A Clara, Pablo y Samuel

Se me ha preguntado por la naturaleza de los debates entre lingüistas. Tal vez el planteamiento se me formula a mí, sin gozar de tan distinguida credencial, en función de mi amistad y frecuente trato con muchos de ellos, aplicando de buena manera aquello de “dime con quién andas…”. Ciertamente, son muchos años compartiendo con destacados profesionales de esta disciplina, quienes, sin un claro porqué, me han dedicado su cariño de forma desinteresada y han llegado a considerarme como uno más del grupo. Esta feliz circunstancia me ha permitido ser testigo, y a veces partícipe, de aguerridos intercambios y duras controversias entre amigos que son familia. Sin embargo, ese lazo no impide que se propinen verdaderos “tortazos” lingüísticos y a más de uno he tenido que levantar de la lona después de un humillante nocaut.

Recuerdo aquel episodio cuando Pablo dijo que iba a “debelar” a “los jóvenes que venían pisando fuerte” y Samuel —siempre agudo— comentó que “nadie necesitaba los nombres de esos advenedizos” (pensando en el verbo “develar”, variante de uso muy común de “desvelar”). Pablo aprovechó para ilustrar a los presentes, al diferenciar entre “debelar” (“vencer, doblegar a alguien hasta que se rinda”, conforme a la RAE, y de uso no tan conocido) y “develar” (“quitar el velo que cubre algo” y, por consecuencia, “compartir un detalle oculto” de cualquier situación). 

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Quien hablaba era Pablo, reconocido trabajador de la palabra y figura ya asentada en la ensayística venezolana contemporánea. Él agregó que “desvelar” tiene una primera acepción como “quitar o impedirle el sueño a alguien”, y luego también sumó que “velar” viene del latín vigere (“vigilar”) y de allí sus variadas acepciones como “hacer centinela o guardia por la noche”, “pasar la noche al cuidado de un difunto” o “cuidar solícitamente de algo”. Pero, curiosamente —continuó—, “revelar” no es “cuidar dos veces” o “velar intensamente”, porque su origen es otro: viene del latín velum (lona de los barcos, tela o cortina), de donde surge “velo” que, unido al prefijo “re” (“echar hacia atrás”), nos da “echar hacia atrás el velo” y exponer algo a nuestra vista. De ese mismo velum, en asuntos náuticos, nos viene “velero”, por las “velas” de los barcos. En cambio “vela”, el cilindro de cera que se enciende y alumbra, no tiene ninguna relación con esto, porque sí viene de “vigilar”, ya que sirve para iluminar en la noche. Así finalizó Pablo su docta exposición, con una sonrisita irónica que exhibió limpiamente delante del “regañado” Sam.

Pero Samuel no se iba a quedar tranquilo. A la menor oportunidad, pasó al contraataque. Resulta que Pablo preguntó si todos estaban contentos con su “aclaratoria”. Y ahí fue… Samuel tomó la palabra con mucha energía y explicó que, si bien es válido utilizar “aclaratoria” como un adjetivo sustantivado, sería preferible el sustantivo original “aclaración”, de uso corriente en España y de escasa presencia en América. En todo caso, se presta a controversia —continuó— por el uso de la elipsis, y no cuesta nada hablar de  una intervención o de una nota “aclaratorias”. Lo que ocurre es que —avanzó con fuerza— en nuestro país se exagera la tendencia natural a la simplificación de la lengua. Inmediatamente ofreció otro ejemplo proveniente del ámbito jurídico penal, donde una “medida privativa de libertad” pasa a ser una “privativa de libertad” o, incluso, una “privativa” a secas. Lo apropiado sería decir “se dictó una medida privativa de libertad” y no, como se ve en la prensa o se oye en los cafés cercanos a los tribunales, “a fulano le ‘lanzaron’ una privativa”. También comentó que, posiblemente, nos encontrábamos frente a un caso de “metábasis” o “enálage”, donde una palabra que habitualmente desempeña cierta función gramatical pasa a desempeñar otra. Y se dio el lujo de ilustrar con un ejemplo: “Tus nuncas me desesperan”, típico caso de sustantivación de un adverbio, dijo, al tiempo que le regalaba a Pablo el rostro de quien disfruta de la pequeña y oscura gloria de la venganza.

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La cosa pintaba mal. A Pablo no le gustó para nada aquella “aclaración” y ripostó “de una”:

—“No aclares porque oscureces”. Si así son tus “aclaraciones”, vas a terminar como el jueguito aquel de “Clara declara estar clara en que la clara se bate para hacer el suspiro”. 

Pero, qué mala coincidencia, justo en ese momento hacía acto de entrada en la oficina Clara, radiante promesa literaria, y, ¡ay!, tuvo tiempo de escuchar la presuntamente graciosa aliteración con su nombre. Gracias a Shakira lo sabemos: “Clara, nombre/ de persona buena/ clara-mente/ no es como suena”. Clara se lanzó al ring sin vacilaciones y directamente le espetó a Pablo: “A ver, señor bufón, si eres tan gracioso, por qué no hablas de los vínculos entre la aposiopesis y la epanadiplosis, o nos explicas por qué el anantapódoton es un tipo de anacoluto”. Pero Pablo no se arredró en lo más mínimo. Por el contrario, hizo gala de un magnífico juego de piernas y, en medio de una finta, lanzó un rapidísimo upper-cut que sacudió a su contrincante: “¡Ja! ¿Figuras retóricas complejas a mí? ¡Pero si soy discípulo fiel de Quevedo!”. Y nos sorprendió al citar de memoria y teatralmente al Juvenal español: “Ojos, / yo no sé qué espero, / viendo cómo me tratáis, / pues si me veis, me matáis; / y si yo os miro, me muero”. “¿A ti qué te gusta más? ¿Asíndeton o polisíndeton?”, agregó, visiblemente alterado.

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Ya aquello tomaba un cariz muy oscuro, porque Samuel se sintió ignorado por Pablo, por haber continuado el diálogo con Clara y no con él. Y Clara estaba a punto de arremeter de nuevo contra Pablito. Aquí es propicio indicar que Clara y Pablo son pareja desde hace mucho. Por su parte, Samuel es hermano de Clara, así que se trataba de un asunto totalmente familiar.

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Felizmente, a estas acaloradas discusiones, a estos rounds de sombra entre lingüistas, les suceden lágrimas y abrazos, disculpas y perdones, risas de reconciliación y las gracias por los conocimientos compartidos. Lo que se impone en estos casos es llamar a la mesa, servir un buen tinto, Rioja o Ribera del Duero, si es posible, y compartir una tortilla española todavía caliente, entre rodajas de un crocante pan campesino.

Son pocos los lingüistas y hay que cuidarlos como la familia que son. Después de todo, al menos para mí, familia, amigos y lingüística son otros nombres de la felicidad. 

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