Soy ucevista pero primeramente venezolano y ver que nuestra Universidad Central de Venezuela (UCV) se está cayendo (desde hace años, aunque ahora sea más evidente) no solo da rabia, no solo desangra el alma, sino que me pone a pensar en nuestro propio compromiso.

En las redes sociales vi a miles de personas quejándose, señalando a Nicolás Maduro o a las autoridades universitarias y con toda razón; han sido irresponsables, corruptos y desleales con nuestra alma mater en una eterna batalla de poder y una burocracia absurda que está destruyendo nuestro patrimonio, pero ¿qué hay de nosotros? Y empiezo a cuestionarme yo mismo, tras haber pasado casi 7 memorables años de mi vida en “la casa que vence la sombras” y no haberme ocupado de devolver algo.

Foto: Álvaro Pérez Kattar

En las diferentes universidades del mundo hay gente que tras graduarse y tener éxito en sus carreras, reinvierte en ese lugar que le dio educación: construyen edificios, remodelan salones y se involucran con el cuidado y mantenimiento de esos espacios a los que debemos tanto. Estoy seguro de que no son pocas las organizaciones de egresados que efectivamente existen, pero ¿cuál ha sido el impacto real?, ¿qué hemos hecho nosotros para cuidar la UCV?, ¿cuántos ingenieros, arquitectos, comunicadores, médicos y pare de contar, con gran éxito en el mundo han salido de esas aulas?

En estos tiempos no espero nada de políticos, ni de la rectora, que tampoco tiene excusas. La única forma que veo para que la UCV no muera más de mengua es que cómo podamos, los que podamos, hagamos algo al respecto: un arquitecto, un cemento, un bombillo, una mano de obra, cada quien poniendo algo no solo para levantar ese techo, sino también la moral de esos chamos que -como nosotros alguna vez soñamos- esperan no llegar a las nubes, sino graduarse bajo ellas (las de Calder).

No basta con cuestionar la destrucción a la que ha sido sometido nuestro país en su historia contemporánea, soy de los que cree que no debemos seguir abandonando nuestros espacios, permitiendo que las cosas simplemente sucedan y regocijándonos en la nostalgia de lo que era antes y ya no es. La UCV fue para mí, más que una gran academia, una escuela de vida. Es parte de mi historia y de la de todo aquel que se sienta venezolano, por lo tanto la UCV soy yo.

Y aunque a veces no sepamos cómo comenzar a hacer algo al respecto, lo primero es darse cuenta de que nadie nos puede arrebatar nada, nadie puede hacernos daño si no lo permitimos, incluso en las más terribles etapas de la historia de las sociedades, hay un día en que alguien dice: basta. Y todo empieza a cambiar.

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