Las sirenas son protagonistas de al menos dos de los mitos más recurrentes de nuestra cultura. En el primero conspiran contra la nave de los Argonautas que viajan en busca del Vellocino de Oro, con una tripulación inédita de héroes y semidioses a bordo, pero ellas, indiferentes a esta alcurnia, despliegan su legendario canto, con el cual hacían que los marinos embelesados por la belleza de sus voces, quisieran acercarse a ellas, para que dejaran de ser invisibles y atestiguar la belleza de la figura que el encanto de sus voces prometía. Pero, los Argonautas advertidos del peligro real que las sirenas representaban iban muy bien preparados. A bordo, Orfeo, dueño de la lira de Apolo y formidable rival del canto de las hijas de la playa, entonó su canto, que los marinos prefirieron escuchar antes que a las seductoras ninfas, cuyo verdadero empeño era hacerlos naufragar entre los arrecifes donde se escondían.

El segundo mito es aún más célebre: Odiseo va de vuelta a casa, tras largos años en Troya. La hechicera Circe le ha dado provisiones y consejos. Entre ellos el relativo al inevitable encuentro con las sirenas. Odiseo obedece puntualmente, pero quiere oír a las criaturas y acopiar la experiencia del sortilegio de su canto. Pide a sus marinos que lo aten fuertemente al mástil y les ordena a todos que se tapen los oídos con cera. Su nave avanza cerca del acantilado desde donde emiten su canto los seres acuáticos y Odiseo las escucha y se embelesa, pero enseguida el hechizo surte efecto. Quiere ir hacia ellas. Grita desesperado que lo suelten de sus ataduras, pero sus marinos ni lo oyen a él ni a las sirenas, por lo que sus afanes son inútiles, y así el barco se aleja de la peligrosa costa. El viaje continúa y Odiseo recobra la calma y sobrevive al canto de las sirenas.

Ambos relatos asaltaron mi memoria el pasado sábado 6 de abril durante y después del importante concierto que nos brindara la soprano Sonya Yoncheva, primera figura internacional de la lírica que en el ápice de su carrera nos visita, desde hace quince años. Se trataba pues de una ocasión especial, imposible de perder.

Sonya Yoncheva o la fallida seducción de la sirena

Yoncheva llegó a nuestro país acompañada por su esposo, el director de orquesta venezolano Domingo García Hindoyan, en lo que era originalmente un viaje de vacaciones, y una primera visita al país natal de su pareja. La Asociación Wagner de Venezuela y El Sistema de Orquestas Juveniles e Infantiles no dejaron pasar la oportunidad y, cual sirenas, la sedujeron para que nos diera este especial concierto.

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El mismo se inició con una suerte de declaración de amor, de parte de su esposo a la diva (que dicho sea de paso se comportó casi en la antípoda de lo que se esperaría de una cantante de su género: derrochó encanto, simpatía y proximidad durante toda su estadía). La confesión amorosa fue el Preludio y la Muerte de amor de la ópera Tristán e Isolda, de Richard Wagner, en su versión sinfónica, que García Hindoyan condujo con mucho estro y cuidado en las gradaciones, los juegos dinámicos y el apasionado climax que estos fragmentos requieren. Fue el segundo de sus momentos estelares de la noche con la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar.

Una sirena azul celeste

Acto seguido hizo su entrada Sonya Yoncheva.

Envuelta en un traje de gasa o tul celeste, vaporosa, flotante, como recién caída de las alturas: toda una sirena, como uno de los personajes que cantaría en el repertorio de esa primera parte. Cabello largo y suelto, de un luminoso castaño claro que se derramaba en un rubio cobrizo sobre sus hombros casi desnudos, subrayando esa apariencia féerica que con calculada intención e intuición femenina, eligió para aparecer ante nosotros. 

