Preludio con Appassionata

Quizás nos resulte sorprendente pero el mito de Orfeo está atravesado en la mayoría de las grandes fábulas universales, por lo cual las historias que nos reflejan, donde vemos representados los avatares e imágenes más importantes de nuestra vida en el mundo occidental  contienen en un porcentaje altísimo, al menos un componente de esta historia eterna y arquetípica.

En el mito de Orfeo están contenidos la felicidad amorosa y su repentina y puntual desdicha, las pérdidas en sus múltiples dimensiones, la perseverancia de la voluntad humana, la resistencia a la muerte, el viaje al Hades, el poder encantatorio del arte y de la música en primer lugar, la dialéctica de lo masculino y lo femenino, la esperanza mediante la indomable tentativa, la emoción de la segunda oportunidad, esa que todos los seres humanos, en nuestra inherente falibilidad, buscamos casi obsesivamente; la derrota definitiva en la pérdida idéntica, la muerte, ahora como invencible realidad; la depresión, el retorno de las sombras, el abandono y desahucio, y, según la versión del mito, la extinción del héroe.

La vida humana está hecha, en buena medida, de pérdidas, por ello este mito representa ese espacio desolado del alma. La condición humana y su preferencia por la no rendición es inherente a diferentes y varios ámbitos y disciplinas, desde lo íntimo hasta lo político, lo bélico, lo ético, lo artístico, lo industrial, lo económico y un largo etcétera. Vida y muerte, en el pensamiento occidental son prácticamente incompatibles, incluso en su imaginario, pero también es objeto de una exploración que intenta iluminar una dimensión de la que no tenemos certeza pero en la que nos es muy difícil dejar de creer e incluso de imaginar. Orfeo nos conecta nada menos que con el más allá, el ultra o inframundo, y desde allí enlaza con varios otros mitos y figuras, igualmente trascendentes.

La figura de Orfeo exalta el poder del arte, su conexión con el mundo espiritual y con las coordenadas metafísicas de la existencia, y hace que la música, la pintura, la poesía adquieran no sólo vinculaciones sino hasta poderes que lindan con lo sobrenatural. Orfeo atraviesa la épica (Gilgamesh, Odiseo, Jason, Teseo, Eneas, Arturo, Siegfried), pues la misma construcción de la figura heroica conecta con el imaginario órfico; inciensa la poesía (desde Dante hasta Saint-John Perse);  la novela (desde Don Quijote hasta Virginia Woolf), el cine (desde Mélies hasta Night Shyamalan, pero la recurrencia en este arte es infinita), y la música está prácticamente fundada, no sólo conceptual sino hasta estructuralmente (el llamado viaje tonal con su arranque tormentoso o vital, su paso por la sombra melancólica o reflexiva y su ascenso a la luz) en el mito órfico.

La conexión con la sombra que comporta el intercambio con la muerte para rescatar a Eurídice empapa incluso a disciplinas científicas como la psicología o el psicoanálisis. El imaginario órfico alimenta el universo de obsesiones, fantasmas y claroscuros psíquicos no sólo de pacientes y tratantes, sino de investigadores y teóricos.  

Y en el plano más doméstico y cotidiano, en una sola historia de amor pueden encontrarse todos o casi todos los componentes del mito. El arrobamiento inicial y la pérdida repentina y no presentida siquiera, la lucha contra ésta, la negación de la extinción de los sentimientos, la conciencia de la muerte (real o simbólica), el combate a su contracorriente, el renacimiento de la esperanza y el enfrentarse con el desengaño de ésta, la aromatización o sublimación del despecho con música o creación artística, y hasta la aceptación o la confrontación con el avatar indefectible de la muerte.

Entre las novedades fílmicas de Netflix hemos visto hace poco Coda (2019), opera prima del director canadiense Claude Lalonde, actuada por Patrick Stewart y Katie Holmes, pero que además tiene dos grandes protagonistas: la música (comienza con la Sonata Appassionata de Beethoven) y el mito de Orfeo.

