• El coautor del Parque del Este sigue enamorado de la capital venezolana

Vencedora, la sonrisa se extiende conquistando cada pliegue, cada cuenca, cada cumbre de su semblante hasta desembocar como delta en las esquinas plisadas de sus ojos azules; estampada como seña de identidad, es de los mejores argumentos que confirman su juventud reacia al destierro, aun cuando suma 91 años de edad. Gesto que activa su aclimatado humor inglés, reaparece mientras habla, mientras piensa, mientras celebra; es fama la simpatía de John Godfrey Stoddart. 

En este caso, sin embargo, no la dibuja otro chiste de su cosecha. Tampoco la notificación del premio a su trayectoria como arquitecto paisajista que le otorga el oficialista Ministerio de la Cultura y que agradece muchísimo, aunque por Zoom y sin timideces ha deslizado que los militares nunca le han gustado mucho (premio que, por cierto, este 21 debía ir a recibir ¡solo!, no le permitieron la compañía de su hijo, y luego de llegar a la Casa del Artista le informan que se pospuso la entrega para el 22, ay…). 

Lo que le hace gracia a este inglés arraigado al trópico, lo que le vuelve a orillar los labios hasta las orejas al hincha de la naturaleza que acaba de conquistar un nuevo reconocimiento tras haber sido postulado por sus alumnos de la Facultad es aquella presencia minúscula que se agita incesante junto al ventanal del apartamento, el Ávila al fondo: un colibrí cebado que ha regresado al balcón para libar en el agua endulzada con que Stoddart acaba de llenar las pipetas que penden de las bromelias del balcón. 

El arquitecto paisajista, fundador en el país de la sociedad que agremia a los pares, también conferencista, autor y profesor universitario, disfruta preparando la receta, más que un señuelo para ver una vez más el emocionante performance del pajarito de pico largo aleteando febril, 55 veces por segundo, el corazón a 1200 palpitaciones por minuto. Es que el guapísimo caballero de tantas canas como ganas es un devoto de la vida. 

No es difícil imaginar que su temperamento llevadero estará directamente relacionado con su trabajo: diseñar espacios verdes y balsámicos; convivir con la belleza que oxigena; alentar esta forma de arte orgánico, vivo, siempre en proceso, siempre escultural que es el paisajismo. Una pasión que rebasa el sentido estético y deviene compromiso con esta tierra de privilegiada biodiversidad. Con todo y que la lista de problemas del país que conoció y del que se enamoró locamente en 1954 se ha alargado hasta parecer interminable, todavía sigue defendiendo su decisión de haberse quedado para siempre —se muda en 1964—, tras tantas idas y venidas, en este resquicio tropical, atrozmente depauperado.  El verde debe ser la alquimia que lo blinda. Su piedra filosofal. 

Caracas era una fiesta, cuando llegué, todo el mundo era feliz”. John Godfrey Stoddart

Y nadie parecía cultivar esa nostalgia ancestral por el bosque que comienza cuando los homínidas nos hacemos carnívoros y nos separamos del regazo del árbol y sus ramas para bajar a cazar, de la cual dan cuenta los antropólogos. A pesar de la voracidad con que ha mordido al valle el hormigón, sobre todo durante el boom petrolero, encuentra que la ciudad de la eterna primavera está saturada de clorofila. El verde es terco aquí; él ni se diga. Este 19 de enero, a propósito del 60 aniversario del Parque del Este, obra en la que está involucrado hasta la médula, en un encuentro virtual que organizó la tenaz gente de Fundación Espacio, en alianza con el British Council —institución que por cierto es una presencia recurrente en la biografía del arquitecto—, John Stoddart volvió a decir que ni por un millón de dólares se iría de Caracas. 

Foto cortesía

Recién recibido de arquitecto por la universidad de Bartlett, Stoddart  admite un día para sí que encuentra más placer visitando el museo de arte de la esquina que en la facultad donde estudió entre 1947 y 1953. La certeza devendrá inconformidad, desasosiego incluso, cuando imagina un futuro de líneas y conceptos trazados desde un escritorio en su Londres natal, la ciudad que acaba de prometer que se alzará como la ciudad más verde del planeta; la que ha anunciado que convertirá en jardín cuantos techos, fachadas y rendijas haya; la que a través del British Council hace lazos con caraqueños empeñosos, persuadidos de que es prioridad la salud, la alimentación, la libertad, los derechos humanos y, cambio climático mediante, respirar. ¿Por qué no es Caracas esa ciudad verde señera? 