Otra mujer enamorada vino a habitar su voz: la Leonora de Il Trovatore de Verdi, quien desciende de la torre donde el miedo la confina a la espera de su amante, Manrico, proscrito y enemigo de esos lares, para liberarla e irse juntos. La fantasía de esa pasión es lo que Yoncheva cantó en “Tacea la notte placida” y su consiguiente cabaletta “Di tale amor”. La soprano es poseedora de una de las voces más bellas de su cuerda en la actualidad. Timbre cálido, sensual y ella lo potencia con un fraseo incisivo y carnoso. No hubo, sin embargo, más allá del encanto tímbrico, mayor novedad en la España medieval instantánea que su aria verdiana evocara. ¿Calentaba su voz? Eso esperábamos.

Y de inmediato, casi sin transición apareció la sirena: era Rusalka, la protagonista de la ópera de Anton Dvorak, que canta en checo la misma historia de La Sirenita de Hans Christian Andersen. Es una sirena que desea ser mortal pues está enamorada de un terrestre, y para ello empeñará su gen específico: la voz. Todo ese anhelo y el destino que sobrevendrá muy pronto se condensa en esta plegaria a la luna. Para expresar esa sobrenaturalidad y al alma deseosa de lo que no es, se requiere de una evanescencia y de un canto que se desprenda de lo humano y encarne eso que proviniendo del agua es fundamentalmente voz, sonido, a punto, además, de perderse. Yoncheva se asentó mucho más en su timbre carnal y no consiguió la amplitud de fraseo, el canto flotante, sutilísimo que otras grandes intérpretes de esta aria han conseguido. Su seducción de sirena no me alcanzó.

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García Hindoyan tenía ya tres números continuos en el podio, y debió haberse ido a dar un respiro con su esposa tras el Dvorak. Pero no lo hizo y eso se notó en el Tannhäuser wagneriano con su enorme obertura que siguió y que al final se le desarmó leve pero notoriamente en la concordia de opuestos que exige el canto de los peregrinos en los metales con el crescendo de las semicorcheas ansiosas en la cuerda de la inacabable coda de este fragmento.

Ahora sí entró a bastidores y volvió con la Yoncheva, quien cantaría por primera vez en público la entrada de Elisabeth de la misma ópera de Wagner en cortesía a sus anfitriones: “Dich, teure Halle”, que fue el mejor número de la primera parte cantado por la soprano, por su franqueza y brillo en este pezzo, básicamente extrovertido. Más contenida y taciturna, al menos en su sección central era el temible “Pace, pace, mío Dío” de La Forza del destino de Verdi que siguió. De nuevo, la belleza de su timbre se apodera del estilo verdiano patético, pero fue muy genérica en el fraseo. Sorteó muy rutinariamente el Si bemol de la frase cumbre “Invan la pace” y aunque superó el tutti de la orquesta, nos pasó con ella lo que a los argonautas con las sirenas, que prefirieron a Orfeo. Y a mí, la memoria de muchas otras grandes (Caballé, Price, Gheorghiu…) me evadió de la seducción fallida de la Yoncheva.

La pasión escarlata de Puccini

La segunda parte del programa, dedicada exclusivamente a Puccini, el más reciente caballo de batalla de la cantante en los teatros, animó nuestras esperanzas, después del sabor a poco de la primera.

Con mucho artificio García Hindoyan cabalgó sobre La Tregenda (el aquelarre) de la ópera Le Villi, la primera del autor de Turandot. Y enseguida la Yoncheva reapareció, ahora ataviada de rojo pasión, por si alguien había llegado tarde o dudara de que había venido a embrujarnos. Chocaba su belleza de femme fatale con la inocente Anna de la ópera pucciniana en su “Se come voi”. Un servidor que se bebe a Puccini según las sabias prescripciones de la Maestra Renata Scotto, quien declaraba indispensable la búsqueda de ese arco canoro que lleva el aria hasta su cúspide sonora y emocional desde una dinámica sutil, para retornar al fraseo suave casi en hilo largo, largo, se distrajo esperando esto en la lectura de la Yoncheva escarlata que demoraba por el enorme y difícil escenario (Katia Ricciarelli lo detestó en su venida) de la Ríos Reyna, como si hubiera nacido en él. A nadie recuerdo haber cantado con tal cómoda seguridad en esta sala.