Incógnita con fantasía 

Patrick Stewart interpreta al pianista Henry Cole, en la madurez de su carrera, pero quien cada vez se encuentra menos a gusto sobre un escenario. Algo se atraviesa entre él y la música. ¿Está enfermo? ¿Está cansado? Lo que si vamos sabiendo en los primeros minutos de película es que está solo. En medio de esta incógnita ingresa el personaje de Katie Holmes, la escritora Helen Morrison, quien primero lo aborda desde la impertinencia y la incordia, al preguntarle por la interesante escogencia de la Fantasía en Do mayor, de Robert Schumann, en el recital recién ofrecido. Aunque luego lo busca para disculparse por su rudeza, y entonces le revela que ya se conocían, cuando ella muy joven participó en un concurso de pianistas, y salió descalificada. Cole, en Juilliard, días después, la confortó. La película comienza con su voz en off sentando la idea, el leitmotiv conceptual del filme: Nietzsche y su apasionada opinión de adhesión a la música. Desde ese instante la película me ganó: yo pienso exactamente igual. Los seres humanos somos falibles, los amores, los afectos, los parientes se nos van, no nos pertenecen realmente. Frecuentemente nos fallan, pero la música no. Ella es la más segura y leal de las compañeras. Sin ella es difícilmente imaginable el vivir. Pero este es sólo el primer segmento de esa idea nietzscheana que hilará la película.

Inicio de excursión con Bach y Rachmaninoff 

Casi de inmediato, Coda empieza a mostrarnos extrañas secuencias de imágenes: Cole en Nueva York, en los días posteriores a su concierto, y Cole en un tren, viajando hacia un paisaje muy lejano a la ciudad de los rascacielos. Llega a un lujoso hotel rodeado de bosques y ríos. La voz de Helen atraviesa las notas del piano de Bach, en el famoso concierto que transcribiera a partir de su homónimo de Benedetto Marcello, con la idea, también nietzscheana, del eterno retorno: personas y eventos repitiéndose incesantemente, tanto en el plano individual como en el histórico. La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera, es, en cierto sentido, una extraordinaria reflexión sobre esta idea. No es el único vínculo que guarda con esta película. La recurrencia, la música (hecha de leit motiven, y de secuencias y recurrencias de estos, por ejemplo) y las parejas amorosas, por nombrar sólo tres de ellos. Con plena conciencia de ello nos los enhebra el sutilísimo y musical guión de Louis Godbout ¿Cuándo, entonces, ha ocurrido este viaje del pianista? ¿Antes o después del breve colapso experimentado en el recital? ¿Por qué lo ha sentido? El Preludio en Sí menor, Op. 23, No. 10 de Rachmaninoff nos ubica en una dimensión melancólica.

Bajo la música de la Ofrenda musical de Bach, (interpretada como toda la música para piano que inunda la película por el tecladista Serhiy Salov) Cole incumple un compromiso de promoción y a través de una Sonata de Scriabin presenciamos uno de sus sueños. Minutos más tarde, la Davidbündlertanze, de Schumann (otra recurrencia, no sólo musical, sino evocadora de la pareja Robert-Clara), ambienta el reencuentro entre Helen y Cole, que termina con ambos, tocando a 4 manos la sensual Habanera de Carmen (L’amour est un oiseau rebelle: El amor es un pájaro rebelde, si tú lo buscas, te huye; si tú le huyes, él te persigue), de Bizet. Sin ella, él no hubiera tocado. Se había paralizado de nuevo. ¿Qué le pasa a Cole?

Entrevista desde la Balada No. 4 de Chopin

Helen comienza a entrevistar a Cole en un Zoológico, alentada por el manager del pianista, preocupado por el estado psicológico de su representado. Pero tras una breve secuencia volvemos al paraje campestre con un Cole demacrado y la roca descrita por Helen al inicio del filme. Así va este alternándonos escenas de la pareja y de la soledad (¿anterior o posterior?).

Y entonces Cole nos revela su Orfeo íntimo: Estuvo casado con una mujer maravillosa llamada Elizabeth, con quien vivió mucho tiempo de felicidad (mientras suena una bellísima versión pianística del Moldavia, de Smétana, que ya no evoca al río, sino su pasado), y a la que perdió, de pronto, como el dios musical a su Eurídice. “Así es como mueren las personas: mientras uno come un helado o abre una ventana…o mientras su compañero duerme a su lado”, recita dolorosamente a la escritora, en uno de los momentos más altos de la sobria y profunda actuación de Patrick Stewart. Y agrega: “lo bueno de los compositores es que no se nos mueren de repente.” Mientras insisten Bach y Chopin en sus dedos, que de pronto olvidan los últimos compases de la Balada No. 2, del polaco. Nueva crisis y nuevo rescate de Helen. Cole vuelve triunfal ungido por el Estudio Op. 8, No. 2 de Scriabin. La sombra de lo femenino perdido lo hunde; una nueva luz femenina lo saca de las tinieblas. Los pasos de los amantes separados de “Les feuilles mortes” nos hacen un breve guiño.

