“Me llamo Lady Whistledown. No me conoces ni me conocerás. Pero cuidadito, querido lector, yo a ti sí te conozco…” y si bien yo no pretendo presentarme como el personaje de Julie Andrews en el reciente éxito de la serie Bridgerton, sí puedo decir que conozco lo que pasó por la cabeza de más de una mujer viendo la serie. Porque fue lo mismo que pensé yo.

Bridgerton es una serie de ocho episodios distribuida por Netflix y producida por Shondaland, la compañía creadora de Anatomía de Grey (Grey’s Anatomy) y Cómo defender a un asesino (How To Get Away With Murder).

En tan solo su primer mes en la plataforma de streaming, ha obtenido 63 millones de visualizaciones, otorgándole el quinto lugar en el ranking de las series más vistas en Netflix, reseñó la revista GQ

Se estrenó el 25 de diciembre de 2020 y fue el regalo de Navidad que nos hizo Julie Andrews. Ella es la narradora de esta increíble historia, tan veraz como una anécdota de cualquier mujer en la época victoriana y tan interesante como un buen cotilleo.

Es la época victoriana (Reino Unido, entre 1837 y 1901), donde las señoritas son presentadas ante la sociedad para conseguir marido y, como si de los Juegos del Hambre se tratase, tanto ellas como sus madres, padres y hermanos mayores, están al acecho. Al igual que los solteros que están buscando sentar cabeza.

Daphne Bridgerton, interpretada por Phoebe Dynevor, es la cara más bonita entre las señoritas. El soltero más codiciado es el papel de Regé-Jean Page: el duque de Hastings llamado Simon Basset. Juntos, son los protagonistas de esta temporada social donde cualquier cosa, desde un escándalo hasta una propuesta matrimonial, puede pasar.

Pero sus encantos no servirán de mucho si Lady Whistledown no los apoya en su columna de prensa rosa, la cual la lee desde el repartidor de periódicos hasta la reina de Inglaterra.

Una serie que podría parecer frívola y superficial, resulta ser más profunda y elocuente de lo que uno se imaginaría. Sobre todo para las mujeres y lo que podría ser la mayor bendición o maldición de sus vidas: el matrimonio.

Casarse o no casarse… He ahí el dilema

Daphne Bridgerton sueña con casarse, como cualquier otra chica de su edad. Pero, si bien la serie transcurre en pleno siglo XIX, su hermana Eloise ya está pensando en que la soltería puede no ser tan mala.

Los debates al respecto en su casa son interminables.

Daphne defiende que casarse con un hombre de importante posición es su deber con su familia como la mayor de las hijas de la casa. “¿No te das cuenta de que si me caso con un duque tus oportunidades de conseguir un buen partido aumentan?”, es su argumento.

“¿Nuestras únicas opciones son casarnos y conformarnos o jamás dejar el nido? ¿Y si yo quiero volar?”, es el lamento de Eloise.

Y luego está Penélope, amiga y vecina de los Bridgerton, que si bien quiere ser libre para escribir, educarse y crecer como persona, también contempla la idea de casarse en algún momento. Pero no porque la sociedad lo imponga, sino porque ella esté enamorada.

Gracias a Dios los tiempos han avanzado lo suficiente como para que todas podamos ser como Penélope.

Pero de lo que Eloise se queja no deja de ser menos cierto.

El matrimonio para las mujeres se ha convertido en demasiadas cosas. Desde una imposición social que siempre sale de la boca de las tías entrometidas en las reuniones familiares – “Ay, ¿y para cuándo la boda? ¿De verdad sigues soltera?”-, pasando por una camisa de fuerza que limita tu vida -“luego de que te cases, deberás dedicarte a tu hogar”-, hasta una bendición -“casarme con el hombre que amo es lo mejor que me ha pasado en la vida”-. La percepción de este concepto depende de cada persona.

Lo que sí es cierto es que las mujeres, quieran casarse o no, siempre tienen esta presión sobre ellas.

“¿Sabes lo que es que toda tu vida se reduzca a un solo momento?”, le preguntó Daphne al duque en la serie. Parecería que, sin importar que estamos en el siglo XXI, algunos creen que el matrimonio es tan obligatorio como aprender a leer y escribir. Y más para las mujeres. Y las que se rebelan a esto son tachadas con una frase tan antigua como pesada: “viejas solteronas”.

