• La crisis de la violencia carcelaria ha sido recurrente en Venezuela durante las últimas décadas. Andrés Figueredo, director y productor venezolano, decidió dar una perspectiva social de esta realidad desde la imagen cinematográfica y comenzó con el documental La Causa (2019). El equipo de El Diario conversó con él sobre el proceso de investigación, grabación y edición y, también, sobre su lectura de la realidad carcelaria

La primera vez que Andrés Figueredo visitó el internado judicial de El Rodeo vio en una esquina de la enfermería la fantasmagoría de un cuerpo cadavérico. La sala parecía un basurero y en el centro había una cloaca de la que salía un halo de podredumbre. El cuerpo de la esquina, con la piel pegada a los huesos, se empezó a mover. Todavía no era cadáver, aunque su temple ya no pertenecía al mundo de los vivos. No podía hablar ni realizar movimientos fuertes. Otro preso esbozó la verdad del hombre moribundo: era un indígena Wayuu que había sido encarcelado por robar un reloj y tenía nueve meses con tuberculosis. Vomitaba cada bocado de comida y ninguna autoridad le había dado tratamiento. Ese día del año 2009 Figueredo hizo una promesa: “Enseñarle al mundo lo que pasaba (y sigue pasando) en las cárceles venezolanas” y comenzó la investigación del documental La Causa, estrenado en el espacio Frontlight del International Documentary Film Festival Amsterdam (IDFA) 2019.

La Causa, con guion de José Ostos y dirección de Andrés Figueredo, relata las experiencias anárquicas de los para-estados creados en el interior de las cárceles venezolanas. Desde el gobierno del fallecido expresidente Hugo Chávez se estableció una realidad paralela en los centros de reclusión en el país. La ausencia del poder militar dentro de los recintos permitió que los reclusos generarán un sistema de gobierno autónomo a través de la violencia. 

El documental está disponible en Vimeo, Amazon Prime, Movistar TV, ITunes y Google Play.

“Son estados paralelos y requieren un gobierno autoritario que toma las decisiones con base en sus propias reglas, propias estructuras y propios sistemas. Eso es parte de los que manejan el penal. Todo es a través de las armas. Es lo que permite mantener ese poder”, comenta Andrés en exclusiva para El Diario

En 2011, ante el crecimiento sin precedentes del poder criminal de los pranatos, el gobierno creó el Ministerio del Poder Popular para el Servicio Penitenciario. La primera ministra fue Iris Varela, ya que, en el sistema de gobierno chavista, el fulgor revolucionario tiene más peso que la meritocracia. La presencia de los pranes no disminuyó ante este ministerio y, en cambio, la realidad para-estatal de poderes ajenos, sostenidos por la violencia, empezó a ser parte de la normalidad. 

Andrés Figueredo comenzó a visitar las cárceles de la mano del diputado de la Asamblea Nacional Gilbert Caro, quien para esa época estaba en proceso de reinserción social a través del activismo. Relata que fue su Virgilio en el descenso hacia el infierno desconocido, emulando las páginas de la Divina Comedia y el encuentro de Dante con los anillos del dolor y la pesadez. 

Era un mundo desconocido para él, pero desde muy joven sintió la necesidad de incluirse en realidades ajenas, entornos diferentes al suyo, para reconocer al otro ser humano. La cámara era un utensilio que llevaba por todos lados, sin saber la razón concreta para ello, pero con una búsqueda continua: visibilizar aquello escondido entre los aparatos de la sociedad. 

El proceso de grabación fue paulatino. La cámara tenía que ir escondida y, poco a poco, debía ganar la confianza de los pranes. Un objetivo complicado para aquel que no reconoce las aristas de la violencia sistémica, pero Andrés logró descubrir que aquellos, inmersos en un mundo infernal, son voces que siempre han sido ignoradas y buscan, simplemente, un momento para ser escuchadas.

Hay que tratar de ser lo más genuino posible. En ese mundo se dan cuenta cuando tienes otros tipos de motivos. Uno de los elementos que me funcionó fue la manera de acercarme, de hablar y de no juzgar y la otra era que ya confiaban en la gente que me había llevado”, dice.

El proceso de investigación duró 11 años, cinco fueron de grabación y dos de edición. En ese tiempo logró, junto con su equipo de trabajo, crear encuentros sociales a través de la música y el deporte para demostrarles, primero, que su búsqueda era narrar una realidad sin afectar a nadie y, segundo, brindarles un espacio de esparcimiento a los reclusos. 

El arte como activismo social

Andrés tenía 18 años de edad cuando comenzó a visitar las cárceles con la idea del documental, pero no fue la primera vez que acudía a un entorno de conflicto humano. A los 17 años de edad, mientras visitaba a su hermano en República Dominicana, vio en la televisión las noticias del terremoto en Haití y recordó una escena de la película Hotel Rwanda donde el protagonista, que defendió del genocidio a cientos de personas, se encuentra con un periodista europeo y se alegra porque, de esa forma, el mundo conocerá los hechos ocurridos. Pero el periodista le responde que, al contrario, esa noticia se verá en el noticiero de la noche y todos sentirán dolor, pero seguirán comiendo su cena. 

Para él esa escena se correspondía con la imagen de su familia sentada en la mesa de comer, mientras veían las noticias de las casas destruidas y los cuerpos escondidos bajo los escombros. “En ese momento dije: me voy mañana. Quiero hacer algo al respecto”. No le dijo a su madre ni a ningún otro familiar. Fue una decisión personal y estuvo durante varias semanas en Haití ayudando a los afectados. 

