Falta de bromas, y en una simulación sincronizada enteramente con cómo sería un desastre de tal magnitud en la vida real con respecto a los tiempos de desmoronamiento social, Black Summer se despega de su serie nodriza Z-Nation viniendo a contar el inicio de la pandemia vista en la historia producida por The Asylum y emitida por SyFy.

Z-Nation relataba el apocalipsis desde la perspectiva de unos pocos sobrevivientes, inmersos en un mundo en el que la mayoría de la población ha sido víctima del virus zombi, mientras intentaban llegar a un laboratorio para hallar la cura que salvara a la humanidad. Entre vueltas de tuerca y una carga satírica que parodiaba al género, las guerras de pandillas, los caníbales, el progreso cognitivo de los infectados serían algunos de los elementos que tomaban lugar en la trama. Sin embargo, en los dieciséis capítulos que lleva hasta ahora –ocho en la primera temporada y ocho en la recién estrenada segundaBlack Summer desarrolla un clima hiperrealista narrado principalmente desde planos secuencia que aportan la cuota de adrenalina adecuada al ritmo de los eventos mezclados con momentos medidos de un suspenso encarnado en terror y lejos del dramatismo, haciendo de esta producción de Netflix –quizá– una de las mejores reversiones del origen del cataclismo zombi.

Black Summer: salmones en un mismo río

Acostumbrados, o eso parece, a que el peligro sea el otro en la invisibilidad del enemigo que lleva adentro, pero anclados en el egoísmo cuando se toma consciencia de que uno también es el portador de un contagio inminente, los personajes tratarán de sobrevivir a toda costa y agruparse con quien sea sin tener cuidado en los riesgos que un desconocido pueda suponer. Así será el caso de Rose, que busca a su hija en la primera entrega, recibiendo ayuda de, entre otros, Spears y Sun. Apareciendo impredeciblemente, la muerte no ignorará a los protagonistas, marcando desde el principio que cualquiera puede caer y levantarse de nuevo para atacar a sus amigos. En pos de mantener una cohesión durante cada uno de los apartados que surgen en los distintos capítulos, los miembros de la serie sufrirán encuentros, desencuentros y reencuentros, siempre marcados por la pérdida, como ejemplifica un diálogo en la segunda temporada: “Conozco gente, ¿no? Viajamos juntos, y luego, sin motivo alguno, nos separamos. Y luego los vuelvo a ver. Meses después, los vuelvo a ver en otro lugar. Es como si todos fuéramos salmones, nadando contra la corriente, pero estamos en el mismo río. Quizá… Quizá ya no quedan muchos de nosotros.”

Incluida dentro de un género que jamás dejará de alimentar metáforas, Black Summer presenta un virus que está en el aire y que, así, se introduce en los cuerpos de modo silencioso. Morir es cambiar, es convertirse, es tornarse algo peor. Aunque la gran incógnita sea descubrir si se puede ser peor que el mismísimo ser humano. La infección por contacto directo –sí, la famosa mordida– apura el deceso. Tras la muerte, la velocidad de transformación será determinante para decidir si llorar sobre el reciente cadáver, partirle el cráneo o escapar y esconderse. El apuro, las corridas, son factores fuertemente ligados con la evolución misma de una sociedad que hace tiempo dejó la lentitud –como esos primeros muertos vivientes de George A. Romero– para andar sin detenerse y arrasar con todo a su paso. Vanguardista allá por el 2002, con Danny Boyle y su 28 Days Later, y representada magistralmente en World War Z o en el videojuego Left 4 Dead, la velocidad tanto de la infección como de los movimientos de los zombis pone en jaque al cuerpo y su degeneración en cuanto dueño de autonomía física o dispositivo político. La rapidez con la que se ingresa en el estrato de pobreza –e incluso con la que los niveles de esta aumentan– constata la presencia de una decadencia que, de no haber modificaciones, acabará en un declive irreversible del sistema económico.

En la ficción, quien posea mejores armas para defenderse y atacar, tendrá más posibilidades de sobrevivir. También, de someter al otro. Sin meritocracias o propiedades privadas, sin reglas o estamentos, sin solidaridades. Arrebatar es la nueva ley. En la ficción… una ficción que refleja el capitalismo hambriento en los ojos muertos del zombi que avanza, decidido, para propagar la infección que hace rato está entre nosotros.

Black Summer: salmones en un mismo río

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