• La exploradora y naturalista mantiene un proyecto, a través de las redes sociales, de visibilización y pedagogía sobre animales, plantas y ecosistemas. En su conversación con el equipo de El Diario puntualizó la función de cada individuo para producir un cambio en el mundo

La primera vez que Karen Brewer-Carías descubrió una vocación educacional sobre la naturaleza fue a los 10 años de edad. Su padre, el reconocido explorador Charles Brewer-Carías, había atrapado a un pequeño murciélago que volaba entre las esquinas de la casa y se había quedado encerrado. Su padre iba a liberarlo. Ella se acercó junto para mirar de cerca al animal; luego, acarició su lomo tenuemente y reconoció una criatura hermosa y noble. Desde ese instante, con la empatía de la niñez, decidió comunicar a sus amigos, compañeros, conocidos la información necesaria para entender a los animales y romper con las mitificaciones del miedo. Esa vocación se mantiene hasta el día de hoy.

Karen nació el 31 de mayo de 1988 en Caracas, Venezuela. Las enseñanzas de sus padres estuvieron marcadas por la pluralidad de la exploración y la insistencia de mantenerse como un individuo curioso ante el mundo. Desde muy pequeña, junto a su padre, acompañó a su padre a distintas expediciones y durmió en el fondo de las simas de Sarisariñama; caminó por los tepuyes de Roraima, Chimantá, Kukenam, Ptari y Auyantepuy; navegó por los ríos Atabapo, Guaviare, Inírida y Caura. 

El conocimiento y la curiosidad son dos aspectos pedagógicos en el hogar Brewer-Carías. Incluso, ella recuerda un proverbio de su padre que plantea, como conducta ineludible, la duda de la niñez para enfrentarse al mundo con una perspectiva diferente cada día. “Es necesario mantener esa curiosidad constante, porque cuando uno piensa que descubrió todo lo que tenía que descubrir la vida se acaba”, dice en exclusiva para El Diario. 

Karen es diseñadora industrial, graduada en el Instituto de Diseño de Caracas. Posteriormente, realizó un posgrado de desarrollo de productos industriales en la Escuela Universitaria de Diseño e Ingeniería de Barcelona, España. Sus enseñanzas se unen con la vocación naturalista y la ha llevado a dictar conferencias sobre conservación y pedagogía de la fauna y flora de Venezuela en Manizales, Colombia, y en Belém do Pará en Brasil. 

Asimismo, presentó durante la primera temporada el programa documental Explorando Maravillas con Río Verde, una revista de biodiversidad. “Dimos visibilidad a varios proyectos de conservación que busca proteger ecosistemas y animales como la cotorra margariteña, el cardenalito, el águila Arpía, el Caimán del Orinoco, la anaconda, los primates, las tortugas, además de hablar sobre los problemas que enfrentan como especie por acción humana y también mostramos otras situaciones como la inundación al construir una represa y todos los animales que quedan afectados”, agrega.

En este momento, desde las redes sociales, mantiene la vocación de aquella pequeña de 10 años de edad y ha creado un espacio de enseñanza y reflexión sobre las funciones del ser humano como parte del ecosistema. Además, ha cumplido, de una u otra manera, con el objetivo de socavar el temor ante los animales a través del conocimiento.

Tu familia, desde el trabajo de tu padre y madre, está marcada por una relación amigable con la naturaleza. En este caso, ¿cuál es la importancia de educar a los niños para establecer una relación amigable con el entorno? 

—Nosotros hablamos de la naturaleza como si fuese algo fuera de nosotros: está en la montaña o en la playa. Pero, en realidad, nosotros somos parte de la naturaleza y somos parte del ecosistema. No tener eso dentro de la educación primaria es uno de los factores de todos los problemas que tenemos hoy día como seres humanos. Si entendemos que la naturaleza al estar bien nosotros también lo estaremos eso nos permitirá tomar acciones y aprender a convivir en paz. Tenemos que enseñarlo desde pequeños: los animales y las plantas son nuestros compañeros de vida. Conocer sobre lo que te rodea te da muchas herramientas de tranquilidad.

