• Varias víctimas relataron a El Diario sus experiencias al dar a luz en hospitales venezolanos y el trato que recibieron por parte del personal de salud. Ilustración: Lucas García

Dentro de las paredes de los hospitales la crisis venezolana se ve intensificada. Pacientes que imploran por ayuda muchas veces no pueden ser atendidos por la falta de insumos. Sin embargo, no solo la falta de insumos afecta a los ciudadanos que acuden a un centro asistencial. Venezuela es uno de los países más violentos del mundo, por lo que no es de extrañar que se registren formas de violencia en diferentes áreas de la sociedad, incluso en la hospitalaria. 

Las mujeres son las que más se ven afectadas por el maltrato dentro de los hospitales, principalmente en los servicios de maternidad donde las madres se encuentran en una situación de vulnerabilidad. Las pacientes denuncian ser víctimas de malos tratos, agresiones y humillaciones por parte del personal de salud. Esto califica como violencia obstétrica y está tipificado como delito dentro de la legislación venezolana. 

Delito de violencia obstétrica

“Se entiende por violencia obstétrica la apropiación del cuerpo y procesos reproductivos de las mujeres por personal de salud, que se expresa en un trato deshumanizador, en un abuso de medicalización y patologización de los procesos naturales, trayendo consigo pérdida de autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida de las mujeres”, el artículo 15, numeral 13 de la Ley Orgánica para el Derecho de la Mujer a una Vida Libre de Violencia

Muchas mujeres desconocen que el maltrato que pueden recibir dentro de los hospitales es un delito. Algunas de ellas se ven emocionalmente afectadas durante el proceso de parto, se encuentran vulnerables, con miedo y además son víctimas de improperios o agresiones que hacen que la experiencia de dar a luz se convierta en un proceso traumático. 

Para Daniela González* el trauma sigue latente, a pesar de que dio a luz a su única hija hace 10 años, cuando era una adolescente de 16 años de edad. 

Como madre primeriza había información que no conocía sobre lo que implicaba dar a luz. Junto a su familia planificó el nacimiento de su hija en la sede de la Cruz Roja de San Cristóbal, estado Táchira. Todo marchaba bien, a pesar del temor y las situaciones que implicaba ser madre adolescente. Pero los planes de González cambiaron cuando el parto se le adelantó varias semanas. Iniciaron las contracciones y con ello la preocupación de la familia. Acudieron a la Cruz Roja, como estaba planificado, pero la bebé probablemente necesitaría incubadora debido a que nacería prematura. En el centro de salud le informaron que no tenían los equipos necesarios para atender un parto con tan pocas semanas. Le recomendaron acudir al Hospital Central de San Cristóbal, el lugar donde vivió el momento más traumático de su vida. 

El dolor cada vez era más agudo. Cuando llegó al hospital la primera acción de los médicos fue intentar detener el parto porque le faltaban semanas de gestación. Esa noche del miércoles González no pudo conciliar el sueño. Entre el hambre y el dolor poco a poco se quedaba sin energías. A la mañana siguiente, al ver que no le podían detener el parto, la llevaron a la sala de preparto. Fue ahí donde comenzó el maltrato. 

La ginecobstetra que atendió a la mujer se negaba a darle medicación para acelerar las contracciones o para calmar el dolor intenso que ella sentía. Debido a esta sensación dolorosa, González no quería  que le metiera la mano para medir la dilatación. 

“Ella me dijo ‘así como abriste las piernas para que te lo metan, abre las piernas para el examen. Estás muy joven para estar en una sala de parto, si te la pongo fácil al otro año vas a estar aquí pariendo de nuevo’. O sea, como que si tenía que hacernos sufrir para que no pariéramos más”, narra para El Diario González, quien ahora vive en Estados Unidos. 

Emergencia humanitaria en Venezuela

Desde hace varios años Venezuela enfrenta una emergencia humanitaria compleja, lo que afecta directamente la capacidad de atención de los hospitales debido a la falta de insumos médicos y personal de salud.

En Venezuela no se emiten cifras oficiales de morbilidad materna desde el año 2016. El ministro de Salud del régimen, Carlos Alvarado, aseguró en el año 2019 que la mortalidad materna durante ese año tuvo una tendencia muy seria de reducción. Sin embargo, esta afirmación fue refutada por Jairo Fuenmayor, representante de la Sociedad de Obstetricia y Ginecología de Venezuela, quien aseguró que en Venezuela no se registra un decrecimiento de las cifras desde hace 15 años.

El dolor y el maltrato fueron insoportables para esta madre primeriza. En varias oportunidades, al verse vulnerada, se vio envuelta en un llanto desconsolado. 

