La Real Academia Española que “limpia, fija y da esplendor”, define la palabra falacia de la siguiente manera: “Acción y efecto de engañar” y luego: “Falta de verdad en lo que se dice, hace, cree, piensa o discurre”.

En cuanto a la virtud, anda tan escasa en estos días que preferimos no buscar definiciones.

Pero ¿a qué viene todo esto?

Resulta, amable y paciente lector, que por allí se ha dicho que la última jugada política de Henrique Capriles Radonski ha sido positiva, “porque ha obligado a Nicolás Maduro a dar un paso en adelante” y que ha sido buena, porque “abre posibilidades al juego político venezolano (sic)”.  Se comenta, además, que obligó al dictador a “evaluar las condiciones electorales” (¡no me diga!) y que puso en evidencia que “ha habido una política de saña, de control y de represión” (¿verdaíta?). Todo ello para concluir con la joya de la corona:  se logró la “libertad de más de 100 presos”.

Lo primeros comentarios me dejaron boquiabierto ante tanta estulta ingenuidad; el último me genera la misma reacción indignada que tuvo monseñor Ovidio Pérez Morales cuando comparó el tráfico e intercambio de presos con la compra-venta de esclavos, tal vez en el bazar de Estambul.

La verdad es que ver como una gran victoria, un aporte significativo, un paso en adelante, el hecho de que Maduro acepte discutir las condiciones electorales es un pelín exagerado. Eso es lo que hicieron Chávez y Maduro durante los últimos 20 años, sin que nunca esa discusión condujera a algún cambio significativo.  Tal como está ocurriendo ahora como consecuencia de la histórica y novedosa gestión de Capriles.

La voz, un tanto más agraciada, de Cayetana Álvarez de Toledo, ha sido mucho más clara: el paso adelantado por Capriles ha sido “inútil e inmoral”, pues daña al país y daña a quien dio el paso.

Tómese, querido lector, el tiempo de buscar en Youtube la argumentación completa de esta María Corina española, muy útil para quienes viven en Europa, pero absolutamente conocida y obvia para quienes moramos de este lado del océano.

La otra cara de la “falacia virtuosa” mira hacia Juan Guaidó: resulta que su “liderazgo está bastante comprometido”, pues “no conecta”.  El presidente encargado no ha sabido “perfilar un camino ni una estrategia precisa y clara”.  Aquí salimos del mundo de las simplificaciones infantiles para aterrizar en la complejidad de las realidades:  Es obvio que Guaidó ha tenido una importantísima falla:  No ha logrado el cese de la usurpación.  Dicho esto, uno podría esperar alguna idea, alguna sugerencia, alguna propuesta. Pero no.  Todo se queda en la crítica estéril y por ello meramente dañina.

Ávido de oír, me quedé con las ganas. Ni una palabra que nos indique un camino ni un señalamiento ni un mapa ni un balbuceo. Nada. Solo se insiste en decir que Capriles “agregó el tema de la participación con condiciones”. ¿Eso es todo, beatísimo Padre? ¿No tiene usted alguito más que decir? Sobre todo, si recordamos que nuestro virtuoso falaz ha sido el encargado por Juan Guaidó para la coordinación del Pacto que el presidente (e) propone con los “sectores organizados”.  ¿No le correspondía al réctor magnífico darle algún contenido al pacto, enriquecer la consulta propuesta, ayudar a trazar un mapa, ilustrarnos a todos con algún rosario de ideas?

Pocas luces nos llegaron. Ni se pudo colocar a Capriles, nuestro inveterado candidato, como un líder que ejecuta un regreso triunfal ni se ayudó en algo a Guiadó, que le está echando una bola pareja para lograr el objetivo aún no alcanzado. Capriles, que a estas alturas no sabe si votar o no, puede terminar siendo un pelele de Zapatero o una marioneta de Raúl Castro y Guaidó estará condenado a seguir comprometiendo su liderazgo.

¿Están perdidas todas las esperanzas?  A mí no me parece. Mientras haya alguien dispuesto a arriesgarlo todo fajándose todos los días para que la dura realidad termine por fracturarse y abrir cauce a una Venezuela de esperanza, allí estará la mayoría de los venezolanos.

Concluyo diciendo, como egresado de la educación jusuita, que añoro los tiempos en los cuales la estrella de la Compañía de Jesús en Venezuela era Luis Ugalde para ahora vivir con tristeza la era de Arturito Sosa y Joseíto Virtuoso.

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