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La sirena roja consiguió su momento más logrado en el sentimentalmente narrado “Un bel di vedremo” de Madama Butterfly. Terso el ataque de su primera sílaba, amplio el legato de la melodía imitativa del oriente. Fue describiéndonos todos los sueños de la ingenua Cio Cio San creyendo que Pinkerton retornará, pero hacia el final, desde “un po’ per celia e un po’ per non morire”, que retoma más intensa la melodía inicial, pareció flotar una distracción, un descuido, un tedio quizás y la famosa aria volvió a escucharse, en una cumbre propia de una gran cantante, pero lejana de una gran intérprete y la memoria terca del melómano corrió a refugiarse en tantas y tantas intérpretes que nos han conmovido en el pasado.

Tras este fragmento, García Hindoyan obtuvo la cumbre orquestal de la noche con un exquisito y emotivo Intermezzo de Manon Lescaut.

Lamenté profundamente que Yoncheva no incluyera su estremecedora versión del “Sola, perduta, abbandonata” de este tercer título pucciniano, pero esta aria se situaba lejos de la atmósfera relajada, renuente a abandonar del todo sus vacaciones y hubimos de conformarnos con la personalísima manera que tiene de cantar esa arietta, aparentemente sencilla, pero que en una voz de artista puede adquirir ribetes mágicos: “O mio babbino caro”, del Gianni Schicchi, tan socorrido en Caracas. Yoncheva lo canta en un tempo casi suspenso, con largos fraseos y notas sostenidas que si bien no llegaron nunca al ppp (no hizo un verdadero pianissimo en todo el concierto) demostraban un dominio singular de la messa di voce, el juego de dinámicas con la voz. Pero, era manjar ya degustado en ella misma previamente y no me impresionó particularmente. Al parecer estaba yo atado más de la cuenta al mástil de Odiseo. No llegué a pedirle a mis marinos que me desataran.

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El último número del programa oficial fue más bien decepcionante: Vissi d’arte, de Tosca. Pincelado con su timbre mórbido arrancó promisoriamente, pero sorprendentemente se diluyó en unos fraseos equívocos, respirando en momentos absolutamente inadecuados y nublándose en el ineludible arco sonoro del climax  del aria, donde las voces suelen convertirse en un tocante hilo o en intenso forte sostenido. Yoncheva obvió las dos salidas y concluyó su olvidable momento de Tosca.

Sonya Yoncheva o la fallida seducción de la sirena

Pero a estas alturas, el público ya encantado con la belleza, lozanía y simpatía, no quería que se fuera. Y ella flores en mano y fotografías con fans mediante, no se hizo demasiado de rogar y se decantó con un número fuera de su cuerda: la Habanera de la Carmen de Bizet, rol de mezzosoprano, y que me ratificaba las vacaciones de la diva, aunque ella lo frecuenta en sus encores por el mundo. Pero allí, la historia de tantas mezzos auténticas volvió a hacer de Orfeo ante la(s) sirena(s). Me divirtió lo justo el juego con las flores y su esposo al final. Uno a una diva va a verla desplegar los registros de su voz, no su vis cómica.

Un bis aún más cómodo cerró el programa de ópera: “Onde lieta usci” brevísima aria de La Bohéme, no demasiado comprometida vocalmente, pero de requerimientos interpretativos muy precisos e intensos. Tampoco fue particularmente cautivante. 

Segura de que tenía a la sala casi entera en su mano, se despidió con palabras elogiosas para el público y para el país y nos brindó una pintoresca romanza de Zarzuela en su impecable español y su dominio del ritmo y sabor ibérico.

Recordando que estaba de vacaciones, muy gentil, pero muy firmemente, revelando quien manda realmente en casa, tomó de la mano a su esposo, guiñó un ojo a la orquesta que se levantó diligente y siguió a la pareja a los camerinos.

El concierto había terminado.

Yo en mi balsa altiva, me ví alejar de la costa donde la sirena había desplegado varios de sus recursos mágicos, pero yo no me ví en peligro de naufragio por su seducción inexorable, en ningún momento de la velada, a pesar de que, como Odiseo, estaba ansioso por escuchar su canto.

Pero también las musas y las sirenas salen de vacaciones.

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