• Josefina Gutiérrez, madre del periodista Roland Carreño, pide al Ejecutivo Nacional que dicte una medida humanitaria para los presos políticos del país

La belleza, la elegancia y la nobleza, como nociones, se pueden asimilar con facilidad luego de conversar en persona con Josefina de Jesús Gutiérrez de Miranda, madre del periodista Roland Carreño.

La dama, de 73 años de edad, se expresa con tal delicadeza y didáctica que logra enseñarle a su interlocutor que la belleza es sinónimo de armonía, de simetría, de algo cercano a la paz. También de algo que te sacude, te conmueve, de sensaciones que trascienden el cuerpo físico y la materia. Son cualidades que emanan del ser.

Josefina de Jesús nació en Aguada Grande, “un pueblo larense que queda más cerca de Falcón que del mismo Barquisimeto”, apunta. Allí también sus hijos, Roland Oswaldo y Farah Carolina, vieron la luz del mundo por primera vez. Es abogada, egresada de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), y en esa casa de estudios hizo también sus dos posgrados, en Derecho Procesal y Familia y el Niño. Fue jueza de la República por más de 20 años y trabajó en Caracas, para luego ser trasladada al estado Miranda, en la región Valles del Tuy.

Foto: Farah Miranda

Hace poco la jubilaron como funcionaria del Poder Judicial, pero su imagen se aleja mucho de esa fantasía de persona retirada que camina en pantuflas, se muda a la montaña o vive frente al mar. Ella reside en pleno centro de una ciudad tan convulsa como Caracas, capital de Venezuela, y ahora, por causas que considera inexplicables, va a la cárcel dos o tres veces por semana, para llevarle ropa limpia a su hijo periodista que está allí detenido.

La avenida donde queda el edificio es bastante ruidosa, incluso un domingo por la tarde. Y justo en la puerta de la residencia hay una especie de tarantín improvisado. Una mesita surrealista colocada a la intemperie que vende sobres para preparar bebidas saborizadas, caramelos, y papel toilet.

Cometí la imprudencia de llegar antes de tiempo a la cita. La señora Josefina me recibe pero me pide que la espere sentadita en un sofá. Me explica que debe cambiarse la pijama y las sandalias de andar en casa. Quiere presentarse con una imagen más acorde para una entrevista periodística.

Me siento. Estoy rodeada de cojines con forma de duendes navideños acolchados. Todo es verde y rojo. Hay un arbolito navideño a mi izquierda.  Es alto y tiene suficientes bolitas escarchadas. Volteo a la derecha: hay una mesita redonda, vestida con manteles largos, sostiene decenas de fotografías familiares. En las imágenes está la señora que me acaba de abrir la puerta, pero no luce agotada, como la acabo de percibir. No camina con pausa, su espalda no está encorvada ni tampoco luce esos poquitos cabellos que parecen más bien copos de algodón. Allí hay una mirada imponente, segura, retadora, que parece decirle a la vida: “Yo soy Josefina, vengo de un pueblo perdido, y ahora deseo conocer la belleza y el amor del mundo”.

Me hace pasar a una sala contigua. El apartamento es amplio y fresco, parece el patio de una casa en el llano. No hay lujos. Una mesa en el centro, un baúl al costado y una biblioteca al otro lado. Detrás del sofá donde nos sentamos veo unas guacamayas. Son de madera y forman un sonajero. Hay muchas matas que brindan sosiego.

Foto: Farah Miranda

El silencio que respiro en esta casa me regresa al llano. Desearía ver cómo se asoma un crepúsculo por allá, al fondo. Pero ahora hay una madre, la señora Josefina, que no tiene cabeza, como se dice coloquialmente, para imaginar ese (o cualquier otro) paisaje, y secundarme en mis sueños. En horas nacerá el Niño Jesús, el redentor del mundo para los fieles católicos, y ella tiene la mente ocupada en su hijo periodista, Roland Oswaldo Carreño. Me cuenta que vistió la casa de Navidad para esperarlo…

Biografía express

Carreño, quien fue uno de los tres conductores del programa “Buenas Noches”, del canal Globovisión, junto a los periodistas Kiko Bautista y Carla Angola, trabajó durante décadas en el periódico El Nacional, como director de la revista Pandora y cronista de Sociales. Fue director editorial de ¡Hola!, así como editor de la publicación Look Caras y socioeditor dela revista Blitz. Recientemente emergió como Coordinador Operativo Nacional del partido Voluntad Popular, y se especula que su detención por el Servicio Bolivariano de Inteligencia Nacional (Sebin), ocurrida el lunes 26 de octubre pasado, sería una especie de retaliación por la salida del país del dirigente de esa tolda política, Leopoldo López.

Si partimos de la idea de que “El niño es el padre del hombre”, como lo creía la educadora María Montessori, sería interesante indagar cómo fue ese niño, ese joven, Roland Carreño, y preguntarnos si podría existir algún vínculo entre él y este hombre, de 55 años de edad, acusado de cuatro delitos: conspiración, tráfico ilícito de armas, financiamiento al terrorismo y asociación para delinquir.

