• Relato de una serie de seis semblanzas de venezolanos que se encuentran alrededor del mundo haciéndole frente a la pandemia por Covid-19

Salamanca

Ya no sabe con certeza qué lugar es peor o mejor en el mundo.

El 12 de marzo, recuerda muy bien esa fecha, estaba en Lisboa visitando a su hijo cuando se enteró que en España suspendían actividades académicas en todos los niveles e intuyó que se venía algo serio y volver a Salamanca era la mejor decisión que podía tomar.

Hoy percibe una generalizada y angustiosa orfandad de criterio y liderazgo en cada parte del mundo, que la humanidad se extralimitó en su afán por dominarlo todo y pues va a ser que no. No somos nadie, Apolo está enfadado, se dice.

Con estas ideas, embotado de noticias, cambia al canal de música y va ayudar a su esposa, Adriana, con los preparativos para el desayuno. Antes, le echa un vistazo a su laptop encendida y solo se limita a cerrar la pantalla. En la noche, se dice, enviará la breve ficha biobibliográfica que le solicitaron días atrás para acompañar su ensayo en un libro colectivo. Cuando se apersona en la cocina, ya su hijo Maximiliano se encarga de los cachitos de jamón. Tanto su esposa como su hijo disfrutan de la gastronomía, le rinden tributo a la diosa Hestia, a la casa, piensa. 

Pese a todo, considera que se ha adaptado a Salamanca. Se le antoja una ciudad pequeña, provinciana y tradicional, pero económica y apacible. Es una sociedad complicada, convencido, se repite una vez más. Nada que ver con la caraqueña. No es su intención postular un tratado socio-antropológico, pero ha descubierto que las ciudades grandes desde hace un buen tiempo lo agotan más de lo debido. Las concibe vulnerables al extremo. Ignora aún las razones, y probablemente asocia esta percepción con ese lado trágico de La Ilíada y el canto de la caída de una ciudad poderosa y amurallada. 

No somos nada, se repite como un lema de la humildad.

Para él, Salamanca ha ganado fama de académica y fama de literaria, aunque eso tiene mucho de bluff, como suele pasar a menudo, piensa, con este tipo de encasillamientos gratuitos o exagerados, celebrados o injustificados. Salamanca es una ciudad cerrada, tan cerrada como los españoles y, en general, como los europeos. Gritones, chillones y enfáticamente malhumorados. Agrios en el trato, aunque abiertamente fiesteros.

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Foto: Juan Pablo Gómez Cova  | Salamanca permanece despoblada.

Su hijo se llama Maximiliano, pero desde siempre le llama Maxi. Tiene cinco años de experiencia en el ramo de construcciones en Lego y ocho de nacido. Durante las últimas semanas, ha estado dedicado a él, nada de sentarse a ver cuanta serie estrena Netflix, nada de cursos online o nuevas técnicas para ejercitarse. El confinamiento se le ha vuelto tan agotador como una metrópolis.

Sus rutinas en la cuarentena han mantenido una prodigiosa puntualidad. Suele despertarse a las ocho de la mañana. Acompaña a su hijo con la disciplina de un maestro Jedi a su joven padawan. Lo asiste en las tareas desde las once de la mañana y no se despegan de los libros hasta las dos y media o tres de la tarde. Se toman un descanso y, como un hábito para cerrar la jornada de aprendizaje, vuelven al ruedo. Hace ya mucho tiempo que Maxi domina cada una de las operaciones básicas de aritmética, ni hablar de las fracciones. Ahora se adentra en los cálculos de perímetros y áreas. Se recuerda a esa edad, y constata por primera vez la dimensión real de aquellas palabras que a menudo escucha de Louis Armstrong: I hear babies cry, I watch them grow / They’ll learn much more / Than I’ll ever know.

Después es hora del Nintendo. Entre el repertorio de aventuras gamers de padre e hijo destaca The Legend of Zelda: Link’s Awakening. Una versión del camino del héroe en 32 bits, piensa. Y La Mansión de Luigi. Ni los videojuegos escapan de la influencia de la literatura occidental, una vez más no puede evitar asociar la sólida tradición del viaje al inframundo. Enfrentarse a los miedos, a los muertos, a los fantasmas que acechan. Y nuevamente el regreso al mundo de los vivos. Desde luego, se dice, La Mansión de Luigi es una versión hiperlight y edulcorada de Orfeo, Heracles, Odiseo, Eneas, Dante, Kafka, Juan Preciado, y tantos otros, mezclada con ghostbusters.

