Gaia, la diosa que personificaba a la tierra en la mitología griega, se encuentra más que presente en la película homónima dirigida por Jaco Bouwer. Con un basamento en el género de terror, ramificado hacia el eco-horror, esta nueva cinta a cargo del director surafricano narra los sucesos desencadenados a partir de un evento fortuito: la vigilancia cotidiana de dos guardas forestales en un gran, y aparentemente interminable, bosque africano. Gabi (Monique Rockman) se separa de su compañero Winston (Anthony Oseyemi) y, tras sufrir una herida, es rescatada y llevada a la cabaña donde viven dos hombres al filo del estado salvaje. Padre e hijo, Barend (Carel Nel)  y Stefan (Alex van Dyk) cohabitan con la naturaleza avasallante que los rodea. Si bien, al principio, Gabi dudará de sus intenciones, tomándolos como una fuente de peligro inminente, no tardará en darse cuenta de que, afuera del refugio, algo verdaderamente amenazador ronda entre los gruesos árboles.

Hablar sobre su esposa fallecida, y una última excursión de despedida al mismo bosque donde Barend y ella habían disfrutado tiempo atrás su luna de miel, parece ser la excusa perfecta para explicar la presencia de este padre filosófico y su hijo totalmente alejados de una civilización que solo pregona la cautividad, el acaparamiento agresivo de recursos limitados y el establecimiento de jerarquías a través de la violencia sexual. El hombre, convencido de que ver es creer, acusa a la ciencia y los avances acontecidos desde la Revolución Industrial como declaraciones de guerra hacia una diosa primordial que mora por debajo de los suelos y que ahora, decidida a recuperar lo que le pertenece, se expande poco a poco aunque de forma irrefrenable (como afirmaría Jeff Goldblum en la Jurassic Park original, allá por 1993: life finds a way o la vida se abre camino). De este modo, Gabi, asimilando los misterios de este bosque repleto de esporas, hongos que crecen en la piel, sonidos tensionantes y criaturas que fácilmente podrían confundirse con los chasqueadores del videojuego The Last Of Us, se ve envuelta en un entorno mayormente onírico, rayando la fantasía absoluta y los efectos conceptuales de cámara, hasta comprender la existencia de dioses aún más antiguos que los conocidos y los registrados.

¿Qué sucedería si H. D. Thoreau se encontrara con el horror cósmico lovecraftiano y adorara a Cernunnos, el dios celta de, entre otras cosas, la abundancia? ¿O si Green ManHombre Verde–, esa cara cubierta de hojas que, habitualmente, salen de su boca a partir de ramas o caulículos, reproducido incontables veces en arquitecturas europeas que datan de antes del medioevo, yaciera realmente bajo la superficie terrestre y un día decidiera despertar para lograr que los simios volvieran a los árboles?

Original en su retorcido apartado sonoro y visual, Jaco Bouwer toma distancia de los tópicos usuales en la industria actual del terror y se encarga de dominar trama y mensaje en apenas poco más de una hora y media. Lo que queda pensar, cuando los créditos avanzan en letras blancas sobre fondo negro, es que el planeta está fracturado desde hace rato. Y el causante de semejante fisura es nada más ni nada menos que el mismísimo Ser Humano. Nuestro error ancestral, en tal caso, es creernos eternos. Así, en una especie de bucle, se deduce mejor el primer diálogo de «Gaia», con Gabi observando el verdor predominante de la frondosidad a su alrededor: “Imagina que hubo una época en la que el mundo entero tenía este aspecto. Y mucho después de que nos hayamos ido todo esto seguirá aquí.”

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