“El amor dichoso no tiene historia”, así comienza uno de los más completos y profundos estudios sobre el amor y su literatura: El amor y Occidente, de Denis de Rougemont, que entre otras subversivas propuestas nos siembra que el discurso amoroso sobre el cual se cimenta prácticamente toda nuestra cultura, se origina de una célebremente perseguida herejía, que ha olvidado su verdadera índole.

Pero ese discurso amoroso, el del Amor cortés, hipotética máscara de la herejía cátara, con sus nociones del encuentro definitivo entre dos seres para el romance, de la pasión devoradora para definir el amor, de la cercanía o identidad de la pulsión amorosa con la muerte, y todo el imaginario metafórico que contiene: la herida de amor, el fuego o la llama que nos consume, el dolor deleitoso, la mujer ángel, el amante siervo; todo este discurso amoroso, decimos, está entrando en crisis, cuando no implosionando directamente. El progresivo e indetenible empoderamiento del género femenino, la también ya infinita diversidad sexual con la consecuente disolución de la polaridad amorosa y la caducidad de que se han infectado algunos de los tropos amatorios después de nueve siglos de saludable supervivencia, junto a la hegemonía que van cobrando unos menos poéticos, más directos y con una estética propia, por no decir diversa, irreverente o polémica, en los principales dispositivos que siempre han vehiculado este discurso: las canciones de amor, ahora dominadas por los formatos del rap, el hip hop y el reggaeton, parecen decretar el ocaso de ese código de la pasión estudiado por eminencias como Kierkegaard, Ortega y Gasset, el ya mencionado De Rougemont, Roland Barthes y Rafael Castillo Zapata.

La escritora española Espido Freire abre un espacio para esa ampliación del canon amoroso, y lo hace con un texto muy apropiado para reescribir un código: un Diccionario de amores y pesares, que precisamente desde esa compilación terminológica intenta abarcar el diacronismo de un discurso que aún no deja de tener validez frente a otro que apenas está ordenándose.

Diccionario de amores
Foto cortesía

La Freire, novelista, cuentista, ensayista, ganadora precoz del Premio Planeta e incluso exploradora de la llamada Literatura Infantil, parte del ámbito tradicional al codificar su Diccionario de la A a la Z: hay metáforas de los afectos como la A de aullido o la Z de zarpazo; eventos de vida y memoria como la B de boda o la D de despedida; objetos hacia los que transmigran los afectos cuando estos abandonan los cuerpos que los generaron, como la C de cosas o la N de nevera; abstracciones psíquicas como la E de empezar de nuevo o la O de olvido. No faltan las gotas de realidad como en la G de guerra o la Ñ de ñoñerías o las de la fibra humana de donde surgen las pasiones o los conflictos como la J de juventud o la P de perdón, y lógicamente, como el título los contiene: los pesares como en la Q de Quejas o la R de ruptura; los pronombres indispensables para que las ecuaciones amorosas se armen, más allá de los géneros o los genitales: la T de tú y la Y de Yo, sin dejar fuera los matices inevitables de la cursilería, sin los cuales no habría ni siquiera buenos boleros, como la L de lógica o la U de Universo.

Tus y yoes

Por supuesto que escondidos tras las entradas lexicales, lo que encontramos son historias de amor y desamor, de memoria y de desahucio, de ilusión y de decepción, de dureza y de vulnerabilidad, pues nunca somos más inconmovibles que cuando dejamos de amar, ni más frágiles que cuando somos borrados por el olvido de quien no hace mucho nos amó. La veleidad y la fidelidad también fluyen por estas historias en formato epistolar, desde el cual una voz relata los residuos o el cúlmen de un relato apasionado o que lo fue en un tiempo. Y aquí, aporta la Freire una interesante novedad: esas voces de un ego narrador de su vivencia o su nostalgia encarnan la diversidad sexual que va desbancando la tradicional hegemonía binaria de lo masculino enfrentado a lo femenino, quizás no sean las cartas mejor conseguidas las provenientes de esa variedad.

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La autora se ha trazado una apuesta ambiciosa que se bifurca en dos momentos, desafortunada y casi inevitablemente desiguales. El primero, el sólido e incisivo, el de la definición léxica del vocablo escogido de entre el fecundísimo discurso amoroso, y en la cual se prefiere la veta del ingenio o la imaginación para, a través de la asociación o del centelleo metafórico, hurgar llagas, fantasmas o afirmaciones secretas en las que nos reconocemos o sorprendemos.

