• Egleth Noda, Venancio Giménez, Alexandra Maldonado y Danilo Manzano son los representantes de distintos proyectos sociales que buscan mejorar las oportunidades y la calidad de vida de la creciente comunidad migrante en el país andino

La promesa de un nuevo comienzo puede tener consigo la inquietud de las imposibilidades. Dejar el país de origen también es dejar lo conocido y sumergirse en una marea de probabilidades que puede resultar tan oscura como alentadora. En los últimos años, y en condiciones cada vez más desfavorables, miles de venezolanos han llegado a Ecuador huyendo de la crisis económica, política y social de su país.

La tierra de la mitad del mundo dejó de ser una nación de paso para muchos venezolanos. De acuerdo con el informe anual Tendencias globales del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), publicado a mediados de junio del presente año, ahora Ecuador es el cuarto país receptor de desplazados venezolanos en el mundo con una cantidad de 374.045 migrantes. El tercer puesto lo ocupa Perú con 377.864, el segundo Chile con 452.712 y el primero Colombia con 1.771.237.

Sin documentos en regla ni trabajo estable, el día a día de cientos de venezolanos en la capital ecuatoriana se vuelve un desafío. El clima de xenofobia también nubla la esperanza. Ante esta situación, venezolanos y ecuatorianos han decidido crear iniciativas para apoyar a la comunidad de migrantes y promover la integración.

La fundación detrás de una historia de vida

2016 fue el año en el que la venezolana Egleth Noda, médico cirujano ortopédico y traumatólogo de la Universidad Central de Venezuela (UCV), migró a Ecuador, específicamente a la ciudad de Quito. Sin embargo, un robo marcó su llegada al país, por lo que tuvo que comenzar su estadía sin su pasaporte y título universitario.

Luego de varios meses de trabajo en una peluquería canina y algunos encuentros fortuitos, Egleth pudo ejercer nuevamente su profesión como jefa de emergencia de un hospital. Y aunque han pasado cuatro años desde que Quito se convirtió en su nuevo domicilio, su acento caraqueño se distingue en su hablar. Pero esto no siempre fue así.       

La venezolana relató para El Diario que durante su estadía en la institución médica quiso cambiar su acento porque sentía resistencia en sus pacientes cuando ellos notaban su lugar de origen. No obstante, tal y como ella lo asegura, un hecho cambió la historia de su vida en Ecuador.

Aquel suceso ocurrió cuando cuatro venezolanos ingresaron a Emergencias de un hospital por traumatismos múltiples. Ella se les acercó y cuando ellos la escucharon hablar le respondieron de tal forma que la impresionaron. “Gracias, Dios. La doctora es de Caracas. Es venezolana”, exclamó uno de los heridos. 

“Yo en ese momento me di cuenta de que mis títulos podían desaparecer, que me podían robar mi pasaporte y que me podían quitar todo lo que yo tenía, pero que mi identidad cultural era lo único que realmente me pertenecía”, cuenta.

Esa misma noche, Egleth pensó en crear una red de apoyo “porque lo que la gente necesita es que le digan que no están solos”. El primer paso fue buscar a enfermos venezolanos en los hospitales de la ciudad en compañía de otros médicos venezolanos. Uno de sus amigos le sugirió crear un grupo de WhatsApp para estar más organizados y, para sorpresa de la doctora, en una semana eran 800 voluntades con el deseo de colaborar.   

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Mitad del mundo, familias con niños.

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Desde entonces, nació la Fundación Chamos Venezolanos en Ecuador. Actualmente, cuentan con nueve programas que brindan apoyo a la comunidad migrante en el país, que van desde la donación de colchones y ropa para el frío hasta la realización de actividades escolares que le faciliten a los menores la reinserción en el sistema educativo de Ecuador. Algunos de los nombres de estos programas son: Abrígame, Saludable, Mercado nutricional, Aula móvil y Tradiciones.

En los últimos años han contado con el apoyo de aliados internacionales como el Programa Mundial de Alimentos de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) y, de acuerdo con cifras de la fundación, han podido beneficiar a más de 5.000 familias. Además, han creado grupos de apoyo a lo largo del territorio ecuatoriano en ciudades como Ibarra y Latacunga.

Los sueños que tiene Egleth de que la fundación siga creciendo no se detienen. Con una sonrisa, habla del cambio de sede que harán porque la casa que había alquilado se “quedó pequeña” para el proyecto que se avecina y que busca darle herramientas a la mujer migrante para emprender en lo que significa un nuevo comienzo de vida.

“La idea es crear una cocina con un ambiente educativo. Las mujeres van a llegar allí y van a venir unos pasantes de la Escuela de Gastronomía de la Universidad San Francisco de Quito y le van a dar clases de cómo se cocina en Ecuador. Además, va a venir un psicólogo y las va a escuchar, les van a decir que no hay imposibles”.

