Creo que iban a ser las 8:00 am cuando salí de la sala de urgencias rumbo al quirófano. Era un día raro. Entre la 1:00 am, cuando llegué, y las siete y tantas cuando salí, había llorado amargamente. Estaba furibunda. Luego me reí a carcajadas con mi madre, pero fueron solo pocos minutos antes de que regresaran la rabia, la frustración y el dolor. Era el 8 de junio de 2014 y una enfermera, por instrucciones de mi doctor, me inducía el parto con Pitocin, un parto que debía ser el 18 de noviembre.

En abril de ese mismo año fui a mi cuarta cita ginecológica con el médico que una agente de mi seguro me recomendó en febrero, cuando supe que estaba embarazada. Mi esposo y yo estábamos muy contentos con él, era cercano, amable, gracioso. Ese día nos autorizó para hacer un viaje de tres días por carretera hasta Brasil. Yo no estaba convencida de irme. Mi esposo tenía planes de trabajar allá, pero viajar en mi segundo mes de embarazo no me parecía prudente. Sin embargo, el doctor nos aseguró que no había riesgo alguno si yo me cuidaba correctamente. Hablamos de muchas cosas ese día, hablamos más que el tiempo que se tomó en hacerme mi chequeo de rutina. Sin duda mi doctor era simpático. 

El 17 de abril salimos de nuestra casa en San Diego de los Altos, estado Miranda, entre lágrimas y mucha emoción. Ya yo había vivido en España y había transitado este camino, pero, aunque se me pasa rápido, las despedidas siempre me han conmovido mucho emocionalmente. El 18 ya estábamos montados en un autobús rumbo a Brasil, debíamos llegar a Manaos para luego tomar un avión a Sao Paulo. El viaje fue emocionante. Aunque ya había viajado a La Gran Sabana, me encantó vivir ese momento con Carlos, mi esposo, diseñador de profesión y amante de la música indígena. Él estaba en su “Disney personal”, no sé si tenía la fantasía de –siquiera– pasar junto a alguna comunidad indígena y comentarle lo que él hacía; pero lo cierto es que sus ojos brillaban de felicidad. Por mi parte, yo no estaba tan cómoda por el sueño intenso que era interrumpido con las ganas de orinar. Tenía, en un bolso coqueto que me regaló mi mamá, dos antibacteriales medianos y toallitas desinfectantes para esos momentos.  Cada vez que entraba en el aseo del autobús me tomaba unos minutos para limpiar –con desagrado– la poceta (había leído que las mujeres embarazadas son muy propensas a sufrir infecciones vaginales). Una señora que viajaba con su hija pequeña se dio cuenta de lo que yo hacía y, al salir, la veía esperando su turno. Lógicamente quería orinar en un baño limpio.

Hubo mucho estrés, no lo voy a negar. No todo salió perfecto en el viaje y Carlos tuvo que aguantar la descarga hormonal en esas ocasiones; sin embargo, llegamos a Sao Paulo con tres maletas de cosas, pero cientos de maletas emocionales. Empezaba la presión. Él nunca logró comunicarse con el gran amigo que le ofreció villas y castillas en Brasil, así que tocó salir a buscar trabajo. A solo una semana de haber llegado tuve un sangrado y en seguida le escribí a mi médico, su respuesta fue que no me preocupara porque eso era normal. Hizo énfasis en que las mujeres nos estresamos por todo y que disfrutara de mi viaje. No lo disfruté ni un poco y a él le escribía casi todos los días con una noticia diferente. Me dijo que si estaba tan preocupada, era mejor que regresara o me buscara un médico por allá. 

No me extenderé en este episodio de mi vida porque la verdad me encantaría borrarlo de mi memoria. Brasil significó una cadena de errores, pérdidas materiales y espirituales; y aunque sé que el éxito se compone de una suma de fracasos, no volvería a pagar ese precio. El punto es que regresé a Venezuela unas semanas después con una terrible infección que no pude atender en Brasil. Carlos se quedó intentando resolver empeñado en labrar un futuro allá. 

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La fiebre empezó al día siguiente de tocar tierra venezolana, fue como si mi cuerpo dijera: “estás en tu casa, con tu familia y amigos, ahora sí puedes ser vulnerable”. Recuerdo que mi comadre Luanda nos llevó a mi mamá y a mí a la clínica, mi doctor no pudo llegar, pero un maravilloso chico me hizo el eco en el que las tres vimos a ese feto dando pataditas, no paraba de moverse. Aún no sabía si era niña o niño.

