Octavio Paz en El arco y lira describe minuciosamente las características innatas del poema. Es la versión viva de lo indecible y expresión cabal de la pureza humana. “La poesía revela este mundo; crea otro. Pan de los elegidos; alimento maldito. Aísla; une. Invitación al viaje; regreso a la tierra natal. Inspiración, respiración, ejercicio muscular”. La poesía, entonces, revela el mundo indescriptible de la realidad y codifica a través de la búsqueda entre las escaramuzas del lenguaje la emoción abstracta. Muestra la realidad en su esencia, en su dilema constante; crea, a su vez, con la volatilidad del signo que nunca muere y es transformado una y otra vez en nuevos significantes, sin descanso, para ampliar la percepción del Ser. 

Es la vida y la muerte, el tiempo y el espacio, lo vivido y lo melancólico; es todo aquello que forma parte del núcleo que define la humanidad. El lenguaje es su medio, su camino que marca con palabras los árboles y deja migajas para reconocer los lugares para el regreso. Es la preocupación máxima del poeta porque solo a través de él podrá crear el mundo que nunca antes se había mencionado. Una creación sustentada en la trascendencia, no en la fenomenología de los objetos. Las palabras, tan voraces y eternas, permiten que la vida efímera del ser humano, perdida en el siguiente paso, logre reconocerse sin importar el tiempo. 

Para Rafael Cadenas cada palabra debe mantenerse como un latido, un temblor tenue pero constante, sin aras de detenerse y tampoco, siquiera, apaciguarse. El poeta es un ser que vive en una eterna búsqueda. Una persecución a través de los más áridos desiertos que nunca tendrá un destino claro, pero no es su objetivo tenerlo. Es la búsqueda sin fin la única máxima que el poeta debe reconocer para sus días en el mundo. Sobre este tema se han escrito ríos de tinta, durante toda la historia humana, porque, al final, es la multiplicidad de signos lo que nutre el poema. 

Ahora, en los últimos años la banalización de la relación humana y la camisa de fuerza emocional de la autoayuda, de las frases rimbombantes de un adolescente enamorado, donde la tecla enter pareciera ser el único factor posible para escribir un “poema”, ha permeado un encuentro conflictivo entre la concepción poética y la percepción de la mayoría, por así decirlo. Toda época tiene, de alguna manera, este proceso de confusión, pero es imperante tratar de buscar las razones para la creación de las nuevas categorías superficiales de “poeta de Instagram” o “poeta de Twitter”. 

¿Es la masificación de esos medios lo que produce legitimidad en lo escrito? Mucho se ha dicho sobre las diferencias entre venta y calidad en el ámbito creativo, sobre todo literario. A veces, ambos confluyen en una sinergia especial para dar legitimidad masificada a una obra con gran transcendencia escrituraria. El boom latinoamericano podría ser uno de los mayores ejemplos de este proceso.  Pero otras veces la producción de frases clichés, pequeños fragmentos de cursilería que estiran hasta el quiebre situaciones irreales de amor ficticio, con un lenguaje endeble e imágenes pobres, se posiciona como “lo literario” en el espectro social por su vaguedad que, al final, produce una reacción común. 

La editorial Espasa, ubicada en España, publicó el 4 de septiembre de 2020 el veredicto de la tercera edición de su concurso literario Espasa es Poesía. El ganador fue el venezolano Rafael Cabaliere por su obra Alzando vuelo. El jurado del concurso estuvo conformado por Luis Alberto de Cuenca, Ana Porto, Marwan, Alejandro Palomas y Ana Rosa Semprún. Podría considerarse como una noticia positiva para el ámbito literario venezolano, por la visibilidad internacional que permite un concurso literario. Además, Venezuela cuenta con una historia poética muy importante, con grandes referentes como José Antonio Ramos Sucre, Andrés Eloy Blanco, Hanni Ossot, Eugenio Montejo, Armando Rojas Guardia, Rafael Cadenas, entre otros, pero que ha sido desconocida en el extranjero. 

El veredicto dicta que la obra de Cabaliere “tiene un tinte juvenil y motivador, fresco y urbano, con cientos de miles de seguidores” y que las razones para ser escogido como ganador fueron su “conexión y empatía con las nuevas generaciones”. De una vez, al leer la noticia, busqué por Internet el trabajo de este escritor venezolano. Era necesario conocerlo y, sobre todo, leerlo. En un principio el matiz de “cientos de miles de seguidores” como una razón para determinar lo poético de una obra, como si aquel verso leído por pocos es menos capaz de ser poesía que aquel compartido con miles de likes, retuits  y comentarios, me pareció curioso. Lo primero que aparece con su nombre es una extensa cuenta de Instagram con 711.000 seguidores y una cuenta de Twitter con 875.000 seguidores.

