in ricordo di Marisa Vannini de Gerulewicz

sempre insegnante

¿Quién no tiene un buen amigo italiano? Ya es algo grande gozar de la amistad de alguno, pero cuando se tienen varios, ¡se tiene un verdadero tesoro!

¿Quién no se ha enamorado de una bella italiana? Si te ha pasado alguna vez, claro que es una experiencia especial, pero si te ha ocurrido varias veces, ¡de verdad que eres un hombre afortunado!

Esto lo conversaba con uno de mis grandes amigos de la “península de la bota”, el muy famoso Toni Ferri, en su juventud primer actor del cine romano, luego devenido audaz inversor en latitudes diversas, incluyendo nuestro país, donde su restaurante Paparazzi se ha ganado a pulso un alto prestigio dentro de la gastronomía del ossobuco y la polenta (su risotto frutti di mare “justifica el viaje”, ya que Ferri optó por ser embajador de la vera cucina italiana en el oriente del país, en la soleada ciudad de Maturín). Junto con Ferri, allá cuento con el afecto de Iván Malchiodi, Il Dottore, quien, una vez fallecido Rafael Cordero, ha pasado a detentar el título del psiquiatra más culto de Venezuela. Otro destacado hijo de italianos es el ingeniero Franco Nino Abbinante, experto en predicciones de bancarrota en la industria de la construcción y quien se constituyó en toda una leyenda a su paso por Georgia Tech University. Sumemos al ingeniero Giuliano Molgora Muselli, el notabilísimo diseñador acústico, de obra duradera en Caracas, experto en la obra de Verdi y de Rossini.

El caso es que estos personajes comparten la condición de bilingüismo perfecto (italiano-español) y los convoqué para una grata reunión en torno al estrecho vínculo de ambas lenguas.

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Ferri rompió el celofán sorprendiéndonos a todos, porque no quiso referirse al aporte del italiano al discurso culinario, sino que prefirió hablar del origen de vendetta (“venganza”) indicando que es un derivado de vendicare, del latín venum (“precio”) y dicare (“decir”), esto es, “anunciar el precio” que se debía pagar por ofender a otro, quien tomaba la justicia en sus propias manos. Yo aproveché para recordar que el italiano comenzó su influencia sobre el español desde el primer Renacimiento (Il Quattrocento) y que, curiosamente, fue el mismísimo Cervantes quien actuó como uno de los puentes para el trasiego de muchos términos de la lengua del Dante al español.

A Malchiodi no le gustó que se hablara de venganza, porque “no es de los espíritus nobles, sino de la chusma” y de inmediato comentó que esta palabra viene del italiano ciurma, nombre que se le daba a la tripulación de los barcos, a su vez del latín celeusma, nombre del canto de los remeros. “De ese tipo de gente estamos hablando”, remató con sorna. Obviamente, a todos nos incomodó su comentario, muy extraño, ya que Malchiodi pasa por ser hombre de izquierdas. Así que me vi obligado a reprenderlo: “Iván, me perdonas, pero ese comentario hace recordar ciertas posiciones fascistas”. Y aclaré que el fascismo fue un término que Mussolini, Il Duce (“el líder”), inventó a partir del latín fascio littorio o “haz de lictores”, un símbolo de poder en Roma que indicaba que un hombre tenía imperium, o autoridad ejecutiva. Los “lictores” eran escoltas de los magistrados, una suerte de guardaespaldas o de policías que el Estado romano asignaba a sus funcionarios de mediano y alto rango. El fascio era un conjunto de varas de madera, junto con dos hachas, que estos matones cargaban en el hombro para azotar o matar, según el caso. 

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Molgora y Abbinante observaban circunspectos, tal vez por su formación científica. Fue Franco Nino quien se arriesgó a tomar la palabra para sacar al grupo del bache donde habíamos caído: 

—Bacán que se den todos los orígenes de las palabras —comentó con la amabilidad que lo caracteriza—. De hecho, “bacán” —avanzó— viene del genovés baccan (“báculo” o “bastón”), para describir a quien llevaba el cetro, símbolo de la posición de los reyes o concretamente de algún tipo de mando. Se puede usar como bacán o “bacano”. 

