El poeta, ensayista y tallerista venezolano falleció el 9 de julio del 2020. Su vida y obra son, al final, la confluencia entre la experiencia mística y el oficio de la escritura: son la vida poética.

Conocí a Armando en el taller “¿Qué es vivir poéticamente?”, bajo el techo de la Poeteca. Su primera exaltación (porque Armando vivía del éxtasis) fue decirnos que no se trataba de un taller para poetas, sino para toda persona, ya que mientras no todos pueden escribir poesía, todos pueden vivir poéticamente. A esto sumó el valor de la atención, citando al budismo y la opción por escuchar. 

Y es que Armando no discriminaba culturalmente aquello que le resonaba, aunque de vez en cuando guardara reservas sobre ciertos postulados budistas. Al contrario, enriquecía su visión hacia el cristianismo y el catolicismo con lo periférico, porque él siempre fue un poeta y pensador de la periferia. Escribía para solidificar a través de su único camino, una opción vital. Y quizá a esto se deba su diferencia con respecto a muchos que creen el ser escritor o poeta como un hacer sin ser, es decir, un hacer versos o prosas como oficio sin el apoyo de una vida que asumió poética el poeta, sin una vivencia del éxtasis y la risa, como sí asumió Armando la sonrisa de la eternidad, siendo y haciendo. 

No eran las analogías de sus imágenes, sino lo análogo de su cuerpo, alma y espíritu con la realidad, y de esta con el poema, lo que desemboca en la poesía que conocemos: una realidad esplendorosa, donde sus sentidos dan con la luz invisible de Reverón, esa luz divina que solo a partir de la espera, no de la esperanza ansiosa, podía acceder Rojas Guardia. Pienso, quizás audazmente, que todo el eje imaginario de la poesía de Armando giraba en torno a la luz. Creo, y sigo aventurándome, (si aceptamos la dualidad nietzschiana) que todo su trayecto como poeta consistió en la búsqueda de Apolo dejando a Dioniso, quien le ensombreció los días principiantes. 

En uno de nuestros cafés (nos reuníamos los fines de semana religiosamente en la panadería al lado de su casa), me confesó buscar el abandono de Dioniso por la acogida del dios del Parnaso. Vemos cómo en El esplendor y la espera, el anhelo por ser quien es eternamente, es decir, aquel postulado de Spinoza afirmando que la piedra siempre querrá ser piedra, se halla en su anhelo a la pertenencia de una estructura cósmica, un orden universal y matemático que Pitágoras, Apolo encarnado en la Tierra, había buscado o encontrado en los números. Así, el poema “Mandala”: “La piedra permanece durando para siempre. / (…) El jardín geometriza la quietud. / Ella brota de él como evidencia / repartida en cada forma elemental / del suelo, en los rocosos, simétricos dibujos / que resuelven la totalidad de aquel rectángulo.”

Foto: Vasco Szinetar

Pero no es Apolo, el dios heleno, sino la claridad del Dios cristiano, única luz: es una analogía al esplendor. Así me confesaba Armando, mientras fumaba un cigarrillo aquel día.

En varias conversaciones, hablaba de Spinoza y su influencia en él. Conversaba sobre la vida razonable, sin exceso, del universo y la lectura de Ernesto Cardenal hacia los temas científicos, poetizándolos. Me comentaba también sobre la influencia de este poeta y la teología de la Liberación vitalmente, como de sus reservas políticas hacia esa opción. Conversaba con fluida lucidez acerca de aquello que le parecía y lo que no. Era el pensamiento luminoso aquel guía, aquel ser que llamamos Armando. 

Pero desde el inicio, en Del mismo amor ardiendo, publicado a sus 28 años, estuvo rodeado de correspondencias con Eugenio Montejo, quien manifestaba su gusto por el trabajo del joven jesuita. Y esta fama creció poco a poco hasta el siglo XXI, cuando gozó de su apoteosis como una de las principales voces líricas del país. 

Entre los poemas de su primer poemario, podemos encontrar, por ejemplo, “Casi salmo”, que Armando recordaba con mucho cariño como parte de su estadía con Cardenal. Este nace del ejercicio del collage, una de las formas modernas de la poesía desde Ezra Pound. Ernesto era confeso seguidor del modernismo anglosajón, y, más especialmente, de Pound. El poeta nicaragüense impuso a Armando, durante su estadía, el estudio riguroso del imaginista estadounidense. Pero vemos cómo en el poema la unión polifónica se da a partir de un concepto: la mezcla del monje laico, el mago, es decir, aquel capaz de juntar el espectro, disímil en sí mismo, de la pluralidad de Dante, Samsa, Van Gogh y el monje en un solo poema:

De la casta de escribas, heme aquí,

mago, monje laico,

        heme aquí

combinando los fantasmas

de las frases, preparando el hachís

de las sílabas oscuras:

puedes verme

en esta misión donde me quedo

hasta derramar la última letra.