Al día siguiente fuimos a consulta. No recuerdo quiénes estábamos, pero la atención fue de primera, incluso olvidé los desplantes de Sao Paulo. No obstante, dada la fiebre y la infección que estaba por tocar la placenta, decidió que debía inyectarme un fuerte antibiótico contraindicado para embarazos. 

Mi esposo y yo confiábamos en su criterio y aceptamos. A los pocos días el sangrado empezó y no se detuvo. Regresé a su consulta, pero por la angustia olvidé mi tarjeta de control. Al recibirme me recordó, casi a gritos, la irresponsabilidad de no llevar la tarjeta, ¿cómo llevaría yo un verdadero seguimiento de todo mi embarazo? La verdad me sentí muy mal, él tenía razón. Mi bebé estaba en peligro y yo olvidaba la tarjeta. Si así era mi embarazo, ¿qué clase de madre sería yo? Me propuse ser más cuidadosa. Tenía un doctor que era profesor universitario en la cátedra de Ética y especialista en sufrimiento fetal, estaba en grandes manos y yo no podía darme el permiso de perder la cabeza. 

En la siguiente cita, luego del eco, se notaba que la infección iba cediendo, pero mi útero descendía cada vez más, el líquido amniótico se reducía y tenía un coágulo que empezaba a crecer. Él me tomó por los hombros y con gran cariño me dijo: “prepárate para lo peor, pero es mejor que lo pierdas ahora y no cuando tengas un embarazo de nueve meses”. Intenté abrazarlo y él me dio unas palmadas en la espalda. Días más tarde, al volver a consulta, ya estaba con mi esposo, había regresado de Brasil. Ellos hablaron, fueron bastante condescendientes conmigo, y a partir de ese momento mi médico le dio las instrucciones a él, quizá porque yo me notaba algo ausente, no lo sé.

Unos días antes de esa terrible noche del 7 de junio, mi hermano me dijo que fuese a consulta con el ginecólogo que controló el embarazo de mi cuñada. Le respondí que no hacía falta, mi médico era uno de los grandes, pero tenía el estigma de trabajar en un seguro poco valorado. Yo, de cierta forma, siempre he sido la abogada de los pobres, la que le tiene fe a las personas, especialmente a esas que los demás no valoran. Sí, mi médico tenía sus arranques que no me agradaban, pero era por mi bien, si me equivocaba alguien debía decirme las cosas como eran. Mi familia me hablaba y trataba con cierto dejo de lástima, alguien debía poner los puntos sobre las íes.

Esa noche un fuerte dolor de cadera me despertó. Llevaba semanas de reposo absoluto, sin poder levantarme de cama más que para bañarme e ir a las consultas. Era lógico que la cadera sufriera. Daba vueltas, incómoda en esa cama que me parecía que era de piedra y los masajes de Carlos no eran suficiente. Lloraba de incomodidad, pero más que todo de miedo, sabía que podría ser el día que estaba evitando. Mi esposo miraba la televisión cuando me levanté para ir al baño porque sentía un retorcijón de estómago. Regresé bañada en llanto y sangre. Le dije que lo había perdido y que se había ido por la poceta. Le gritaba que mi bebé se había ido por un retrete y aunque traté de atajarlo no pude lograrlo. Tomamos una toalla, la coloqué entre mis piernas porque el sangrado era vertiginoso. Empezaba a desmayarme cuando llegamos a urgencias.

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Mi esposo se quedó afuera resolviendo el papeleo mientras mi mamá me acompañaba. No sé si fue el trauma, la pérdida de sangre o la calma que me transmitía mi mamá en medio de su evidente preocupación, pero yo estaba lúcida, calmada, di el número de mi doctor, expliqué todo lo ocurrido. La enfermera intentó controlar la expresión de su rostro cuando le dije que había perdido a mi bebé cuando me senté en la poceta del baño. Mi papá llamó y le aseguró a Carlos que había sido solo un coágulo enorme, solo eso. Mi mamá se lo comunicó a las enfermeras, ellas al doctor y este en unas horas llegó. Ni siquiera recuerdo si me hicieron eco, si me pidieron alguna autorización… sí recuerdo que mi médico me hizo un doloroso tacto y ordenó Pitocin. No sé si fue un sueño en medio de ese estado de debilidad y confusión, pero en mi cabeza retumban las palabras de una enfermera diciendo “está vivo todavía”.