Su hermana, Farah Miranda, se adelantó a la entrevista con la señora Josefina, para contarnos vía celular sobre la infancia de quien considera es su alma gemela:

“Mi mamá tuvo que irse a trabajar para la ciudad de Boston, en los Estados Unidos, y nosotros nos quedamos en el pueblo de Aguada Grande con mi bisabuela Josefa Gutiérrez, a quien llamábamos Machepa, y con nuestra abuela Saturna Gutiérrez, a quien llamábamos Matuna. Josefa era la partera del pueblo. Ellas nos criaron a nosotros: Machepa se encargaba de Roland y Matuna se ocupaba de mí. Eran madres solteras.

Tuvimos una infancia muy linda, muy feliz. Nuestras abuelas se enfocaron en educarnos, mientras mi mamá estaba fuera. Recuerdo anécdotas muy bellas: mi madre nos enviaba maletas, que parecían más bien baúles. ¡Con ropa y juguetes que ni siquiera se veían en Barquisimeto!

En esa época, mi mamá nos mandó unos conjuntos que eran como de terciopelo. Las viejitas de entonces decían que eran de color “carrubio”, que es como decirte un vino tinto, un bordeaux. A Roland le mandó una especie de short con un chalequito y una camisita que iba por dentro, como con una especie de faralaos adelante. ¡Imagínate nosotros vestidos así en Aguada Grande!

Entonces cuando la gente del pueblo se casaba, nosotros éramos los pajecitos. ¡Estamos en todas las fotos de las bodas de esa época! La gente le decía a mi abuela: “Ay, señora Saturna, préstenos a los muchachos”. Yo nunca supe si ella cobraba por eso o no, pero fuimos a todas las bodas, hasta que los vestiditos no nos quedaron más, porque claro, uno creció pues”.

Son cinco los hijos de la señora Josefina: Roland, nacido de su primer matrimonio con José Carreño; y los otros cuatro hermanos, Farah, Fortunella, Ángela María, y Sabatino, de su segundo esposo, Francesco Salvatore Miranda.

Farah, quien es diseñadora de modas y ahora vive en Europa, rememora los estudios de su hermano: “Él hizo toda la primaria en la escuela Pío Tamayo, de Aguada Grande, y comenzó el primer año en el liceo de allá, Juan Antonio Rodríguez Domínguez. Después se mudó a Caracas y cursó todo su bachillerato en el colegio militar Monseñor Arias, una institución que queda por Mariches, donde llegó a ser primer brigadier. Él era el que armaba todos los eventos. Era el mejor estudiante. Nosotros íbamos cada tres meses para ver cómo lo condecoraban. No le cabían las barras de aplicación en el pecho”.

“¿Por qué inscribirlo en un liceo militar?”, preguntamos a su mamá. Ella nos responde que le resultaba bastante difícil manejar la educación de un joven que, según dijo, poseía el coeficiente intelectual de un genio, y que desde niño era sumamente curioso.

“Fue una decisión mía, porque mi esposo era un hombre civil, y no le gustaban ni los militares ni los sacerdotes, pero llegué a sentirme desbordada con su educación. Él era un niño precoz. Tanto que yo le llevaba los juguetes y él los desarmaba para saber qué tenían por dentro. Luego se decepcionaba porque esperaba que allí hubiera algo más.

Roland está entre los genios. Tiene un coeficiente intelectual muy elevado y yo fui una muchachita que a pesar de haber nacido en el pueblo salí de allí. A mí me gustan las ciudades. Busqué otro tipo de vida. Me fui primero a Barquisimeto, donde me casé, y después del divorcio llegué a Caracas con una tía. Aquí trabajé, con la familia Marturet, y luego viajé a Estados Unidos, donde estuve cinco años y estudié la high school. Desde allá les mandaba maletas con ropas, juguetes, y libros. ¡Por eso es que a ellos les gusta tanto leer! Yo soy ese tipo de personas que quieren que sus hijos sepan que existen otros mundos. A pesar de que yo, insisto, venía de un pueblo.

Roland fue desde niño, junto a su hermana Farah, un líder. Él hacía como si dirigiera el concurso ‘Miss Venezuela’ y las señoras del pueblo jugaban con él. Ellas se encantaban tanto, que le decían: “Oswaldito, ¿qué hago? ¿Me pongo así, me pongo asao? ¿Qué vestido uso?

Él te puede hacer cinco trabajos al mismo tiempo, y en todos salir excelente. Cuando joven, tú lo llamabas y preguntabas por él y de pronto estaba en el Panteón Nacional, viendo todo aquello; o en la Catedral, o en el Palacio de las Academias. Y si tú le preguntas el nombre de las pinturas, él se conoce la historia de todas ellas.

Entonces cuando las niñitas crecieron, él se las llevaba a hacer esos recorridos. Su paso por el colegio militar lo preparó para ser muy ordenado y disciplinado. Eso era lo que yo quería y Francesco, mi esposo, me decía que me dejaba la educación a mí. Mientras él, como típico italiano, se dedicaba a proveer a la familia y a consentir a los niños”, apuntó.

Vuelvo a Farah. Llora a través del celular. Y la voz, que ya era delgada y aguda, se hace lágrima, se disuelve. Con lo que alcanzo a oír me asegura que es la primera vez que se distancia de su hermano y que esta ausencia le duele mucho: “Yo amo a mis hermanos. Los amo con pasión, con locura, pero tengo una debilidad muy grande por Roland, porque con él viví la infancia y la adolescencia. Él es mi alma gemela. Siempre trabajamos juntos en los desfiles y en revistas de moda, como Blitz, o las del grupo editorial Televisa. Mi hermano es una persona muy sensible, muy noble, y todo esto que le está pasando le ocurre por su inmenso amor a Venezuela.

