El núcleo de las expresiones culturales se ha modificado con el pasar de los años y la generación líquida, diluida entre la multiplicidad de la nada, aunque suene paradójico, tiene un encuentro diferente con las grandes incertidumbres de la adultez temprana. Master of None es una serie -disponible en Netflix-, con tono de comedia, que ha particularizado la sensación de vacío perpetuo y la ausencia de discursos preestablecidos para reconocer el futuro en los personajes. 

La primera vez que vi Master of None -creada por Aziz Anzari, Lena Waithe y Alan Yang- estaba saliendo de una relación muy larga y, además, me encontraba a la deriva de forma profesional y académica. Las cosas parecían no tener soporte y, obviamente, la sensación de vacío se cierne sobre el interior.

La serie es un sitcom preciso y puntual para presentar la vida de un joven, a finales de sus 20 años de edad, en la ciudad de Nueva York. En un principio, se podría considerar que la lejanía y las diferencias de ambos contextos produce lecturas aisladas de la realidad, pero, al final, la globalización de las redes y nuestro encuentro con ellas son una forma de reconocernos en la historia de Dev. 

La lectura de sus padres inmigrantes, de otra generación en la cual la diversión y la exploración del deseo no eran primordiales, tampoco la felicidad, sino las ansias de producir para establecerse en un lugar seguro, son una de las principales características de la serie. Era necesario conseguir las tres bases del futuro: la casa, el empleo y la familia. Ese capítulo, de alguna manera, permite a los espectadores analizar las cualidades del presente y, además, la asimilación de las nuevas generaciones ante problemas nimios. Cada uno tiene una forma de ver la realidad, incluso siendo tan cercanos como padre e hijo, ya que la construcción cultural de ambos se ha realizado de manera diferente y, al final, la única manera de limar las asperezas del hastío es el tiempo juntos y el entendimiento del otro. 

Las relaciones amorosas son uno de los problemas más notables de los personajes por el gran temor a reducir la experiencia de vida a la estructura clásica del amor cultural y el acabose de toda posibilidad futura. Es decir, el relato del amor perpetuo, casi sangrante, en el cual existe un amante y un amado, se ha roto por completo y las escaramuzas de esa idea introduce al individuo en la duda sobre su futuro. ¿Será esta la persona con la que quiero pasar el resto de mi vida? ¿No seré muy joven para darle respuesta a esa pregunta? ¿Cómo saber si la propuesta no está antecedida por el temor a una vejez en completa soledad? ¿Estaré seguro de esta decisión? ¿Ella lo estará? 

Hace poco Jorge Carrión, crítico cultural español, escribió un artículo para darle respuesta a la duda sobre la decadencia del “amor romántico” en las formas de consumo artístico. El cine y la televisión son ejemplos inmediatos, pero certeros, para reconocer el cambio de paradigma en la forma de amar. Las comedias románticas de los años ochenta, noventa y principios del siglo XXI tenían una estructura en la cual el objetivo era la relación amorosa y el camino estaba marcado por el sacrificio del amante.

Este prototipo de personaje encontraba un vacío en su existencia al verse sin la otra persona y, a su vez, la reflexión sobre la ausencia lo empujaba a dejar todo atrás por un amor inmediato que terminaba con el reencuentro entre tonadas suaves de felicidad. El beso al final del camino, mientras ambos sonríen y suspiran como el preludio de una relación de eternidad, sin matices de dolor y conflicto. Este ejemplo de estructura era la primera relación reconocible para los jóvenes de las generaciones pasadas bajo un matiz idealizado, ya que, quizá, en sus hogares el desgaste familiar había incurrido en dinámicas de agotamiento de ese “amor perfecto”. 

Master of None

Algunos esperaban encarnar la imagen del hombre que corre bajo la lluvia para alcanzar el último vuelo, en el cual ella, por alguna razón del destino, se irá de la ciudad. Otros deseaban ser John Cusack con un altavoz frente a la ventana y, del otro lado, ellas esperaban aquel mismo hombre. Sin embargo, las máximas de la ficción no se asimilan a la vida común de los seres humanos y el desencanto del “amor eterno” producía el descubrimiento de la pesadez. Ahora, las nuevas percepciones de la inmediatez, con relaciones entendidas bajos las reglas y los límites difusos de la red, rostros reconocibles medianamente a través de las simulaciones de la pantallas, “likes” a diestra y siniestra, personificaciones simuladas de lo real, introduce al individuo a una nueva manera de reconocerse ante la presencia del otro. Es una relación naciente con la conciencia de su final. 

