• Profesor, poeta, gestor cultural, director de la Fundación La Poeteca. Desde sus varias facetas busca fortalecer espacios de arte en el país, a pesar del caos. El autor de Maneras de irse y de los ciclos de talleres sobre literatura autobiográfica por WhatsApp habla de la crisis universitaria, la memoria, el sector editorial, el miedo y las estrategias para mantener proyectos culturales: “Uno tiene que corroborar el desastre y aceptar que ha ocurrido. Y a partir de esa destrucción, avanzar”. Foto: Cortesía

La literatura lo llevó a ser otros. A ser muchos; esos que no hubiera podido habitar en una vida vivida sin palabras. Sin embargo, hay una definición que todo lo antecede: “Esposo amado y que ama; padre, indiscutiblemente”. Ricardo Ramírez Requena habla primero de la familia, siempre. Está en todo lo que hace y piensa. Docente, librero, escritor y gestor cultural, su nombre va asociado a diversos proyectos que se desarrollan en el país. No deja de hacer; aunque la tormenta arrecie y parecieran desdibujarse los refugios. Él sigue. Por la cultura, que es también una suerte de familia común.

Su vida profesional comenzó con la carrera de Administración, trabajando en compañías como CANTV y Telcel. La Escuela de Letras llegaría más tarde, pasados los 23 años. Licenciado por la Universidad Central de Venezuela –donde años después sería profesor–, fue librero en Kálathos y en El Buscón. Obtuvo mención especial en el Primer Premio de Poesía Eugenio Montejo con el libro Maneras de irse; y su Constancia de la lluvia, ese registro íntimo que comenzó en 2013 a raíz de la enfermedad de Crohn que padece, ganó el XIV Premio Anual Transgenérico de la Fundación para la Cultura Urbana.

Ahora dirige la Fundación La Poeteca, conduce junto a Sashenka García el espacio radial Alfabeto del mundo (Unión Radio Cultural 90.3FM) y dicta vía WhatsApp una serie de talleres sobre Literatura Autobiográfica. Además, trabaja en proyectos de escritura que espera cerrar muy pronto.

Ricardo Ramírez Requena con su hijo
Foto cortesía

—“Vivimos en un país donde todo se mueve en ruinas”, dijiste en una entrevista para Clímax a comienzos del año pasado. ¿Cómo se puede caminar entre las ruinas?

—Hay un verso de Rafael Cadenas que dice “Florecemos en el abismo”. Primero, uno no puede perder la capacidad de sorprenderse y tampoco puede perder la capacidad de aterrarse. Incluso de sentir miedo. Yo creo que uno tiene que corroborar el desastre y aceptar que ha ocurrido. Y a partir de esa destrucción, avanzar. Creo que ese es el escenario.

El problema es que estamos en un palimpsesto: mientras están ocurriendo elementos de destrucción hay un pasado que es como una capa que sube y desde esa podemos también rehacer y replantear cosas. Es algo muy extraño, pero si hay algo que uno tiene que tener claro es que el país sigue vivo. En una de sus peores épocas, pero sigue vivo. Y hay que tratar de leerlo y hay que tratar de poder avanzar. Que esté vivo tampoco significa que sea una experiencia magnífica, ojo. Venezuela no es un animal amable.

—Seguir en Venezuela y hacer cultura desde varias trincheras. ¿De dónde sacas las energías?

—Yo creo que uno trabaja un poco a partir del escenario de que, en vista de que todo está tan destruido o hay tantas cosas detenidas, no tienes mucho que perder a la hora de querer acometer iniciativas culturales poderosas. Sencillamente atreverse. Con un norte, con una planificación, y acometerlas. Yo creo que todo pasa por organizarse bien. A mí me gustaría hacer a veces menos cosas, pero primero siento que hay un impulso creativo que uno no debe detener. Y segundo, es una forma de gestionar ingresos económicos. Yo siento que no puedo parar. Y tengo un camión de ideas que en algún momento espero poder implementar y dar inicio.