Heme aquí,

mis ojos se acostumbran:

una mezquita donde había una fábrica,

un grupo de tamborileros formado por ángeles,

calesas por los caminos del cielo,

un salón en el fondo de un lago,

monstruos, misterios

(él andaba en Londres o en Bruselas

ahíto de revólveres y vértigos).

A la mitad del camino,

     heme aquí

alimentado

por estas noches blancas del poema,

lunas ebrias y amarillas,

cultivando verrugas misteriosas

de las que sale un hombre

sin abrazos,

    pieno di sonno a quel punto

Pero Tú,

    tú,

di una sola, la única Palabra,

tú que estás detrás de este alfabeto

esmerilado,

   di esa Palabra

capaz de engendrar y de engendrarme,

desde tu lado dime

   tú

(y mi alma quedará sana)

echado en su cuarto, en las tinieblas,

invisible para los demás, podía contemplar

a toda la familia

   en torno a la mesa iluminada

Yo, Gregorio Samsa, certifico

que de veras

es poco más la muerte

Por eso a veces odio

a esta sucia pintura

De pronto no basta,

es amarga la belleza,

hay cuervos

           en los campos de trigo de Auver–sur–Oise,

primer eslabón de lo terrible.

   Cruzado

por todos los metales del sol crudo

en un autorretrato

(¡di tú esa palabra, Théo!).

Ven en mi auxilio,

date prisa en socorrerme

el albatros está ciego en el océano,

en la sonora enorme sed

que no puede contener este cántaro

de frases,

me has agarrado, me has podido,

Tú me sedujiste,

Otro total,

Vacío de mí,

el-que-está-enfrente reclamándome,

lector: ¡mi hermano!

En la víspera,

derriba al poderoso,

vacía al rico

(haz estallar mis cercas, línea a línea),

tú, Humanidad escogida, pobre esclava

(Todos, vengan todos, suban todos, entren todos

siéntense todos:

éramos pobres, pobres, pobres, pobres, pobres),

Stella matutina,

entraremos en las espléndidas ciudades,

juntos,

Ianua coelli

          e quindi uscimmo a riveder le stelle.

Mas no habría logrado esta mezcla sin un hilo minucioso, sin capacidad de armonizar los registros. En esto se basa la armonización, término pitagórico para la invisibilidad que une las diferencias en un cosmos, luego aplicado en la música como la lectura vertical de una partitura, o mejor, la composición vertical. 

Así, llegué a hablarle a Armando en nuestra primera reunión. Le confesé mis ánimos, mi pensamiento acerca de la poesía bajo los términos musicales que siempre he defendido. Le hablé del sistema dodecafónico, más las consideraciones de Pound, en busca de la armonía. Recuerdo que me dijo, en otras palabras: el último poeta que recuerde, cuya obra puede verse desde la armonía, es Rubén Darío. Y es que esta armonía, esto que llamamos la mística se da por la pictografía de la luz en sus poemas. En Poemas de Quebrada de la Virgen, escritos durante un retiro con los jesuitas, podemos obtener las profecías de ese futuro, maduro Armando, poeta de la luz: “Adoré antes cada dádiva de Eros / Ahora sé que en todos mis deseos / ardes Tú —invicto y detergente / como la luz, delfín pulquérrimo, / nada y salta en los colores / sin mancharse con ellos.” Es lo que sostuvo en la Conversación 1 que mantuve con él hace unos meses (fíjense en la distancia temporal entre mis Conversaciones y Quebrada de la Virgen): 

“Una finitud no sufriente es una contradicción y un absurdo, tan contradicción y absurdo como un hierro de madera o un círculo cuadrado, porque una creación perfecta sería otro dios, y Dios decidió crear la finitud, esa finitud imperfecta y sufriente para que ella fuera su interlocutora y el objeto de su amor. No… La creación no es un espejo en el cual Dios se mira y se auto-admira vanidosamente a sí mismo, sino que es otra entidad distinta al ser de Dios.” Ese que “nada y salta en los colores / sin mancharse con ellos” es Dios, o como él y los místicos lo llaman: el Amado. Es esa entidad distinta capaz de crear, estar en su creación, sin mezclarse con ella, con su finitud. O aquí de nuevo, donde aparece la luz divina: “Los aprendo aquí, sobre estos cerros, / bajo estas nubes buenas: ahora existe / una fiesta celebrándose en la carne / de la intemperie triste de las cosas / (¿dónde duele / ese picotazo de la luz, / cuándo vibra esa cadencia de las formas?)”

