• Cada 29 de noviembre se celebra el Día del Escritor en Venezuela por el natalicio de Andrés Bello. El ensayista, gramático, poeta y profesor venezolano es un referente en el oficio de la lengua castellana

Andrés Bello es considerado uno de los humanistas más importantes de América Latina. El autor de Silva a la agricultura de la zona tórrida (1826), uno de los poemas más importantes del romanticismo latinoamericano, se transformó en un referente primordial para el estudio del lenguaje y la función fidedigna de su correspondencia con la realidad. Por eso mismo, en las letras venezolanas se consideró su natalicio (29 de noviembre de 1781) como la fecha para celebrar la figura de los escritores nacionales. 

En la idiosincrasia venezolana se reconoce el oficio de Bello como profesor de Simón Bolívar y su participación en el proceso independista nacional. Pero, en todo el mundo, su figura es reconocida por la publicación de La gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (1847). El trabajo sobre la existencia de los intrincados caminos del habla española en el continente americano fue primordial para establecer una autonomía desde el lenguaje. 

Andrés Bello

La escritura es un espacio de visibilización de la realidad, decía Jean Paul Sartre, filósofo francés. El hecho de nombrar lo que ocurre y categorizar desde el signo lingüístico la sensación efímera de la existencia permite la trascendencia de lo ocurrido. En el contexto venezolano la figura del escritor tuvo un lugar primordial en la construcción de la nación con nombres notables como Rafael María Baralt (1810-1860), José Rafael Pocaterra (1899-1955), Rómulo Gallegos (1884-1969),  Andrés Eloy Blanco (1896-1955), entre otros. Su escritura emergió para referenciar el espacio literario en el país. 

Escritores más importantes en el país

Uno de los nombres más escuchados en la historia intelectual del país es el de Rómulo Gallegos. Su obra remontó, como lo realiza un bongo en el Arauca, en los anales de la historia escritural de Venezuela para establecer las aristas de una sociedad dividida entre la civilización y la barbarie. Doña Bárbara (1929) es uno de los libros primordiales en la educación nacional y, además, la obra más importantes de la literatura hispanoamericana. 

Otras novelas del escritor caraqueños son La trepadora (1925), Cantaclaro (1934), Canaima (1935), Pobre negro (1937), entre otras. Gallegos destaca en la política venezolana como uno de los fundadores del partido Acción Democrática y como presidente de la República en 1948, hasta el golpe de Estado llevado a cabo el mismo año por la junta militar comandada por Carlos Delgado Chalbaud, Marcos Pérez Jímenez y Luis Llovera Paéz. 

Rómulo Gallegos

El exilio fue una marca recurrente para los escritores de la primera mitad del siglo XX. La correspondencia política del pensamiento intelectual, como respuesta ante los embates de la bota militarista, resultó en una ida forzada. Desde Pocaterra hasta Gallegos. Luego, al instaurarse la democracia surgió un espacio posible para la escritura en el país. 

Los años sesenta, setenta y ochenta representaron una larga etapa de experimentación escritural y auge intelectual. Los grupos literarios, relacionados con la sensación vanguardista del manifiesto y la persecución de una ruptura posible ante los lineamientos culturales canónicos, fueron importantes para establecer el camino de la época. 

El grupo Sardio fue uno de los primeros y de lo más representativos por su beligerancia estética ante la dictadura de Marcos Pérez Jiménez. Estuvo vigente desde 1956 hasta 1961 como una revista literaria. La redacción estaba integrada por escritores como Guillermo Sucre (1933), Adriano González León, Ramón Palomares (1935-2006), Elisa Lerner (1932), Salvador Garmendia (1928-2001), entre otros. 

Luego de su disolución se creó El techo de la ballena, existente entre 1961 y 1969, con algunos miembros de Sardio y otros como Caupolicán Ovalles (1936-2001) y Juan Calzadilla (1931), entre otros. La línea estética de este grupo estaba demarcada por la ideología de izquierda y las posiciones de la revolución cultural. Siendo un referente importante para la polifonía de voces en un país naciente en la democracia. 

En esa época destacan novelas como Los pequeños seres de Salvador Garmendia (1959),  País Portátil (1968) de Adriano González León, Historias de la calle Lincoln (1971) de Carlos Noguera y poemarios como ¿Duerme usted, señor presidente? (1962) de Caupolicán Ovalles, Derrota de Rafael Cadenas (1963), entre otros. 