Más tarde, lo sabe, ya se acostumbra a las horas trastocadas de la cuarentena, volverá a los telediarios, al Twitter, y a cuanta nota de voz y vídeo le llega al WhatasApp. Siempre las mismas voces alteradas, sobreactuadas, a punto del pánico, que nos advierten que el fin está cerca, pero más de lo mismo, el supuesto tubazo se disuelve con las horas o con el advenimiento frenético de otra oleada de rumores.

Solo anhela un par de horas más para dedicarse a su tesis con un silencio digno de biblioteca. Solo sigue un mandamiento para su oficio: leer, leer y leer. O más que leer, desde que acostumbró su vida a un rigor profesional, releer, releer y releer, fascinado por todo aquello que ya ha leído, y analizado y desmenuzado en horas de clases y decenas de papers. Paradójicamente, le atraen los clásicos, y rara es la ocasión en que se encontrará leyendo algo por primera vez, por eso siempre se dedicó con efusiva vocación a las literaturas clásicas, experimenta una genuina fascinación cuando encuentra alguna verdad que lo ayuda a explicarse el mundo a la luz de nuevas perspectivas o teorías literarias que aplica en sus clases…

Dunedin

A diecinueve mil kilómetros de distancia se encuentra otro profe de literatura. Decide que ya es suficiente de noticias. Confirma una vez más que la paciencia es de sabios, que la vida debe sostenerse con fe y esperanza. No recuerda en sus cincuenta y cuatro años haber vivido una situación similar en ninguna otra parte del mundo, ni siquiera en Maracaibo, donde nació y creció, ciudad por la que profesa un apego inquebrantable. Volverá a las noticias unas horas después, y seguirá pendiente de sus afectos, de su familia en Venezuela, de la gente que ha conocido por el mundo.

Ya es mediodía en Dunedin, ciudad joven, de casi ciento treinta mil habitantes, de los cuales unos veintidós mil son estudiantes que atiborran los numerosos pubs cada vez que le es posible, con debilidad por el pescado y las papas fritas. Fish and chips!, más que un plato tradicional, se dice, es un slogan que define la herencia británica y cervecera y, como en los países del commonwealth, no dudan en pasársela bien, así entiende esta cultura que obedece las leyes con un respeto solo equivalente a su afición por el rugby o el cricket. 

Cuando llegó a Dunedin recuerda que alguien le comentó que se trataba de una ciudad con cuatro climas en un día. Ya lleva quince años instalado en esa ciudad, tiempo suficiente para comprobar su voluble comportamiento meteorológico. 

En estas últimas semanas, la pandemia le ha hecho pensar en las distancias que lo separan de las ciudades en las que ha vivido. Ir a Dunedin fue una decisión difícil, aunque al sopesar las condiciones de vida de un país civilizado las dudas se atenuaron, desaparecieron. No solo se trataba de una mudanza de país, sino un salto de hemisferio, siempre piensa en esto cuando chatea con amigos, colegas o familiares, ellos le dicen que se preparan para almorzar y él apenas se está yendo a la cama si es que no lee el mensaje al día siguiente y si lo sorprenden robándole horas al sueño, les indica que aún sigue en este día, como si en lugar de estar en la Tierra anduviese en otra dimensión espacio-temporal. Su oficio de investigador docente le demanda horas de lectura, interpretación y escritura, sin mucho tiempo para nada más. A cambio, Nueva Zelanda le ha brindado reconocimiento y bienestar. Trabaja en la University of Otago, la institución académica más antigua de ese país, de arquitectura escocesa y atravesada por el río Water of Leith.

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Foto: Adelso Yánez Leal | University of Otago.
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Foto: Adelso Yánez Leal | University of Otago.
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Foto: Adelso Yánez Leal | University of Otago.