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El hecho es que si la bomba creativa está ahí, hay que estallarla. Tenemos que darle al botón y que explote. Además, hay mucha gente dispuesta a trabajar, a echarle pichón. Los venezolanos sí somos gente muy creativa e imaginativa. Y yo creo que ese impulso inicial es importante y hay que mantener esa llama viva, dentro y fuera del país.

—La universidad y sus abandonos, su ínfimos salarios, la migración de estudiantes y docentes. En la UCV se lleva a cabo un proyecto de restauración, ¿cómo miras esa casa en estos momentos?

—Yo veo todo en la universidad muy mal. En especial con la llegada de la hiperinflación, como a todos los sectores. Los beneficios, los salarios que podía dar la universidad, que no te permitían vivir de eso pero sí completar un ingreso, gozar de un seguro bueno y quizás alguna que otra bondad, se evaporaron. Yo siento que nos dedicamos a pedirles milagros de manera constante a todos los docentes, profesores universitarios y profesores de colegio y lo damos por garantizado. Consideramos que debe ser así. Es algo muy injusto, pero hay como una ceguera que impide que eso se vea, porque la crisis de educación tiene por lo menos 40 años. Y aun así seguimos sin quererlo ver.

La gente naturaliza que un maestro, un profesor, gane entre 3 y 5 dólares, y en este egoísmo salvaje en el que estamos inmersos, en estos momentos del sálvese quien pueda, cualquier otro dice: bueno, pero yo también gano eso o menos. Tenemos una gran incapacidad de ver que un profesor o un docente es una de las personas más importantes en el entramado de una sociedad. Y sencillamente no nos importa. Siento que se fue gestando un profundo desprecio por la educación. Por la formación universitaria. Y creo que estamos inmersos en eso en este momento. Entonces, mi visión de las universidades autónomas en estos momentos es muy negativa, pesimista. Creo que debemos esperar unos buenos años como para ver realmente un proceso de renovación o reestructuración. Incluso temo por la situación que puedan estar experimentando muy pronto las universidades privadas.

—De tus talleres sobre Literatura Autobiográfica, ¿qué has descubierto sobre el otro y la transformación de la memoria?

—Los empecé a dictar hacia abril-mayo de 2020, con razón de la pandemia, y han resultado una experiencia muy gratificante. Entre grupos nuevos y grupos que han continuado, estimo más de una veintena. Personas que han trabajado en el taller durante más de un año y para mí ha sido un aprendizaje, conocer una cantidad de gente extraordinaria y que escribe bien. Además, en un contexto como el de la diáspora, como el del insilio, como el de la crisis nacional, de la pandemia, me he encontrado con unos textos maravillosos.

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Sé que hay gente trabajando libros. Muchos han salido publicados en La Vida de Nos, se hizo un ciclo magnífico con Prodavinci, del cual hemos seleccionado 10 textos que, si todos los vientos avanzan, en 2022 los podremos ver en una compilación publicada por el Archivo de Fotografía Urbana, en su colección Ciudad Vivida. Es una compilación que hemos preparado el profesor Carlos Sandoval y yo. Y bueno, estoy muy contento. Esta experiencia lo único que me ha dado son bondades, gratificaciones, aprendizajes. Lecciones. Para mí ha sido una de las más extraordinarias que he tenido en mi vida. Seguimos todavía y esperamos avanzar por el mayor tiempo posible.

Ricardo Ramírez
Foto cortesía

Recordar eso que somos

—¿Cómo se construye memoria en un país que se ha ido desdibujando ante nosotros?

—Creo que la construcción de la memoria pasa por hacer el levantamiento de archivos personales, de archivos colectivos. Escribiendo, resguardando objetos personales, álbumes fotográficos. Estamos en un momento en que no debemos desechar lo que el mundo industrial, post industrial, analógico nos fue legando. Debemos guardarlo, por lo menos un tiempo determinado porque ahí está almacenada una memoria importante: cassettes, acetatos, CD’s. Aunque sea hacer un levantamiento de eso, de lo que hubo. Y hacer un levantamiento de las experiencias de vida que hemos tenido, porque todo ha cambiado mucho en Venezuela en los últimos 20 años, especialmente en la última década, de una manera abrumadora. Y el trabajo de la memoria pasa por la voluntad de recordar.

