El río Cataniapo es el más conocido de Puerto Ayacucho, después del Orinoco, debido a que difícilmente haya un habitante de esta ciudad que no haya pasado por el Puente Cataniapo, única vía de acceso terrestre que comunica con el sur del estado. Pero mucho más que un puente, al sureste de Puerto Ayacucho (norte del Cataniapo) existe toda una interesante historia vinculada a este importante río que representa la vida, subsistencia y resistencia de uno de los pueblos indígenas más importantes y fortalecidos culturalmente de la Amazonía venezolana.

Los indígenas Huöttöja, o Piaroa de la zona, no reconocen significado alguno al nombre «Cataniapo» con el que suele mencionarse a este río. De hecho, dicen que se debe tratar de un nombre impuesto por los sabarari (personas no indígenas) o tal vez por otra tribu indígena que habitó en su cercanía durante épocas pasadas, posiblemente por los Ature.

Este río es reconocido por sus habitantes ancestrales Huöttöja con el nombre de Purinäri Aje, que literalmente en este idioma significa Río Verde, en alusión a su característico color verde esmeralda. La historia sobre este nombre radica en que los ancestros de este pueblo decían que a lo largo del río existe un sinfín de esmeraldas y otras piedras preciosas, lo que le otorga este singular color que acompañan los aproximadamente 150 kilómetros de extensión de la cuenca. Las piedras preciosas, a su vez, representan un importante valor dentro de la mitología y cosmogonía de este pueblo indígena, pues a través de estos elementos han permanecido y transmitido hasta el presente los valores espirituales de los Uta Rahua (caciques y líderes espirituales). 

En una estrategia para confundir a los saqueadores, decidieron no llamarle Río de las Esmeraldas como originalmente estaba concebido. Prefirieron llamarle Río Verde o Purinäri Aje, como hoy es conocido entre los Huöttöja de la zona, aunque los sabarari continúen llamándole Cataniapo.

Foto: Luis Betancourt

A lo largo de esta cuenca habitan aproximadamente 40 comunidades indígenas, cuya vida diaria depende de este río y sus caños afluentes.

Al culminar los 38 kilómetros de carretera que bordea a este río en sentido sureste, en adelante solo quedan pequeñas comunidades fluviales hasta «Piedra Venao», la última de ellas, siendo las dos más importantes de este sector las comunidades «San Pedro y «San Pablo».

En estas comunidades pareciera haberse detenido el tiempo desde hace un siglo, o como lo llamó el explorador Charles Brewer-Carias refiriéndose a nuestra Guayana-Amazonía, parecen «islas en el tiempo».

Tenía años tratando de conocer este sector, conocer sus paisajes, su río en la zona más cercana a su naciente, sus caños, pero sobre todo conocer la riqueza cultural de su gente. En especial porque tiene la fama certificada de ser la zona y el pueblo indígena más agroproductivo del municipio Atures (municipio capital). Es aquí donde de produce el copoazú, la fruta más exótica del Amazonas por su inigualable sabor y olor,  además con alto contenido de vitamina C. 

Igualmente ocurre la mayor producción de tupiro, mañoco, pijigüao, seje y manaca o aḉai, el súper alimento que revolucionó el mercado alternativo de las bebidas energéticas, especialmente en Brasil, Estados Unidos y Europa, por una serie de propiedades antioxidantes y anticancerígenas. 

No es fácil llegar a la zona. ¡Qué bueno que así sea! Debido a que esta dificultad ha servido para crear una barrera geográfica entre occidente y el universo Huöttöja, así como las amenazas sociales y ambientales a las cuales están expuestos y sometidos los pueblos indígenas de la Amazonía. 

Para mi suerte, el día siguiente de haber llegado a Puerto Ayacucho procedente de Caracas, me encontré en la avenida Orinoco de Puerto Ayacucho a mi amigo Alberto Martínez, indígena Huöttöja y maestro de la escuela de la comunidad «San Pedro del Cataniapo», quien me dijo que luego del medio día estaría zarpando para este sector. Me comentó que en caso de querer ir con ellos, estaba disponible un puesto en su bongo (embarcación fluvial de madera) para mí. 

En este caso no me costó mucho responderle un sí. Al cabo de dos o tres horas estaba con morral al hombro sentado en el primer puesto del bongo, justo al lado de un indígena de avanzada edad. Resultó ser el Uta Rahua (cacique mayor) de la comunidad «San Pedro», con quien tuve suficiente tiempo para conversar durante cuatro horas de navegación por el río Purinäri Aje o Cataniapo. 

Nuestro trayecto lo iniciamos aproximadamente a las 3:00 p.m. En tiempo de verano este río baja drásticamente su nivel, generando leves encallamientos y obligándonos a desembarcar para cruzar por otros medios algunos rápidos, saltos o raudales. Afortunadamente navegamos con Alberto como capitán y Laureano de marinero, los más veteranos de la zona, lo cual me generó mucha confianza.

Foto: Luis Betancourt

Mientras remontamos el Purinäri Aje, observamos extraordinarios paisajes que se reflejaban en el verde esmeralda de sus aguas. Posiblemente sean cosas mías, pero desde que zarpamos nos acompañaron en la avanzada un par de garzas blancas que siempre nos esperaban sobre algún árbol caído cuando teníamos que detenernos en algún raudal.

En tiempo de verano sobre el río se observan muchas playas, arenas doradas, piedras de todos los tamaños y de todas las formas que se reflejan artísticamente sobre el verde de las aguas, pero sobre todo muchos árboles caídos en los bordes del río. Esto me recordaba a los paisajes captados en la cámara de Karl Widmann y su jaguar posando a orillas del río Caura, cuya imagen nunca deja de impresionarme y sobre la cual guardo enigmáticos recuerdos que han marcado parte de mi vocación por la Amazonía, pero ese es otro relato que compartiré en otro momento. 