El segundo momento pagaba el impuesto de la indefectible limitación del discurso amoroso. Podrían variarse o multiplicarse los sujetos y sus sexos, pero el espectro de los sentimientos oscila entre  pocas variantes tensadas entre el blanco y negro del amor y del desamor, y allí, no disgusta la recurrencia, pues los libros sobre el amor son solicitados principalmente por sus víctimas, por sus heridos de guerra, quienes en su doloroso proceso asumen que en la contemplación de la daga, la rasgadura, la laceración o la cicatriz reverberadas en cuerpos ajenos, encontrarán un bálsamo; el problema, creo, está en la atracción fatal del lugar común o del kitsch directamente, que demora y agrieta los arcos narrativos de las historias monologadas que suceden a las entradas léxicas. ¿Había otro modo de hacerlas cotidianas y transferibles para todos los lectores? No lo sé. O quizás no estuvo entre las inquietudes estéticas de la escritora considerarlo. El segundo problema surge de una cercanía del primero: el predominio de la voz del yo. En 26 de sus 27 capítulos las historias se narran desde el yo, pues incluso en la variante restante, aunque del plural, la voz se emite desde la primera persona. Es difícil, a pesar de que las atalayas amorosas y los sexos y las situaciones varíen, matizar distintos colores o registros sí escuchamos siempre la voz del yo. Quizás un narrador omnisciente o un tercero curioso no hubieran venido mal en G de Guerra o en J de Juventud, donde el expediente de la primera persona no resuelve una confusión redaccional, o en P de Perdón, para que fuesen más diáfanas las faltas.

La carencia esencial

Debo confesar que leí el Diccionario de amores y pesares en el colmo de la pena que me dejara el desamor más cruento con el que he tenido que enfrentarme en una vida ya recurrente en ellos, y por eso, celebré que el libro se inaugurara con la sima herida del Aullido. Es decir, el libro comienza desde la pérdida, desde la soledad, desde la mirada atónita de quien oye la despedida y mide el tamaño del desahucio. Volvía a aplicarse, a pesar de los siglos, a pesar de la distancia que nos separa de la herejía camuflada que originó nuestra noción del amor, lo de que el amor dichoso no tiene historia. Parece que toda historia amorosa que merezca contarse parte del dolor, de la carencia esencial, del hueco inexplicable que más que llenarse busca entenderse.

Diccionario de amores
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Y es que si el amor es herida o carencia, anhelo de lo que no se tiene, nostalgia de lo perdido, reconocimiento de una pobreza e intemperie originaria no puede tener otro discurso sino el de la queja o el del aullido:

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 “Aquello del pasado debió ser amor, sin duda, porque se convirtió en mi vida y en mi muerte.”

 (A de aullido.);

 “Yo te hubiera dado cielo y tierra. Creo que, hasta donde he sabido, te lo he dado. ¿Por qué entonces finges que no existo, no contestas mis mensajes, no te dignas a dirigirme la palabra? (C de cosas); 

“Y quizás mientras yo escribo estas letras sientas una punzada en el pecho, y sepas así que estoy ahora pensando en quienes fuimos, y que tengo miedo de quienes seremos.”

 (D de despedida).

Hay incluso nostalgia, sensación de carencia en quienes sobreviven a los inexorables embates que la vida propina a los corazones en pareja, porque el amor también se extiende sobre esa espinosa dimensión llamada tiempo que todo lo agosta y adormila, y sobrevivir tomados de la mano puede ser también una intemperie:

 “Y quiero llenar el resto de años que nos quedan de recuerdos, quiero que creemos ahora la vida que luego será pasado, en lugar de que una laguna plácida y quieta se extienda de aquí a allá. No es esto lo que soñaba. Y como ya no somos niños (…), y la fuerza y el valor, lo conocemos ya, ven, habla conmigo. Vamos a convertirnos en viejos.”

 (E de Empezar de nuevo);

 “y en el fondo anida un miedo muy profundo, ¿y si no soy capaz de un cambio? ¿Y si el perdón no basta para romper el hechizo que cae sobre quienes no hablamos de lo importante? El amor no ha sido suficiente para nosotros; algo nuevo tendremos que inventar.”

 (I de Idas y venidas).

Amor vs. Amor propio

Hay otro factor que atenta contra esta centenaria concepción del amor que permea todo nuestro discurso sentimental, y es que hemos dado en construir una generación hiperindependiente, con un tan absoluto sentido de la libertad que casi olvida el de la responsabilidad, sobre el que debería cimentarse  una conciencia de lo que hacemos y también de lo que sentimos. Yo diría que acaso también de lo que hacemos sentir.