La cesárea no era una opción en su caso. Ya para el mediodía del día siguiente tenía 8 centímetros de dilatación, el bebé estaba cerca de nacer. Mientras esperaban que terminara de dilatar, la doctora se sentó en un escritorio en la sala de preparto, donde solo estaba ella de guardia con algunos residentes.

“Yo atendiendo su parto mientras todos mis colegas están celebrando su día”, fueron las palabras que González recuerda que le dijo la especialista con desdén. González no salía de su asombro ante la actitud de la médica.

Después de un rato, le realizó nuevamente el tacto para determinar los centímetros de dilatación. “Ya está coronando”, dijo la especialista mientras ordenaba el traslado a la sala de parto. En esa otra sala fría González se enfrentó a la angustia propia de dar a luz, a la inexperiencia y desconocimiento del proceso, y también a los gritos imperativos de la doctora. 

—No estás pujando, estás pujando la garganta. Tienes que pujar abajo— le gritaba la doctora.

—Yo hago lo que puedo, no sé como hacerlo ¿me puede explicar?— respondía González en medio del dolor.

—Pues puje, puje. Vuelva y abra las piernas otra vez— remató. 

La joven reunió fuerzas para pujar. El nacimiento avanzaba, pero la bebé se quedó atascada en su vagina.

“Vuelva a pujar que si no puja la bebé se le va a morir y va a ser su culpa porque usted no está pujando. Usted no la está trayendo al mundo como es”, le gritaba. 

Al final la niña logró salir, pero no lloró. González no sabía mucho de maternidad o del proceso de parto, pero sí sabía que los bebés lloran cuando nacen. La única explicación que le dieron es que a la recién nacida le costó respirar mientras estaba atascada. 

Durante 25 minutos estuvo en la camilla ginecológica. Tenían que tomarle puntos en el área vaginal pero no le daban explicación alguna. Una enfermera le echó agua fría en dos oportunidades para lavar la sangre. 

“Yo me puse a llorar. Yo decía bueno, está bien, yo no tengo edad para tener hijos porque tengo 16 años. Pero el deber de un médico es ayudar en este momento. Ellos no tienen por qué juzgarme. Yo me sentía muy mal porque tampoco tenía a mis familiares cerca. Yo me ponía a llorar porque me dolía demasiado. Mi hija tiene 10 años y yo no he vuelto a tener hijos porque nada más pensar que me va a pasar lo mismo es traumático para mí”, afirma. 

“Tenía que ir a quirófano, pero nadie me decía por qué”

Venezuela fue el primer país de Latinoamérica en admitir el término de violencia obstétrica dentro de sus leyes. En el año 2007, con la creación de la Ley Orgánica para el Derecho de la Mujer a una Vida Libre de Violencia, se estableció la violencia obstétrica como una forma de violación de los derechos de la mujer. Algunos aspectos que la ley considera como violencia obstétrica es  la falta de atención oportuna a las mujeres o realizar procedimientos médicos sin consentimiento de la madre. Esto fue lo que le ocurrió a Camila Pérez*, quien dio a luz en Caracas a mediados del año 2020, durante los primeros meses de cuarentena por la pandemia de covid-19. 

Debido a la falta de recursos optó por acudir a la Maternidad Santa Ana, en San Bernardino, para el nacimiento de su bebé. Los dolores de parto eran esporádicos, por lo que necesitó medicación para acelerar el proceso. Ya estando en la sala preparto, sintió un dolor de estómago. Para su sorpresa, no aguantó las ganas de evacuar y se defecó encima. Rápidamente pidió a una enfermera que la ayudara a limpiarse. En lugar de ayuda, recibió maltrato por parte de la profesional. 

“La única enfermera que había en la sala me dijo que ella me iba a limpiar pero que si me volvía a hacer, que se me infectara el bebé, porque ella no me iba a volver a limpiar. La tipa se fue y en ningún momento me limpió, los que me limpiaron fueron los doctores”, comenta Pérez a El Diario. La vergüenza y el dolor del parto se apoderaron de ella en ese momento.

Pero la situación más difícil ocurrió en la sala de parto, ya cuando estaba a punto de dar a luz. Al salir, la bebé desgarró el área vaginal. Rápidamente le mostraron a la recién nacida y se la llevaron al área de neonatal. Pérez debía ir a quirófano para que le cosieran la herida, pero no entendía por qué. Los médicos no le dieron mayor explicación. Comprendió lo que ocurrió al día siguiente, cuando le preguntaron si a ella le habían hecho pelvimetría para saber si estaba apta para un parto natural. Nunca le hicieron el exámen y ese fue el motivo del desgarro.