Él cree que se necesitan personas que recuperen todo lo que se ha perdido. Roland no carga ni un cortaúñas en su bolso, como manera de defensa. El fusil que supuestamente le consiguieron no entra por la puerta de su apartamento y él es incapaz de entrarse a golpes con alguien. Es un hombre de paz. Es un hombre de palabras. Su única arma es un lápiz y una hoja blanca donde pueda escribir. Esa sí es su arma: el intelecto. Y esa la carga siempre consigo. Las peleas no están a su altura. Cuando a él lo detuvieron, escribieron que lo agarraron in fraganti, junto a otras dos personas, y a estos últimos luego lo soltaron. Yo me pregunto: “¿Por qué estas dos personas no fueron a la audiencia ante el tribunal? ¿Con quién se asoció Roland para delinquir? Eso no tiene ni pie ni cabeza”.

Cortesía

Golpes bajos

Una nota del portal web Infobae, publicada el 30 de octubre de este año, informó sobre una rueda de prensa del vicepresidente Sectorial de Comunicación, Cultura y Turismo, Jorge Rodríguez, donde este habría presentado fotografías privadas del periodista y supuestos mensajes de chat entre él y un tal “Reinaldo Cielo”:

“Nosotros no tenemos nada que ver con la vida privada de la gente, la elección de género sexual de la gente es de cada quien. Claro, luego hay gente que se rasga las vestiduras, en la conferencia episcopal, pero en el fondo tapan estas situaciones”, explica la nota citando a Rodríguez, quien –según indica el texto “inmediatamente después comenzó a mostrar supuestos chats privados entre Carreño y un tal Reinaldo Cielo, cuya veracidad no ha podido ser verificada”.

Más allá de lo sinuoso de este mensaje de Rodríguez, que podría percibirse como un ataque homófobo, como de hecho lo tituló la nota del portal web mencionado: “Ataque homofóbico del régimen de Nicolás Maduro contra el periodista detenido Roland Carreño”; durante su alocución, Rodríguez denunció el supuesto uso de fondos de la Fundación Simón Bolívar, por parte de Carreño, para comprarle un automóvil al tal “Cielo”, y pidió a la fiscalía abrir una investigación sobre una supuesta red de prostitución masculina que “podría estar involucrada en el lavado de estos recursos”; sin ofrecer más datos ni evidencia alguna.

Ahora su mamá está llorando enfrente de mí. Se ha quebrado. Hay un Salto Ángel en su cara y yo enmudezco. La observo. Me asombro al ver correr tantas lágrimas y con tanta velocidad. Creo que se dio cuenta de que estoy paralizada mirándola, entonces voltea su rostro a la izquierda. Mira a las guacamayas de madera y se pasa la mano derecha, delgadísima, como de pianista o de princesa, y de pronto sus dedos son parabrisas. Seca la mejilla derecha, seca la mejilla izquierda. La voz es menos que un hilo:

“Él no es ese hombre que dibujaron en los periódicos y en las redes. Mi esposo tiene 20 años de fallecido y es aquí cuando yo me pongo mal. Yo no hice otra cosa que dedicarme a mis hijos, y Roland, ¡coño!, él tomó ese papel de sustituir a mi esposo, para que nosotros estuviéramos bien, cuando él todavía era un muchacho de 30 años. Él es el hermano que aunque estuvieran sus hermanas casadas, él las complacía. Ahora, ¡coño!, verlo allí. Sé que puedo sonar como una mujer egoísta, cuando me pregunto ¿por qué tengo que pasar por esto? Mi esposo se murió de cáncer y yo no es que te diga que él se hizo cargo de nosotras, porque yo trabajaba, mas era una presencia. Esa fuerza, esa entereza de decir: ‘Aquí estoy yo’”.

Se calma un poco y me cuenta una anécdota de la menor de sus hijas hembras.  Me dice que después de que su esposo murió, Ángela María tuvo temor de no lograr un matrimonio tan bonito como el de las “muñecas” mayores, como las llamaba su papá. Un día ella le confesó a su mamá que estaba triste porque quizás ella no se casaría como sus hermanas. Josefina recuerda que ese día Roland le juró que ella también se casaría “como una princesa”.

La jueza, que ahora me habla como la más sencilla de las amas de casa venezolana, se sonríe y me dice: “¡Si tú vieras el álbum del matrimonio de mi hija! Roland se lo cumplió. Él siempre decía: “Yo no quiero que mi hermana se sienta menos porque no está su papá. ¡No, no señor, acá están sus hermanos!”. Y ellos fueron quienes la entregaron en el altar. Eso sí son ellos, mis hijos. Eso sí somos nosotros, porque así era su papá”.

“¿Tuvo algunas diferencias con Roland por sus preferencias sexuales?”, -le pregunto a la señora Josefina-. Quizás por costumbre, cada vez que me va a responder me llama “doctora”, luego “licenciada”. Respiro profundo, y le repito, con paciencia y dulzura, porque ya a este punto, luego de verla tan frágil, lo que me provoca es abrazarla: “Dígame Dalila”.

