viejo compañero del humor rochelero, de esos que sueles recordar en Cuéntame la vaina, subirías a tarima en la actualidad?

—Subiría a Virgilio Galindo, que tenía mucha habilidad en tarima. Probablemente no lo hayas oído nombrar por un desarraigo que sufrimos los venezolanos. Esto ha mejorado un poco, porque con esta situación nos hemos dado cuenta de que teníamos un país bueno, vibrante, inteligente, que tenía mucha gente buena. Antes despreciábamos todo lo que era venezolano por ser venezolano; nadie iba a pagar por un espectáculo de un venezolano a menos que los extranjeros lo hicieran. Tú le preguntas a un niño de seis años en México quién es Jorge Negrete, María Félix o Pedro Infante y todos lo saben. Pero preguntas por Virgilio Galindo y no tienen la más mínima idea de quién era.

Básicamente por ese desarraigo; no nos interesa lo venezolano. Subiría a Virgilio Galindo para poder darle la oportunidad de presentarse ante las nuevas generaciones y que estas se dieran cuenta de lo efectivo que era su humor. A él jamás se le olvidó provocar la risa como se les olvida a muchos humoristas o comediantes hoy en día. 

Te refieres a las nuevas generaciones, ¿eres de los que cree que todo tiempo pasado fue mejor?

—Jamás he estado de acuerdo con eso de que todo tiempo pasado fue mejor. Estamos viviendo una mala época, pero eso no es nuevo en Venezuela. El país pasó por las guerras de independencia, por guerras civiles. Por la dictadura de Juan Vicente Gómez, por la de Marcos Pérez Jiménez y por la situación que provocó Hugo Chávez y el desastre económico en el que estamos, la anarquía gubernamental. Y, precisamente por esta situación, los humoristas desaparecimos. Al principio porque el único canal que presentaba humor libre era RCTV y, al cerrarse el canal, a Venevisión no le interesó competir en humor, simplemente dijo: ya no tenemos competencia, ya no tenemos que gastar dinero en nada, vamos a seguir con las telenovelas más baratas del mundo y vamos a eliminar los programas de comedia.

Así lo hizo y la televisión quedó sin comedia desde el año 2007. La gente que tenía siete u ocho años que no era asidua a programas de comedia en la televisión jamás vio lo que era el humor venezolano, sino lo que los influencers y los curiosos empezaron a hacer en redes sociales. Las personas decidieron que de algo tenían que reírse y empezaron a reírse de ellos. Pero a los viejos no nos daba risa.

¿Por qué?

—Ojo, no todos. De los nuevos comediantes hay muchos muy buenos, como Led Valera, Reuben Morales, que ya no es tan nuevo; Yosue Ochoa. Hay muchos humoristas tan buenos que hacen reír. Parece mentira, pero hacen reír a muchas generaciones; no a una  zona de confort, no a su entorno familiar, escolar, universitario. Hacen reír a todo el mundo. Porque esa es la prueba de fuego para el nuevo comediante: una gira. Ir a Tucupita, San Fernando de Apure, Machiques, San Carlos, Puerto Cabello y Puerto Ayacucho para ver qué tan buen humorista eres. Esa es la escuela de muchos humoristas de la cuarta República. Pero ellos no.

Ellos prefieren ir a la Quinta Bar o al sitio de confort. Entonces triunfan y se engañan a sí mismos. Esto se ha extendido entre los jóvenes hasta que descubren que hay una diferencia entre un humorista y otro. Es tal cual la música. Si desde los 10 años creciste oyendo reggaetón, probablemente hoy en día te arrepientas de haberlo oído y hayas descubierto la música realmente. Si eres una persona, obviamente, que tiene un criterio musical relativo o por lo menos oído o la capacidad de apreciación musical. Si no, pues seguirás oyendo reggaetón.

Digamos que de eso se trata: el mundo se ‘reggaetonizó’, se ‘trapeó’. Si alguien sabe algo de música  sabe que nada de eso lo produce una idea humana, todo eso se produce por una idea medio animal y máquinas chinas que se venden y lo hacen por ti. Luego, la letra. Imagínate tú. El mundo se ‘reggaetonizó’ porque de las letras de Juan Luis Guerra o de Armando Manzanero pasamos a las de Bad Bunny o Daddy Yankee… Y si no puedes diferenciar eso, oye, está claro que se destruyó la parte musical del mundo. Se desbarató la apreciación. 

Emilio Lovera
“El humor es malo cuando no produce risa. Es tan simple como eso. Independientemente de la índole o estilo” | Foto: Tomás Lovera

Sketch 2: El humor

A Emilio Lovera no solo se le conoce por los personajes interpretados en Radio Rochela. Ha participado en series de Internet como la Isla presidencial, ha animado programas de televisión como Misión Emilio, presenta programas de entrevistas en YouTube como Cuéntame la vaina, se subió al Stand Up Comedy, ha prestado su voz para las publicidades y ha participado en producciones de cine. Cómo no recordar al perrero sentimental y orgánico de largas uñas mugrientas que preparó la bala fría al protagonista de Papita, maní y tostón

¿Cuándo es malo el humor? 