“Mi hija nació a las 2:40 pm. Yo recuerdo que ya era oscuro y no me daban a mi hija. Yo no tenía teléfono, porque no permiten ingresar con eso. Estuve esperando que me llevaran a mi hija, que pasara alguna enfermera para decirle, yo pegaba gritos y le pedía a todo el mundo que me trajeran a mi niña. Me la trajeron tarde, en la noche. Reconocí su llanto cuando lo oí en el pasillo. Me la entregaron y lo único que me dijeron es que la amamantara. Yo le revisé el pañal y todavía tenía el primer pupusito seco pegado a las nalguitas”, narra Pérez. 

“Me sentí humillada, ultrajada, violada”: historias de tres mujeres víctimas de violencia obstétrica
Ilustración: Lucas García

La Ley para el Derecho de la Mujer a una Vida Libre de Violencia establece que obstaculizar el apego precoz de una mujer con su hijo recién nacido constituye violencia obstétrica. 

El papá de la bebé pudo ver a su hija dos días después de su nacimiento, cuando le dieron de alta a la madre. Pérez recuerda aquel momento con tristeza por el trato recibido, pero la reconforta el hecho de que tanto su hija como ella están bien y sanas. 

“Yo me sentí súper humillada, uno no espera cosas así porque siempre trato bien a la gente. El trato de las enfermeras es súper humillante. Eso se siente muy triste. Fue fuerte, fue difícil ,pero gracias a Dios estamos bien. Toda mi familia me decía que no pariera ahí”, comenta. 

Una pérdida dolorosa 

Una condición inmunológica impide que los embarazos de Laura Márquez* lleguen a término. Ya ha tenido tres dolorosas pérdidas. La última ocurrió en el año 2019, cuando acudió a su segunda cita la ginecobstetra le informó que no se registraban latidos del bebé. Nuevamente se enfrentaba a esa difícil situación. A las 6:00 am del 6 de noviembre ingresó a la Maternidad Santa Ana, en San Bernardino, para que le realizaran el legrado. 

Legrado

Es un procedimiento médico ambulatorio que consiste en limpiar el revestimiento del útero después de un aborto espontáneo.

“Estuve ocho horas sentada en una silla esperando que me atendieran. Las enfermeras trataban mal a los pacientes.. Salían a cada rato diciendo que los legrados los hacían al final de la tarde si la jefa de turno lo aprobaba”, comenta para El Diario. 

“Me sentí humillada, ultrajada, violada”: historias de tres mujeres víctimas de violencia obstétrica
Ilustración: Lucas García

El miedo aumentaba con el pasar de los minutos y se apoderó de ella cuando llegó su turno de ingresar a la sala. Ella no se imaginaba que estaría por pasar el momento más horrible que, asegura,  ha experimentado como mujer. 

Pérez esperaba que le hicieran un legrado, pero en su lugar la doctora le indicó que le harían una aspiración con una cánula. En ambos procedimientos se utiliza anestesia para minimizar el dolor de la paciente. 

La mujer estaba angustiada, no sabía cómo era la aspiración. Pensó que en algún momento le pondrían anestesia, pero eso no ocurrió. La ginecobstetra realizó el procedimiento mientras Pérez se retorcía del dolor. Cada vez era más insoportable la sensación. Los gritos se escuchaban en toda la sala mientras intentaba pedirle que se detuviera porque no aguantaba el dolor. La especialista la regañó en varias oportunidades y le ordenó que se dejara hacer el procedimiento. Por el dolor agudo y los nervios, Pérez no sentía las manos, pero la respuesta que recibió fue “¡Ay, ya! no es para tanto”. 

“Me limpiaron y salí de ahí casi sin aliento por el dolor tan intenso que tenía y sin decir una palabra. Me sentí humillada, ultrajada, violada. Fue terrible mi experiencia, de verdad. Pasé más de un mes llorando y preguntándome por qué me había pasado eso,  por qué no me pusieron anestesia. Eso sin duda me afectó muchísimo emocionalmente”, comenta Pérez. 

Muchas mujeres son víctimas de maltrato o falta de atención en los hospitales de Venezuela, a la vez que los centros de salud se encuentran en condiciones precarias y sin insumos necesarios para atender a los pacientes de la mejor manera. Luego de estas experiencias las mujeres experimentan secuelas emocionales, una de las muchas consecuencias de la violencia obstétrica.

*Los nombres de las víctimas se cambiaron para proteger su identidad

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