“Mire, Dalila, le voy a decir una cosa: al Roland que yo conozco le he conocido novias, él ha estado casado, ha tenido esposa. Entonces, si él ha tenido otras preferencias, él es un adulto, dueño de sus actos, dueño de su vida. Eso no nos ha perturbado, en ningún momento, a ninguno de nosotros. No tenemos por qué sentir pena ni vergüenza. Él sigue siendo un ser humano muy valioso, para nosotros, y para todo aquél que lo conozca”.

¿Usted habla sobre “eso” con él? –le insisto y ese ¿pronombre demostrativo? me suena tan falso. Me parece tan triste e inútil que a estas alturas, a pocos días de entrar en el año 2021, todavía entre nosotros los venezolanos, o entre los seres humanos del mundo entero, exista discriminación, burla o ataque contra alguien, por el solo hecho de ser gordo, o ser flaco, o ser negro, o ser blanco, o ser pobre, o ser rico, o ser chavista, o ser opositor, o ser homosexual. Estúpido. Me parece estúpido. Pero guardo las formas y sigo preguntando. La madre de Roland Carreño responde:

“No, nunca hablamos de eso. Mis hijos me tratan a mí de usted. Muchas veces él me llama y me dice que viene a cenar con alguien. Y yo le respondo: “¡Claro que sí, hijo!”. Y no pregunto ni quién es, ni cómo es”. Y con esta respuesta comprendí todos los manuales de etiqueta del mundo.

Ahora me toca la pregunta del millón: “¿Alguna vez se imaginó que su hijo estaría asociado a los delitos que se le acusan, terrorismo entre ellos?” “Mire, Dalila”,y responde serísima pero al mismo tiempo didáctica. En este instante la siento como madre superiora de un colegio de monjas. Coloco los dedos de mi mano derecha sobre mis labios, para recordarme que debo callar y no interrumpirla.

“Sostengo que el o la terrorista no se hace en una noche. El terrorista viene ya desde niño. El delincuente se hace en la casa. Cuando usted sospecha de alguien que es terrorista busque y verá que alguien en esa familia es terrorista. Alguien es tirapiedras. Es imposible que usted salga del concurso del “Miss Venezuela” y se vaya a meter a terrorista…

Dicen que portaba un arma de guerra. Pero cómo va a caber un arma de ese tamaño en un bolso de hombre. Dicen que cargaba 12 mil dólares encima. Mire, en los momentos que vivimos ahora, con la crisis actual, y con los bajos sueldos que tenemos todos los funcionarios y que la gente anda rebuscándose. Imagínese a Roland, que es un hombre inteligente, él podría haberles dicho: “Acá cargo 12 mil dólares, ustedes son cuatro, divídanse eso”. ¿Tú crees que la policía no lo dejaría ir? ¡Lo deja ir! Dirían que ese no era el carro, que se trataba de otro. ¡Al final, tienen  tres mil dólares en el bolsillo! ¿Entiendes?

Sobre el otro delito: asociación para delinquir. Ajá, está bien. Esa misma noche, cuando los aprehenden, a esas dos personas que estaban con él, los dejan en libertad. ¿Entonces?”, señala.

Recuerda que ese día, 26 de octubre, él no se comunicó con ella, cuando normalmente lo hace a diario. Ese día no supo de él. Creyó que se había ido al pueblo, a Aguada Grande, o que le había salido un viaje. Pensó cualquier cosa, pero cuando llegó la noche, allí sí confiesa haber sentido pavor: “Temí que llegaran tumbándome la puerta. No fue miedo lo que tuve, yo estaba aterrorizada”.

Carreño estuvo desaparecido durante 24 horas. Es, como dice su mamá, “anormal” que una persona desaparezca y no se sepa si está secuestrada, si está presa, si tuvo un accidente, si se cayó, si está en un hospital. Farah, la hermana, asegura que lo que ella vivió no se lo desea a nadie en este planeta: “Creí que me daría un infarto. Mi corazón no encontraba sosiego, brincaba, me palpitaba. Tenía que respirar profundo. Tengo que calmarme –me decía a mí misma, mi hermano va a aparecer. Es muy duro. Solo después de que mi mamá declaró, a la hora y media, dijeron que tenían a Roland”.

A las 10:30 am del día siguiente, los abogados del Foro Penal fueron a acompañar a la señora Josefina aunque sabían que Roland tenía su propio abogado. Otra lección de belleza, elegancia y nobleza.

Se celebró una audiencia de presentación en los tribunales antes de cumplirse las 48 horas de su detención. En esto hubo apego a las leyes. Pero lo que sí fue incorrecto en el procedimiento es que lo detuvieron sin mostrar una orden de aprehensión emitida por un tribunal.

“¿Por qué cree que lo vincularon con esos delitos?”, le pregunto a la señora madre y jueza. Ella alza los hombros y me dice que no tiene la menor idea. “¿Es una retaliación?”, le insisto. “Bueno, lo que argumentan es que él contribuyó con la salida de este hombre”. La veo y me parece tan sagaz y glamorosa. Esta señora tiene clase sin ser de la realeza. Dice sus groserías, sí, y tiene el cantaíto de los larenses, esa gente amable y sencilla que llaman “guaros”; pero al responder no lo piensa para llamar las cosas por su nombre, y obviar, con sutileza, lo que no merece ser nombrado. Durante toda la entrevista evitó descalificar a nadie. A nadie. Y a ningún líder, ni del gobierno, ni de la oposición, responsabilizó de la detención de su hijo.