En 1985, Armando ironiza el amor, los lugares comunes, las formas centrales, y las contrarresta desde su periferia que aguarda, ríe y critica, en Yo que supe de la vieja herida. Es este un poemario desde la lucidez, e incluso audazmente afirmaría, de escepticismo hacia lo terreno. Aun aguarda el momento en que puede, como un bardo, decir: “Si yo dijera así (y ya lo han visto: / puedo ser tan moderno, yo, tan lírico, / tan / barthesiano si me lo propongo, / tan lector de Saussure como cualquiera, / tan sintaxis de sala de conciertos), / si yo dijera así, les mentiría: / barnizando de doctrina mi poema —semiológicamente, por supuesto— / disfrazaría tan solo mi homenaje, / obsceno como sexo de muchacho, / a la perra tenaz, la puta invicta, / que me sigue los pasos y me muerde / todos los días el alma, igual que en Como. / Y acaso sea por eso que me burlo / de ese animal espléndido, acezante, / de ese monstruo tallado de deseo, / de ese tótem magnífico mirándonos / con ojos de Cernuda en esta tarde: / me defiendo con unos versos torpes, / este Chopin tocado en la retreta, / ese art nouveau de casa de La Guaira, / esta foto velada de Venecia / que ensucia en la avenida un automóvil, / esta añoranza a la que más bien quiero, / en vez de desnudarla desnudándome, / nombrar como Andrés Mata en una plaza / bajo los almendrones de Macuto / junto a un vals merideño en la rocola.”

Foto: cortesía

Armando pareciera quitar las vestiduras para la limpieza de los adornos, hasta la estructura cruda de lo real, hasta la matemática mental de las cosas. A través de la burla y la ironía, a través de la sátira, encuentra en las pomposidades y los excesos una presencia innecesaria, y una necesidad por quitarla. Es este el poeta crítico, pero también el poeta humilde (él me manifestó considerarse un poeta menor hasta que salió su primer libro, y sintió los afectos de quienes admiraba, aunque, aún en sus últimos días, se consideraba a sí mismo un poeta detrás de Rafael Cadenas). Cuanto él manifestó es que su vicio era la adjetivación y algún romanticismo, pero para mí, el hecho de saberlo implica consciencia de sí mismo, es decir, una capacidad autocrítica incisiva, necesaria en todo poeta. Además, ¿no es todo poeta actual un hijo del limo, como diría Paz? ¿No es cada poeta moderno hijo de la primera ruptura? ¿No es Cadenas también un poeta de ser y hacer poesía? ¿No es la vida del poeta su po-ética?

Podría seguir la exacta cronología de Armando en contrapunto con aquel que conocí, el último, el de las reflexiones de Facebook, el bautizo del libro de Ana María Hurtado, el conversador, el entrevistado, el enfermo, el más querido (porque en sus últimos días, los afectos hacia él se intensificaron). Podría seguir y demostrar la arquitectura lenta que sus inicios cimentaron y sus últimas palabras techaron, el continuum infinito hacia un porvenir generacional de amados y amantes lectores, la velocidad lumínica que lo afectaba en sus tiempos de éxtasis, la gravedad de sus pensamientos decantados, pero solo sería una eterna repetición atendiendo a Kierkegaard, una prisión en la que comprimiríamos las posibilidades expansivas de su obra, muy presentes, unas rejas castrantes de una voz plural, de un colectivo impensable sin Armando, de unas voces como Francisco Catalano y Adalber Salas, enormes desde sus posibilidades. No, a eso no atiende cuanto escribo. 

Solo recuerdo al ser-poesía de Armando y busco recordar su hacer, aunque requiera de un ejercicio platónico harto encumbrado, y los contrapongo en una visión armónica de cómo debe hacerse y vivirse poéticamente. Como siempre le decía, hoy más que nunca le deseo a ese hombre de bocanadas y risas esdrújulas, de pensamiento grave y sencillez de monje laico, le deseo que la eternidad le sonría.

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