Luego de graduarse, un aviso de la British Council, la misma institución que se comprometerá con Fundación Espacio y con Caracas a recuperar la quebrada Sebucán, al oeste del amado Parque del Este, y a convertir sus riberas en punto de encuentro urbano, le cambiaría el destino; vaya voltereta: casi 70 años después puede confirmar Stoddart que la providencia es un tejido con conexiones inesperadas  (y le provocará decirle chócala a British Council).

Un profesor de la Facultad de Arquitectura le recomienda participar en un concurso para viajar a ver diseño urbano en determinados puntos del mundo. Stoddart tenía que demostrar en una suerte de validación de competencias por qué debía ser bueno que le pagaran un viaje a Brasil y no a Finlandia, por ejemplo, para husmear en la arquitectura moderna, de líneas inesperadas y en audaz diálogo con el afuera, que comenzaba a seducirlo tras toparse por casualidad con publicaciones especializadas que registraban las voladas creaciones de los diseñadores cariocas. Sería suficiente lo aprendido de Óscar Newmeyer, de quien habló maravillado frente al jurado. Su exposición abismada le hace el mandado. Al poco tiempo estaba en Río de Janeiro con 22.000 cruceiros en los bolsillos, la boca abierta ante tanta exuberancia, los ojos acuáticos achinados por tanta luz. 

Foto: Faitha Nahmens

“No sabía que aquella cantidad de dinero era nada”, vuelve a sonreír y vuelve con la distendida expresión a barrer toda ingratitud. “Quiso la providencia que en el viaje conociera a una dama inglesa muy gentil: Mrs. Hellington; ella me hizo aterrizar del trance, porque yo estaba alucinado con la ciudad: no te alcanzará el dinero para nada y tendrás que trabajar duro, al menos no te preocupes por un techo, tengo alquilada una pieza que no usaré, te la cedo”. Mejor imposible, pero sí, algo aún mejor vino enseguida. Terco que es, ha quedado claro, visitó a las oficinas de la embajada de su país —y al British Council— intentando una remesa más alta que mejorara la beca y/o una enmienda de su condición de estudiante para poder buscar legítimamente trabajo. Consiguió más.

“Una funcionaria que me recibió siempre con inmensa paciencia me pidió un día que no insistiera, que no podría trabajar siendo un extranjero recién llegado, pero viendo mi asombro por los diseños del espacio público me recomendó contactar al artista plástico Roberto Burle Marx, ese amante del paisajismo cuyas plazas y ramblas de la ciudad brasileña dan marco a su obra”. Sin dudarlo fue al estudio del artista —que luego será su socio en el diseño del Parque del Este caraqueño, y en tantos proyectos más—, “y es el mismo Buli como luego llamaríamos a Roberto Burle Marx, quien me abre la puerta”. La buena suerte estaba echada. 

Foto cortesía

“Fue un encuentro muy raro, que tuvo lugar en la mañana del 5 de agosto de 1954, lo recuerdo claramente porque el día anterior había celebrado su cumpleaños, eso lo supe después, y es lo que explicaría su apariencia, la cara desencajada, que se quitara los zapatos, que no montara los pies en la mesa, bueno y a mitad de la entrevista se quedara dormido”. 

El asistente de Burle Marx, un polaco que quería cambiar de empleo, corrió en su auxilio. “No se desanime, me dijo, vuelva mañana a las ocho, seguro que obtiene el puesto, lo que tiene que hacer es seguirle la corriente, si le pide papel, se lo da, si le pide goma de borrar, porque quiere rehacer el trazo, también; y tenga siempre una maleta lista por si le pide que lo acompañe a un viaje de exploración botánica”. Claro que volvió. Y en esa oficina, y con ese personaje mítico y con fama bien ganada de caprichoso, trabajó durante una década en la que mutó de asistente a socio.

