• Cuba y Venezuela no formarán parte de las prioridades diplomáticas del presidente demócrata, pero del restablecimiento de las relaciones con La Habana dependerá cualquier negociación que haya con Caracas

La democracia de Estados Unidos nunca se había visto tan frágil como ahora. La polarización y el quiebre de las instituciones han socavado la credibilidad, la influencia y el liderazgo de esta nación, afectando además su poderío comercial. El demócrata Joseph R. Biden Jr. comienza su mandato con el desafío de corregir la respuesta sanitaria para enfrentar la pandemia y recomponer la diplomacia y la política exterior que hereda de Donald Trump.

Samantha Power, profesora en la Escuela de Derecho de la Universidad de Harvard, plantea en la revista Foreign Affairs que ese liderazgo que ha perdido EE UU pudiera recuperarse en tres frentes. “Encabezar la distribución mundial de la vacuna contra el covid-19, reforzar las oportunidades educativas en Estados Unidos para los estudiantes extranjeros y combatir cabalmente la corrupción dentro y fuera del país. Si se aprovechan sus fortalezas y la grieta que China abrió con sus extralimitaciones, tales iniciativas podrían restablecer parte de la confianza perdida en la competencia de Washington, un cimiento indispensable para ser convincentes y construir las coaliciones necesarias para la promoción de sus intereses en los años por venir“.

La administración de Biden ha reiterado que la prioridad de su gobierno es luchar contra el covid-19, que a un año del primer caso ya ha superado las 400.000 muertes en el país. Ha propuesto para ello, un plan para mitigar el contagio con el uso de máscaras y la aplicación de 100 millones de dosis de vacunas en 100 días. En los últimos 38 días del gobierno de Trump se administraron 17 millones de dosis, un promedio de 500 mil por día.

Pero reintegrarse en el tablero mundial será también parte esencial de su gestión. Aunque cuatro años no son suficientes para recomponer la política exterior estadounidense le permitirá producir avances concretos y buscar que esas políticas prevalezcan más allá de este periodo presidencial.

“No alcanzará el tiempo pero al menos habrá detenido el deterioro y lo más importante, se comenzarán a establecer los puentes diplomáticos que (Donald) Trump de manera alevosa rompió. Biden intentará restablecer las alianzas maltratadas. Volver a los socios privilegiados en Europa. Trump había dividido y preocupado a una Europa ya debilitada por el Brexit, a veces intimidando a los socios históricos de Estados Unidos. La forma de la relación podría cambiar. Se impone renovar lazos y marcar su diferencia. Su primer viaje deberá ser a Berlín y a París. Por el peso económico de Alemania, y Francia, es estratégicamente muy importante”, explica Luis De Lion, abogado y analista de política internacional.

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Por su parte, Mariano De Alba, experto en relaciones internacionales explica que “los esfuerzos para hacer frente a resistencias de países como China y Rusia van a requerir mucha destreza política. Los principales desafíos en política exterior son tres: recomponer el multilateralismo y las alianzas con Europa y los demás países democráticos; hacer frente al avance del modelo autoritario propugnado por China y en menor medida, Rusia y otros países; y lograr consensuar medidas concretas que ayuden a reducir los efectos del cambio climático”, estima.

Justamente sobre el cambio climático, Biden en el primer día de su mandato, cumplió con una de sus promesas de campaña: regresará al acuerdo climático de París. Próximamente convocará una cumbre con los principales países emisores de carbono en el mundo, para impulsar compromisos exigibles sobre las reducciones de emisiones en el transporte marítimo y la aviación mundial.

Recomponer acuerdos diplomáticos

La política exterior de EE UU es tan diversa como sus intereses geopolíticos y económicos en el mundo. Por eso tiene tantos frentes de atención, que deben ser atendidos de inmediato. La relación con los miembros de la alianza militar que conforma la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), Medio Oriente, las guerras de Afganistán e Irak y Asia constituyen los principales focos de atención.

En cuanto a la OTAN, la participación europea en la seguridad es un proyecto abierto por Trump que sigue pendiente. Las tensiones sobre el notorio “reparto de cargas” para la defensa de Europa Occidental no desaparecerán hasta que sean abordadas profundamente. Este es un enfoque necesario dentro de la diplomacia estadounidense con la nueva administración.