Seguramente estos fueron los mismos paisajes de los viajes septentrionales de Humbolt por la Guayana, Amazonía y Orinoquía venezolana; los mismos paisajes que apasionaron a Basset Maguire, Rossel Wallace, Richard Spruce, Charles Warerton, Kons Krusber, Chaumburg, entre otros exploradores y naturalistas victorianos del siglo XVIII en sus primeras expediciones a América. Pero sin lugar a dudas se trataba de los mismos paisajes que medio siglo atrás (1970) recorrieron Pablo Anduze y Edgardo González Niño, en sus exploraciones por estas tierras y por estos pueblos del Amazonas, quienes siempre serán de gran inspiración para seguir la travesía por este camino y acompañado de esta noble gente, que en el caso de ellos, sus experiencias quedaron perennes en sus obras Shailili-ko y El Hombre y el Medio, respectivamente. 

Mientras conversaba por largas horas con Santiago, el cacique mayor de «San Pedro del Cataniapo», quien hoy se ha convertido en un gran amigo, me contaba sobre la importancia de este río para su pueblo y el valor espiritual que representa una gran y hermosa cascada, en cuyo interior están sembrados los restos de sus ancestros, que por razones de respeto cultural no mencionaré su nombre ni ubicación.

En medio de la conversa fue inevitable aceptar la invitación del cacique Santiago para quedarme en su churuata durante mi tiempo de estadía en su comunidad. Me pareció un gran gesto viniendo del líder más importante del sector.

Aproximándose las 6:00 p.m. el capitán del bongo nos informa que debido al bajo nivel del río, debemos continuar el resto del camino a pie a través de la selva, mientras él sube la carga a bordo de la embarcación hasta la comunidad. Nos bajamos un grupo de cinco personas e iniciamos la travesía entre los bosques tropicales de la selva. Adelante iban los indígenas más baquianos abriendo camino. A mi lado siempre estuvo el cacique Santiago, con quien nunca detuve la conversación a pesar de estar maravillado de estos paisajes que tanto había admirado a través de imágenes o relatos.

Eran cientos de sonidos y cantos que provenían de las copas de los árboles; era como si los pájaros cantaran en perfecta armonía, tomando en cuenta que era ya el atardecer, momento de sus diálogos ceremoniales, como dijo Jaques Lizot en su obra con ese título. En este atardecer pude escuchar, a pocos metros, el sonido de un pájaro carpintero (Picidae) mientras agujereaba un árbol seco. Por supuesto que en los atardeceres del Amazonas es infaltable el característico canto del tucán (Ramphastidae) desde los árboles más altos. 

Luego de pasar una montaña, varios conucos y dos caños con puentes elaborados de bejucos y madera, llegamos a la comunidad «San Pedro del Cataniapo». Eran aproximadamente las 7:00 p.m. Todo oscuro, todo en silencio. Apenas algunas lámparas a lo lejos.

El cacique Santiago me dirigió a su churuata y a pesar de mi renuencia, él mismo empezó a colgar mi hamaca, mientras llamaba a su compañera para presentarme con ella. Lucila se presentó con una sonrisa que iluminó la churuata y cautivó mi atención. Venía con una totuma de yucuta, una bebida refrescante a base de yuca que se le brinda a los visitantes. 

Foto: Luis Betancourt

Era una sonrisa muy simpática y pura, creo que es una sonrisa iluminada, así la definí yo. Seguramente iluminada por tantas riquezas de las cuales se nutre día a día en este reservorio cultural y ancestral.

Normalmente tengo problemas de insomnio, pero esa noche dormí en paz y profundamente. Es posible que haya sido por lo extenuante del viaje. Yo prefiero creer que fue por la magia y las buenas energías que confluyen en este lugar, en esta churuata. El palo mayor o columna central de las churuatas Huöttöja y Ye’kwana tienen un gran significado espiritual. A través de él se van los malos espíritus y entran los buenos a esta vivienda típica y a sus habitantes. 

Al día siguiente para aprovechar los primeros rayos de Sol y captar algunas imágenes, me levanté muy temprano. Ya en la puerta me esperaba la comunidad reunida, como es costumbre cuando llega un visitante. Algunos traían regalos para mí, en especial varias canä (piña), mañoco, plátano, pijigüao y cocura (especie de uva tropical).

Este gesto nunca ha dejado de conmoverme cada vez que voy a una comunidad Huöttöja, lo mismo sucede cuando voy a la comunidad Betania, Carinagüa o Pozo Terekay. Uno llega a la tratar de ayudar en algunos de sus problemas sociales y termina regresando con las manos llenas de regalos, producto de su trabajo, esfuerzo y la paciencia que caracteriza a este gran pueblo. 

Así comenzó mi primera jornada en «San Pedro del Cataniapo», con un recibimiento de la comunidad, donde a través de sus sonrisas me abrían las puertas de la amistad. No sin antes ser objeto del característico buen humor Huöttöja, al recibir el seudónimo de Teaä, que significa blanco (según ellos, por mi color de piel). Me contaron que años antes pasó por esta localidad el científico Stanford Zend, a quien también le otorgaron el nombre de Imü, que significa araguato, en alusión a la gran barba que llevaba el antropólogo y también amigo de este pueblo indígena. Para mí fue un honor, porque cuando un pueblo indígena otorga un nombre en su idioma a los sabarari, es un gesto de aceptación y de amistad.

Así se van tejiendo los valores y amistades entre los Huöttöja con los sabarari, siempre a través de su buen humor y la bondad que caracteriza a este importante pueblo de la Amazonía venezolana.

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