Me he adaptado bastante bien, se dice, y toma el primer sorbo de Arrogant, un delicioso vino merlot francés para atemperar los pensamientos; el proceso no fue para nada rápido, cambió una metrópolis francófona por una ciudad a la orilla de la bahía de Otago, con la inmensidad del océano pacífico rasguñando sus costas, distante de cualquier ciudad cosmopolita, a su manera silenciosa, cómoda y de una luminosidad graduada por las latitudes de esa esquina del mundo, contrario a lo que se pueda pensar por su cercanía a la Antártida, creo que fue una buena decisión, se dice y vuelve a saborear su vino, mañana quizá me relaje un poco, conviene una pausa que lo aparte del oficio de crítico de narrativa latinoamericana, y la serie de ocupaciones y exigencias del sistema académico neozelandés, piensa en sus hobbies, lo mucho que lleva sin dedicarse a ellos, como recorrer millas en su bicicleta de carreras, sus acercamientos a la gastronomía y la fotografía, ese ejercicio de captar imágenes de cada rincón que descubre de Oceanía, los glaciares, por ejemplo, que tanto lo impresionaron, o la lejana Stuart Island, o Queenstown, las colonias de pingüinos de ojos amarillos.

Salamanca

No ha dejado de pensar en Venezuela, en ningún momento. Aún, después de cinco años, no ha actualizado la ubicación en su perfil de Twitter, por lo que las tendencias de Caracas le siguen apareciendo apenas abre una nueva sesión.

Está por sentarse con Maxi, y Adriana le prepara café. Se siente afortunado con ellos, siente que les debe tanto… Es hora de las tareas, que durante esta cuarentena le recuerdan a las clases en su país. Su vida en Venezuela la resume en una sola palabra: clases. 

Clases, clases y clases. 

Todo calibrado por un fin pedagógico, cada movimiento de su vida engranado por horarios en las aulas. Clases, clases y clases. Preparar clases, leer bibliografía para clases, redactar los exámenes de las clases. Corregirlos apenas eran entregados para aliviar la ansiedad de sus alumnos por conocer las calificaciones. 

Clases en pregrado.

Clases en la Escuela de Letras.

Clases en la Maestría de Literatura Comparada de la UCV. 

Clases en bachillerato Internacional de la Academia Washington.

Clases, clases, clases.

La dinámica lo llenaba en términos didácticos y en términos emocionales, probablemente la experiencia vital más efusiva que atesora, la vida en el aula.

Se sentía pleno con su actividad docente. Se sentía útil, siempre ignoró hasta qué punto, pero se sentía útil, y el regocijo de dictar cátedras y su vocación de profesor contrastaba con una remuneración ridícula, simbólica, que causa estupefacción e incredulidad cuando habla de sus ingresos con colegas extranjeros. En sus primeros años como profesor, lidiaba con la desproporción trabajo/sueldo, pero con el transcurrir de los años se le hizo intolerable, ya cuando tienes mediana edad, se dice, o vives en pareja y te casas, cuando tienes hijos, comprendes que es inadmisible en un mundo como este. Piensa en sus colegas de generación, piensa que si bien la generación anterior como docentes universitarios logró entre tantas otras cosas pedir créditos para autos o vivienda, a la suya no le tocó esa oportunidad, lo cual fue decepcionante y razón unívoca de su renuncia a la universidad, pero jamás a la literatura.

Sin embargo, por un buen tiempo, su vida en Venezuela estuvo plena de actividades con amigos, fiestas, partidos de fútbol, ateneo, Cinemateca, Celarg, el Trasnocho, una oferta cultural valiosa para un país tercermundista a principios de milenio, pero el miedo y el estrés no tardaron en llegar. El desengaño por un sueldo que se disolvía apenas se cobraba se potenciaba con la paranoia de caer en manos de la delincuencia. Sentía el desgaste mental, un envejecimiento prematuro en el ánimo lo empezó a alejar de la universidad, de sí mismo y de un país que ya no era el de su primera o segunda juventud y que no tardaría en dejar.