Seguridad Nuclear para la paz en Medio Oriente

Para Biden, Estados Unidos no puede ser una voz creíble en materia de no proliferación y la seguridad nuclear si abandona los acuerdos que negoció. En declaraciones durante la campaña presidencial advertía que “Trump hizo más probable la perspectiva de la proliferación nuclear, una nueva carrera de armamentos nucleares e incluso el uso de armas nucleares”.

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Bajo esa premisa, promete como presidente, renovar el compromiso con el control de armas para una nueva era. “El acuerdo nuclear de Irán que negoció la administración Obama-Biden le impidió que obtuviera un arma nuclear. Sin embargo, Trump lo descartó precipitadamente, lo que llevó a Irán a reiniciar su programa nuclear y volverse más provocativo. No me hago ilusiones sobre el régimen iraní, que se ha involucrado en un comportamiento desestabilizador en todo Medio Oriente (…) pero hay una forma inteligente de contrarrestar la amenaza que representa. Teherán debe volver a cumplir estrictamente con el acuerdo. Si lo hace, me volvería a unir al acuerdo y utilizaría nuestro compromiso renovado con la diplomacia para trabajar con nuestros aliados para fortalecerlo y extenderlo“.

Biden llega a la presidencia pidiendo concesiones concretas para volver al acuerdo.

Las posiciones todavía no parecen estar cerca. Va a requerir mucho trabajo diplomático recomponerlo, el cual no evita que Teherán tenga las armas nucleares pero sí difiere y disminuye sus capacidades para hacerlo. Lograr que Irán renuncie a esa aspiración y posibilidad únicamente será posible si cambia la posición del establishment político y religioso iraní (improbable)”, sentencia De Alba.

De Lion, por su parte, considera que los ayatolas se sienten más cómodos con la presencia de Biden en la Oficina Oval .“La retirada de Estados Unidos del acuerdo nuclear, los ha golpeado políticamente. Asimismo, el fortalecimiento del Estado hebreo, enemigo jurado del régimen iraní, es parte de esta estrategia. Después de haber normalizado, por iniciativa de Washington, sus relaciones con Abu Dhabi y Bahrein, Israel apunta a un acercamiento con Riad que preocupa a Irán“.

Con el gobierno de Trump volvió la línea dura contra Irán bajo la amenaza de su patrocinio al terrorismo y el desarrollo de su arma nuclear. Rompió el acuerdo establecido por Obama pero no hizo nada más para evitar que Teherán avanzará en su proyecto militar, por eso resulta utópico esperar que los iraníes actualmente puedan respetar ese compromiso aún si EE UU busca restablecerlo.

Israel fue el aliado privilegiado de EE UU en la gestión de Trump, sobre todo después de que éste trasladara en mayo de 2018 la Embajada de Estados Unidos de Tel Aviv a Jerusalén. Aunque Biden ha advertido que no revertirá la medida, se comprometió a reabrir un consulado en Jerusalén Este y mantener la perspectiva de una solución de dos estados.

Esperada retirada militar

En cuanto a los dos frentes bélicos que tiene actualmente EE UU: Afganistán e Irak, salvo sorpresa, el presidente demócrata debería continuar con la retirada militar en Kabul, que equivale, a corto o medio plazo, a entregar el país a los talibanes. Hasta mediados de 2020, habían 13.000 soldados estadounidenses en territorio afgano. Igual escenario es previsible en Bagdad, que cuenta con menos de 2.500 militares.

El historial de Joe Biden en el expediente iraquí, que Barack Obama le había pedido que supervisara desde el comienzo de su primer mandato en 2009, no es convincente, ya que EE UU no pudo entonces frenar el crecimiento del Estado Islámico, ni tampoco pudo detener la influencia intrusiva del poder iraní en Irak”, acota De Lion.

Disputas internas en torno a la globalización

Bajo la administración de Obama, la diplomacia estadounidense se había reorientado hacia Asia, aunque con Trump continuó esa política exterior, el objetivo cambió: luchar contra el expansionismo comercial chino en Estados Unidos y, de manera más general, contra ciertos efectos de la globalización.