Apoyo con el sello de un ícono gastronómico

La empatía no sabe de nacionalidad. Para la ecuatoriana Alexandra Maldonado no fue necesario compartir un gentilicio para preocuparse por los migrantes venezolanos que empezaron a llegar a su país. Así que con su cámara fotográfica y con el deseo de retratar y conocer la historia de estas personas, visitó a mediados de 2018 el terminal terrestre de Carcelén, ubicado al norte de Quito.

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Fue entender por qué lo estaban haciendo. Nosotros ya sabíamos de la crisis de Venezuela, pero no sabíamos que era una crisis tan profunda que calaba en todos los aspectos y fue saber que ellos estaban viniendo para acá en busca de un mejor futuro para sus niños”, explica.

La también diseñadora relató para El Diario que en ese terminal conoció a Dinora. Una venezolana que llegó con su familia caminando desde la frontera con Colombia. Sin imaginarlo, aquel encuentro sería una de las piezas para la creación de Las Reinas Pepiadas.

Como lo asegura Alexandra, conseguir empleo es un constante problema en el proceso migratorio, así que ella comenzó a darles pequeños trabajos en su casa. Una noche tuvo una cena con treinta personas y Dinora le ayudó a preparar la comida. El menú de aquella noche fue la arepa más emblemática de la cultura venezolana: la reina pepiada.     

Actualmente, el equipo de este proyecto social está liderado por cinco mujeres de Ecuador y Venezuela. Además, cuenta con cinco ejes de acción que son: Vivienda, Asesoría Legal Gratuita, Educación, Bienestar, Salud y Emprendimientos Sociales. Gracias a lo cual hoy día apoyan a 45 familias venezolanas en Quito. 

Pese a que alrededor de 80% de estas familias no cuenta con un estatus regular en el país, Maldonado asegura que eso no es un impedimento.

“En realidad es todo lo contrario, eso nos impulsa a hacer miles de cosas más para poderlos incluir en estos procesos económicos y sociales de esta ciudad. Al fin y al cabo, ellos son los que están en la calle todos los días”.    

En ese sentido, resalta que no tienen como fin ser una fundación de solo dar sino de construir. Es por ello que uno de los ejes es la capacitación para brindar herramientas desde la gastronomía gracias a alianzas con marcas como República del Cacao y Somos Ecuador Restaurant.    

Escuchar y ser escuchados resulta importante para cualquier migrante. Entendiendo esa necesidad, el año pasado iniciaron con conversatorios para que las mujeres de la red puedan compartir sus historias y tener cercanía. Dominique Crespo, cofundadora del proyecto, explica que “Las Reinas Pepiadas no solamente actúa en proyectos de vida con las mujeres, sino también fomentamos el pensamiento crítico de una realidad evidente en nuestro país”. 

Con el fin de seguir recolectando fondos, actualmente están realizando la campaña +Amor en la que son protagonistas cuatro diseños que llevan consigo una historia y que se realizaron en colaboración con mujeres migrantes. Dicha campaña consiste en la donación desde 20 dólares para recibir a cambio un bolso con uno de los diseños. La meta es llegar a recaudar 7.000 dólares y así seguir apoyando a las 45 familias.

“No solo es una campaña, sino que estamos expandiendonos a ser esta comunidad de personas que acogen a la migración y que empatizan con la situación de movilidad humana y ven a través del bolso una forma de contribuir”, finaliza Crespo.

La esperanza de recibir y entregar alimentos

Un plato de comida puede cambiar el día de cualquiera que no gane lo suficiente para cubrir sus necesidades básicas. El cocinero venezolano Venancio Giménez lo supo cuando se convirtió en migrante y llegó a la ciudad de Quito hace tres años.

Luego de establecerse en el país y poder reunir el dinero para traer a su esposa e hijo, continuó con Pimientas Gourmet. Se trata de un emprendimiento gastronómico que iniciaron en la ciudad venezolana de Valencia y en el que ahora venden principalmente platos y pasapalos venezolanos con entrega a domicilio en Quito.

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Ese emprendimiento lo empezamos con cinco dólares, que era lo que nos quedaba en ese momento”, explica Giménez, quien también rememora la difícil época económica que atravesó con su familia durante aquel momento.

La pandemia por coronavirus no solo se convirtió en meses de confinamiento, también trajo consigo la imposibilidad de salir a trabajar a la calle y ganar dinero. Especialmente para las personas migrantes. Tal como lo indica el informe Ecuador: evaluación rápida de necesidades ante el covid-19, publicado en mayo de este año y elaborado por el Grupo de Trabajo sobre Personas Refugiadas y Migrantes (GTRM), la principal necesidad percibida por los hogares en movilidad humana fue la alimentación (94% en venezolanos y 92% en colombianos).  