Las contracciones me despertaron. Sin tener idea de cuánto tiempo había pasado, abrí los ojos y mi mamá seguía acompañándome. Me enseñó varias técnicas de parto psicoprofiláctico, pero siempre he sido lenta para aprender, más aún en situación de estrés. El dolor físico era soportable –es lo que creía– pero el moral era el peor de todos. Creo que tuve esa revelación del que está a punto de morir y revive en segundos los episodios de su vida. Yo hice lo mismo, pero con mi embarazo. Entonces lloré, lloré mucho, grité, incluso en un momento maldije y aunque todos creyeron que eran las contracciones, mi gran secreto (hasta hoy) es que me maldecía, gritaba y flagelaba por la culpa. Yo era la responsable de todo: por hacer un viaje de tres días por carretera en mi segundo mes de embarazo, por no pedir una segunda opinión, por dejar todo en manos de Dios… Yo era la culpable.

Eventualmente la tensión bajaba un poco, a pesar de que sabía que estaba intentando parir a un hijo que ya estaba muerto, pero gritar un: “¡coño de la madre, me he cagado ya tres veces!” en medio del silencio de la sala, es una oportunidad para cagarse una vez más, pero de risa. Sí, yo aún no sabía lo que estaba sintiendo a ciencia cierta, pero mi mamá no aguantó la carcajada. Solo cuando se disculpó fue cuando yo tuve unos segundos de ataque de risa. Tuvo que haber sido gracioso para todos, ¿por qué no para mí?

Mi mamá y Carlos intercambiaban posición. Entraban y salían del cubículo a modo de guardias. Les veía la angustia y la tristeza en el rostro. Al menos ellos estaban ocupados, no podía imaginar la preocupación de mi papá, solo en casa, sin poder dormir. Empecé a recrear la imagen de mi pobre padre agachado, metiendo sus manos en la cañería del WC para recuperar el cuerpo de su nieto neonato y encontrar un coágulo que le daría unos minutos de paz; lo vi limpiando el charco de sangre del suelo con los ojos aguados y el corazón abrazando sus partes para no desmoronarse. Sabía que mi papi no dormiría esa noche. Ninguno de nosotros lo haría.

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Quizá eran casi las 6:00 am cuando entró el médico nuevamente para hacer otro tacto. Había dilatado lo suficiente, pero aún sin resultados. Me dijo que esperara un poco más. No sé si había conversado con mi familia, pero a mí nunca me dijo nada. Le dije que sentía a mi hijo pegado en las entrañas, que no quería salir; él me miró, arrugó el entrecejo y volvió a irse… en silencio. El hecho de que mi médico no me hablara reforzaba mi autopercepción de culpa. ¡Qué irresponsable fui!

El agotamiento, la rabia y la desolación me habían invadido. No sabía cómo mi esposo podía dormir con la cabeza colgando como lo hacía, el agotamiento lo había vencido. Las enfermeras no podían portarse mejor conmigo, la atención fue sumamente humana. Así que cuando una de ellas se acercó para acariciar mi mano y preguntar cómo me sentía, le pedí en llanto silente que me ayudara a salir de esa situación, “ya está muerto”, le dije, “está pegado a mí, solo sáquenmelo, ¿tengo que firmarte algo?”. Ella, que no me conocía de nada, me dio un beso en la frente y me dijo que aunque un médico lo sacara, él seguiría pegado a mí; luego llamó por teléfono y la escuché decir que no podía seguir esperando.

Creo que iban a ser las 8:00 am cuando salí de la sala de urgencias rumbo al quirófano. Era un día raro. Entre la 1:00 am, cuando llegué, y las siete y tantas cuando salí, había llorado amargamente, estaba furibunda, dolida. Ya la enfermera que me había besado la frente no estaba, pero otra me sentó en una silla de ruedas, me secó el sudor con una sonrisa y me dio un golpecito en el mentón. Un chico muy amable, camillero, se detuvo en medio del pasillo porque uno de mis pies no estaba posado en el descanso de la silla. Tomó mi pierna, la levantó con cuidado como si mi padecimiento hubiese sido una fractura y continuó su camino. 