Casarse… ¿Pero con quién?

Y es que no es solamente contraer matrimonio. Es algo más complicado que eso. Es casarte con la persona indicada.

Jane Austen es la abanderada del matrimonio por amor y no por conveniencia y lo defiende a capa y espada en su novela Orgullo y Prejuicio. Las fanáticas de esta autora disfrutarán enormemente de la serie justamente por lo mismo.

Mientras Anthony Bridgerton busca casar a su hermana con el mejor pretendiente: el más rico, más decente, de mejor apellido, sin reputación escandalosa y que le convenga a la familia, la madre de los Bridgerton quiere que Daphne se case por amor.

“Tú y papá hacían una hermosa pareja. Y yo quiero eso para mí”, le confesó Daphne a su madre. La señora Bridgerton la abrazó diciéndole: “Eso es lo que yo también quiero para ti”.

Foto: Netflix

Pero en esta época sabemos que ese era el escenario menos visto. Casarse por conveniencia era la costumbre.

Por eso, las mujeres terminaban encerradas en sus propias casas con desconocidos en sus camas. “¿Cómo puedes vivir en un matrimonio obligado?”, le preguntó una chica a una mujer que podría ser su madre. “Consigues pequeñas cosas que amar, te aferras a ellas, a tus hijos y te acostumbras”.

Qué espanto vivir el resto de tu vida así.

Porque claro, el divorcio en esa época ciertamente no era una opción. Porque el matrimonio funcionaba para garantizar herederos. Sobre todo varones que pudieran mantener una continuidad del apellido.

Porque si hay algo que pesa en la sociedad -y bien lo sabemos en Venezuela, sobre todo los caraqueños- es el “abolengo”, definido por la Real Academia Española (RAE) como “la ascendencia ilustre, el linaje”. ¿O cuántos no nos hemos visto diciendo “ellos son -inserte cualquier apellido- de los -apellidos- de -cualquier parte de Venezuela o negocio importante-”.

Más aún considerando lo cierta que es la frase “te casas con tu pareja y con su familia”.

En un país como Inglaterra donde tienen el carácter aristócrata y monárquico en la sangre, aún más. Sobre todo en el período histórico donde el Imperio Británico brillaba sobre el resto de Europa, y por lo tanto, su clase alta era más alta que las otras élites europeas.

Por eso, en esa época, el matrimonio no era cualquier cosa. Hoy en día sigue siendo algo más que importante, es trascendental. Marca un antes y un después en nuestras vidas.

Y si bien el amor es la base del matrimonio, hay muchos otros factores en juego: los valores de cada uno, sus estilos de vida, una situación económica estable porque el amor solo no llena la barriga, planes a futuro que concuerden los del uno con el otro, entre otras cosas.

No es fácil tomar una decisión del tamaño de “sí, acepto”. No cuando quieres que dure para toda la vida y te casas en la segunda o tercera década de tu existencia. Por eso hay que meditarlo mucho, tanto con la cabeza como con el corazón.

Daphne Bridgerton no podía casarse con cualquiera. E incluso, el mejor pretendiente que su hermano podía conseguir, podía ser la peor opción para la chica.

Y su madre lo sabía, por lo cual siempre apoyó a un candidato específico por su apellido, pero también por haber conquistado el corazón de su hija.

Y… ¿Qué hacen las personas casadas? 

(No se vale decir “se van de luna de miel”) 

Antes de casarse uno se compromete. Y esto es importante resaltarlo porque como he estado insistiendo, casarse no es cualquier cosa. Es un compromiso que adquieres hasta que la muerte los separe. 

Por lo tanto, casarse cambia tu vida. Quizás seguirás desayunando lo mismo que cuando estabas soltero, pero muchas de tus prioridades cambian. Tus relaciones con las demás personas, incluso el espacio donde habitas, se modifican. 

Y hay algo que, si bien en estos tiempos se ha flexibilizado o se ha dejado ver que existe fuera de la vida matrimonial, para muchos es el comienzo de su actividad sexual.