“Mire, doctora. Perdón, licenciada”, y coloca la espalda rectísima antes de continuar. “Alguien me preguntó a mí, en estos días, que si yo tuviera la oportunidad de enviarle un mensaje al presidente Maduro, qué le diría. Yo le respondí que le diría que tuviera compasión de mí. Entonces, me dijeron que por qué yo lo trataba tan bien. Le respondí que él era el presidente, gústele o no le guste. Y que el otro es el presidente encargado, gústele o no le guste. Yo vengo de un mundo, el mundo judicial, donde la jerarquía es respetada. Mi estructura mental respeta las jerarquías”.

“¿Por qué imputaron a Roland con esos delitos?”-vuelvo a preguntarme y a preguntarle-, pero ella solo desea hablar de las cualidades de su hijo, su primor. Solo después de tanto jurungarla con las preguntas sobre el caso y los delitos que se le imputaron a su hijo, accedió a responder con mesura y ponderación.

“¿En qué sentido pudo haber contribuido? Allí los abogados tienen cómo sacarle punta a eso. No se sabe cómo se fue (está refiriéndose a Leopoldo López pero no lo menciona), ni por dónde salió. Nada de eso sale ni está en el expediente. Yo no he querido ni profundizar en la lectura de ese expediente. Yo le voy a decir una cosa, honestamente, si aquí hubiera un juez, un defensor, y esto y lo otro… ¡Pero no!, se trata de lo que diga alguien allá arriba. Entonces, yo lo que tengo es fe. Yo soy una mujer católica. Él es un hombre muy católico. Allá, en la cárcel, se hizo misa y su sacerdote, el que es su confesor, lo fue a visitar. Adaptaron un sitio y se hizo. Allá también van los cristianos evangélicos y los Testigos de Jehová. Le dan charlas a los detenidos…”

“¿Por qué usted cree que se metió en política?”, le digo. “Yo no considero que se metió en política contesta. No. Él estaba trabajando para un partido. Estaba haciendo un trabajo. Incluso la parte de él era la operativa. Toda la estructura del partido. Es como quien se encarga de la logística. ¿Sabes qué cosa es terrible? me interroga. ¡Controlar a más de 20 mujeres y bellas, además! Eso sí es duro, eso sí es un trabajo, y a eso era a lo que él se dedicaba en el “Miss Venezuela”, añade.

“¿Y los políticos de su tolda, lo abandonaron?”, le digo. La señora me ve como diciendo: “Ay, mija, cuando usted no ha arrancado ya yo he hecho cuatro maratones”. Es una mirada compasiva. Casi que se le sale el “ujum” (o eso presumo yo) pero, como es la etiqueta encarnada en mujer, desvía la pregunta. Dice que a Roland solo le interesa que su familia y quien lo quiera de verdad, verdad, esté en estos momentos con él.

Allí salta de pronto de alegría y me grita: “¡Su madrina!, la señora Lila. Ella le hace misas, le hace rosarios. Son unas viejitas, las señoras del pueblo de Aguada Grande y de otros pueblos cercanos, quienes le han mandado a hacer misas; y nunca ha sido nada político. Son puras amistades y familia”.

Seguro que todos los que me leen ya saben, a este punto, que soy huérfana de madre. En casi todos mis textos lo escribo y si no lo hago de modo consciente, igual se cuela. De pronto mi duelo, aunque ya han pasado más de 20 años de la muerte de mi mamá, está vivo. No lloraremos hoy. Esta noche es Navidad. Solo quería contarles que tengo una tía que ha estado siempre allí para mí, es como mi madre, y ella se me parece a esta señora que tengo enfrente. Es extrañamente severísima, correcta, y al mismo tiempo echadora de broma, buena gente, como decimos los venezolanos. Mi tía, que tiene buen corazón, como decía mi mamá, está lejos, y desde allá me confiesa que a veces llora por los presos políticos y por Roland. A mí me conmueve porque mi tía no lo conoce, pero parece que así son los fenómenos mediáticos. La gente de tanto ver a los periodistas en la televisión o en las redes, ya lo cree su amigo, su familia.

Para hacerle un regalo navideño a mi tía, y a cualquier lector empático con la situación de Roland, le pregunto a la señora Josefina por la salud de su hijo. Me asegura que ahora tiene buena salud, dentro de lo que cabe, y que le permitieron ver a su médico.

“¿Usted lo conoce a él?” -me pregunta-, él es gordo. Bueno, él sufre de hipoglicemia. Entonces, al estar encerrado, eso le causa angustia, por saber que está encerrado, que no puede moverse, que no puede llamar por teléfono, que no puede esto, que no puede aquello, que su familia está sufriendo por él. De paso él dice que allí, en la cárcel, está viendo que existen otras cosas, y que no le gustaría que el mundo siguiera así. Sabemos que quizás siempre habrá cárceles pero él me dice que las imagina con mejores condiciones…

Más que un sufrimiento físico, él está afectado anímicamente por el dolor que le está causando a su familia, porque sabe que su familia, que nosotros, lo queremos.  Eso es lo que a él le mortifica porque me dice que no se imaginaba que hubiera tanta maldad…

Ese no sabe lo que es la depresión. Él sufre es de ansiedad. Es esto de aquí, (se toca el torax y hace gestos como si tuviera dificultad para respirar). Ya el médico le  mandó su medicamento. Al principio sí tenía dificultades para dormir. Sentía ruidos extraños. Ya está mejor”, añade.