La cámara iba con él, pero por momentos sentía afección ante el retrato de la miseria. ¿Cuál es el verdadero fin de la foto? ¿Será bueno o malo? ¿Será un uso morboso del dolor ajeno? Todavía no reconocía en el arte la potencialidad de visibilizar desde la empatía un posible cambio social. Por eso mismo, al comenzar con el documental de La Causa estableció una serie de pasos a seguir para unificar el trabajo audiovisual con el activismo social. Era necesario narrar el aspecto ambivalente de lo humano y establecer para el espectador la idea de reinserción y cambio. 

En los años de investigación y grabación se creó el grupo Free Convit, conformado por Daniel Ramírez, Francisco Vargas, Héctor Villavicencio, Robert Blanco y Ray Martínez. Cada uno lleva consigo un pasado signado por la violencia, pero que, desde las actividades culturales realizadas en El Rodeo por Andrés y el equipo del documental, encontraron un lugar en la música. 

Tratábamos de utilizar el arte como medio para crear otro tipo de energía. Free Convit es un ejemplo del movimiento social a partir del arte. Se transformó en un medio de subsistencia para gente que no tenía lugar en la sociedad al salir de la cárcel”, dice.

Hoy en día todos están en libertad y Free Convit es un grupo reconocido en el rap nacional. De acuerdo con Andrés, los objetivos deben ser alcanzables para demostrar que existen otras maneras de salir adelante y enseñar el valor del esfuerzo para conseguir el dinero. Este es, para él, el verdadero valor de este proceso musical: modificar el pensamiento de jóvenes acostumbrados a vivir de la violencia. 

El cambio social que persigue Andrés Figueredo no se establece solamente desde la trinchera de los delincuentes, sino que, además, busca la reflexión de los espectadores ante una herida social que se mantiene abierta. “Es necesario generar empatía para curarla”. Pero, claro, él mismo es consciente de la dificultad para generar ese entendimiento en una sociedad marcada por la violencia.  

El Observatorio Venezolano de la Violencia (OVV) estableció que en 2019 hubo 60,3 homicidios por cada 100.000 habitantes. Una cifra que sigue posicionando a Venezuela como el país más violento del continente por encima de El Salvador, Honduras y México. Ante esta realidad una de las mayores preocupaciones de Andrés era la aceptación empática del documental porque muchos venezolanos han dejado el país por la delincuencia. “Entonces, cómo le presentas su más grande problema a una población herida de una manera que no genere rechazo, sino empatía para trabajar en entenderlo”.

El proceso de cambio es dual entre el presidiario y la sociedad externa para crear un espacio de reinserción. Para Andrés Gilbert Caro y el proyecto de Free Convit son ejemplos palpables de ese cambio posible, pero es complicado cuando las entrañas del sistemas están podridas. No existe una posibilidad para la mayoría y al salir se encuentran con las puertas cerradas y con un Estado indolente y despreocupado.

Él comenta que en los años que visitó los penales del país pudo notar que, aunque existían delincuentes y asesinos con problemas sociópatas, la mayoría de los presidiarios estaban ahí por una situación social específica. Eran muchachos pobres, sin oportunidades, que caían presos por robar un reloj y salían con el conocimiento necesario para secuestrar, extorsionar y asesinar. “Son universidades del delito” y ellos el objeto del empobrecimiento social. Esto permite que la herida siga pudriéndose cada día más. 

El objetivo principal del documental es buscar la causa verdadera del problema. Después de once años, en los cuales se recopiló 400 horas de material y miles de experiencias, Andrés asegura que es una obra para la reflexión de nuestras heridas sociales. Aquellos que se pudren en el infierno de las cárceles, siendo cuerpos cadavéricos escondidos en la bruma de las balas y los actores de muchas acciones negativas, también son parte de la nación y en algún momento saldrán nuevamente a la calle. Es pertinente modificar desde el fondo todo el sistema judicial y carcelario del país para evitar la continuación de esta serpiente que se come su propia cola. 

El conocimiento de todas las etapas de la violencia 

Después de dos años de grabación, con visitas constantes al internado judicial de El Rodeo y otras cárceles, Andrés fue secuestrado en Caracas. Justamente, en el azar de la ciudad más peligrosa de América Latina, fue interceptado por expresidiarios de El Rodeo. Él les comentó que también era un visitante recurrente de la cárcel, pero los secuestradores no entendían la situación: “¿Qué hacía un catire, un sifrinito, metido en los penales?”. 

Andrés mantuvo la calma. Incluso al sentir el cañón de la pistola en su frente. Comenta que siempre ha sabido manejarse bajo presión y reconocía que las razones del secuestro eran económicas. Solo querían dinero. Su manera de llegar a un acuerdo fue a través de la conversación. Ya conocía las formas del argot para hablar con los delincuentes. “Por otro lado, esto me dio más ganas de seguir luchando para que eso no le ocurra a más nadie”.

“Fue una experiencia que Dios me puso en el camino para ver todos los lados de la realidad que estaba narrando”. De esta manera, conoció todos los niveles de la violencia en Venezuela: la historia del preso, las dificultades de la reinserción, el asesinato como cetro de poder y, por otro lado, el pesar de la víctima y el miedo ante la posibilidad de la muerte en momentos tan mundanos.

La Causa es un paso para el reconocimiento de las heridas podridas en la sociedad venezolana. No pretende generar un juicio a priori sobre los hombres sobrevivientes del infierno ni tampoco redimirlos en la ficcionalización de la pantalla, sino que, al contrario, es una imagen que explotará en el rostro de todos los venezolanos, tanto en el país como en el extranjero, para mostrar el hedor de la llaga violenta. “Con la transformación de nosotros mismos y nuestras acciones para ayudar a los demás encontraremos el cambio de la nación”, finaliza. 

Noticias relacionadas