Con una Sonata de Scarlatti, Cole pide a Helen lo acompañe a Europa. Ella accede, y allí descubre que la pérdida de la Eurídice de Cole fue por su suicidio. Cuando se entera, ella vuelve la cabeza a Cole, como lo hace Orfeo para perder definitivamente a su esposa. Bach (Preludio No. 8 en mi bemol, del Clave bien temperado) es el fondo musical de esta revelación. Katie Holmes, con su belleza recuperada tras las alarmantes flacuras de sus últimos filmes, hace una hermosa actuación de miradas, silencios y contemplaciones enamoradas.

Eterno retorno con las últimas sonatas de Beethoven

Milan Kundera utiliza los últimos cuartetos del sordo de Bonn como columna vertebral de su Insoportable levedad del ser; Lalonde inserta las últimas sonatas de Beethoven en el último movimiento de su película.

Cole toca la Sonata Waldstein mientras pierde otra vez a Eurídice, y como Orfeo va a buscarla a Suiza. Ese es el hotel montañoso al que ha ido a parar, a contemplar la roca del Eterno retorno nietzscheano, suerte de inserción de Gaspar David Friedrich en el imaginario de la película. Ascendemos y ascendemos, en funiculares y excursiones agrestes y fascinantes por unos paisajes casi oníricos, en las ondas de los Funerailles de Liszt. Fotografía, sonido y edición magistrales de Guy Dufaux, Stéphane Houle y Claude Palardy.

Cole no quiere tocar más. Paul, su Apolo personal, en entrañable encarnación de Giancarlo Espósito, intenta echarle el último cabo. Más y más hondas estancias de soledad, ahora se nos abren en descenso, con el sombrío y hechizante Winterreise de Schubert, una de las exploraciones por la soledad y la pérdida más acabadas y hermosas de la música occidental. Y la recreación del imaginario de los lieder es casi literal, en aquella campiña suiza. Notable la dirección de arte de Guillaume Couture.

Lalonde vuelve a sorprendernos con dos citas cinematográficas más: El séptimo sello, de Ingmar Bergman, y Muerte en Venecia, de Luchino Visconti. La primera pues Cole decide enfrentarse en una partida de ajedrez al botones del hotel, que lee a Goethe, sugiere caminatas y lo reta a ganar otra vez. La vida puesta en juego de nuevo en un tablero, y perdida, por jugadas que no se ven venir. Ganar y perder son simples alternativas. Y la segunda, en el niño que bromea con el viejo pianista, inversión del que lo admira en Nueva York, y a quien Cole le escucha la Balada No. 2 de Chopin. Este lo persigue silenciosamente, juega desde lejos con él. Su agente nos recuerda que los jóvenes aficionados seguirán el concierto de Londres, a través de internet. El concierto que, en su dolor, Cole quiere cancelar. 

Sin embargo, asiste al recital con las últimas sonatas de Beethoven al que Helen lo invitara. Sin ella. El crepúsculo de la pérdida y la esperanza eternas. Friedrich, Orfeo, Turner, Beethoven, Schubert y Scriabin, de nuevo, se funden en los últimos minutos del filme. Cole ha perdido, no una, sino dos veces, a Eurídice. Y ha tenido que descender nuevamente al Hades, ahora paraje familiar, que la descripción e invitación de Helen, le va despejando y haciendo más llevadero. Su voz, su recuerdo lo conducen. ¿Son en realidad dos pérdidas? ¿Podría ser Helen la Eurídice que lo acompaña en su viaje de regreso simplemente? ¿Apenas su voz nítida?

En silencio, y de regreso al mundo, Cole lee el artículo que Helen escribiera. Y nosotros lo oimos en el timbre de ella. 

Recientemente, una amiga me dijo que Orfeo pierde a Eurídice porque posiblemente la ha perdido ya dentro de sí. La música que llevamos con nosotros siempre, incluso en el más copioso de los silencios, ¿es acaso nuestra definitiva y fiel Eurídice? En la última secuencia, brevísima, Cole está en Londres, en escena, tocando Scarlatti. Los jóvenes del mundo lo escuchan a través de internet.

Orfeo ha vuelto. Aparentemente solo, como siempre. 

Solo, con su música.   

Artículos relacionados del autor