Dicen que fue Oscar Wilde el autor de la frase “La belleza está en los ojos de quien mira”. Y pareciera que este es el sino, el destino, del protagonista de esta historia. Él, aun privado de su libertad, saluda a todos en su entorno con respeto y cordialidad y, me comenta su mamá, recibe idéntico trato.  

Ella, aún y en ese contexto, se acicala para llevarle sus cambios de ropa: “Voy un día sí y otro no. O cada dos días, porque yo le lavo su ropa y a veces no hay agua. Espero recoger el agua para llenar la lavadora y así llevarle su ropa dobladita. Me voy hasta allá y me paso dos horas con él. A veces he estado 20 minutos, a veces hasta tres horas. Es indeterminado. Tiene que ver con las actividades que estén desarrollando allí en ese momento. Él me recibe en una sala. La otra vez estaba allí un preso con su esposa y estaban haciendo las casitas del nacimiento. Roland conoce a todo el mundo con nombre y apellido. Él está aparte de los presos comunes, porque es un preso político. A él lo ven, por ejemplo, a la hora de la visita. Esto se da en un patio y ahí hay bancos. Cuando lo voy a visitar, él pasa, entramos en una oficina y hablamos. Me ha dicho que su celda tiene espacio para leer. Quien sí va todos los días a visitarlo es su hijo Franklin Javier.

Mi papá es excelente persona. Él es lo mejor. Es dulce, cariñoso y, al mismo tiempo, es muy estricto. Es amable y te considera mucho. Si tú no sabes hacer algo, él te explica, te orienta bastante”, me dice el joven de 23 años de edad que vive en Lara y que ahora está en Caracas apoyando a su papá y acompañando a su nonna. Es un estudiante de cuarto año de Derecho el que califica a su papá de Don Regalón, porque asegura que si de pronto están todos tranquilos, cenando, y llega alguien a la casa,  Roland lo invitará a comer y después le hará una viandita para que le lleve a su familia: “Así es mi papá”.

“¿Cómo ves a tu papá?”, le pregunto. Franklin me dice que ahorita está “mejorcito” porque lo visitaron sus otros hermanos (nacidos del segundo matrimonio de su papá), pero dentro de sí, él siente que su padre no está bien, pues según me explica Roland sería como un ave y al estar en un sitio encerrado se siente atrapado. Ante eso, pasa el día leyendo. El joven sonríe y me cuenta que la semana pasada le llevó un libro sobre Páez y la novela El Pasajero de Truman, de Francisco Suniaga. Para esta semana de Navidad le piensa llevar un libro sobre  Guzmán Blanco.

El joven parece sacado de una novela costumbrista, por la autenticidad y la naturalidad con la que habla. Los ojos le brillan escandalosamente. Y su rostro es armónico. Nuevamente la belleza me saluda: “Él me dice que lea mucho. Me explica que a él le gusta su pueblo de Aguada Grande porque cree que es igualito a Macondo, el de Cien años de Soledad. Entonces, cuando leo esa novela me acuerdo de él. Yo digo que él es el coronel Aureliano Buendía porque ahora vive, en este momento, esa transición. Él está como el coronel cuando lo condenaron al pelotón de fusilamiento. ¿Tú la has leído?”, me pregunta y se sonríe.

Me cuenta que justo el día anterior a mi visita, él se leyó una reseña que Carreño escribió hace más de 30 años. Dice que habla para sí mismo y se pregunta cómo es que una persona así va a estar preso. “Era una sobre una reina de Holanda y otra sobre el bulevar de Sabana Grande. Eso tiene como magia. ¡Tan es así que no te lo puedo explicar! Lo leo, y se me espeluca el cuerpo. Para hablarte de manera objetiva, y no porque yo sea su hijo, pero esto que ocurre suena ilógico. ¿Cómo van a detener a una persona que solo sabe escribir?”, y la pregunta queda gravitando en el aire, planea, como las guacamayas del sonajero del balcón.

“No nos dejes, madre mía”

Así como soy huérfana, tampoco tengo hijos. Sin embargo, algo dentro me dice, mi intuición, que las oraciones de las madres, ese clamor enviado al Altísimo, siempre tiene respuesta. Por eso le pregunto a la señora Josefina, antes de despedirme de ella, si quisiera enviar al Ejecutivo nacional un mensaje no solo por su hijo Roland, sino por todos los presos políticos. Accede con agrado y humildad: “Mi familia está pasando por momentos muy difíciles pero no solo somos nosotros. Somos muchas las familias, de madres, de esposas, de hermanos, de tías, de tíos, de amigas, de amigos, que están pasando por lo mismo, porque también tienen miembros de sus familias como presos políticos. Los tienen ahí, detenidos. Yo no puedo decir que justa o injustamente porque son cosas que a uno no le constan, pero el sufrimiento sí que está ahí. Para ellos, para todos, pido una medida humanitaria que venga del presidente. Señor Presidente, pido una medida suya para que estas personas pasen las navidades con sus familias, para que mi hijo pase la Navidad con sus hijos, con su mamá, para que sus hermanas estén contentas sabiendo que está bien. Yo no soy quién para decir cuáles son los motivos. Solo sé que son presos políticos, y yo nunca había estado en esto. Siempre he sido una mujer de mi casa. Ocupada de formar a mis hijos.  Hay gente que ni sabe que yo soy madre de Roland. Porque yo no soy un personaje público. Yo soy una señora de su casa”