—El humor es malo cuando no produce risa. Es tan simple como eso. Independientemente de la índole o estilo. Si el humor produce risa, es bueno. Es como el chiste: un chiste malo tiende a ser bueno cuando produce risa.

Lo que pasa es que muchos se olvidaron de eso, y es la regla número 1: provocar risa. El nuevo comediante estudió los estilos, tomó cursos, siguió las reglas del libro y produjo un material que está perfecto en la teoría, pero en la práctica no produce risa. Él se baja de tarima satisfecho, pero deja al público insatisfecho”.

Ser comediante pasó de dar vergüenza a dar prestigio, ¿qué cambió?

—Todavía hay países, como Argentina, que consideran a muchos comediantes como payasitos, que lo hacen por afición, que no merecen obtener ninguna remuneración. Esto a pesar de que tiene al mejor grupo de humor del mundo Les Luthiers. En Venezuela, Laureano Márquez, Pedro León Zapata, el mismo Conde del Guácharo, Carlos Donoso dieron a entender al público que se podía vivir del humor si lo hacías muy bien. Y que había formas de lograrlo, de destacarse, había campo de trabajo y esto hizo que el humor se ubicara dentro del grupo de carreras artísticas que uno podía seguir en caso de que tuvieras habilidades o te interesara. Esto cambió la perspectiva.

Un padre en los años setenta u ochenta se sentía avergonzado de presentar a su hijo humorista. Prefería presentar a un hijo arquitecto, ingeniero, médico, sacerdote o incluso miliar. Pero hoy en día eso ha cambiado. Ahora da vergüenza es presentar al hijo militar.

¿Qué es lo más difícil de hacer reír?

—Lo más difícil para el que empieza es subirse a la tarima. Decía Carlos Sicilia en una lista de miedos que leyó que el miedo a la muerte estaba en el tercer lugar, porque el número uno era hablar en público. Por lo tanto hay que ser valiente o loco para subirte a una tarima y empezar a hacer reír. Y los locos no consiguen tanto éxito como los valientes. 

¿Cuál fuiste tú?

—Mis razones fueron el hambre y que yo tenía mucha experiencia escolar, vecinal, familiar y con amistades de hacer reír a la gente. Luego lo hice en vivo en un teatro y me fue muy bien. Ya había comprobado que a la gente le interesaba lo que yo iba a decir y oír mis imitaciones y mis chistes. Y eso hizo que me volviera a subir. Venciendo el miedo escénico que tenía.

¿Todavía te da miedo?

—Todavía. Claro. Eso no se pierde. Eso hay que vencerlo cada noche.

Emilio Lovera
El comediante llevó a YouTube a uno de sus personajes más populares: Gustavo “el Chunior”, convertido ahora en el Chutuber | Foto: Tomás Lovera

Sketch 3: Los personajes

Te recuerdan por personajes relevantes de la televisión. Pero, ¿has tenido algunos que no hayan funcionado?

—Son tantos que no los puedo recordar… Tuve uno que se llamaba Sostalisto, que era de frases. Había libretistas y productores empeñados en hacer personajes solo de frases para decir: ‘¡Pegamos la frase!’ A mí no me gustaba. Yo quería darles más comida a los personajes, que tuvieran historia, una personalidad. Hubo uno que a mí me gustó mucho y confiaba mucho en él y no funcionó que se llamaba Giuseppe, nombre código Pepino, que era un espía italiano. Otro que era El Optimista porque le veía el lado bueno a todo, incluso a las desgracias más grandes. La frase de él era ‘Cooo… veeer… mieeer’. No funcionó tampoco como otros que causaron furor. Y hay muchos más.

¿Qué personaje agregarías a una nueva edición de la Isla Presidencial?

—Según los cánones y el manual del programa, habría que sustituir a todos los que ya no están… ¿Tú quieres que te diga Donald Trump?

El que consideres…

—Y es razonable. Trump es un personajazo para la Isla Presidencial, porque es un tipo como demasiado chavista. Es demasiado balurdo, poco elegante. Trump es un malandro catire. No dudo de que haya mucha gente que le siga y que le parezca genial, pero al lado de Barack Obama no va a competir en elegancia, ni en esa cosa con que se retiran los presidentes que dicen: ‘Cumplí. Y me voy. Con permiso’. Y la gente los aplaude. Ese es el tipo de presidente que todo país debería tener, no hablo necesariamente de Obama, porque pudo haber tenido errores y aciertos.

Pero si nosotros tuviéramos un país donde el presidente saliente se fuera bien, con un ‘Hasta luego, cumplí con mis mandatos, lo hice lo mejor que pude’, que se fuera en paz, eso sería genial.

Admirador de Cantinflas, ¿qué personaje interpretarías junto a él en un sketch?

—Cualquier personaje hubiese sido chévere al lado de Cantinflas. Nunca lo he pensado, pero el Chunior coincidiría mucho con Cantinflas, porque ambos son personajes de palabra. Es tan absurdo como Cantinflas es ciertos aspectos. La diferencia es que Cantinflas no dice nada y el Chunior dice algo muy muy errado. Pero con la autoridad que le dan su voz y el estar en una radio, él está convencido de que lo que dice es cierto.

Como sucede con muchos otros con micrófono.

—Exacto.  

Noticias relacionadas