•  Un servicio de cremación o inhumación cuesta entre 300 y 350 dólares, pese a que los velorios están suspendidos. María Carolina Uzcátegui, expresidenta de Consecomercio, y Joel Uribarri, presidente de la Cámara Funeraria, describieron un panorama fúnebre para el negocio

A la cola de la estación de servicio de Bella Vista, en Mérida, llegó una carroza fúnebre de color azul eléctrico el 23 de octubre de este año. La conductora era una señora de ancha espalda y caderas, de brazos gruesos, de cabello castaño, vestía un pantalón y una ajustada blusa de color lila. Su nombre es Carmen Eliana Dugarte Mora, de 33 años de edad. Notó, seguro sin demasiada sorpresa, a los policías municipales, custodios perennes de la gasolina, y pidió una prerrogativa: pasar sin demasiados inconvenientes a abastecerse de combustible, lo que corresponde a los que mueven los muertos.

Pero si algo impera en esta época es la desconfianza, la cual es tan alta que incluso pone en riesgo -de muerte- a la viveza criolla. La conductora de la carroza fúnebre dijo que llevaba a una persona fallecida por covid-19. Procedieron los funcionarios, movidos por la sospecha, a revisar la carga. ¿A verificar que el muerto estuviera realmente muerto?

Y cuando levantaron la sábana, los policías vieron que el cadáver respiraba. Descubrieron después que se trataba de Jackson Belandria, supuesto fallecido por covid-19. Y tanto Carmen como Jackson fueron detenidos de inmediato. 

Foto: Diario Los Andes

“Que no estaba tan muerto, sino que vivía”, relata María Carolina Uzcátegui, expresidenta de Consecomercio y empresaria del negocio funerario, y asegura que se trata de una práctica común. No la del falso fallecido, que se volvió noticia en el país, sino la de que las carrozas fúnebres deban obtener gasolina mientras trasladan al cuerpo a su lugar de descanso final. Se trata de una solicitud de los propios funcionarios, comenta.

Todas las funerarias han tenido problemas para acceder a la gasolina”, asevera Uzcátegui, mientras que Joel Uribarri, presidente de la Cámara Funeraria de Venezuela, acota que Cumaná, San Cristóbal, Maracaibo, Valencia son algunas de las ciudades más afectadas.

Coinciden ambos en que Caracas es privilegiada en cuanto a los asuntos necrológicos.

“Se pierde mucho tiempo en las colas y eso afecta al negocio. Hay quienes han estado dos y tres días en cola, eso depende del estado o la ciudad. De hecho a veces se van con los difuntos para que le den prioridad a la carroza. Depende de la alcaldía y las gobernaciones”, dice Uribarri.

La escasez de gasolina, sin embargo, es solo uno de los problemas que aquejan al negocio de las funerarias en Venezuela.

“Han bajado los negocios”

Cuenta Uribarri que el negocio funerario se ha visto afectado por la cuarentena derivada de la pandemia de covid-19. Con los velorios suspendidos, el último rito de acompañamiento de las personas con sus seres queridos fue reducido a un protocolo de despedida. “Unos pocos familiares comparten con el fallecido por tres o cinco horas, cuando no ha muerto por covid-19”.

Si la causa de muerte fue por el virus, el camino es directo a la cremación o a la inhumación, dependiendo del estado.

Pandemia. En Venezuela han muerto 871 personas por covid-19. Dichas cifras no contemplan a los fallecidos por el gremio de la salud.

Un servicio funerario que incluye cremación directa -es decir, la búsqueda del fallecido y su traslado al crematorio- puede costar entre 200 y 300 dólares, indica Uzcátegui. Si se trata de un servicio de cremación regular, que incluya ataúd, el precio se ubica entre 350 y 400 dólares. Un servicio tradicional, con velatorio discreta, puede costar entre 300 y 500 dólares.

“Hay estados donde no hay crematorios, por lo que se procede al entierro directo. En algunos estados están aceptando inhumaciones autorizadas por el Ministerio de Salud o las alcaldías”, explica Uribarri.

Y ante la pandemia, los negocios han tenido que hacer grandes inversiones, indica la expresidenta de Consecomercio, María Carolina Uzcátegui. 

Nos vimos obligados a adquirir muchos equipos de bioseguridad porque, obviamente, estamos sobreexpuestos al virus, tanto o más que el personal médico. Hemos comprado trajes de bioseguridad, insumos, e incluso una nueva línea de ataúdes que no pueden abrirse y ser manipulados, porque el fallecido debe ir dentro de una bolsa y luego dentro del ataúd”, detalla Uzcátegui.

Para el momento en que se escribe este reportaje, en Venezuela hay dos “salarios mínimos”: Uno no oficial, de 1.200.000 bolívares, equivalentes a poco menos de dos dólares a la tasa oficial del Banco Central de Venezuela, y uno oficial, de 400.000 bolívares, equivalentes a menos de un dólar en la mencionada tasa. Se requerirían, pues, 150 sueldos mínimos para poder costear el servicio.

De la muerte por covid-19 al descanso final

Relató Joel Uribarri el camino que hacen los fallecidos por covid-19 hasta las últimas llamas.
“El cuerpo viene en una bolsa de bioseguridad desde que sale de la clínica o del CDI, y es bañado en hipoclorito. El conductor, que lleva traje de bioseguridad, no tiene contacto con el cadáver. Al llegar al crematorio, una persona recibe los restos del difunto y lo pone en el horno. Luego se fumiga todo”.

Pese a la constante escasez de gas, las funerarias han estado en contacto permanente con las autoridades para abastecerse del carburo, dice Uzcátegui.

Morir en Venezuela se ha vuelto sencillo, entre la inseguridad rampante, la falta de medicamentos y, ahora, la pandemia por covid-19. Lo difícil, y no accesible para gran parte de la población que vive bajo el umbral de la pobreza, es conseguir un entierro o cremación digna, que permita una despedida verdadera y no se trate de un mero trámite.

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