Desde pequeño sentí curiosidad por la figura de Diego Maradona. Recuerdo que la primera computadora que tuve en casa se estrenó con una recopilación de sus mejores jugadas. Mientras yo lo veía hipnotizado mi padre recordaba la vez que lo vio jugar en Pueblo Nuevo, estado Táchira. Relataba con una emoción in crescendo la sensación inolvidable de ver la gambeta imperceptible en el tiempo-espacio de los mortales. Luego, con los años lo vimos transformarse en un hombre regordete de verbo atravesado, actos de dudosa moral y bailes grotescos ante el asesinato del totalitarismo. Pero cada cierto tiempo mi padre y yo volvíamos a ese video de gambetas, goles y jugadas que ningún hombre, fuese quien fuese, tendría la capacidad de emular con la soltura del bailarín de Fiorito. 

Me pregunté muchas veces las razones para su entronización en Argentina. Sobre todo en los últimos años. Solo era un jugador de fútbol, un pequeño individuo de barrio popular, con bucles en el cabello y una particularidad para tener la pelota en sus pies. No era mucho más que un hombre que, además, encontró en su vejez la exacerbación de las malas decisiones y paseaba campante entre las figuras más perjudiciales del continente. En Venezuela sabemos de eso: lo vimos bailar entre las marejadas rojas, mientras en las calles aledañas los proyectiles eran disparados al rostro de los estudiantes y en los edificios cercanos se torturaba hasta la muerte. 

Entonces, después de todo esto y mucho más, sentí la duda de su sostenimiento como una figura intocable e impoluta para la sociedad argentina. La respuesta puede ser muy variada, pero, para mí, reside en la construcción mítica que realizó Maradona y su disolución como persona para transformarse en un barrilete cósmico que se cierne sobre el imaginario social. La propia figuración como “Dios”, que lo persiguió durante toda su vida, estableció un nuevo lugar de enunciación para reconocimiento. Por eso mismo, aunque muchos encuentren en él un abanico de improperios, podemos entender que fue el único deportista que se posicionó en un lugar limítrofe a la mortalidad. 

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Siempre llevaba consigo la sensación de una lucha perpetua y, sobre todo, de establecerse en el lugar de los desvalidos. Pasó en el Mundial de 1986 cuando su transformación en mito se logró por completo y este hombre, con una pelota en los pies, materializó dos características constantes en la idea de “guapura” que persigue la idiosincrasia argentina: la burla y la excelencia. 

En el primer gol, aquel que lleva por nombre “La mano de Dios”, emulando la grandeza simbólica del aparato cristiano, Diego Maradona escondió entre sus cabellos la mano izquierda para rozar el balón en su encuentro en las alturas con el arquero inglés Peter Shilton. Parecía la trama de una obra literaria, donde lo real y lo imaginario se entremezclan para encontrarle un espacio a los hechos inverosímiles de la existencia. Fue la respuesta ante la guerra de Las Malvinas y ante el clamor de la patria herida. Luego, un par de minutos después, tomó la pelota en la mitad de la cancha y realizó una de las corridas más memorables de la historia, dejando en el camino a tanto inglés, como diría Victor Hugo Morales, para hacer el mejor gol de un deporte que se ha masificado a todos los rincones del mundo. En 90 minutos resumió un mito ante la injusticia y la venganza. Utilizó la soltura del bailarín y la sagacidad del ladrón para hacernos dudar de su propia existencia como ser humano. 

El hombre desapareció en la futilidad del acontecimiento y en su lugar quedó el mito. Los millones de fieles se congregaron en la iglesia maradoniana y el significante de la religión se desplazó a la figura de un individuo llamado Pelusa por algunos y Diego por otros. En Napoli hizo lo mismo: tomó un equipo pequeño del Sur de Italia y se enfrentó contra los grandes del Norte. Respondió ante los discursos xenófobos y formó un grupo campeón. Los sueños de cada napolitano estaban sumergidos en la imagen de la gambeta, de ese quiebre en la quietud del momento para dejar en el piso a los rivales y demostrar con la sonrisa burlona en el rostro que el tiempo y el espacio del movimiento corporal era una preocupación para los mortales incautos, pero no para él. 

Posteriormente, la caída representó el punto necesario para engrandecer el relato de un hombre que había dejado de serlo para difuminarse, en sus errores y aciertos, en la simbología identitaria de una nación. En 1994 le cortaron las piernas y murió el jugador a la par de una mujer vestida de blanco que lo llevó, luego de la algarabía de la victoria, al control de sus desaciertos. Con el pasar de los años y el crecimiento del mito, la idea de la gambeta y la belleza performática del movimiento tenue de la pelota que no pareciera separarse jamás del empalme del pie izquierdo quedó como una reminiscencia de la grandeza, como un recuerdo de un pasado irrepetible y, en cambio, quedó el hombre extasiado por su transformación divina. 

Fue un ser envuelto entre errores, discursos y contraposiciones, en respuestas vengativas ante el status quo y el delirio del guerrillero bienaventurado que solo es capaz de existir en las imágenes románticas de los textos marxistas, pero que muere en su correspondencia con la realidad, al demostrar que en el fusil de un hombre solo es capaz de establecerse la imagen grotesca del totalitarismo Ya poco importaba el Maradona regordete de los programas de televisión que hablaba con la sintaxis rota. Nadie pensaba en sus palabras, tampoco en los bailes exacerbados de una vejez lamentable, porque su vida se mantuvo anclada a la mitificación del individuo finito que logra transformarse en Dios. 

Al escuchar el nombre de Maradona viene la imagen de la gambeta ante los ingleses, de los bailes de potrero y los botines desamarrados en la previa, mientras en las tribunas, embriagados de delirio, los fanáticos cantaban a la par el nombre del 10. Es una imagen eterna que no podrá borrarse en la existencia momentánea de los hombres porque, desde la inoperancia y la banalidad de un deporte de 22 personas tras una pelota, el pequeño niño de Fiorito construyó la correspondencia más grande de la mitificación contemporánea. Sería culpable de todo y, a la vez, todo le sería perdonado. 

Incluso, después de tanto tiempo sin aparecer en una cancha de fútbol, sigue siendo el jugador más representativo. El aparataje simbólico del deporte, como una masificación de emociones a través de lo lúdico, se apropió de la rebeldía del jugador para compaginarlo con la carga narrativa de la religión, la lucha ante los poderosos y la empatía que, ciertamente, ya no correspondían con la imagen del hombre Maradona. Pero a nadie le interesa lo humano en sí, como corporeidad y acción sola, porque el discurso es el punto de reconocimiento más trascendental. 

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Hoy murió Maradona, el hombre, pero el mito sigue vivo y lo seguirá por siempre, mientras las imágenes recopilatorias sigan existiendo en la totalidad de la red y los padres pasen el relato de la épica maradoniana a sus hijos y estos, luego, lo harán con su propia descendencia hasta que el propio mito fallezca en las fauces del tiempo. 

La muerte no debe considerarse un aspecto fuera de la vida y, por ende, las acciones del hombre también tienen derecho a ser reclamadas en este instante. Ese hombre maltratador, cercano a los dictadores e indolente ante el dolor ajeno, enajenado por una ideología, con el habla descalabrada por el exceso también será parte de la memoria. Nadie puede defenderlo y yo tampoco lo haré, pero, al mismo tiempo, solo me queda en este momento la imagen de mi padre y yo viendo las mejores jugadas de Diego Maradona en la primera computadora que llegó a la casa.

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