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Este texto fue publicado originalmente el 8 de abril de 2020

Una y otra vez nos mezclamos en las palabras que enunciamos, nacemos como seres sociales a partir de la posibilidad de reconocer nuestro lenguaje en otro, de extrapolar nuestros pensamientos abstractos a través del signo, de la palabra. Somos parte del aparataje de una casa que, algunas veces se agrieta, pero que la mayoría del tiempo se yergue como el refugio de toda expresión humana. 

En 1985 Rafael Cadenas publicó En torno al lenguaje para desentrañar, de esta forma, los vicios y la podredumbre que se había colado entre la expresión lingüística en Venezuela y para entender la dejadez sobre la palabra, el olvido que tuvo la población sobre su forma de comunicarse. 

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Desde las conversaciones con Salvador Garmendia en la plaza Altagracia de Barquisimeto, en su adolescencia, Rafael Cadenas tuvo un encuentro con el lenguaje, con el primer bastión de humanidad; cuando descubrió con especial preocupación la excelsa palabra del Cantar del Mio Cid, de los versos regados en las páginas que llevan por nombre Andrés Eloy Blanco o, por otro lado, la figura imaginativa, casi palpable, de la palabra escrita por Antonio Machado.

Ambos, sedientos por los gozos de la escritura, fulgurantes por el ingreso a la democracia después de saltos equívocos entre caudillos y poderes militares, iniciaron un camino en la historia de la literatura nacional. Uno desde la narrativa y el otro desde la poesía. 

El lenguaje es pensado como un elemento que compone la existencia efímera y que, como el cuerpo, se destruirá con la muerte. Es como un brazo, como una pierna, como un pedazo de hígado o un riñón. Es la lengua que saborea, el oído que escucha los resquicios del tiempo, el ojo que divisa el horizonte, es parte del cuerpo y de la mente. Por ende, solo se piensa en él cuando falta, no cuando se tiene y, en la automatización de la vida, se pierde la consciencia sobre la forma enunciativa. 

Al igual que un brazo, nadie piensa en su importancia hasta que, por razones insospechadas del flujo del tiempo y el espacio, el individuo acaricia en las noches oscuras un pedazo de muñón. En ese momento, cuando la mirada cae sobre el órgano faltante, el ser problematiza la importancia del brazo. De resto, no lo hace, porque ahí está, ahí lo ve, con su antebrazo, su muñeca, su mano y sus cinco dedos.  

Al hablar continuamente, al buscar en el reducido diccionario social las palabras “fáciles” para darle sentido al mundo, olvidamos al lenguaje como signo que moldea nuestra perspectiva de la realidad. En este punto Cadenas, perseguidor de la esencialidad de la palabra a través de los escondrijos de la lengua, comenta que es imperante el retorno a “la sencillez clásica”. 

No se pretende enarbolar la forma comunicativa, ni llenar de ramas muertas a la palabra viva, sino se instaura un equilibrio que permita un encuentro entre los quehaceres humanos y su forma de expresarlos. Entre la exigencia de conocer el lenguaje y la búsqueda de la palabra exacta, entre la sencillez y la dificultad; elementos que son para la mayoría parte del menester escriturario, de los trabajadores de la lengua que martillan con un pequeño cincel, durante toda su vida, la gran piedra del enunciado. Pero no. Todos debemos ser buscadores de ese equilibrio para generar, como lo pensaría el poeta, sosiego ante la incertidumbre de la vida. 

“El decir del alma, el más hondo, no suele ser fácil, y el espíritu está reñido muchas veces con la brillantez; busca más bien veracidad, exactitud, fidelidad”, escribe Cadenas.

En este caso, la búsqueda de la sencillez, de la palabra esencial entre la maleza de hojas podridas que envenenan la lengua, no quiere decir, por consecuencia, que el hablante resguarde su expresión en el signo vago, banal y simple. Debe esperar atentamente, como los cazadores en el desierto, la aparición de la palabra que tendrá todos los puntos de significación necesarios para ser fiel a la realidad lingüística.