Foto: Netflix

Pero no debería ser el inicio de su educación sexual. Una mujer no puede casarse sin saber de dónde vienen los niños, biológicamente hablando. Un hombre tiene que saber que tiene tanta responsabilidad en el embarazo como la mujer, por más que él no vaya a tener al bebé en su vientre. 

Es una irresponsabilidad y una crueldad como padres no enseñarle a los hijos sobre este fundamental aspecto de la vida humana y dejar que se enteren por su cuenta. 

Eloise y Penélope creen que a juro hay que estar casada para quedar embarazada y cuando se enteran que alguien cercano está embarazada y soltera, asumen que el embarazo es una “condición contagiosa y peligrosa”. ¿Dónde están los adultos responsables para explicarles que esto no es así? 

En la serie, la mamá de los Bridgerton cuando Daphne le pregunta de dónde vienen los bebés, la mujer le dice que es un proceso natural. Y cuando su hija insiste en saber cómo tener bebes, su madre contestó: “¿Recuerdas los sabuesos que teníamos en la casa de campo? Bueno, a ellos nadie se los explicó pero terminaron teniendo cachorritos”.

Sí, padres, sé que es una conversación incómoda, pero si de verdad aman a sus hijos, tienen que hablarles con claridad. Y no solo de sexo, sino de la vida en pareja también. 

Muchas relaciones fracasan por falta de comunicación. Saber expresar nuestros sentimientos, escuchar al otro, entender cómo se puede llegar a un punto medio y qué cosas sí se pueden ceder o sacrificar en una relación y cuáles no, son los pilares para una relación sana y sólida.

Y eso, lastimosamente, no se lo enseñan a nadie en el colegio ni en la universidad. Pero gracias a Dios hay padres que sí hablan al respecto con sus hijos. 

O amigos, incluso. Sé que Daphne Bridgerton le estará eternamente agradecida a su criada Rose por la sinceridad y claridad al explicarle algunos detalles que su madre no le mencionó.

Una mujer no debería esperar a tener un novio que quiera tener relaciones con ella para saber qué es el consentimiento y qué son los métodos anticonceptivos. No debería estar embarazada para saber qué implica ser madre o qué es el aborto (natural o inducido).

Mucho menos entendiendo que vivimos en un mundo donde un hombre es un campeón por haber estado con muchas mujeres y una mujer es otra cosa muy distinta si ha estado con muchos hombres. 

Pero el sexo no lo es todo. La vida de casados implica responsabilidades y cómo se reparten depende de cada pareja. En algún momento era ley que “el hombre trabaja y la mujer en la cocina” pero eso ha ido cambiando. 

Cómo será su dinámica lo decide cada pareja. Pero deben decidirlo juntos. 

Un matrimonio es una relación que debe ser hermosa,  donde cada uno cumple con su parte y se ayudan mutuamente. No es una pelea donde uno se enfrenta al otro, sino un equipo donde ambos se enfrentan al mundo, juntos. 

Y si no te llevas bien con tu compañero, la batalla está perdida. 

Más aún si es la época de Bridgerton, donde muchas de estas mujeres tenían que heredar un cargo al casarse y podían no saber qué implicaba realmente ser reina, duquesa, condesa o cualquier otro título nobiliario. O también podían serlo solas, por que sus maridos ni volteaban a verlas. 

O peor. Ellos asumían que la única responsabilidad de una mujer casada es tener hijos.

Matrimonio: ¿Con o sin hijos?

Si bien es cierto que el matrimonio tiene una función completamente biológica que es reproducir y mantener la especie, también es cierto que esa no es su única finalidad. 

El matrimonio debería hacernos crecer como personas pero junto a la persona correcta. El dicho “mejor solo que mal acompañado” es perfectamente válido en este caso. Y más si se trata de formar una familia.

Daphne Bridgerton siempre soñó con ser madre. El duque de Hastings no quiere tener hijos. ¿Qué pasa cuando estos términos son innegociables para cada uno de ellos y aún así quieren estar juntos? 

Y peor aún es el escenario de la serie porque Daphne no entendía cómo funcionaba el procedimiento para quedar embarazada y no tenía idea de la historia familiar del Duque. 

Por eso, si escoger a tu pareja para casarte es una decisión que hay que meditar bien, más aún lo es escoger al padre de tus hijos. Si casarte es un antes y un después en tu vida, tener un hijo es un punto de no retorno. 