“¿Y qué hará el 24 de diciembre?”, le pregunto. “Mire, -enfatiza la voz-, yo puse la casa linda porque espero que Roland llegue para Navidad. Lo estoy  esperando. Se ha solicitado una medida domiciliaria, sea en su casa o en la mía”, añade.

“¿Tiene algún otro plan, en caso de que la medida no llegue justo para ese día?”, le pregunto. Y la señora responde tan ecuánime, tan centrada, tan dueña de sí misma: “Él me pidió que le preparara una ensalada porque allá iban a cenar. Y cada familiar les llevará lo que pueda. Uno lleva una cosa, el otro lleva otra, y entre todos cenarán. ¡Claro que si no viene se la llevaré! Es que yo cocino muy bien. Fui esposa de un italiano ¡y allí aprendes a cocinar sí o sí! Así que le dije: “Sí, mi papi, yo te haré tu ensalada de gallinapollo, como digo yo”.

Es hora de despedirnos. Siento que he hablado muchísimo y que ella está cansada. Sin embargo, no aguanto las ganas de preguntarle de dónde saca esa fortaleza. ¿Cómo hace para no sucumbir ante la tristeza o evitar tener alguna reacción corporal adversa?

Josefina de Jesús Gutiérrez de Miranda, la jueza, la madre, y la misma joven que algún día salió de ese pueblo macondiano con una maletica, buscando conocer el mundo, toma aire y me responde: “Porque yo tengo la seguridad absoluta de que mi hijo es inocente. El jamás de los jamases hubiera cometido ni ese ni ningún delito. Esa no es la esencia del hijo mío. Hay días, cómo no, que amanezco con el ánimo por el piso y luego me digo a mí misma: ¡Josefina, usted no! ¡Usted va pá lante! Mi hijo saldrá en libertad. Yo tengo esa confianza y lo vuelvo a repetir, como lo dije ya una vez: he sido funcionaria pública por más de 20 años y creo firmemente en que todavía hay jueces honestos que conocen del Derecho y por eso estoy segura, segurísima, de que mi hijo más temprano que tarde saldrá en libertad y lo tendremos en casa nuevamente”.

¿Quién es Roland Carreño para ti?

“Conozco a Roland Carreño desde hace aproximadamente 15 años, cuando me invitó al programa televisivo “Buenas Noches”. Lo recuerdo como un hombre elegante y cordial. La última vez que lo vi fue durante la homilía de Monseñor Mario Moronta, en honor al Santo Cristo de La Grita (Táchira). Yo estaba con mi esposa y él nos habló de su devoción católica y de su pueblo Aguada Grande, en Lara. Quiero insistir en su cordialidad porque, incluso, un día le celebré una corbata y él se la quitó y me la regaló. Desde el punto de vista periodístico es muy agudo en sus preguntas, y tiene buen manejo de la ironía y del sarcasmo. Yo no soy un tribunal: ni acuso ni absuelvo a nadie pero, si me lo preguntas, te diría que por supuesto que no creo que reúna el perfil de un terrorista. Yo no lo veo allí. Sé que es algo muy subjetivo, pero es que no lo asocio a este tipo de actividades. Es como si me dijeran que Osmel Sousa está vinculado con las FARC”.

Vladimir Villegas. Periodista

“Roland Carreño ha sido uno de mis mejores amigos por más de 30 años. Es una persona extraordinaria, consecuente. Él ama con fervor a su familia y tiene una sensibilidad con el prójimo admirable. Lo quiero profundamente y quiero verlo de nuevo feliz, compartiendo con todos nosotros, y haciendo lo que ha hecho durante toda su vida: construir proyectos y empresas con mucha dedicación y mucho sacrificio. Lo tengo presente siempre. Y, como yo soy un hombre de mucha fe, pido por él, por su bienestar, y el de toda su familia en este momento tan difícil por el que están pasando”.

Osmel Sousa. Zar de la belleza

“¡Roland es amigo de mi casa, es parte de mi familia! Es un hombre polifacético: es papá, es familia, es amigo, es un amante de Venezuela, es artista, es productor, es gerente de una revista, él es tantas cosas… Ahora, todo el mundo sabe, hasta el gobierno, que tanto él, como yo, fuimos acusados solo por estar vinculados a un grupo de personas que quieren un cambio político para el país. Es simplemente un ciudadano que, ante este mar de injusticias, alzó la voz”.