Ya antes había estado en España, entre 2002 y 2003, cursó una maestría en Madrid, se estrenaba el euro y el Gobierno español lo había becado. Regresó a Venezuela con una muletilla, flipar, y un título bajo el brazo y recuerda aquellos años con suprema felicidad, era muy joven y nada tuvo que ver esa experiencia con emigrar a Portugal en 2015. Allí se instaló unos meses para estar cerca de su hijo. Transcurrido ese tiempo, le tocó arreglárselas solo y Portugal se le hizo un lugar áspero, acaso hostil. Consiguió un empleo fatigoso que consistía en darle clases de español a una buena cantidad de empresarios que ni siquiera sabían hablar su propia lengua y solo estaban deseosos de cómo se conjugaban sus cuentas bancarias, y una vez más la recompensa monetaria no era la más justa, pero al menos le alcanzaba para mantenerse y estar año y medio cerca de Maxi. 

Una tarde, la recuerda muy bien, sintió de nuevo las ganas de volver a las aulas, a la investigación, a la literatura, y le propuso un proyecto a la Universidad de Salamanca para culminar su doctorado, institución que tiene incluso una cátedra de venezolana y en cierto modo queda cerca de Portugal, lo que le acorta las distancias con su hijo. El proyecto fue aprobado y le dieron la oportunidad de dar clases en la modalidad de contratos, labor que alterna con freelances y su tesis. La cosas estaban así cuando aquel 12 de marzo se decretó la cuarentena en Salamanca con las consabidas suspensiones académicas y aeroportuarias. 

Maxi no le pregunta nada al respecto. Sabe perfectamente lo que ocurre. Ve clases por Zoom y está al tanto de todo a través de sus profes, compañeros y medios de comunicación. Lo nota tranquilo, y procura irradiar toda la calma del mundo. Una de las actividades que más lo llenan de dicha, y su hijo lo sabe, es caminar, caminar paseando, caminar con amigos, solo, acompañado, con Maxi sobre sus hombros, con su esposa, en grupo. Cuando todo esto pase, uno de los primeros lugares a los que irá, será a las orillas del río Tormes, donde nació el Lazarillo.

Dunedin

Su padre, un visionario, le soplaba al oído que la bonanza petrolera algún día se agotaría. ¡Luchá!, le decía, ¡buscá oportunidades! ¡No te rindáis! Finalizaba la década de los setenta. 

Los ochenta y los noventa los vivió intensamente. Recuerda sus años en el Liceo Instituto Humanístico Cecilio Acosta, su vida universitaria en la Escuela de Letras de luz y casi diez años en la Alianza Francesa de Maracaibo, allí impartió francés y asistió a exposiciones, encuentros culturales y cosechó amistades que perduran hasta hoy. No obstante, le tocó vivir grandes cambios. Fue testigo de El Caracazo en 1989, de las intentonas de golpe de Estado en 1992. Pese a estas convulsiones políticas, aún Venezuela se le mostraba amigable para proyectarse profesionalmente, pero la llegada del chavismo al poder aceleró el desmoronamiento progresivo de la sociedad. Aunque ha regresado al país más de treinta veces en veinticinco años, nunca rompió lazos con Maracaibo. Es el terruño. Tradición, acento, seguridad emotiva, identidad, la familia, gaita, la grey zuliana. 

Extraña el calor insoportable pero suavizado con una cerveza helada, a la espera de que la noche deshaga un poco la vaporosa humedad, o atenuado con urgencia cuando se echaba encima un balde de agua. Extraña caminar por las calles, contemplar el lago desde la vereda del paseo. El confort afectivo promovido por la misma cadencia que escuchó desde niño cuando se desplazaba por las avenidas 5 de Julio, El Milagro, Bella Vista y Santa Rita.

Con orgullo marabino recuerda que en 1995 obtuvo una beca de excelencia de la University of Ottawa, Ontario, Canadá, para estudios de maestría, y dos años más tarde, otra beca del Departamento de Literatura de la Université de Montréal. En Quebec vivió diez años junto a su esposa Lilian, el amor de su vida, de origen guatemalteco, y en esa ciudad nacieron sus dos hijas, Sofía y Valentina.  