Estando frente al ascensor, llegó mi médico. Entramos y en ese momento, sentí un fuerte dolor en la espalda. Mi reacción fue tomarlo de la mano, él miraba cómo cambiaban los números del elevador, pero su mano no se contrajo ni se movió. Mi mano apretaba la suya que seguía desmayada. El enfermero me llevó a la sala de preparación y allí tres jóvenes, dos chicas y un chico, supongo que eran pasantes o residentes, no sé la calificación, me recibieron. Uno de ellos me dijo que su hermana había pasado por lo mismo y que no soltaría mi mano hasta que yo se lo pidiera. Y así lo hizo. Yo gritaba en quirófano, ya no sentía dolor físico, pero lloraba, lo recuerdo. Él intentaba consolarme, la instrumentista también. Mi médico dio instrucciones al anestesiólogo para dormirme por completo. “No nos dejará trabajar”, dijo. El chico que sostenía mi mano seguía sujetándome hasta que perdí el conocimiento.

Desperté alrededor de las 10:30 am, pude ver la hora en el reloj digital de la pared de la sala de recuperación. Tenía una manta eléctrica y aun así temblaba de frío. Una chica, no sé si enfermera o residente, se acercó, me tomó la tensión, la temperatura, revisó mi sonda y me dijo que siguiera descansando que mi familia me esperaría en la habitación. Sin pedírselo me trajo una cobija, cubrió muy bien mis pies y antes de cerrar la puerta, con gesto sonriente susurró “descansa”. No pude hacerlo, volví a recrear varios episodios en mi mente. 

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Lo que sucedió después fue solo amor de mi familia, de mis amigos, de los desconocidos de la clínica… y fue solo amor porque no volví a ver a mi médico. Jamás se dignó a visitarme. El episodio del ascensor retumbaba en mi mente, lo veía en plano detalle una y otra vez. Luego recordé sus gritos en el consultorio por una tarjeta olvidada y los mensajes no respondidos y el “acto cariñoso” de consolarme diciendo que era mejor perderlo temprano y el dar instrucciones a mi esposo pero no a mí, y jamás darme prioridad en sus consultas, y, y, y… No lo volví a ver y me sentí tranquila por eso. Pero la culpa no me abandonó. 

En enero de 2015 supe que estaba embarazada nuevamente y encontramos un médico maravilloso, en el mismo seguro, pero él sí me dio importancia, me dijo que los tres primeros meses de embarazo eran cruciales. Me explicó que mis antecedentes hacían mi embarazo complicado y me mandó reposo, medicinas especiales, cuidados preventivos. Hizo todo lo que el otro nunca hizo (ni quiso hacer). Pero la culpa no me abandonó.

Ese mismo año leí un artículo sobre violencia obstétrica, un texto que fácilmente caería en el extremo peligroso del feminismo. De hecho lo leí con recelo; sin embargo, me marcó porque me sentí identificada. Allí decían que muchas mujeres, justamente por la vulnerabilidad del embarazo y la carga hormonal que desajusta todo, se comportan como la mujer que es agredida por su pareja, esa persona con la que cuenta, confía y con la que se siente segura. Una de las ideas subrayaba que, si bien esto no se daba en todos los casos porque cada cuerpo es diferente, 7 de cada 10 mujeres confiaban más en su médico que en su familia. También decía que entre estas mujeres había una macabra tendencia de creer que la violencia recibida de parte de su médico era necesaria y normal. Yo estaba en ese 70% engordando la cifra y validando el estudio. Entendí entonces que yo fui maltratada por mi ginecobstetra. La vida estaba dándome una oportunidad de comprender que no había sido mi culpa y que hay cientos, miles, millones de mujeres a quienes les pasa lo mismo sin darse cuenta. Pero la culpa no me abandonó.

La culpa no me abandona y no sé si lo hará, a pesar de todo sigo creyendo que yo maté a mi hijo, no lo perdí, lo maté al permitir que esa persona se encargara de “cuidar” nuestras vidas. Lo maté al no escuchar a mi hermano. Lo maté cuando me fui para Brasil. Muchos me dicen que si esto no hubiese pasado, no tendría hoy a Julieta y la culpa se fortalece porque respondo internamente que no es lo mismo evitar una vida que perderla. 

No pretendo que comprendan lo que siento, solo quiero soltar mis demonios para ver si algún día logro dormir tranquila, sin odiarme, sin culparme, sin sentir que cambié una vida por otra. Un día un alumno me preguntó que si pudiera corregir algo del pasado, cuál evento cambiaría. Se sintió decepcionado porque mi respuesta fue que era imposible y no tenía sentido siquiera pensarlo, pero sí lo pensé y me sigue inquietando la respuesta. Sigue la culpa, solo espero que esta catarsis me ayude a soltar lo que me daña. Mientras, repito casi a diario a modo de mantra: “fui víctima de violencia e hice lo que consideré correcto en ese momento. Te amo, mi Sam”. 

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