La banalización del amor en buena parte de los productos mediáticos, principalmente en los musicales, donde como he acotado ya, se ha sustentado tradicionalmente la propagación de los códigos amorosos creados y heredados del Amor cortés y del Amor romántico, puede estar llevando a la concepción del amor como un juego, tan necesariamente cambiante como un teléfono móvil o una tendencia en el vestir o en el peinar. Todo va muy rápido, incluso la iniciación sexual de niños y niñas, a quienes esta exaltación de la atracción física y la recurrencia en lo que hoy se define como “contenidos explícitos” en las canciones de los ritmos y cantantes más actuales y mimados por el público, puede hacer sentir que la exploración de la desnudez o el magnetismo por un cuerpo o un rostro hermoso son uno más de los vertiginosos juguetes miméticos de la vida real, como los videojuegos, la realidad virtual, los simuladores, las aplicaciones que transforman nuestra anatomía o la asunción de otra personalidad en la internet o los juegos de roles.

Este ludicismo excesivo produce una consecuencia aún más desconcertante: si el amor y el sexo son un juego, ¿por qué deben doler y marcarnos tanto? Y aquí creo que cierta psicología moderna y cierta tendencia sociológica ha colaborado poderosamente con esta confusión.

Nuestras más recientes generaciones han sido educadas bajo los signos y mitos del triunfo, de la autorrealización, de la libertad, de la autosuficiencia, del emprendimiento, de la riqueza rápida, de la vida personal y profesional construida a partir de una pretendidamente incombustible autoestima. Los triunfadores en el mundo electrónico y de la comunicación (los creadores de contenido, de aplicaciones, los youtubers, los influencers), los niños genios, los dueños de marcas millonarias surgidas de un chip y una pantalla, los deportistas de élite, los indetenibles CEOS que no paran de darle vueltas al mundo en la consecución de sus negocios, los líderes políticos cada vez más jóvenes y guapos, de todos los sexos, ¿van a dejarse abatir por el abismo del amor, por el telúrico impacto que provoca la derrota infinita de no poder enamorar a quien nos desvela implacablemente o la de perder a quien creíamos amar o que nos amaba?

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La psicosociología moderna salta en su auxilio y nos dice que el primer amor, el indispensable, es el que debemos tenernos a nosotros mismos y desde allí enarbola que lo que realmente creemos que es la antigua herida (la vetusta llama dirían Virgilio y Dante) de amor, la que provocó tanta poesía y tantas canciones, no es más que una forma de la depresión o la melancolía, con un nombre aún más feo: apego.

Hemos terminado en nuestra vida citadina, cómodamente albergada por la electricidad, las pantallas LED, la comunicación por satélite, el internet y nuestros móviles, creyendo que es errado ser vulnerable y no temerle al dolor. Queremos ser una especie de Peter Pan cuyo sueño principal es no abandonar jamás Neverland, pues tenemos miedo al miedo, a perder, a aprender duramente, a explorar las fértiles minas de la tristeza. El Diccionario de amores y pesares de la Freire se aleja de esta visión antiséptica y evasiva del amor. Por ello explora en los zarpazos (es la última entrada de su Diccionario), las incisiones, las lidias de nuestro cuerpo y nuestra memoria con el duelo y en las cicatrices, inscribiéndose en los pulsos cotidianos de nuestra vida moderna y multitudinaria, con las inextricables desigualdades entre las parejas que terminan, con uno que lo decide y lo acepta y otro que no puede comprenderlo, como en F de Fin, o en la trepidante variabilidad que da el desenfado habitual de los acoples entre homosexuales, como declara la joven lesbiana de G de Guerra; o el amigo de la chica que intenta dejar de serlo en H de Historia; o la nostalgia del marido que no ha dejado de soñar con su antigua pareja, amiga de su actual y feliz familia, en J de Juventud; el nervio agotador de los mensajes de texto y las preguntas que no acaban en el, a veces invasivo oficio de querer conocer al otro amado, como en K de Kilómetros o N de Nevera. O mi favorita: W de Wolframio, y en la cual Freire hace una sutil pero punzante crítica a ese moderno que privilegia su amor propio (o a sí mismo) al amor por otro, y cree descubrir que ningún ser humano en el mundo es digno de una de sus lágrimas, insomnios o anhelos. Esta es su definición: “Wolframio: Metal que rechaza prácticamente cualquier aleación con otros metales, salvo con el aluminio.”Una buena manera de entender que no somos tan bellos ni tan solitarios; ni tan desdichados ni tan inmunes a la pasión; ni tan excepcionales en nuestras vulnerabilidades ni en nuestras mezquindades; ni tan antiguos que no podamos descubrir cómo curar un corazón roto ni tan modernos para creernos hechos de Wolframio y no poder enamorarnos; eso es el Diccionario de amores y pesares de Espido Freire.

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