Esta es la historia de amor y locura de Macao, un guacamayo rojo con el pico blanco y negro, pulido como una pieza de dominó; y Catalina, una guacamaya con las alas pintadas de azul eléctrico, el pecho redondo y dorado, como el escudo de una amazona.

Se querían mudar de Los Caobos a la Luna. Se aburrieron de sus 15 años de matrimonio entre los árboles frutales de las aceras de Caracas. Ya han pasado varios sustos, aunque pocos enemigos tengan.

A Catalina casi se la come un gato en su nido. Macao casi se para en un cable de alta tensión en el que pudo terminar como un combo de Arturo’s. Una tragavenados los esperaba en una quebrada del Ávila y un niño malcriado se encaprichó con las plumas de ambos el día que se conocieron, y en el que casi les arrancan las colas para atraparlas. 

Fueron afortunadas de no toparse con el monstruo de los aires: el águila arpía, una nube gris majestuosa que caza guacamayas en el aire, con el pico negro como un plomo afilado. Se encuentra en la cima de la pirámide alimenticia. El tiburón del cielo. Sus garras son más fuertes que las de un oso. Donde pone el ojo llega la muerte súbita, como el azar de Caracas. 

Macao le pidió el empate a Catalina en la Plaza Altamira. Ejecutó el cortejo tradicional: onduló sus patas, cuadró sus alas, se dilataron sus pupilas y se le formó una cresta punketa. Danzó meneando la cabeza de arriba a abajo y al final extendió su ala izquierda, como haciendo una invitación a quedarse toda la vida. Catalina cayó rendida ante el hechizo. 

Los árboles alzaron sus copas para brindar por esas dos aves enamoradas que salieron del nido para hacer uno nuevo. El ciclo de la vida. Ambas guacamayas frotaron sus picos para sellar el compromiso y emprendieron su coreografía aérea sobre el obelisco. Cupido voló detrás de ellas. 

Las guacamayas se empatan para toda la vida. Son monógamas, como los pingüinos y los economistas. Comparten comida, un árbol y un destino en el viento. Desde que alcanzan la madurez sexual, a los 5 años, eligen quién volará a su lado hasta que el horizonte las absuelva o se quieran mudar al espacio exterior. 

Catalina sueña con conocer la Luna, cree que es un casabe gigante.

Macao prefiere el Sol, cree que está lleno de semillas tostadas. 

Para ellos, ambos destinos están a la vuelta de la esquina, porque cuando puedes volar, todo queda ahí mismito. 

El viaje que propone Macao es bastante más largo: 150.000.000 de kilómetros desde el árbol de mango verde hasta la pepa del Sol. En la ruta de Catalina les tocaría aletear solo 380.000 de kilómetros, desde el Jardín Botánico hasta la Luna. 

Las guacamayas pueden recorrer alrededor de 30 kilómetros en un día. Macao y Catalina son capaces de intentar su aventura espacial a pesar de lo que digan los libros de fauna y biología. Caracas les queda chiquita, una ciudad en la que son felices un día sí y un día no. 

Nadie les advierte de la locura que están por cometer. ¿Y qué van a hacer dos guacamayas perdidas en el espacio? ¿Una nueva película de Pixar? ¿O a comerse un cinturón de asteroides creyendo que son pepas gigantes de durazno? Lo pueden hacer y sin indigestarse. Por algo tienen un hueso duro en la lengua, para machacar frutas, frutos secos, insectos y caracoles. 

Su capacidad de aprendizaje es similar a la de un niño de entre 5 y 7 años de edad. 

Las guacamayas pueden emular la voz humana y otros ruidos en su entorno. Las de Caracas imitan el rugido de las motos, el silbido del obrero piropero, el suspiro del que coge aire para continuar. Se comunican en varios dialectos. Una guacamaya de ciudad no habla igual que una de selva. En Caracas tienen que cambiar sus códigos y formas para darse a entender. El ruido compite con su canto.

En este valle se sienten en una jaula a cielo abierto. Si así están ellas con alas, imagínate uno a pie. No tocan el suelo en los casi 100 años de vida que pueden llegar a cumplir. Las diseñaron para las selvas tropicales, su hábitat antes que el concreto. Acá en la ciudad vuelan metiéndoles casquillo con sus plumas de colores a las palomas grises. 

Tienen la cara blanca. Sus ojos y sus garras son prehistóricas. Hay 17 especies de guacamayas en el mundo. Macao y Catalina son de familias enemigas (los Ara Ararauna vs los Ara Macao). Romeo y Julieta versión emplumada. 

¿Cómo llegaron a sus ancestros a Caracas? Hace más de 30 años, dos guacamayas Pecho Rojo (Ara Macao) fueron liberadas frente al Ávila, una montaña desconocida para ellas que venían del Amazonas. Las soltaron hacía el cielo y decidieron el rumbo por inercia. Viajaron hacía el pico Naiguatá con la incertidumbre de quien recién emigra a un infierno hermoso. Se perdieron de vista. Caracas las recibió con su drama y su verde intenso.

Durante esos primeros años, las Ara Macao desplegaron una flota de guacamayas rojas en la ciudad, pero no les duró mucho el reinado. Las guacamayas Azul Dorado (Ara Ararauna) llegaron a la capital buscándole pleito a los pájaros colorados y las recién llegadas ganaron el espacio aéreo de la ciudad. Aquí te impones o no sobrevives.

Dueñas y señoras de las nubes caribeñas, las guacamayas son las únicas que pueden sobrevolar Miraflores. Van de visita a las terrazas de Caurimare, los balcones de los Palos Grandes, y de vez en cuando, a las platabandas de Petare. Parecen papagayos que remontan los techos de zinc y que suben tan alto como sueñan.

Llegó la noche en la que la Luna estaba más cerca de Caracas, debían aprovechar los kilómetros que se iban a ahorrar. Macao y Catalina se preparaban para su viaje espacial desde temprano. Amanecieron en el patio de una abuela que les sirvió el desayuno para que aguantaran el trayecto. Mango, lechosa, cambur, patilla, maíz, avena, maní, cambur, semillas de girasol y hasta concha de mandarina. Se despidieron de sus primos en Las Acacias y fueron a la punta de las torres de Parque Central.

Desde aquel rascacielos de mentira, calculaban de nuevo la distancia entre ellos y las constelaciones antes de despegar. Y justo cuando abrieron las alas, empezó a llover. Caracas no las iba a dejar ir tan fácilmente. El agua fregaba los colores del cielo. Las guacamayas se resguardaban en los árboles. Macao y Catalina bajaron hasta un apamate. Se acurrucaban en la misma rama techada con hojas en las que las gotas repicaban y salpicaban.

Vieron que La Luna se movió un poco del cielo y temieron que se les volviera a escapar.

Con el palo de agua cayendo, alzaron vuelo a todo riesgo. Con las alas mojadas el viaje se hacía cada vez más pesado, pero ellas insistían. Desde arriba, mucho antes de salir de la atmósfera, se dieron cuenta que aquello era una misión suicida, al igual que lo era quedarse en Caracas. Voltearon. Y desde esa perspectiva reservada para los dioses, descubrieron que detrás del Ávila queda el Mar Caribe…bajaron en picada y en ese planeta de palmeras se quedaron. 

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