“Con la deformación de un texto pasa lo
mismo que con un asesinato. Lo difícil no es
ejecutar el acto, sino eliminar las huellas”

Freud.

Decidido a adentrarme en la espesura del bosque de la traducción, cruzó por mi cabeza referirme aquí —ingenuamente, lo sé— a Babel y a sus todavía vigentes consecuencias. Al revisar si vendría bien el título “Los hijos de Babel”, me encuentro con que es el nombre de un grupo de rock argentino, y el de un reality show español. “¿Quién me manda?”, decimos coloquialmente en Venezuela. Pero tanta fuerza tienen la torre inacabada y su sombra, que no abandoné la imagen primigenia de la multitud de sus vástagos.

“Traducir es admirar”, recuerda nuestro destacado crítico y poeta Alejandro Oliveros, tal y como lo enseñaba en Valencia el sabio mentor de los psiquiatras de Carabobo, el maestro José Solanes. Y es lógico pensar que la traducción es una de las maneras de elogiar al autor y a la obra traducida, si no, ¿por y para qué verterla a nuestro idioma? Pero la emoción en esos elogios no necesariamente va a la par con la confiabilidad en el “traslado” del texto, y no son despreciables, ¡nunca lo son!, las consecuencias de esas infidelidades.

Pienso, de forma un tanto iconoclasta, aunque para nada sea esa mi intención, en ciertas malas traducciones en el ámbito religioso. ¿No parece ilógico que el ángel Gabriel le dijera a María: “Dios te salve…” (Luc 1, 28), cuando, según la fe, es evidente que ella ya estaba a buen resguardo de cualquier incertidumbre en el Más Allá, por ser la Madre de Dios?

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Ocurre que este “Dios te salve” no expresa en nuestro idioma lo que sí hace en el original latino (en referencia a la lengua de Roma, no al spanglish de algún barrio de Miami). Ese salve era el saludo corriente de la época (o Ave), y directamente su sentido era desear salud al receptor del mensaje. Con lo que se podría traducir como “Salud, María…”, o “Dios te saluda, María, que estés bien…”. De hecho, la versión de la Biblia utilizada por los Testigos de Jehová es muy informal y dice: “Buenos días, altamente favorecida María…” (allí está implícito el “llena eres de gracia”). Incluso, hay una versión protestante aún más arriesgada en la simplificación, ya que se atreve con un sencillo: “Hola, María…”. Pero en el texto original en griego koiné, idioma de los evangelios, se dice Jaire Kejaritomene (Χαίρε, κεχαριτωμένη): “Alégrate, llena eres de gracia, María…”, tal y como aparece en las últimas ediciones católicas del Libro de libros, aprobadas por el consenso de los exégetas actuales (La Biblia de la Iglesia en América, 2019).

Algo similar ha ocurrido con las versiones inglesa, francesa e italiana del Padrenuestro, que ha obligado al papa Francisco, siempre reformador, a opinar sin ambages: “Está mal traducido y hay que cambiarlo”. Esto referente al “…no nos dejes caer en tentación”, efectivamente mal redactado en dichos idiomas, en los que se dice “…no nos lleves, o no nos sometas a tentación”, cuando, justamente, quien se ocupa de esa, a veces no tan desagradable situación (“llevarnos” o “someternos” a la “tentación”) es el ángel caído y nunca el Dios del universo.

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Los gazapos en las traducciones bíblicas no son pocos, y arrancan desde el Génesis, cuando Jerónimo de Estridón, el a la postre patrono de los traductores, San Jerónimo, escogió interpretar peri (“fruta” en hebreo), como malum (“manzana”) y por eso quedó como la fruta “prohibida” del Antiguo Testamento, cuando allí (Gen 2,17; o mejor 3,24) malum quiere decir simplemente “mal”, la acepción principal del término en latín. He aquí el primer caso de difamación y exposición al escarnio público: el ocurrido al inicio de los tiempos en contra de la inocente y noble manzana.

También fue San Jerónimo, en esa Biblia “del pueblo” (eso quiere decir Vulgata), quien confundió kamilos (cuerda, soga) con kamelos (camello) y de allí la ocurrente y desproporcionada imagen: “es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja…”, cuando lo lógico es que se refiera a la dificultad de “que pase una cuerda por ahí” —por donde debería pasar un hilo muy fino— y que, aun así, sea más sencillo a que entre un rico al Reino de los Cielos.

¿Qué hacer con las traducciones? ¿Será que no escaparemos nunca de las “traiciones” —traduttore, traditore— de sus autores? Seguramente, porque los políglotas más formidables apenas pasan del conocimiento de algo más de una decena de idiomas, cuando hay miles de ellos. Sin embargo, como alguna vez dijera Monterroso: “Es mejor leer una obra mal traducida, que no leerla en absoluto”. Y lo ratifica Eco en su notable y muy útil Decir casi lo mismo: experiencias de traducción: “Hay malas traducciones, pero también existen malos poemas y eso no ha sido nunca una razón válida para no escribir poesía”.

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Por eso, por los malos traductores, The Importance of Being Earnest…, (“La importancia de ser Honesto…”), se transformó en el absurdo, pero gracioso, “La importancia de llamarse Ernesto”, y ese curioso nombre contribuyó con la popularidad de la obra de Wilde. O el das Es de Freud se transformó en el “Ello” (al español de España) cuando debió ser el “Eso” (“…eso que no quiero nombrar”, decía el padre del psicoanálisis); o tenemos una ciudad con el inquietante nombre de “Brujas”, cuando debió llamarse “Puentes”, por la gran cantidad de estas estructuras que la cruzan, tal y como se llama en su idioma original (Brugge en neerlandés).

En favor de la riqueza y de la diversidad de las lenguas del mundo, las desconcertadas voces de los obreros de Babel retumban cada día en nuestros oídos, y no hay computadora que pueda suprimir ese valioso impacto. Tampoco el inglés, el “esperanto angloamericano” del que hablaba Steiner, esta lingua franca de nuestros días, podrá acabar con la diversidad lingüística en el mundo y anular la belleza del resto de los idiomas, en particular de nuestras queridas lenguas romances: el español, el francés, el italiano, el portugués y las otras, siempre y cuando las sepamos cuidar con afecto.

Palabras, signos, metáforas. Discursos, cantos, versos. Bienvenida la variedad de los idiomas. No nos hace falta ninguna “lengua universal”. Para eso están la música, las miradas, los besos, los abrazos, los aromas: este lenguaje vivo que inventamos cada día y mantiene muy cerca nuestras almas.

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