Ecuador
Foto: Venancio Giménez

Por este motivo y tras la experiencia que vivió con su familia, Giménez explica que decidió empezar a repartir comida. El incremento de adultos y niños en las calles era evidente. “Eso me afectó, pero también me hizo acelerar las cosas”, agrega.

La bondad característica de su abuela le sirvió de inspiración para bautizar con su nombre este proyecto: Comedor Abuela Luisa. Hasta la fecha han repartido 789 comidas y tienen como meta entregar 2.000 platos a finales de año. Detrás de esta iniciativa están las manos y voluntad de él y su esposa. Además de los clientes y aliados que le realizan donaciones de alimentos y envases para seguir con el proyecto.

“Esto lo hacemos los dos solitos aquí en la casa”, comenta el venezolano. También explica que para llegar a esa cantidad preparan comida al menos dos veces por semana, dependiendo de la cantidad de donaciones que reciban.

Con entusiasmo, Giménez asegura que para los próximos primeros seis meses del año 2021 la meta que tienen es llegar a 5.000 comidas.“Porque esto es un proyecto que ya no es solo por la pandemia. Es un proyecto de vida que quiero llevar de la mano con el emprendimiento que tenemos”.

Asimismo, expresa que con este proyecto ha podido valorar mucho más la vida y aquellas cosas que por el hecho de ser cotidianas se asumen como sentadas.

“Lo que yo hice quisiera que muchas más personas se animaran también a hacer esto desde sus casas”.

Los esfuerzos por una inclusión total

En sociedades convulsas, los problemas de las minorías pasan a un segundo plano. Pero no desaparecen, por el contrario, quedan grabados en las vidas de sus protagonistas. Como lo explica el activista social ecuatoriano Danilo Manzano, en los últimos años han existido avances en materia legal para la población LGBTQ en ese país. Sin embargo, el camino por recorrer sigue siendo largo e intrincado.

“La gente a veces piensa que como las personas del mismo género pueden casarse ya lo tienen todo y no es así”, añade.

Ante esta situación, el también fundador de la organización Diálogo Diverso decidió iniciar en octubre de 2018 el programa Mi Casa Fuera de Casa. Este tiene como propósito brindar acompañamiento legal, asesoramiento psicosocial y médico a los migrantes venezolanos de esta comunidad.

Desde su inicio, cuentan con el apoyo de la Embajada de Canadá en Ecuador y del gobierno Australiano. Actualmente, también cuentan con un lugar de atención en las ciudades de Guayaquil y Manta.

“Desde el momento en el que abrimos las puertas de nuestra organización, en el marco del proyecto Mi Casa Fuera de Casa, hemos atendido a más de 5.500 personas LGBTQ venezolanas”. Así lo comenta Daniel con orgullo y agrega que la organización que preside es la primera de Ecuador que trabaja directamente por esta comunidad.

La cuarentena por el coronavirus que inició en Ecuador el 12 de marzo del presente año  significó un desafío y un cambio en las operaciones de este proyecto. Manzano afirma que “para quienes trabajamos desde la asistencia humanitaria el trabajo se multiplicó, porque tenías a una población venezolana LGBTQ que ya vivía en una situación de pobreza extrema en la ciudad de Quito y que con el tema de la pandemia se agudizó la necesidad”.

En ese sentido, desde esta organización buscaron el apoyo de empresas privadas y organismos internacionales. Gracias a ello pudieron entregar alrededor de 1.500 kits alimenticios a las personas LGBTQ refugiadas y migrantes. Por otra parte, tal como lo explica Manzano, durante los primeros 35 días de dicho confinamiento se logró atender a 1.200 personas pertenecientes a este grupo.

“Todo nuestro equipo en las tres ciudades se volcó al teletrabajo para seguir haciendo la consultoría médica, seguir repartiendo medicamentos. Los psicólogos se desbordaron de trabajo porque la afectación psicosocial y psicoemocional de la gente llegó a unos niveles extremadamente altos”, explica.

El desarrollo de proyectos de innovación y emprendimiento es otro de los pasos que busca dar esta organización. Así lo expresa el activista social. “Queremos fomentar e impulsar la integración y la integración viene de la mano de la integración económica, para acabar con esa percepción equivocada de que el venezolano viene a quitar puestos de trabajo».

Inevitablemente, cientos de venezolanos siguen en condiciones de vulnerabilidad lejos de los hogares que dejaron. La lista de necesidades es larga. No obstante, la solidaridad se resiste a sucumbir. Bien sea desde la sede de una fundación o desde la cocina de una casa. 

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