Eso me hace recordar un caso, en el cual un grupo de personas me estaban pidiendo comida en la calle y alrededor de ellos había una gran cantidad de plantas alimenticias que ellos no conocían y me senté con ellos a hablar sobre estos cultivos. Una de esas plantas era el amaranto, que fue el cultivo principal de las tribus indigenas que vivían en el valle de Caracas. 

Yo no me siento “grande” todavía. Mi papá siempre dice que tenemos que mantenernos como niños porque ellos están constantemente aprendiendo sobre el mundo y tienen curiosidad de las cosas a su alrededor. Es necesario mantener esa curiosidad constante, porque cuando uno piensa que descubrió todo lo que tenía que descubrir la vida se acabó. Nunca pierdan la curiosidad por todo lo que les rodea y de aprender cosas nuevas.

A veces la relación de los seres humanos con la naturaleza ocurre desde el consumismo y la banalidad. Por ejemplo, hemos presenciado el uso de los espacios naturales de Venezuela como locales de fiesta y conciertos. Primero, ¿qué piensas de esto?; segundo, ¿cuáles son las consecuencias de este tipo de actitudes? 

—Nosotros nos escandalizamos por lo ocurrido en Canaima, pero tenemos muchos parques nacionales con este tipo de actividades. Ante eso tenemos que preguntarnos: ¿Cuál es la razón para ir a un Parque Nacional? ¿Por qué es un Parque Nacional? Los parques nacionales son zonas protegidas porque tienen una riqueza biológica y cultural muy importante. Si tu no estás escuchando lo que pasa a tu alrededor no solo pierdes el sonido de los animales, sino que entorpece a la fauna local. 

Entonces, mi opinión acerca de esto es que no hay ningún problema en hacer una fiesta, pero la visita a un parque nacional es para disfrutar de la naturaleza. 

Hace poco, al conversar con tu papá, me comentó sobre las enseñanzas de las tribus ye’kwánas en la filosofía del ser y hacer. En ese caso, desde tu experiencia, ¿se mantienen esas enseñanzas contigo?

—No solamente aprendimos que lo que haces es lo que realmente te pertenece. Es decir, cuando compras algo eso no te pertenece como tal, pero cuando sabes hacer algo eso te pertenece culturalmente. Hoy en día se toman los logros por las cosas que tenemos; sin embargo, lo importante es el conocimiento cultural. Cuando convivimos con las tribus ye’kwánas aprendimos que tienes que ser capaz de construir tu cama, tu casa, tu lugar. 

A mi papá le pasó una anécdota muy interesante con ellos: él fue a convivir con ellos, pero fue con la actitud de “yo vengo de la ciudad, ¿qué me pueden enseñar ustedes?”. Tenía 20 años de edad. Entonces, uno de ellos, que luego se convertiría en uno de los mejores amigos de mi padre, le preguntó “¿tú sabes hacer tu cama?”. Mi papá contestó que sí, pero necesitaba los materiales. No podía hacerla allá. “¿Sabes conservar la comida en lata?”, dijo el integrante ye’kwána. “No”, respondió mi padre. No sabía hacer su cama, su techo, su comida. Era como un niño para ellos. Él se quedó a vivir con ellos y aprendió muchísimo. 

Ellos te inculcan el respeto por la naturaleza porque es nuestro lugar y tienen construido un concepto mucho mejor que nosotros. Además, la tribu cuando va a buscar sus utensilios en la naturaleza solo se lleva lo necesario y pide permiso a los espíritus de la selva. Tenemos que recordar cómo convivir con el entorno.

Ahora, ¿de qué manera el entorno natural es parte de la identidad en la cultura venezolana? 

—Es importante reconocer su inclusión en nuestra identidad. Por ejemplo, cada persona que va a estos lugares entiende que son lugares únicos y maravillosos. ¿Cómo podemos hacer eso? Aprendiendo sobre las plantas, sobre los animales, entre otras cosas. Si tu vas al Roraima y no sabes cuáles son las plantas carnívoras que habitan allí ya te perdiste la mitad de la expedición. Eso es lo importante: aprender de la vida y de lo que te rodea. 