Siempre estaré agradecido a aquella funcionaria, no solo conseguí trabajo: por ella conocí a Zelia Araujo de Medeiros ¡mi esposa!”.

Zelia, que también se desempeñó en tareas diplomáticas en su país, en Caracas se reveló como insigne orfebre; y afectuosa cuida a su marido como la joya que es. John Sttodart atribuiría su buena fortuna al sombrero de paja que había llevado para la cita. “Quería lucir bien a la vez que protegerme del sol, luego noté que en la calle nadie llevaba puesto uno y dudé si habría sido buena idea comprarlo”, vuelve a reírse, ahora de sí mismo.

El inglés que aprende pronto a arrastrar con su cadencia las eñes del portugués, además de aquellas tareas admirativas y simples irá asumiendo la responsabilidad de darle perspectiva a los proyectos. Empacarlos en la matemática y el cálculo. Burle Marx no tenía mucha idea del asunto: para él perspectiva era trazar volúmenes vegetales e imaginar el efecto que producirían los edénicos ecosistemas de su autoría. Dar por cierto que aquellas manchas de colores y texturas serían un oasis. Suponer que la oscilación de las hojas más próximas y distantes, y el roce entre unas y otras construirían una historia. De la que todas serían protagonistas: las más filosas, las aterciopeladas, las vertebradas, las ahuecadas, las diminutas o las enormes como caras de vaca. 

Trabajó, pues, en el refrescamiento y humanización del espacio público, donde se anida la democracia, y serían sus nobles objetivos arquitectónicos, filosóficos y políticos, la belleza, la vida y la libertad. Que siempre han parecido detentar un tumbao subversivo: a los mandamases la estética como la ética les irrita.

El presidente de Brasil en ese entonces era el dictador Getulio Vargas. “No, no nos puso trabas”, concederá. Lo que pasa es que hay gendarmes que adoran lo magnífico, se proyectan, o ven la gracia y no la distinguen. Lo cierto podrán armar paraísos de distintas escalas hasta llegar a la obra dilecta de toda su carrera: el Parque del Este. 

Foto: Maickerson Campos.

Que por poco no llega a su realización. El dictador de aquí, Marcos Pérez Jiménez, tenía en sus planes la instalación de un complejo ferial en las casi ochenta hectáreas —incluyendo en la medición la zona de los viveros— de aquel vergel abrazado de lado a lado por los ríos Agua de maíz y Sebucán, otrora sembrado de café en lo que había sido la hacienda San José. Obligado a abandonar Miraflores, el 23 de enero de 1958, el plan baja hasta el zócalo en la lista de prioridades de la democracia de estreno y quienes asumen la dirección de la república creen que más sentido tiene convertir aquel espacio en un desarrollo urbanístico, acaso un conjunto residencial de viviendas para las clases trabajadoras. 

La idea social se defendería por sí sola de manera irrefutable; sin embargo, el arquitecto Carlos Guinand Sandoz tiene una ocurrencia que salva el verde para todos sin distingos. Le dice al presidente Rómulo Betancourt que podría construirse allí el parque de la democracia. El argumento trae al mandatario a la acera ecológica. Es que el proyecto original es irresistible. Burle Marx imagina no un pulmón en la ciudad sino dos, en realidad una inmensa brecha verde que parte desde propio Parque del Este, prosigue del otro lado de la Francisco de Miranda —un día será derribado el mastodóntico elevado— al Parque La Carlota, previsto desde entonces y aun en veremos, y culmina la gozosa visual en el Ávila, punto climático. 

De cómo entran en escena Roberto Burle Marx, John Stoddart y Fernando Tábora, arquitecto chileno que se ha integrado al equipo, en Río, tiene que ver, como es usual, con los malabares del albur que propicia Stoddart. Ha hecho un paréntesis en su estancia brasileña para trabajar en Nueva York en el proyecto del edificio Time-Life y los estudios preliminares del Lincoln Center cuando es invitado por la Universidad de Cornell, Ithaca, a montar una exposición que deberá ser de interés a los estudiantes de arquitectura: versa sobre esa disciplina aun novedosa que es el paisajismo y que es furor en Brasil. Los 65 paneles que contienen el trazo de Burle Marx en la muestras fotográficas causan furor. Está entre los observadores Oswaldo Lares, próximo profesor de la Simón, que viéndolas piensa, por ejemplo, en lo atinado que sería incorporar el paisajismo a los desarrollos turísticos incipientes de Puerto Azul. Burle Marx termina con Stoddart y Tábora en Caracas, urgido el equipo por la agenda repleta de propuestas. 