Roberto Marrero. Ex preso político /Exjefe del despacho del Gob. interino de Juan Guaidó

“Roland es un hermano para mí. El que no hubo en mi familia pero el que elegimos de corazón, y lo digo en plural porque mi mamá siempre lo quiso como a un hijo. Yo lo conocí en un estudio de televisión hace más de 20 años, y fue como si nos conociéramos de siempre. Descubrimos muchas coincidencias: nuestras familias eran de clase media pero venían de hogares muy humildes, como tantas que progresaron en Venezuela gracias a la educación y a las ganas de echar pá lante. Es un hombre servicial y me consta que su corazón siempre está dispuesto para servir a su prójimo. Como periodista y cronista social ha podido vincularse con personas de elevada posición sin alterar su humildad. Él disfruta de unas empanadas en un barrio caraqueño, tanto como de una cena en un restaurante atómico de París. Es absurdo y completamente falso que se le quiera vincular a alguna actividad ilícita. Su única “falta” es trabajar por un país mejor”.

Carolina Perpetuo. Actriz

“Conocí a Roland en el año 2011, cuando estábamos fundando el partido Voluntad Popular. Él se acercó a nosotros para asesorarnos como periodista, basado en el profundo amor que le tiene al país. Lo recuerdo como ejemplo de superación personal. Él nació en un pueblito muy humilde, Aguada Grande, y se fue formando con las revistas de moda que le mandaba su mamá desde Estados Unidos, donde ella trabajaba. La casa donde ahora vive Roland era de una señora pudiente. Él se propuso comprarla y lo logró. Es el ser más alejado que existe de la violencia. ¡A él le sembraron un arma de guerra! Y en cuanto a esa acusación de que supuestamente manejó recursos de fundaciones pertenecientes al Estado, puedo decir que si algo tiene Roland es que jamás se prestaría para un chanchullo o para algo turbio. En eso es radical. El asunto es que él estaba fungiendo como gerente general del partido Voluntad Popular. Él estaba trabajando como coordinador operativo. Al atacarlo a él, buscan que ocurra una implosión interna, pero no lo lograron. El partido sigue en pie”.

Alfredo Jimeno. Dirigente de Voluntad Popular

“Lo conozco desde que él era pasante en El Nacional. Hoy es la misma persona: alegre, amable, inteligente, con un humor que Dios se lo guarde, sencillo, humilde. Un hombre que decidió formarse, leer, y luego se convirtió en ese periodista de mucha cultura que es. ¡Me parece inconcebible que esté pasando por este trago tan amargo, y si de algo se le puede asociar a él, es a la belleza, a la farándula, a lo social! Cuando me enteré de la noticia de su detención lloré porque sé que es demasiado inteligente para cometer una torpeza como esa, sabiendo la calidad de gobierno que tenemos. Espero que salga libre y que si lee esto sepa que lo queremos mucho y que cuente con  nuestro cariño y apoyo para siempre, porque no lo vamos a olvidar”.

Elizabeth Fuentes. Periodista

“En este momento tan triste, cuando no puedo escuchar tu voz, decidí que no permitiré que la injusticia que nos separa también silencie nuestros cuentos, la historia que desde hace tanto compartimos. Recuerdo claramente cuando nos conocimos: yo estaba a cargo de la revista “Pandora”, de El Nacional, y también dirigía las páginas Sociales. Como las buenas aventuras necesitan de un equipo excelente, debía buscar apoyo y, estando allí, en el 4° piso, frente a mi máquina de escribir, y montones de fotos en blanco y negro, de pronto llegó este joven de Aguada Grande, pueblo vecino de mi amada Barquisimeto. Eras estudiante de primer año, te sentaste sin ser invitado, y en diez minutos editaste, agregaste nombres, apellidos e historias de la sociedad caraqueña. Te pregunté si estabas seguro y solo necesité cinco minutos para convencerme de ello. Al día siguiente inició tu columna social en las páginas del periódico. ¡Feliz como eres y para celebrar tu primera publicación nos fuimos a echar cuentos con un café! Teníamos 15 minutos y en ese tiempo me contaste cómo, desde niño, leías todas las revistas que llegaban a tu pueblo, aunque fueran viejas, empapándote así del quehacer capitalino. “Vengo de Aguada Grande, el pueblo de las dos mentiras: no tiene agua ni es grande, pero allí pasa de todo”, me contaste. Así podría contar muchas anécdotas que tenemos como amigos, pero ahora por razones de espacio no me puedo extender. Eso sí, quiero enfatizar que eres con quien comparto, día a día, la mejor de las amistades desde que nos conocimos”.

Chepita Gómez. Periodista

“Hace cerca de 40 años conozco a Roland Carreño. Desde que él empezó a trabajar en el diario El Nacional como asistente de la periodista encargada de las páginas Sociales. Después fue jefe en esa misma sección. Siempre ha tenido una pluma extraordinaria y, por intermedio de la moda, hicimos una gran amistad. Él es una persona muy sencilla y muy amable, y con el paso del tiempo, gracias a su trabajo y su talento, se volvió cada vez más reconocido. Yo soy de la familia Carreño, de Caracas, y él es de Barquisimeto. Aún así, sin ser familia, siempre me saludó como su prima, y así saluda y presenta a mis hijos, con un cariño y un entusiasmo muy especial. De verdad que estoy rezando muchísimo por él, y se lo encomendé a Dios, para que pronto termine esta situación tan desagradable”. 

Alma Carreño de Ponte. Director gerente de la firma Alma & Carolina Ponte Alta Moda

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