—Por el trabajo de tu padre, desde pequeño viviste en varias ciudades dentro y fuera del país. Así, para La Vida de Nos escribiste que aprender a ser un extranjero desde la infancia te cura de muchas cosas después. ¿De qué te has curado? ¿De qué podemos curarnos como sociedad?

—Siento que cura de experiencias como la xenofobia; te cura de sentirte extraño en un entorno determinado. Creo que uno cuando es lector, escritor, cuando ha querido ser poeta va descubriendo una indiscutible soledad. Y eso te ubica en situaciones en las que eres un ente o individuo extraño. Me ocurrió a mí en mi adolescencia, sin ser despreciado, pero era “el que lee mucho”, “el que se cree escritor”, uno era “el culturoso”, en el entorno de mis amigos e incluso en mi entorno familiar. Son cosas a las que he estado acostumbrado. He tenido la suerte de que nunca me he sentido vejado, en la mayoría de los casos. Y he podido asumir mi condición de persona cercana a los libros, a lo que podemos llamar la cultura, entornos intelectuales, sin ningún tipo de complejo.

Yo creo que esa sensación constante de extranjería que te da ser un lector y de haber vivido en el extranjero y haber descubierto lo que es nuevo, raro, diferente a uno, extraño, sin mayores traumas, en mi caso, me ha ayudado a sentirme cómodo en entornos diferentes. Y Venezuela es un entorno que ha pasado a ser muy diferente en muy poco tiempo y como en diferentes estratos, entonces creo que eso me ha ayudado a sobrevivir en mi país.

El país cultural

—¿Desarrollarse en el mundo editorial y de librerías en esta Venezuela es para valientes o locos?

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—Creo que es de locos si pretendemos seguir trabajando en Venezuela como si estuviéramos en 2005. Y sí me parece que es de valientes emprender proyectos editoriales en estos contextos, porque la posibilidad de recuperar inversiones es muy poca, a menos que estés publicando unos temas no literarios. Puede haber formas de generar algún tipo de ingreso con libros de cocina, de superación personal. Entonces muchas veces pensamos en el entorno editorial como ese entorno que pasa por lo literario y no es así. No es así en ninguna parte del mundo. Yo creo que sigue siendo de valientes, pero además nos hemos vuelto versátiles. Hemos aprendido a pedir dinero, a ir a instancias, hemos aprendido a trabajar con lo poco que tengamos: con este presupuesto puedo sacar 200 ejemplares y en digital. Y punto. Es lo que puedo hacer, tómalo o déjalo. Y hemos aprendido a establecer alianzas.

Hay proyectos editoriales que están surgiendo en el extranjero, hay una hibridación entre estar aquí y estar afuera. Creo que ahora es que vamos a ver salir cosas muy interesantes en ese sentido. Creo que tenemos que tener paciencia. Así como la gran mayoría de todos los sectores en Venezuela están muy deprimidos y mal, no podemos esperar que el mundo del libro esté bien. Está mal, pero yo creo que estamos empezando a trabajar, a ir poco a poco entendiendo cómo podemos hacer y cómo podemos enmendarlo.

Ricardo Ramírez
Foto cortesía

¿Cómo miras la movida cultural venezolana previa al cierre de 2021?

—Lo que pasa es que la movida cultural es algo que trasciende el espectro de las movidas culturales, de las instituciones. Una movida cultural puede ser el reguetón de 2005 a 2010. Una movida cultural puede ser el neofolklore. Yo siento que necesitamos espacios de articulación de lo que se está haciendo en términos culturales dentro y fuera del país de una manera más agresiva. Y creo que sí hay muchas cosas sucediendo y necesitamos hacer un mayor balance de ello.