Me gustaría saber, aunque tu crianza y enseñanzas familiares están atadas a la exploración e investigación, el momento en el cual decidiste tomar una perspectiva pedagógica en redes sociales. ¿Qué te llevó a ello? 

—Me acuerdo el día en el que me di cuenta que quería enseñarle a las personas sobre la naturaleza. Yo tenía 10 años, más o menos, y un murciélago quedó atrapado en la casa. Mi papá lo agarró y nos llamó a todos para explicarnos. “Miren, esto es un murciélago y se la pasa volando todos los días por aquí en el atardecer”, dijo. Él nos dejó tocarlo en el lomo y me pareció la cosa más tierna y hermosa que podía ver. Vi la inocencia del animal y me preocupó mucho que las personas los detestaban y tenían creencias muy extrañas. 

Hace poco conversaba con el grupo encargado de la conservación del oso frontino y me comentaban que muchas personas creían que el animal le robaba el alma a los niños. Es una locura. ¿Por qué no los vemos como lo que son? Nuestros compañeros de vida. Todos salimos de este mismo lugar. Entonces, ese día que vi al pequeño murciélago me di cuenta que quería enseñarle a los demás que los animales no son malos. 

Cuando comencé con las redes sociales descubrí que podía hacerlo con mucho más alcance y empezó a darse con mucha naturalidad. Empecé a explicar los pasos a seguir si encuentras una serpiente en tu casa, una araña, entre otros. Es necesario saber cuál es la función de cada uno de estos animales. 

Por otra parte, algunas veces se imagina el progreso de la humanidad contrario al entorno natural. Quisiera preguntarte: ¿existe una manera sustentable de progreso? 

—Claro, pero tenemos que entender que somos parte del ecosistema y que las cosas al botarlas no desaparecen. Todas las decisiones que tomamos, por más mínimas que sean, tienen un impacto y unas consecuencias. Por ejemplo, muchas personas no leen las etiquetas al comprar las cosas y es necesario darse cuenta que, a veces, el consumo puede producir muchos desperdicios. Al comprar algo tu apoyas ideas y proyectos. ¿Se está consciente de ese apoyo? En muchos casos no. Pero es necesario reconocer el funcionamiento de las empresas para saber lo que compras. 

Todas las enfermedades de las últimas décadas han sido consecuencia del mal manejo de los animales. El problema con la industrialización es la destrucción de los ecosistemas y la condición insalubre, encerrados y llenos de excremento, de los animales para el consumo humano. Ese es el campo de cultivo para enfermedades. Además, los animales silvestres tienen enfermedades propias que no representan ningún peligro mientras que ellos se mantengan en su hábitat, pero al verse su ecosistema destruido entran en contacto con los animales de granja y se transmiten las enfermedades. 

¿Qué tan dispuestos estamos a hacer cambios? Los cambios dan miedo y son difíciles de aplicar. Sin embargo, los cambios para no afectar tanto nuestro planeta podemos aplicarlos poco a poco, pasito a pasito, hasta que se transforme en una rutina. Cada pequeño cambio es importante para provocar un funcionamiento mayor. Tenemos que cambiar por nuestro bien y por el bien de nuestros hijos.

Lo que pasa con la industria es la facilidad para mantener lo que ya existe. Para algunas es más sencillo hacer plástico desde cero, en vez de reciclar el plástico que ya está hecho. Esos son los cambios a apuntar y comportarnos como un ecosistema cíclico y no tener un consumo lineal. Por lo menos, en la actualidad se ha estimados que nos comemos una tarjeta de crédito en micro-plásticos a la semana y que en la placenta de las madres ya existe micro-plástico. 

Margarita es un ejemplo de ello también: la baja incidencia de las lluvias en los últimos años ocurre por la deforestación de los bosques. La cotorra margariteña se encargaba de proteger los bosques, esparcir semillas y mantenerlos sanos, pero la gente comenzó a traficar con ellas. La consecuencia de la falta de lluvias nace en ese tráfico. Existen miles de ejemplos para entender la acción humana como razón para el cambio climático. 

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