Mólgora, en la misma onda de aligerar las tensiones, llevó el diálogo al campo de la música y afirmó: 

—No se puede entender la música sin el italiano. Como dijo Thomas Mann: “No me cabe duda de que los ángeles hablan italiano, porque es imposible imaginar que se expresen en un idioma menos musical”. Fue el monje italiano Guido D’Arezzo —continuó—, justo en el centro de la Edad Media, quien diseñó la mismísima escala musical, le dio nombre a las notas y creó el método para entonarlas, al que llamó “solmisación” (de las notas sol y mi) luego llamado “solfeo” (por las notas sol y fa) —y, da subito, comenzó a cantar a cappella (como en una “capilla”, sin acompañamiento de instrumentos) el Nessun dorma (“Nadie duerma”), de Turandot, de Puccini. ¡Y he aquí que fuimos testigos de un piccolo miracolo! ¡Giuliano exhibió una afinación digna de Pavarotti, con una dicción perfecta, en plena consonancia con el noble origen de su familia! No tuvo necesidad de entonar All’alba vincerò, porque desde el Tu pure, o principessa, nos dimos cuenta de su exquisita técnica vocal y de su oído privilegiado. Por algo fue el diseñador de la inmejorable acústica del Teatro Municipal de Chacao.

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La atmósfera distendida que logró Giuliano pintó una sonrisa en el rostro de todos y Ferri se animó a entrar en su campo explicando que “calamar” viene del italiano antiguo calamo (pluma de escribir) y de allí calamaro (“tintero”). 

—Evidentemente —comentó con acierto—, el nombre del preciado marisco surge por la tinta que lanza de forma defensiva cuando se siente amenazado.

Y de inmediato agregó que los “calamares a la romana” no tienen ninguna relación con la Ciudad Eterna, porque fueron los jesuitas portugueses, en el siglo XVI, quienes hicieron populares en Japón, sobre todo en Nagasaki, los pescados rebozados que se consumían en tiempos de Cuaresma, por la prohibición de comer carne ad tempora quadragesimae. De aquí surgió la “tempura”, pronunciada en japonés como “témpura” (palabra de origen latino, sin vínculos con la lengua del “país del sol naciente”), una técnica de cocinado con una fritura rápida de dos a tres minutos, con el relleno envuelto en una pasta llamada koromo. Los calamares se llamaron “a la romana” como llamamos “romances” a las lenguas derivadas del latín.

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Ya estábamos muy animados y pedimos una ronda de unas birras casi heladas. Pero sentarse a libar con un grupo de italianos no es fácil. Yo quería tomar Nastro Azzurro o Moretti, pero tenía que ser de nuevo Malchiodi (al parecer “picado” por el regaño que le di), quien notificara que las dos habían sido compradas precisamente por los japoneses y ya no representaban a la vera birra italiana. 

—Déjate de historias, Iván —le dije—, hasta la sicilianísima. Messina Cristalli di Sale la compró Heineken y no vamos a dejar de tomarla por eso. Al final sirvieron “la del bigote”, la Moretti, para maridarla con unos raviolis riquísimos de Paparazzi.

Casi al término de la velada, Franco Nino dio la nota por su mala bebida:

Sono ubriaco davvero, e cosa? (“Estoy borracho de verdad, ¿y qué?”) —y comenzó a recordar sus historias amorosas con Adelina (“noble”), Donnatella (“regalo de Dios”) y Flaviana (“la del cabello dorado”). Como se trataba de detalles muy privados de su vida, me lo eché al hombro, diciéndole:

Sai, Franco Nino, sei agli sgoccioli (“sabes, Franco Nino, estás en las últimas”) —y dejé a Iván, a Toni y a Giuliano devorando una caponata (un guiso de berenjena y tomate), con unos arancini (bolas de arroz con diversos rellenos, de color naranja —arancia, en italiano—) y un fantástico arrosto di vitello (“ternera asada”), al mismo nivel del que prepara Faro en Ascugasi, en Colinas de Bello Monte.

Il nostro incontro era finito. Che cazzo!

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