Ante esto podríamos traer a colación lo dicho por Byung-Chul Han en su texto Topologías de la violencia, y en el resto de su obra, para entender el cambio de paradigma de las relaciones humanas: la creación de un sistema sin bases reconocibles en la construcción mitológica es el inicio de una bifurcación conceptual, sin destino posible, en la cual el todo es la nada y viceversa. Por ende, los individuos se agotan en sí mismos y la única violencia, entendida como el cambio continuo de la experiencia, ocurre en el interior de cada uno. 

Esto permite que el “amor” se difumine entre las distintas formulaciones del “yo” y se libere, como es de esperarse, de sus grilletes serviciales al servicio de un otro idílico. Sin embargo, la interiorización perpetua crea una duda, más que una reflexión, sobre el hecho de la relación humana. Es una condena, en algunos casos, que lleva al agotamiento de sí mismo y se materializa en depresión. 

En uno de los episodios de Master of None Dev tiene decenas de citas a través de una aplicación. El formato de la cita es el mismo: un restaurante, un bar y una conversación inerte. La inmediatez de la relación humana y la banalización de la red tiene como resultado el cansancio interno del individuo. La búsqueda eterna se vuelve estéril, inoportuna, condenada a nunca tener un destino. 

Albert Camus dijo en su discurso al recibir el premio Nobel, en 1957, que: “Indudablemente, cada generación se cree destinada a rehacer el mundo. La mía sabe, sin embargo, que no podrá hacerlo. Pero su tarea es quizás mayor. Consiste en impedir que el mundo se deshaga”. Ante estas palabras de uno de los mejores escritores del siglo XX me planteo la duda sobre la posible tarea de nuestra generación y creo, aunque es una lectura debatible, que no recae en rehacer el mundo, pero tampoco en evitar que se deshaga, sino en simularlo en una realidad alterna. 

Perseguimos el sueño marciano, creamos lugares de Inteligencia Artificial, en los cuales la conciencia se traslada del destino irreconocible al algoritmo, porque, al final de todo, pensamos que este mundo está en proceso de fallecimiento y la única manera de continuar la estirpe humana es en otro lado. El lado oscuro de la individualización podría ser la relación humana ocurrida, solamente, bajo las necesidades biológicas de procreación y la mecanización del cuerpo. 

Ahora, como podemos ver en Lost in Translation, de Sofía Coppola; Her, de Spike Jonze, o en Master of None o Fleabag -creada por Phoebe Waller-Bridge-, existe un aspecto positivo en el reconocimiento de la individualidad. Los personajes son capaces de alejarse del otro, sin que esto represente, como en la construcción amorosa del pasado romántico, el agotamiento del “amor”. No son reformulaciones del Werther, sino, en cambio, individuos partícipes de una relación equilibrada y en constante vigilia de sus deseos. 

La historia de Dev en Master of None es una mirada al encuentro con los discursos reconocibles del amor. En la primera temporada su relación duradera se termina por el miedo al agotamiento de la pareja y, además, por la obligación de seguir una estructura predeterminada que solo tendrá su fin en la muerte. Al final, ella sigue su camino y él decide irse por otro lado. Esto permite entender la importancia de la decisión individual ante la sensación del sacrificio del amante al ver la despedida de su amada, en términos platónicos. 

En la segunda temporada se enamora de una mujer comprometida, la cual le corresponde en su pequeño enamoramiento, pero son vistazos de “un amor de verano” y ella, la única que tiene todo por perder, decide asimilarse en el discurso amoroso y dejar todo atrás mientras persigue el idilio de amor con Dev. Sin embargo, la pregunta después de este final esperado es: ¿Qué ocurrirá al terminarse la algarabía? Posiblemente el cansancio de una vida automatizada. La relación amorosa ya no representa un punto de liberación, sino que al concluirse y estructurarse, como todo deseo, se agota. 

La primera vez que vi Master of None me ayudó a tomar algunas decisiones importantes en mi vida. Pude, de alguna manera, reconocer otros discursos amorosos despojados de todo sacrificio y entendí la importancia de la individualización. La segunda vez que la vi, mucho tiempo después, descubrí el camino necesario entre los pasajes interiores para, posteriormente, encontrar un amor equilibrado, sin fantasmagorías de comedia romántica. El discurso preestablecido del amor ha sido víctima de la sociedad del cansancio y está en proceso de agotamiento, pero, al final, renacerá otra manera de encontrarnos con el otro. 

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