Sus publicaciones, es decir sus “poemas”, llegan a lugares inimaginables y a cifras increíbles. Luego, con la lectura de su obra publicada en la fragilidad de las redes sociales me di cuenta que el matiz, antes pequeño, de los “cientos de seguidores” construía las razones de su premio. Es verdad, su obra se comparte, una y otra vez, como si de un meme se tratase, pero este factor de difusión masiva no determina el espectro poético de una obra. Su legitimación en el mundo editorial lo único que produce, además de unas cuantas ventas, es el ensanchamiento de la confusión entre la poesía y la mayoría de la población. 

Las opiniones dispares sobre una obra son, en sí mismas, parte de la dinámica de la publicación. Las razones para la escogencia de un texto por una editorial o, en este caso, un jurado están resumidas en el entendimiento poético de los mismos. Entonces, a partir del texto entregado como veredicto es posible reconocer que una de la razones, quizás la más pesada de todas, para el galardón es la representación del influencer en el ámbito literario. Se buscan los escritores de Twitter, los poetas de Instagram, los escribidores de redes sociales para potenciar a través de los anglicismos del mercadeo digital una obra que por sí sola es huérfana. Es la inclusión del influencer, como figura representativa del contenido virtual, en la escritura para ganar, quizás, nuevos consumidores.

“Sé feliz, lo mereces por todos/ los días de tormenta/ que pasaste,/ vive para estar bien/ y que nada logre derribarte./ Eso es lo importante”. Es uno de sus poemas. Tiene 29.000 likes en Instagram. Una cifra sorprendente, ¿verdad? Pero en su lectura solo se logra escudriñar, si hay algo escondido en ella, la insensatez de un poema que solo es reconocible porque se separa cada cierta cantidad de palabras. Así como los libros de autoayuda, que tienen una aceptación muy importante en el comprador común, estos poemas se dirigen a la vaguedad de una emoción banalizada. Constructos reconocibles de un “paño de agua tibia” lingüístico, donde no se revela el mundo y, por ende, tampoco se crean nuevos signos para entender otras realidades.

Es una frase que muere en el like o, quizás, en la acción de compartir. Es una obra tan débil como la categoría que engloba, la de “poesía de Instagram”, porque no tiene una trascendencia posible. Es finita y fallece al instante; no persigue una estética, un sentido reconocible de lo humano, sino que, simplemente, explota la imagen empobrecida de emociones comunes con un lenguaje asimilable a un mensaje de WhatsApp. 

Toda emoción es válida, pero la escritura es un artificio de la concepción natural del sentir humano que, en este caso, se transfigura a través de la mediatización del maniqueísmo emocional. Lo bueno siempre será bueno y lo malo siempre será malo. Así, en fronteras distintas, como si la complejidad de la vida se resumiera en dos polos contradictorios. Este tipo de “poemas”, nacientes en la vorágine de cuentas en redes sociales de “letras y café”, de “amante de las letras”, construyen una artificialidad de la realidad y permea la forma de aprehender lo ocurrido. Todo está mediado por una serie de máximas, recogidas del basurero de la autoayuda, para establecer un fin único en la vida: la búsqueda de una felicidad banalizada. Entonces, la complejidad de la emoción humana, espacio de lo poético y lo literario, se diluye hasta quedar reducida a una frase como miles de likes. 

Otros de sus versos con miles de likes en Instagram dicen: “un abrazo tan largo/ como el tiempo/ que llevamos sin vernos”. El discurso desgastado de los conferencistas de autoayuda aparece una vez más para jugar con la imagen de la nostalgia artificial que, después de repetirse mil veces, se establece como el único punto reconocible de la melancolía. Una imagen endeble, como el eslogan publicitario de una marca de detergentes, que no refleja una interioridad, un sentido plausible del menester poético, sino que explota la cursilería para atraer a los incautos. 

¿Qué es la poesía? es una pregunta incontestable, de cierta manera. Lo mismo pasa al preguntar sobre las características de la literatura en general. La riqueza reside en la multiplicidad de sus formas, en el aspecto lúdico que está en constante modificación, en su renacer con cada nueva lectura. Un verso cambia una vida y, al contrario, una vida puede estar resumida en un verso. Lo único ineluctable es que la “poesía” invadida por la banalidad del like y el retweet, con frases reconocibles en la emoción vacía y en la difusión volátil de la simulación, morirá con la misma rapidez con la que fue engendrada. 

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