El Parque del Este, inaugurado el 19 de enero de 1961, fue un trabajo arduo de investigación. Burle Marx hizo exploraciones como siempre en los alrededores de la ciudad y hasta las riberas del Orinoco en busca de las especies que constituirán el nuevo paraíso. Como en el Hipódromo La Rinconada, sus instalaciones venidas a menos pero sus jardines tan hermosos como aquellos en los que juguetearon Adán y Eva, el Parque del Este contendrá 130 mil especies vegetales con todo y el descuido que lastima, lo que lo convierte en el espacio caraqueño con más variedad de plantas. En cuanto a la fauna, mejor la que vuela en bandadas, las enjauladas dan inmensa pena. No así la pared de agua, diseñada diferente a lo previsto, pero igualmente seductora. “Se requería un volumen inmenso de líquido, no sonará caudalosa pero de noche las luces la hacen hermosa”, dice Stoddart, enamorado de toda la puesta en escena aunque lo derriten las palmeras.

Foto cortesía

Bautizado Rómulo Gallegos, luego Rómulo Betancourt y por último Generalísimo Francisco de Miranda, el espacio zen que contradictoriamente habitan milicianos camuflados con uniforme de hojitas verdes, mantiene irreductible su portentosa armonía. Ni la improvisada estación de autobuses de la entrada, que debería ser triunfal y no de tombos y platillos fritos, ni siquiera los kioscos dispuestos como obstáculos que convierten el acceso más en un embudo que en gloria, consiguen romper el efecto hipnótico que el parque produce en los caraqueños. Se calculó que lo visitarían por mes seis mil almas; se cuentan más de 200 mil. 

Sttodart que ha trabajado en el Parque Caroní —“paisajismo es también restaurar e intentar devolverle la vida a territorios avasallados”— y en una veintena de proyectos más, podría sonreír con más contentura si el Parque del Este remontara los requisitos que se exige para su postulación como bien patrimonial. No parece que ahora, sin embargo, estén dadas las condiciones, infiere la arquitecta María Eugenia Bacci, que ha trabajado el tema a lo largo de su carrera. “Primero hay que tener el parque inventariado minuciosamente, tener un mapa de cada ranura o relieve del lugar, y la circunstancia de cada una de las 130 mil especies”. Diana Henríquez, exalumna, extesista y socia de John Stoddart desde 2005, se ha dado a la tarea de hacer este levantamiento. Ojalá que no un Quijote sino miles se dieran a la tarea de rescatar lo tronchado, lo abandonado, lo que crece con incongruencia.

A la izquierda, María Eugenia Bacci, arquitecta, coordinadora de los arquitour de Chacao, amante del parque, y con una suculenta trayectoria en asuntos de patrimonio, y a la derecha, Diana Henríquez, arquitecto paisajista, exalumna y extesista de Stoddart y su socia desde 2005 | Foto: Faitha Nahmens

Juntos, Sottodart y Henríquez, han diseñado parques, organizado sueños, trabajado por sostener la memoria de lo planificado que espera, ella la sensatez. Que no está reñida con saludar a los majestuosos bucares, ¡hola Erythrina glauca, cuya sombra cobijó a los cafetales de la hacienda, hola Cecropia, mirará con afecto a los esbeltos yagrumos, dilectos de las perezas. Hay que desactivar la inercia, la indiferencia, el caos. ¿No sería lo justo, lo ideal, lo feliz? ¿Cómo no provocarle nuevas sonrisas a Sttodart?

Tan recomendable como asumir la causa como la ver exposición en la Casa Grande del Parque Cultural Hacienda La Trinidad que da cuenta de trayectoria. Síntesis de afanes, conquistas, devociones, en este caso la sonrisa inevitablemente es nuestra.

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