Foto: Netflix

No conozco a ninguna mujer que se arrepienta de ser madre, pero tampoco conozco a ni una sola mujer que me haya dicho que ser madre es fácil. 

Conozco a más de una que se siente superada por la responsabilidad que implica tener un hijo y saber que tiene una vida en sus manos que debe criar. Algunos hombres y mujeres fueron traumatizados en su infancia y por eso no se atreven a tener hijos. Conocer nuestras propias limitaciones no es algo reprochable.  

Pero también hay muchas otras personas que anhelan tener bebés con todo lo que eso implica. Y si bien es hermoso y admirable decidir tener una familia, eso no los hace mejores personas que los que han decidido no ser padres.

La decisión de tener hijos o no debe ser una decisión consensuada en el matrimonio. Que una parte se sienta obligada a tenerlo hará que la crianza sea extremadamente difícil, o se sentirán frustrados si siempre quisieron ser padres y su pareja se los impidió. 

Y la decisión ser mamá o no, no te hace más o menos mujer. Si bien las mujeres, biológicamente hablando, están diseñadas para concebir la vida en su vientre, esa no es la única razón para la que fuimos creadas. 

Igual con la crianza. Si bien los padres solteros hacen una ardua labor para sacar a sus hijos adelante y los aplaudo de pie por lograrlo, también es cierto que si la pareja está presente en el hogar ambos deberían encargarse de sus hijos. 

Esos hijos no pidieron venir al mundo, sus padres los trajeron. Si no se van a hacer cargo, ¿para qué los tuvieron? 

Y ni hablar del complicado escenario donde un hombre puede tener hijos y continuar como si nada, mientras la vida de una mujer cambia por completo. Desde el cambio físico hasta el cambio de rutina, una mujer al ser madre debería dedicarle a su hijo gran parte de su tiempo… ¿pero qué pasa con dedicarse tiempo a sí misma?

Hay mujeres que le temen a la idea de ser madres porque sienten que les cortará las alas. Que una vez que decidan ser madres, no podrán realizar sus sueños o que no tendrán oportunidad de hacer más cosas por sí mismas porque deben estar al lado de sus hijos siempre, todos los días. 

Madres, sé que no es fácil ser una, pero sus hijos las necesitan, es por eso que tienen que dedicarse tiempo a sí mismas también para descansar, comer, despejarse y divertirse. Las madres son madres, no esclavas de sus hijos. 

Y los hombres no pueden pretender que su vida puede seguir como si nada luego de ser padres. 

Cásate con tu mejor amigo

La reina de Inglaterra en Bridgerton acertó al decir que “la amistad es la mejor base para construir un matrimonio”. 

En más de una ocasión en este artículo he dicho que una pareja debe ser un equipo, que deben amarse, respetarse, escucharse, compartir valores y querer luchar para que esa relación dure toda la vida. 

La pasión de la luna de miel puede consumirse, las tareas de la vida diaria pueden volverse aburridas, habrá momentos altos y bajos pero si al despertar ves a tu lado a tu mejor amigo, nada va a poder separarlos. 

¿Pero cómo saber si esa persona con la que vas a casarte es la ideal? Imagina si puedes pasar un momento sin extrañarlos y dependiendo de la respuesta, te darás cuenta. Y cuando lo sepas, verás que es más que obvio.

Así como la identidad de Lady Whistledown es más que obvia en Bridgerton, a pesar de pasar los ocho episodios escondida. E igual de obvio es el final de la época social de la primera temporada. 

Foto: Netflix

Veremos qué pasa si llega una segunda temporada. Después de todo, estos personajes surgen del universo de los libros de Julia Quinn, donde cada novela está dedicada a uno de los hijos de la familia Bridgerton, y luego del éxito de la serie, los fanáticos ya están pidiendo más.

Esta primera temporada se trató de Daphne, pero aún quedan seis hermanos más con historias que contar. ¿Quién será el siguiente en comprometerse? ¿Algún otro se afrontará a dilemas tan profundos pero tan reales como los de Daphne?

Sé que nos enteraremos pronto, probablemente por la columna de Lady Whistledown. 

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