Para De Lion está claro que Biden no solo debe recomponer la diplomacia de su país sino enfrentar las disputas dentro de la base demócrata sobre cómo lograrlo. Si bien es cierto que la globalización ha empobrecido a la clase media de la sociedad estadounidense (parte del discurso que caló en la población que le dio el triunfo a Trump en 2016) y generado flujos migratorios, también lo es que los políticos nacientes dentro de su partido con tendencia hacia “la izquierda y aquellos nostálgicos de la era de Obama se oponen a un mundo más universal por razones de justicia social. A Biden le resultará difícil sintetizar y construir una política exterior coherente”, sentencia.

Biden no puede ignorar esta situación, en virtud de ello, había delineado como parte de su campaña electoral la promesa de establecer una política exterior para la clase media, que le permita ganar la competencia por el futuro contra China o cualquier otro país. Para lograrlo,  propone establecer una política comercial que comience en casa, “fortaleciendo nuestro mayor activo, nuestra clase media, y asegurándonos de que todos puedan compartir el éxito del país. Como presidente, no celebraré ningún nuevo acuerdo comercial hasta que hayamos invertido en los estadounidenses y los hemos equipado para tener éxito en la economía global”.

Cuba y Venezuela entrelazadas en su diplomacia con EE UU

Siendo candidato, Biden criticó duramente la política de presión contra Venezuela utilizada por el gobierno de Trump, argumentando que las sanciones generales empeoraron la crisis humanitaria venezolana, sin que el objetivo (lograr un cambio de régimen) tuviera efecto. En ese sentido, se ha comprometido en acabar con las deportaciones de venezolanos en Estados Unidos y a otorgarles el TPS (Temporal Protected Status) Además, promete aplicar “sanciones inteligentes” (aún no definidas) como parte del enfoque estadounidense.

“Biden tampoco podría desestimar los factores de política interna en la formulación de políticas hacia Venezuela (…) Lo que falta por verse, dada la ausencia de realineaciones internas que socaven la base del poder del régimen autoritario, es si algún actor externo es capaz de alejar a Venezuela del autoritarismo duro y coadyuvar a una transición democrática“, advierte Cynthia J. Arnson, Directora del Programa Latinoamericano del Woodrow Wilson International, en Foreign Affairs.

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Por su parte, De Lion estima que “toda solución al caso venezolano pasa por La Habana, aunque no percibo en Biden que el tema Caracas sea prioritario. Pienso que, le tocará a (Nicolás) Maduro enviar señales claras a Washington de sus intenciones.

Sobre Cuba, el experto augura que EE UU restablecerá las relaciones comerciales con Cuba pero advirtiendo que los nexos diplomáticos se reducirán a los respectivos enviados de negocios sin más. “No está La Habana entre las prioridades de su política exterior, como sí lo estuvo en el segundo período de (Barack) Obama, que por su juventud e inexperiencia lucía más sensible al mito cubano“, explica.

Mientras que Arnson plantea que “para apoyar a las familias y la sociedad civil en Cuba, es probable que el gobierno de Biden retire una de las sanciones más severas contra ese país: la prohibición del envío de remesas. Sin embargo, dado el respaldo cubano al régimen venezolano y la falta de apertura de espacios políticos en la isla, es improbable que mejoren sustancialmente las relaciones”, sentencia.

De Alba advierte que en un acercamiento con Cuba, la situación política de Venezuela podría formar parte de las conversaciones con el régimen cubano sí hay voluntad del gobierno de Biden, pero estima improbable que el nuevo gobierno estadounidense busque cohesionar ambas situaciones. 

A su juicio, podrían esperarse fundamentalmente tres medidas de Biden hacia Venezuela: fortalecimiento de la respuesta multilateral con Latinoamérica y Europa; revisión del programa de sanciones y esfuerzos por una negociación. “Mientras el contexto en Caracas sea de aumento de la represión y desconocimiento de las garantías democráticas, será más probable que veamos un aumento de las sanciones personales y el mantenimiento de una buena parte de las sanciones económicas. El nuevo gobierno llega con la intención de cambiar el enfoque y está más dispuesto a negociar, pero lo que suceda dentro de nuestro país puede cambiar ese cálculo”, sentencia.

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