En la década de los setenta el agotamiento de las correspondencias políticas fue el primer paso para una escritura enfocada en los menesteres del lenguaje y la creación literaria. En este fragmento de la historia comienzan a publicar escritores como Ednodio Quintero, uno de los narradores más proliferantes de la literatura nacional, Oswaldo Trejo, un experimentador del lenguaje. La poesía, a su vez, encuentra un espacio en la interioridad de la obra de Hanni Ossot, Miyo Vestrini, Elizabeth Schön, entre otras.

Hanni Ossott | Foto: Vasco Szinetar

En la década de los ochenta y los noventa la realidad social venezolana se encontraba en el asidero de la incertidumbre. En ese momento, la experimentación de la literatura intentó asumirse desde el espacio callejero con la creación de los grupos literarios como Tráfico (1981), con su sentencia “venimos de la noche y hacia la calle vamos”. En este grupo estaban escritores como Yolanda Pantin, ganadora del Premio de Poesía Federico García Lorca en 2020, Armando Rojas Guardia, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata, Alberto Márquez y Miguel Márquez. 

El grupo Guaire, conformado por Armando Coll, Rafael Arraíz Lucca, Leonardo Padrón, Luis Pérez Oramas, Nelson Rivera y Alberto Barrera Tzyska. “Teníamos que elegir algo que representara la ciudad. Y no podía ser el Ávila: el Ávila es lo que no es la ciudad”, comentó Arraíz Lucca. El objetivo era la disección del urbanismo de Caracas y la multiplicidad de la vida entre el caos y la ciudadanía.

La literatura venezolana en el chavismo 

La llegada del chavismo al espectro político y social de Venezuela estableció un quiebre en el sentido cultural del país. La susodicha revolución separó las aguas y, por ende, los literatos escogieron sus trincheras. Más allá de una relación fidedigna con el poder político, la literatura, antes ensimismada en la individualidad del escritor, encontró otra finalidad en la recuperación de los relatos históricos y en la reflexión sobre el acabose. 

Escritores como Alberto Barrera Tzyska, Ana Teresa Torres, Antonio López Ortega, Gisela Kozak, entre otros, encontraron un nuevo lugar enunciativo que simbolizaba una correspondencia con el sentido político. La nostalgia del pasado, como tótem de la vida democrático, es uno de los aspectos comunes más reconocibles de la escritura del siglo XXI en Venezuela. Asimismo, los distintos rostros del totalitarismos deben ser, desde el menester escritural, desmenuzados.

El cuerpo enfermo como significante del cuerpo social está presente en la novela La enfermedad (2006), es un espacio para el reconocimiento de ese lugar, antes bucólico, transformado en abyecto. Lo mismo ocurre en la novela Nocturama (2005) de Ana Teresa Torres, en la cual la futilidad identitaria del personaje principal permite entender la suspensión de los códigos de identidad a través del discurso ideológico. 

La escritora venezolana Michelle Roche en su ensayo La estética del chavismo: nostalgia y expresionismo literario como metáforas de la abyección establece: “La sensación de habitar un cuerpo que no responde se parece a la de vivir en un lugar que no se reconoce, tema que Ana Teresa Torres trata en Nocturama, obra en la cual el protagonista se levanta en un país que no recuerda sin saber cuál es su nombre, por lo cual acepta el de Ulises Zero, y vaga en busca de Díaz Grey, quien podría develar la clave de su origen”.

La diáspora venezolana, ficcionalizada en obras como Blue Label de Eduardo Sánchez Rugeles, también es otra característica notable de esta nueva narrativa. Lo mismo ocurre en La hija de la española (2019) de Karina Sainz Borgo. Una novela que establece la ambivalencia entre el desarraigo y la nostalgia de un país que ya no existe, que ha cambiado y solamente habita en la memoria. 

La posición del escritor en Venezuela es importante en la correspondencia social. La intelectualidad, celebrada hoy 29 de noviembre, es el primer espacio para la reflexión de los hechos y su cambio. La figura de Andrés Bello será, hoy y siempre, la búsqueda de un sentido en los intrincados laberintos de la escritura. 

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