Y ahora vuelve al presente, retoma la copa enjuagada y con restos de lavaplatos. Merezco otro vinito, se dice, esta vez brinda por su carrera y por su familia. Por sus estudios de literatura venezolana del siglo xix, con especial inclinación por el costumbrismo. Brinda por sus libros, Vinculaciones y desencuentros de la novela latinoamericana contemporánea, brinda por Relaciones de poder en la literatura latinoamericana: muerte, sexualidad, racismo y violencia y por El recurso a la sátira en la literatura costumbrista de Venezuela, publicado por Elaleph en 2009.

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Vinculaciones y desencuentros de la novela latinoamericana contemporánea fue editado bajo el sello Peter Lang en 2019.
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Relaciones de poder en la literatura latinoamericana: muerte, sexualidad, racismo y violencia se publicó en Biblios en 2014.

El encierro le ha confirmado su apego a la reflexión, le ha permitido concentrarse en tareas postergadas y en minutos se pondrá a revisar sus notas sobre realismo social latinoamericano para un nuevo libro. Cuando culmine esa tarea, saldrá un rato a caminar muy cerca de casa para respetar las reglas y evitar la expansión del covid-19. Ya volverá el tiempo de sus largas caminatas, un paréntesis que lo distrae y aparta de la rutina. A su regreso, escribirá la breve reseña biobibliográfica que le solicitaron para un libro colectivo de ensayos, apenas ha escrito su nombre, y fecha de nacimiento… 

Adelso Luis Yánez Leal, nací en Maracaibo en 1966.

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Adelso Yánez Leal y las aguas del océano Pacífico al fondo.

Salamanca

Mientras Maxi atiende a las explicaciones de un profe por Zoom, reactualiza mentalmente su currículo y recuerda que entre sus pendientes debe enviar la ficha bio-bibliográfica que acompañará un artículo que le han solicitado para un libro colectivo. 

Soy Juan Pablo Gómez Cova. Nací en la capital de Barinas en 1978.

Escribe y recuerda que siempre le ha parecido curioso el hecho de que casi no conoce la ciudad en la que nació porque allí vivió nada más que un par de años. Su padre era profesor en la Unellez y después se vino a Caracas, y se lo llevó con él. Es caraqueño, se siente caraqueño. Sus recuerdos y grandes amistades son de Caracas. En no pocas oportunidades le han pedido minibios, pequeñas semblanzas, un minicurrículo o ficha biobliográfica, siempre le molesta un poco poner un dato circunstancial que no refleja para nada lo que ha sido su vida.

Piensa escribir algún día sobre eso, desde su actitud como «antónimo de influencer», tal como se lee en su perfil de Instagram, pero no será hoy y de alguna manera prefiere volver con su hijo a la dinámica del aula de la vida.

Se sabe entusiasmado con su tesis, con la solidez de sus argumentos. Desea conseguir un buen trabajo en alguna universidad en Europa o América para continuar con lo que ha estado haciendo toda su vida. Clases.

En lugar de irse a dormir, revisar las noticias y enterarse de los últimos acontecimientos o avanzar en su tesis, conviene con Maxi ver alguna película. Ambos están de acuerdo con reproducir aquella noche E.T. Ya lo ha introducido en la saga de Star Wars, incluyendo Rogue One y Han Solo. Cuando terminaron de ver The Rise of the Skywalker, le comentó a Maxi que George Lucas se basó en El héroe de las mil caras de Joseph Campbell y en el concepto de la sombra de Jung para concebir esta historia mucho, mucho tiempo atrás.

Juan Pablo Gómez Cova lee el prólogo a la antología que preparó de la obra de Rafael Cadenas en la rueda de prensa del xxvii Premio Reina Sofía de Poesía.

Cuando llega la noche, baña a su hijo y lo acuesta, le lee una versión para niños en lengua portuguesa de Don Quijote de la Mancha. Pronto le leeré, se dice, y le enseñaré, reitera, La Odisea de Homero. Pero no una versión infantil, sino la de verdad verdad, se promete. Allí está todo, se dice, que por cierto, se corrige, todo es bastante poco. Los temas fundamentales del ser humano se cuentan con los dedos de una mano. Lo demás es irrelevante. 

El aula de la vida, suspira, y se sienta a la mesa a redactar la bendita ficha biobibliográfica.

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