Entre el horizonte y las aguas ficticias solo queda, aunque no lo pensemos, la forma que tenemos para comunicarnos, para presentar este mundo irreverente de signos que se superponen, unos a otros, y que pocas veces en la vida tenemos la capacidad de atraparlos en una misma red. 

“Custodia la lengua / con la que adoras” porque “la quiebra de la lengua es la quiebra de la cultura, de la sociedad, del espiritu”. Dos textos distintos, uno es un poema, el otro un ensayo, pero en el fondo de aquello está la misma espiritualidad relacionada al lenguaje. 

Al quebrarse aquello que es intangible, que no que es capaz de espolvorearse como un jarrón de vidrio ante los mosaicos de la casa, la acción de la ruptura ocurre a niveles que trascienden lo físico. La lengua nos ataja, nos golpea, nos acaricia, y, al mismo tiempo, es el único elemento que, quizás, nos  brinde la trascendencia. De resto, estamos condenados a ver pasar los días. 

***

La primera vez que vi a Cadenas, creo que aún lo recuerdo, estaba comenzando la carrera de Letras. Era la presentación de un libro. Mis referentes literarios, antes de la universidad,  eran, sino muy pobres, casi inexistentes. Nunca había leído una obra literaria y, por ende, tampoco conocía ningún poeta. El lenguaje seguía siendo ese brazo que estaba, que utilizaba, pero que no tenía en mis preocupaciones.

¿Qué importa como se habla? Lo importante es hacerlo, pensaba. Pero, con el pasar de las lecturas, aprendí a desmenuzar la realidad lingüística y preocuparme, verdaderamente, por las palabras que utilizaba. Aún estoy en el proceso de aprendizaje. Creo que nunca se detendrá y, como diría el poeta, “(…) la propia lengua puede y debe estudiarse a lo largo de una vida”. 

Con pasos lentos, deteniéndose ante el transitar del viento, entró Cadenas a la sala. Nunca habló. El silencio estaba sentado a su lado y, aunque trataba de esconderse entre los demás visitantes, su figura era conocida por todos. Mientras me fumaba un cigarrillo con un amigo, pregunté sobre él. Después busqué Los cuadernos del destierro y, desde ese momento, al igual que grandes narradores que tengo en mi haber como luces que alumbran mis palabras, Cadenas empezó a ser el primer ápice para preocuparme sobre la importancia del lenguaje en mi existencia. 

***

Tiempo después conocí a un hombre que vivía bajo las máximas del poeta. Nunca usó ni usará corbata. Que anda por la ciudad de un lado a otro como una pluma. Que no se deja llevar por otros. Que nunca ha tenido un oficio. Para él las palabras de Cadenas son el factor principal para guiar su vida. No es otra lectura que se llena de polvo en la biblioteca ni un poemario sin cuidado. Es el principio de la espiritualidad de la palabra y del sentido que embarga a todos los lectores y que, después de muchos años escondido tras las hojas, el hombre podrá descubrir. 

La serenidad del poeta desterrado, que enunció su derrota, que buscó en la figura del amante el núcleo de la relación humana con el otro y, a veces, consigo mismo, son los vestigios de la vida que persigue aquel hombre. Desde hace mucho que no lo veo pero recuerdo, con especial lucidez, las palabras que me explicó sobre Cadenas y la mirada que, como el monje que divisa el infinito, tuvo un día que vimos al poeta. 

La palabra, muchas veces, se piensa como un elemento parte de la automatización de la vida y, al mismo tiempo, también se cree que es un aspecto abstracto que no tiene la importancia de los problemas reales. Existe el hambre, la violencia, los muertos y, ahora, un virus que acecha a la humanidad. Esos son, al parecer y sin ninguna contrariedad, los problemas reales. 

¿Para qué preocuparse por la lengua? Ese no es es un problema real, dirán muchos. Pero ni los problemas reales ni los abstractos son tratados en el mundo y el hombre, que sin preocuparse jamás por la lengua, enfrente las imprecaciones de la realidad estará pensando, en ese momento, sobre el brazo que le falta. 

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