Tampoco es la movida cultural lo que hacen los artistas y los escritores, que suele ser un trabajo de working progress, un trabajo a puertas adentro. Y suele ser mucho más lento que una exposición o que los libros que pueden llegar a salir. Definitivamente lo que llamamos la movida cultural se mueve entre un brazo muy muy lento y un brazo muy muy rápido. Y hay que tratar de generar un balance en especial a la hora de leerlo.

Creo que estamos en una situación de punto muerto, pero pienso que estamos empezando a salir de ello en términos culturales. Yo creo que el artista se debe a sí mismo. Incluso si te dicen que estás en Venezuela y lo único que debes es leer y trabajar alrededor de lo que tenga que ver con los barrios. Eso no tiene por qué ser así. O que debes abstraerte y subirte a una torre de marfil y no vincularte con nada de lo que ocurre alrededor. Eso tampoco tiene por qué ser así.

Cada quien debe ser fiel a sí mismo, a sus lecturas, a su escritura, a su sentido crítico, a su sentido artístico y trabajar a partir de ahí. Yo creo que la movida cultural es algo que ocurre de una manera muy rizomática y que uno tiene que estar con las antenas muy activas para poderla captar; pero lo que es cierto es que no solo dentro del territorio nacional, y esto es algo que tenemos que entender los que estamos dentro:

Están ocurriendo cosas, están ocurriendo en el arte y hay que tratar de beber de todas ellas”.

—¿Qué sectores de la cultura consideras los más afectados?

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—Depende, por la pandemia fue muy afectado el cine. El teatro. Fueron muy afectados los espacios de carácter público como Trasnocho Cultural, Los Galpones, la Hacienda La Trinidad, La Poeteca, en Caracas. El país es muy grande. Creo que lo más afectado es lo que se ve muy poco y es lo que ocurre en el interior del país, en donde ha terminado siendo inmensamente diezmada toda propuesta de cultura, en donde las bibliotecas y las universidades autónomas han sido arrasadas. Y yo creo que ahí es donde está el daño más grande, porque aquí en Caracas pueden quedar un grupo de espacios, que son más de cinco, y pueden mantenerse.

Pero qué ocurre en Barinas, qué puede estar ocurriendo en San Carlos, en San Felipe, en Anaco, en Maturín. Ahí arrasar con un espacio cultural y volverlo a levantar es muchísimo, muchísimo más difícil. Yo creo que más que un sector de la cultura, un sector del país gravemente afectado es el interior. Es algo por lo que temo terriblemente. Porque un país no se levanta solamente con una capital bonita. O con un clima idóneo. Un país se levanta completo.

—¿Qué tan difícil es mantener y fortalecer los espacios culturales en estos momentos?

—Los espacios culturales se tienen que mantener a partir de tres premisas. Primero, un presupuesto realista: esto es lo que tenemos y trabajamos a partir de ahí. Segundo: hay que tener una planificación anual, por lo menos a cinco años, dos años y un año. Eso creo que es importante, tener nortes claros, hacia dónde queremos ir, hacia dónde queremos apuntar. Y lo que yo creo que es más difícil de mantener y fortalecer es la constancia formativa de un personal en el marco de la gestión cultural, porque cuesta mucho que te mantengas en un solo trabajo y que te especialices. Entonces tú eres librero, eres bibliotecario, trabajas en un archivo de fotografía y trabajas por esa línea.

La especialización está muy saboteada en Venezuela en estos momentos. Yo creo que eso es quizás lo más difícil de mantener. Y creo que necesitamos fortalecer todo lo que tenga que ver con la formación, con la historia y memoria de espacios culturales, gestión cultural desarrollada en Venezuela y cómo podemos conectar esas experiencias con lo que queremos hacer y desarrollar a un futuro. Aquí todo lo que tenga que ver con Venezuela en estos momentos tiene que tener una clave, un futuro. Si no podemos verlo, hay que imaginarlo; que sea al menos un espacio imaginativo para poder subsistir y poder avanzar. No podemos vivir con un cortoplacismo tan grande. Tenemos que poder intentar avizorar, dentro y fuera del país.

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